Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

¿Por qué murió Cristo?

DEUTERONOMÍA DEL MISTERIO PASCUAL

 

 

DEUTERONOMIA DEL MISTERIO PASCUAL    

 

    Por el perdón de nuestros pecados. Por esta razón siempre hemos dicho que murió Jesucristo. Por ello no lo discutiré. 

    Si bien ¿como entendemos esta afirmación? La visión de que Jesús ha muerto por ser el cordero pascual que ha de expiar nuestras culpas, brota de Isaias y por supuesto de todo el ceremonial judío del Templo, con sus sacrificios expiatorios, que a su vez proceden de la celebración pascual judía, establecida por Moises, al salir de Egipto. Gracias a la sangre del cordero sacrificado que untaba las jambas de las puertas, libró al Pueblo Hebreo del poder destructor del ángel exterminador. 

    Tras esta visión también subsiste una concepción de Dios muy primitiva. Un Dios autoritario no siempre comprendido en sus designios que a veces parecen grotescamente infantiles. Ese Dios autoritario por ende es castigador, inclemente, y justiciero. Castiga hasta la séptima generación. Y exige satisfacciones cruentas para perdonar. Es una especia de “enfant terrible”. 

    Por ello la visión sacrificial que vertemos sobre la muerte de Jesucristo entra en crisis cuando escuchamos al mismo Jesús hablándonos de Dios como el Padre de la Parábola del Hijo pródigo. Pues nada tiene que ver ese Padre con el Dios de los antiguos sacrificios. Nada tiene que ver el Dios de la Nueva Alianza con el Dios de la Antigua Alianza. 

    ¿Ha cambiado Dios? ¿No son el mismo? ¿El Dios del Antiguo Testamento es un Dios falso y el del Nuevo Testamento es un Dios verdadero? Estas preguntas no plantean bien la cuestión a mi juicio. Lo que cambia no es Dios es nuestra comprensión del mismo. Lo que ha cambiado por tanto a lo largo de la historia de la Salvación es nuestra comprensión del Dios que se nos ha revelado progresivamente. Siguiendo un itinerario pedagógico que respeta hasta el extremo nuestra libertad y nuestra inteligencia. Pues su revelación ha respetado los tiempos y las posibilidades de nuestra capacidad de comprender. 

    Eso no solo se ve en el cambio de Alianzas. Pues en el mismo Antiguo Testamento autores como Ezequiel, Oseas, muchos salmos aunque no todos, y otros profetas, muestran un cambio de comprensión de Dios. Según el esquema de la espiral. Un mismo eje. Pero la curva profundizando hasta el infinito sin volver a pasar por la misma línea. 

    Ni que decir tiene que Jesucristo en esa espiral de comprensión de lo divino marca un antes y un después. Y lo supone porque Él se comprende a sí mismo como “uno con el Padre”. Con todo la comprensión sacrificial de su muerte se mantiene, pero desde parámetros totalmente renovados. La carta a los Hebreos lo prueba con irrefutable claridad. Y San Pablo trata de desembarazarse de la visión sacrificial de la Antigua Alianza. Como si de un puente que quiere hacernos pasar a la otra orilla se tratara. 

    Incluso teólogos no muy trasnochados andan embarcados en el propósito de “desmitologizar” por completo la comprensión de la muerte de Cristo desembarazándola por completo del esquema sacrificial judío. Pero dudo que su empeño llegue a buen puerto. Porque la comprensión de Cristo como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, está muy imbricada con las fuentes neotestamentarias. Basta asomarse a los escritos de San Juan para darse cuenta. Y el Apocalipsis es en este sentido de lo más expresivo. 

    Por lo que no seré yo quien lo plantee en esos términos. Aquellos hebreos comprendieron lo que vivieron de acuerdo con sus propias fuentes. Y eso es irrenunciable. Si bien ¿es esa la única comprensión posible la razón por la cual Cristo ha muerto? Desde mi comprensión: No. Como un prisma esa misma realidad puede mostrar no solo uno sino muchos colores. El caleidoscopio es un precioso ejemplo para plantear la comprensión de un misterio tan pletórico como lo es el mismo misterio pascual. Pues considerado desde distintos puntos de vista ese misterio arroja diversas posibilidades de interpretación que siempre terminan en una misma conclusión: Dios es amor. 

    Por ello amparado por la frase de mi Señor: “Habéis oído que se os dijo pero yo os digo”, me atrevo a plantear como comprendo la afirmación de que “Cristo murió por nuestros pecados”.

    Jesús murió por anunciar la verdad de Dios que muchos no soportaron y por eso acabaron con su vida. Nuestra intolerancia es por tanto nuestro pecado homicida que mató la luz por causa de nuestra tiniebla.

