Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

Jesucristo y el misterio de la vida

Nuevo texto

 

 

    Todo es misterio. Nada ni nadie puede separarnos del misterio. En el misterio vivimos, nos movemos y existimos. El misterio lo invade todo, lo penetra todo y lo trasciende todo. El misterio nunca deja solos. El misterio es el mismo ayer, y hoy y siempre. Pero el misterio no está mudo. Habla. Como el Sol en medio de la niebla sus rayos se cruzan entre las brumas. E incluso en su momento álgido hace levantar la niebla para poder resplandecer con total plenitud. Nuestro conocimiento del misterio es evolutivo. Y como el sol nunca acaba de desvelarse, pues es tanta su luz, que no podemos sostenerle nuestra mirada directamente, dado que nos deslumbra y nos ciega.  El misterio es por tanto el modo como el ser es. 

    Jesús se presenta como el misterio que nos habla en primera persona. Quien lea a San Juan o a San Pablo (particularmente las cartas a los Efesios y a los Colosenses) entenderá lo que decimos. El misterio se nos ha dado a conocer. Y cuando se ha manifestado se ha mostrado como Amor. De modo que tras Jesús, sin temor a equivocarnos, podemos decir que:

    Todo es por Amor. Nada ni nadie puede separarnos del Amor. En el Amor vivimos, nos movemos y existimos. El Amor lo invade todo, lo penetra todo y los trasciende todo. El Amor nunca nos deja solos. Este Amor es el mismo ayer, y hoy y siempre.  El Amor no está mudo. Optar por la inmanencia no deja de ser una petición de principio. La exclusión de la trascendencia es una opción, no una razón. El misterio es y puede hablar. Y al presentarse se ha mostrado como amor, que es y que puede hablar. 

    El misterio nos configura pero además nos transfigura. Pues la muerte como situación límite de la vida encuentra respuesta en Cristo. Y abre una puerta a la esperanza más allá de la interpretación nihilista de la muerte que cree dogmáticamente que tras esa frontera no hay nada. 

    El misterio de la vida al confrontarse con el enigma de la muerte puede acabar en nada o en plenitud. Jesús nos descubre que la plenitud es una opción gratuita que podemos aceptar libremente. El misterio pues adquiere en Jesús una dimensión de relevancia que sin su presencia no tendría. 

    ¿Quien es pues este JESÚS? 

  1. Es el que fue bautizado. Toda su existencia anterior al bautismo que recibió de manos de Juan, el profeta, en el río Jordán fue una preparación para la misión que desempeñó después. Hasta entonces era el hijo de María y de José el Carpintero. A partir de aquí se convirtió apareció entre nosotros como el mismo Hijo muy amado de Dios Padre. Y nos hizo comprender que el era uno con el Padre. Y que su misión era dar a conocer al Padre y cumplir su voluntad entre nosotros: hacernos vivir en plenitud porque nos amaba hasta el extremo. Y a ello consagró su vida a partir de ese instante. Viviendo para que Dios pueda reinar en todos de modo que pudiera serlo todo en todos. Por tanto Dios en Jesús se nos muestra como el que puede hacer que el misterio de la vida se resuelva en la Plenitud y no más bien en la nada, como muchos ven la muerte.
  2. Es el que recibió el Espíritu Santo de Dios siendo confirmado en su misión de testigo del Padre. Tras el Bautismo, al recibir el Espíritu de Dios, conducido por Él que lo gestó en el vientre marginal de su madre, paso entre nosotros anunciando y manifestando con obras buenas hijas del amor, que el Reino de Dios estaba entre nosotros. El se nos presentó como el Hombre del Espíritu de Dios, que era para nosotros a su vez fuente del Espíritu de Dios. Pues por Él nos llega el Espíritu que viene del Padre. Como gracias a los gestos y las palabras, gracias a la conducta de las personas, entendemos como sus mentes nos aman y nos contagiamos de los sentimientos afectuosos que hay en sus corazones. Jesús nos muestra un Dios que en su mente está enamorado de nosotros (El Padre), que siente un inmenso caudal de sentimientos afectuosos por nosotros (el Espíritu de Dios), y que se nos da conocer con hechos y palabras, con vida humana real y total, (El Hijo). Y gracias a esta expresión de amor humano real e integral nos contagiamos de su Espíritu, cuando libremente creemos en su amor y nos dejamos enamorar por Él. Ese día el con su amor nos cautiva y su Espíritu ya forma parte de nuestra vida. Como el corazón cuando está enamorado hace habitar en él, el alma de la otra persona por la cual suspira.
  3. Es el que siempre se mostró misericordioso con quien solicitó o necesitó misericordia. Mientras que muchos condenaban, marginaban, juzgaban, castigaban, atemorizaban a los imperfectos, Él, no lo hacía. Al contrario llamaba dichosos a los misericordiosos. Al contrario interpelaba a todos diciéndoles que los que estén libres de pecado que tiren las primeras piedras. Al contrario invitaba a sacar la viga del ojo propio antes de ponerte a limpiar los ojos de los demás. Jesús fue siempre sinónimo de nuevas oportunidades incluso para los desahuciados que habían llegado al final de su vida con las manos manchadas de pecados como aquel malhechor que murió junto a Él. “No temas”, “no te condeno”, “vengo a salvar lo que está perdido”, “estoy aquí para sanar al enfermo”, “mi alegría máxima es encontrar la oveja perdida en cuya búsqueda he salido”, “derramo mi sangre para perdonar tus pecados”, “perdónalos padre porque no saben lo que hacen”, “porque Tú Padre, no eres el inclemente hermanos mayor, tu eres el misericordioso Padre del Hijo Pródigo”, “por eso contigo Padre me alegro de que el hermano que está muerto, vuelva a la vida”. Nuevos caminos, nuevos horizontes. Nuevas opciones. Es el AMEN que la humanidad necesitaba escuchar para volver a recrearse. Para Jesús destruir la humanidad nunca es una opción. La reconciliación para Jesús lo es todo. La reconciliación de Dios y el hombre, pues sin Dios el hombre no es nada, ni puede alcanzar la vida en plenitud. Sin Dios el único horizonte del hombre es la muerte y más allá: Nada. Solventar la ruptura entre Dios y el hombre (lo que llamamos pecado) es lo que necesita la humanidad para abrirse la puerta de la eternidad. Dios en Jesús nos tiende la mano. La iniciativa es suya. Y eso nos da la oportunidad de tenderle la nuestra. Jesús es pues la mano tendida siempre en nombre mismo de Dios.
  4. Es el que se acercó al enfermo para sanarlo. Imponiéndole las manos, ungiéndolos y enviando a sus discípulos a ungirlos con aceite. Jesús es el antimal. Ante el cual los males, las ausencias de plenitud (físicas y mentales) se esfuman como la noche, cuando el sol sale. En Jesús encontramos fortaleza. Porque Jesús no nos permite perder la esperanza cuando sufrimos. Ya que nos enseña que el mal, el sufrimiento y la muerte no tendrán la última palabra en la vida, si nosotros no lo queremos. La fe en Él, mueve la montaña de la muerte de lugar. La fe en Él nos permite no perder la esperanza en medio del sufrimiento y eso es la felicidad máxima que podemos esperar aquí en este universo. Pues quien siempre vive en la esperanza mantiene viva siempre la ilusión por vivir. En cambio quien no la mantiene viva, se desilusiona y vive como muerto. Jesús no te permite convertirte en una especie de “zombie”. Jesús no quiere vivo, y vivo en abundancia, y no muerto en vida. 