    Jesús murió porque fue considerado por muchos como una amenaza cuando no lo era. Pero nuestra errónea valoración nos puso en la situación de desatar nuestros cocodrilos sobre su hermosa vida. Nuestra necedad es nuestro pecado homicida que extirpó su carne divina de nuestro entorno humano. 

    Jesús murió porque su generosidad le llevo a asumir el riesgo de ser un hombre cualquiera, que renuncia a su plenitud gloriosa para que nosotros pudiésemos enriquecernos con su pobreza. El riesgo era patente por las razones que anteriormente expuse: intolerancia y necedad capaces de llegar a parir el pecado del homicidio. Pero no es su generosidad lo que lo mata si no nosotros. Es muy fácil llegar a trasladar nuestra culpa a Dios o al mismo Cristo. La mentalidad sacrificial sin llegar a afirmar eso permite deslizarse peligrosamente a esa situación. Nuestra traslación de la culpa también es nuestro pecado. Y convertir además al Padre de manera equivocada en asesino de su Hijo, es blasfemo. Y nuestra blasfemia también es nuestro pecado. Y blasfemamos cuando consideramos a Jesús un endemoniado a quien había que eliminar. 

    Evidentemente la mentalidad sacrificial no dice eso. Pues afirma que es nuestro pecado cometido lo que provoca la muerte de la víctima. Pero al quedarse ahí, permite, a gente atrevida a ir más allá de lo que la misma visión sacrificial afirma. Una visión insuficiente por primitiva no legitima a quienes extraen consecuencias totalmente dislocadas de lo que Dios es. Pero la razón y los hechos no siempre coinciden. Y por eso me veo en la situación como otros muchos, de intentar comprender las cosas de una manera nueva.

    Jesús murió por que no hicimos nada. Nuestra pasividad lo condenó a la soledad, a la amarga tristeza. Nuestra huida, nuestro abandono de su persona, nuestra negativa a reconocer que lo conocemos, nuestra capacidad de negarlo, incluso de traicionarlo y venderlo son nuestro pecado. Y esos pecados que acabo de citar contribuyeron a su homicidio. 

    Jesús murió por nuestra injusticia. Ni era un terrorista contra el templo, ni era un rey político que disputase el trono al Cesar. Las acusaciones fueron falsas. Y la prevaricación de los que lo juzgaron fue más que notable. Nuestra injusticia lo mato. Y la injusticia es un pecado homicida la inmensa mayoría de las veces. Y por ese pecado el justo fue tratado como reo. 

    Jesús murió por la tortura que le infligimos. Tortura física y psicológica. Pilato se sorprendió de lo rápido que murió Jesús. Pues ni siquiera se asfixió. No le dio tiempo. Se desangró antes. La tortura bestial que se le infligió provoco el fatal desenlace. Y nuestra tortura también es nuestro pecado. Y ella provocó la muerte del amor de los amores.

    Jesús murió porque estaba escrito. Pero eso no significa que nuestra libertad fuera suspendida para que se cumpliera su fatal destino de modo irremediable. Que Dios supiera lo que haríamos con Jesús no significa que Dios lo quisiese. Que nuestra voluntad fuera la causa de la muerte de Jesús no supone que Dios quisiera la muerte de su mismo Hijo. Pues Dios en ese caso sería tan asesino como nosotros mismos. Dios es omnisciente y conoce como reaccionaríamos ante su Hijo. Y por eso las escrituras anunciaban lo que pasaría. Pero no porque ellas lo determinasen. Pues si así fuera nuestra libertad quedaría suspendida y entonces no tendría sentido nada de cuanto la historia de la Salvación pretende y enseña. “Estar escrito” no supone ninguna suerte de determinismo ni de predestinación. Supone simplemente un anuncio de lo que va a ocurrir. Que nuestra brutalidad haga que eso “esté escrito” es nuestro pecado. Y ese destino homicida que nosotros hemos determinado para Jesús es la causa de su muerte y de que su palabra viva haya sido enmudecida hasta su gloriosa resurrección.

    Jesús murió por amor. Pero no por nuestro desamor que lo mato. Nuestro desamor es nuestro pecado homicida. Jesús murió porque nos amó. Aunque sabía que lo mataríamos quiso vivir con nosotros. Aunque sabía que lo mataríamos paso entre nosotros haciendo el bien. Aunque sabía que lo mataríamos quiso amarnos hasta el extremo. Aunque sabía que lo mataríamos quiso iluminar nuestras tinieblas. Es más cuando lo tratamos brutalmente condenándolo al horror, desde la cruz, afirmó que nuestro salvajismo hasta el extremo no conseguiría que dejara de amarnos nunca. Y aunque lo matamos cruelmente nos perdonó. Nos amó sin medida. Nos amó hasta el extremo. Nos amó cuando no lo merecíamos. Nos amó para siempre. Nos amó eternamente. Y su amor se reveló todopoderoso frente a nuestro desamor. El se manifestó como un ser “todoamoroso”, “todocariñoso”. Y esa manifestación convirtió el horror de la tortura de la cruz en la mayor expresión de amor que ha existido jamás. Mirando la cruz entiendes que Dios solo sabe amar. Dios no puede más que darnos su amor. Nuestro Dios es ternura. 