  5. Jesús es el que envia a muchos para amar a sus hermanos como Él los ha amado. Jesús es el que pide a estos que “hagan memoria de su entrega amorosa hasta derramar la sangre por todos los hombres”, en medio del pueblo. Pues sabe que cuando hacemos memoria de algo que hemos vivido lo volvemos a revivir. Ese fenómeno ocurre en nuestra mente y en nuestro corazón. Y es algo maravilloso. Por ellos pide a otros que en su nombre hagan memoria de Él a todos usando su predicación y su palabra. Realizando los mismos actos sagrados que configuraron su vida y que aquí estamos describiendo, lo que llamamos siete sacramentos. Porque la Iglesia debe ser sacramento de Cristo como Él es sacramento del Padre. Sacramento es signo ritualizado que muestra una realidad espiritual que no vemos, expresándolo en nuestra carne y en nuestro mundo. Jesús a nuestros ojos es un hombre, pero ese hombre, más allá de nuestros ojos es Dios con nosotros. Es el hombre en el que habita la total plenitud de Dios. Pues ese hombre es uno con el Padre. Y eso mismo ofrece a estos otros a los que envía en su nombre. El poder poner al alcance de la mano de cualquiera ese amor por medio de estos signos del reino de Dios que llamamos sacramentos y que nos ponen en contacto directo con el amor eterno de Dios. Jesús es el que envía a otros para que por sus palabras y sus hechos testimonien al mundo este amor. Y por su pastoreo permitan encontrar a quien así lo desee al Dios que nos ama más que nosotros a mismos.  Por tanto Jesús nos convierte en palabras que aman, en hechos que aman, y en celebrantes del amor. Jesús es el que nos convierte en constante memoria enamorada del Dios que nos ha amado primero.
  6. Jesús es el que se ha relacionado con la humanidad como un esposo lo hace con su esposa. En el universo hay tres fuerzas preciosas que lo explican todo: la gravedad, la nuclear (débil y fuerte, caliente y fría) y la electromagnética. En el matrimonio se dan esas mismas fuerzas con otros nombres: la gravedad es la sexualidad. La nuclear (débil o fuerte, caliente o fría) es el querer afectivo llamado a “saber querer” siempre, para desatar reacciones en cadena de cariño correspondido. Y la electromagnética es la compatibilidad sin la cual es imposible que dos estén juntos. Pues de no tener cargas compatibles mutuamente se rechazaran. Sin compatibilidad el sexo se agua, y el querer que sabe querer se avinagra. Porque se repelen y la gravedad se clipa y la reacción nuclear se dificulta. Es curioso como el universo queda perfectamente explicitado y significado en sus fuerzas fundantes en el matrimonio. Pues bien también el matrimonio explicita la relación de Dios con el mundo. Dos amándose dan lugar a mundos nuevos. Las tres fuerzas citadas son la causa de que exista este universo que existe. Y cuando se verifican el deseo sexual, el querer correspondido y la compatibilidad, en una pareja,  nacen nuevos universos que son los hijos inexplicables sin la concurrencia de esas fuerzas previas que se han mostrado en la vida de sus padres. Pues con Jesús pasa igual. Jesús ama a la humanidad. La gravedad para Él se traduce en dársenos totalmente, hasta su misma carne y su misma sangre, para  más plenas nuestras vidas. Su fuerza nuclear se expresa en todos sus gestos y palabras, y aún más en la cruz, donde llega hasta el extremo porque cuando nosotros lo odiamos y maltratamos como no se podía hacer más, Él nos manifestó que aún así, no dejaría de amarnos nunca. Si su fuerza nuclear en una primera etapa fue débil o fría, en la etapa final se torno caliente y fuerte. Su electromagnetismo con nosotros se muestra en que no es un Dios alejado o ajeno, sino que es un Dios encarnado verdadera y plenamente. Nuestra carne es su carne. Nuestras alegrías son las suyas. Nuestras penas son las suyas. Nuestra prosperidad en las suyas. Nuestra adversidad es la suya. No así nuestro pecado porque Dios nunca puede dejar de amar, ya que es amor, y no sabe hacer otra cosa que amar. Por eso siempre es compatible con todo.  Así que Jesús es el esposo perfecto, su gravedad sexual se traduce en entrega carnal y total para dar plenitud a toda la humanidad. Su fuerza nuclear afectiva que siempre sabe querer se traduce en amor hasta el extremo aun cuando no es correspondido lo que siempre permite desarrollar reacciones en cadena maravillosas. Y su electromagnetismo compatible brota de su condición carnal y humana verdadera y plena y de su amor sin fisuras a prueba de bombas. Por eso cuando ves un matrimonio que es verdadero y no una farsa nula, estás viendo como Jesús el Cristo trata a la humanidad y al mundo sin el cual ella sería imposible. Porque el mundo y la humanidad son uno.
  7. Jesús es el que nos ha amado hasta el extremo, ha dado su vida y no hay mayor amor que ese. Aun cuando lo hemos masacrado nos ha mostrado que no dejará de amarnos nunca. Nos ha amado hasta sacrificarse, entregando su vida por nosotros. Derramando su sangre por nosotros. Y su amor ha sido más fuerte que la muerte. Pues el que estuvo muerto ahora vive por los siglos. El amor en la resurrección ha vencido al odio y al egoísmo macabros aliados de la muerte. Por eso su amor no es algo del pasado. Es el mismo ayer y hoy y siempre. Su amor está siempre con nosotros, todos los días de nuestra vida, hasta el fin del mundo. Su amor resuena siempre, el día de la resurrección, el primer día de la semana, en la Eucaristía. Su palabra enamorada no ha pasado sigue ahí, sigue viva haciendo arder nuestros corazones, cuando le ponemos nuestra vida delante. Su amor se actualiza en cada misa y nos alimenta hecho pan de vida y bebida de salvación. Nada ni nadie puede separarnos de su amor vivo y resucitado. Su amor lo puede penetrar todo, invadir todo, trascender todo. Cuando hacemos memoria de su amor en la fracción del pan, podemos vivir en su amor, existir en su amor, movernos en su amor. Jesús está entre nosotros, él vive hoy, y su espíritu a todos da. Su espíritu es Él con todos al mismo tiempo y en distintos espacios. Su amor puede así alcanzar a todo aquel que quiera ser alcanzado. Gracias a Él, los gozos de nuestra vida no son una pasión inútil. Gracias a Él, nuestra luz personal, esa que nos hace únicos e irrepetibles, no se pierde en la nada. Gracias a Él no perdemos la esperanza en medio del dolor y el sufrimiento. Gracias a Él sabemos que la vida vencerá a la muerte, el amor al egoísmo y el odio, la alegría a la tristeza, y la paz a la angustia y el miedo. Gracias a Él la injusticia tiene fecha de caducidad. Gracias a Él la misericordia curará el error del pecado. Gracias a Él la verdad vencerá a la mentira, el bien al mal, y la hermosura, la belleza, a la fealdad. Gracias a Él el cielo y la tierra se volverán nuevos. Todo se hará nuevo porque Dios lo será todo en todos. Y su plenitud se nos contagiará. Y seremos incorruptibles e inmortales como Dios es. Seremos como Dios es. Su gloría será nuestra gloria. Basta con vivir en comunión con Él. Creyendo en su palabra, poniendo en Él nuestra esperanza, amándolo a Él, y siguiéndolo, tras conocerle, amando a todos como Él nos ha amado y como Él nos ama. Si comulgas con Él te llena de su Espíritu para que como Él puedas vivir en plenitud y hacer que todos puedan vivir en plenitud contigo. La Eucaristía es Jesucristo vivo hoy entre nosotros. Aunque no lo veamos ni lo toquemos, como el wifi, Jesús está llenándolo todo con su amor eterno. Está a la puerta de tu corazón llamando si le abres entrará y cenara contigo. Los discípulos que caminaban tristes hacia Emaus porque Jesús había muerto, lo entendieron perfectamente. Y muchos hoy como ellos también lo comprobamos a cada paso de nuestra vida.
  8. Así que ¿como quieres vivir el misterio de tu vida? ¿Quieres que tu gozo y tu luz sean una pasión inútil pasto del dolor y de la muerte? ¿O quieres que tu gozo y tu luz alcancen la gloria misma de Dios y una plenitud que ni siquiera hoy eres capaz de soñar? Recuerda que en el vientre materno no eras capaz de imaginar lo que te aguardaba una vez que nacieras. Con Jesús descubres que la vida lejos de ser decepcionante es trascendente. Por ello creo que Jesús es la voz del misterio revelando su maravilloso plan enamorado. No pasará que el big bang, el universo, el planeta tierra, la vida, la evolución, la aparición del hombre, el amor al mundo, a los demás y a sí mismo, termine en nada: polvo y fría oscuridad. El misterio ha dicho en Jesús el Cristo que NO. 
  9. Somos un misterio compartido. Ahora nos toca responder a nosotros. ¿Compartimos ese NO de Jesucristo al nihilismo? ¿O somos partidarios de que el misterio inmenso de la vida y el universo acaben en el basurero nihilista que afirma que tu eres un instante entre dos nadas dentro de esta pasión inútil que llamamos universo? Una vida fugaz sin sentido se torna insoportable al comprobar la levedad y la fragilidad del ser. Y se convierte en la maldición de Sísifo y en la tortura de Prometeo. Para vivir así mejor sería no haber nacido dicen algunos. Y la cuestión según ellos no es tener valentía para vivir sino para suicidarse y bajarse de la locura que llamamos vida y mundo. Igualmente piensan que traer hijos a este mundo infernal donde los niños pueden morir sufriendo es cruel, macabro e irresponsable. El pesimismo es la otra cara del nihilismo. El nihilismo no libera ni te vuelve vitalista. Te avinagra ante la vida y te agua la ilusión por vivir. Ser o no ser, es la cuestión. Es el misterio. Y en Jesús, el misterio habla y dice SER. Ser amado y enamorado. 
  10. Yo escucho a Jesus el Cristo, a Jesucristo. Pues la voz del misterio que habla por Él alienta mi vitalismo, y colma mi amor por el universo y la vida y por los tesoros maravillosos que son los seres vivos y las personas. El amor y Jesucristo se entienden muy bien. Y yo que amo a los vivos me entiendo muy bien con Él. Mi razón lo conoce y lo comprende y no lo rechaza. Mi corazón lo ama. Y mi vida lo sigue. Por ello vivo unido a los que comparten conmigo el amor por Él. Por ello escucho su Palabra y anuncio su mensaje como un altavoz para evitar que el misterio quede vivo.  Por ello me relaciono con Él en la oración. Lo miro, me mira con amor y juntos, por la fe, somos felices. Comulgo con él en la vida sacramental y principalmente en la Eucaristía. Y vivo convirtiendo mi vida para amar y perdonar. Y no me resulta fácil, pero insisto en alcanzar esa meta, en la confianza de que Él con su amor ya me ha alcanzado. María su madre y otros compañeros de camino que llamo Santos, me ayudan mucho. Como mis hermanos de aquí. Así quiero vivir el misterio de mi vida. Oyendo la voz del que me descubre el misterio de mi vida. La pregunta final es sencilla y directa: ¿Y TÚ COMO QUIERES VIVIR EL MISTERIO DE TU VIDA?.

 

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