    Visto así la cruz contrariamente a lo que algunos afirman es la mejor manera que ha tenido Dios de manifestarnos hasta que punto está dispuesto a amarnos. No creo que fuese uno de los posibles caminos para darnos a conocer como estaba dispuesto a amarnos, sino el mejor de ellos, el más radical y expresivo. La palabra más sencilla y más sincera. El mejor de los sermones. El gran mensaje. La revelación más sorprendente y más dramática. La mejor de las catarsis. 

    Por todo esto creo que verdaderamente murió Jesús por nuestros pecados que fueron los que lo mataron y creo que nuestros pecados son perdonados por aquel al que matamos. Pues hoy lo seguimos asesinando cuando somos intolerantes, necios, egoístas, salvajes torturadores, y cuando escribimos nuestra historia con tinta ensangrentada. Y Creo que su amor sin límites se vuelve sobreabundante cuando nuestro pecado abunda. Esta visión no traslada nuestra culpa a Dios. Aquí no encontrarás traslación de culpa alguna porque nuestra libertad responsable queda más que manifiesta. 

    Lo matamos por nuestros impuros deseos egoístas, lo matamos porque no quisimos honrar a nuestro Padre Dios, porque no quisimos amarlo por encima de todo, y porque no santificamos su nombre sino que quisimos tomarlo en vano. Lo matamos por nuestras mentiras y falsos testimonios. Lo matamos por nuestra avaricia. Lo matamos por nuestro odio. Lo matamos porque no quisimos celebrar al Dios de la Vida. Lo matamos porque fuimos envidiosos. Lo matamos porque fuimos adúlteros contra nuestro esposo Cristo, entregando nuestro corazón a otros ídolos. Lo matamos por soberbia. Lo matamos porque no amamos. Porque no le amamos. Porque no quisimos que el amor fuera nuestro Señor y nuestro Dios. Nuestra libertad lo hizo. Nuestra irresponsabilidad lo fraguó. 

    Pero aún así el nos amó. Y así es como nuestro pecado quedó perdonado. Es otro modo de decir lo mismo que la mentalidad sacrificial veterotestamentaria afirma: Dios es amor. Pero sin acudir a sus términos litúrgicos. Conste que tampoco considero un error que se muestre en esos términos. Siempre se ha hecho y si lleva a descubrir a Dios como amor eterno, esa interpretación insuficiente intelectualmente hablando no deja de ser válida. 

    Esto es pues una revisión deuteronómica de una verdad muy antigua. La “deuteronomía” es una práctica tan antigua como la misma Biblia. Y ella permite comprender el misterio desde nuevas claves. Permite comprender según el patrón de la espiral con mayor profundidad la longitud del misterio en el que nos hallamos inmersos. Y todo sin necesidad de “deconstruir” la visión sacrificial dislocando por completo el sentido profundo de cuanto esto enseña, que es lo que algunos supuestos teólogos pretenden.

    Por nuestros pecados sí. Por nosotros murió Jesús. Y para que nuestro pecado fuera perdonado nos amó hasta el extremo. No hay mayor amor que el de aquel que da la vida por sus amigos. Si él ha tenido que ocupar el lugar del cordero expiatorio para darnos a conocer el amor de Dios. No ha dudado en hacerlo. Ni un instante. Y ha vencido sus deseos espontáneos de salvar su vida seguido del instinto de conservar su existencia, en Getsemaní. Su amor por nosotros fue mayor. ¿Queréis hacer de mi el cordero llevado al matadero? Que así sea, si ese es el camino para que podáis entender lo mucho que os quiero. Curiosamente mi visión y la visión sacrificial al final logran empatizar. Porque ambas sostienen la misma gran verdad plena de bondad y hermosura: que Dios nos ama. 

    Dicho esto, las explicaciones para llegar ahí no dejan de ser relativas y prescindibles. Las palabras humanas y nuestro esquemas mentales se quedan cortos ante un misterio tan desbordante. El mismo Pablo así lo constató y con sus preciosas palabras de las cartas a los romanos y a los  efesios me despido por hoy:

     “!Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

    Después de esto solo cabe por mi parte ya el SILENCIO. Un silencio que adora y se deja amar por aquel que me desborda por completo con su amor eterno y por ello:

    “Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Le pido que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios. Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén.”

 

Andros

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