Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

De la metafísica a la mística

Del libro: LUZ EN LA TINIEBLA

    DE LA METAFISICA A LA MISTICA

    

    La abstracción desde su concepción nos juega siempre malas pasadas. Platón nos infundió el vicio de atribuir existencia a los contenidos ideales. Mas eso no puede demostrarse. El misterio no se despeja en ese proceso. ¿Aprendemos ideas existentes, estructuras que conforman la realidad? o ¿Simplemente elaboramos conclusiones mentales extraídas de miríadas y miríadas de entes particulares de similares cualidades con ínfimas diferencias individuales? El misterio se cierne sobre nosotros. 

    Pero de entre los conceptos hijos de la abstracción “el ser” es el concepto que mayores complicaciones plantea. El ser es el concepto que lo une todo. ¿Qué es el ser? ¿Todo? Pero ¿que es todo?. Es el ser un concepto o una realidad. E ahí la cuestión. Se podría afirmar que el ser es un concepto hasta que no se muestre como una realidad. Y en tanto que sustento de todo: una hipótesis. El ser “parmenideo” ¿es o no es en tanto que ente existente? Esta respuesta es difícil de responder hasta que este no se presente a sí mismo. No es descabellado afirmar que el ser es un concepto hasta que no se muestre como una realidad. 

    Lo dicho: Hasta que el ser no se presente a sí mismo puede ser tildado como una abstracción fruto de los concretos existentes. Son los entes los que nos permiten llegar a esa conclusión que es una pura posibilidad teórica. O sea decir Ser es pronunciar una palabra, un concepto, una construcción mental fruto de la abstracción, pero ¿estamos ante una realidad? El misterio se cierne de nuevo sobre nosotros. 

    Los partidarios de la nada como fondo del todo, los amigos del “todo para nada”, en el fondo definen el ser como la nada que “nadea”. El mundo a sus ojos es la nada siendo, porque no es para siempre. En el fondo los nihilistas son hijos del concepto hebreo de Dios. Para Moisés Dios es el que se presenta como: “Yo soy el que Soy”. Yo soy el que existe realmente porque soy en plenitud. No soy levemente. Soy eternamente. Siempre he sido. Soy. Y siempre seré. No hay ser sin mi SER. Porque yo soy el ser que hace ser todo lo que existe. En el fondo son víctimas de la concepción cristiana que entiende el mundo según este adagio: “Yo, el mundo, soy la nada que puede ser plenamente, por gracia, por amor del Dios que en Cristo me concede ese privilegio”. Así pues al matar a Dios, el mundo se torna apariencia siendo hacia ninguna parte. La nada sería pues nuestro origen y nuestro destino sin Dios. La nada es concebida aquí por los nihilistas como azar en cuanto al origen. Y en cuanto al destino como oscuridad. En el fondo la tesis nihilista es la contrarréplica al enfoque cristiano. Es la reacción pendular frente a la interpretación que afirma que con Dios la nada puede tornarse por “amor”: ser. El único problema para los nihilistas es que no saben responder a la pregunta ¿Por qué existe el ser y no más bien la nada? o dicho en términos “parmenideos”: de la nada no sale nada. Si la primera pregunta hija de Leibniz puede ser obviada apelando a que lo que existe no es el ser si no los entes, seres imperfectos, nada “nadeando”. Parménides no es tan fácil de obviar de ese modo porque no pone el acento en el ser sino en la “nada” de la Nada. Los teistas responden mejor a esta cuestión. 

    El nihilismo es un enfado contra el teismo crédulo y oscurantista. Por ello amparados en el magno y sagrado “YO soy El que SOY”, concluyen que no ser en plenitud es ser nada: polvo eres y polvo serás. Pues ¿que es la programación televisiva sin luz? Oscuridad y silencio. Nada. Eso somos sin Dios. Fugacidad azarosa y sin sentido. Una pasión inútil. 

    Pero estás aplastantes y demoledoras palabras lejos de ser “verdades” son puras sospechas. Ejercicio interpretativo. Hipótesis nacidas al amparo de la sospecha de la calamidad como única meta en nuestra vida. Credo y dogmática pesimista. Porque el misterio resulta infranqueable. Es cierto que si el ser es un concepto los entes son pasajeros y por tanto nada en movimiento. Si bien, de no ser un concepto sino una realidad, entonces los entes no tienen por qué ser una nada en movimiento si no que encierran la posibilidad, si así le place al ser, de alcanzar una plenitud que no les es propia. El misterio nos cerca. Sin admitir la revelación del ser por sí mismo en primera persona, lo único que sabemos del ser es que es misterio. Pues no podemos establecer que sea concepto o realidad. Ni pesimismo ni optimismo. La filosofía se estrella con el misterio: sólo se que no se nada, ser o no ser esa es la cuestión, de lo que no se sabe es mejor no hablar, la perenne problematicidad del Ser. Sócrates, Shakespeare, Wittgenstein, Hartman. 

    ¿Es todo? Si no excluimos el que la trascendencia pueda hablar de manera irracional, por pura petición de principio, fruto de una opción pero no de una razón. Entonces es posible ir más allá. 

    Para un cristiano la encarnación es la puerta abierta al Ser para que este se erija en una realidad. La encarnación de Dios en Cristo es la mostración de que el ser no es un simple concepto. Un constructo idealista fruto de la abstracción. La Encarnación y la Revelación del ser amoroso de Dios en Cristo convierte en relevante lo que de otro modo sería pura irrelevancia. La Encarnación de Dios en Cristo otorga realidad al ser más allá de su mera existencia mental. Más allá de su pura mostración “entual”. 

    La enigmática materia oscura ofrece pistas metafísicas en este debate. No me es simpática la entidad llamada materia oscura y el concepto de misterio que nos cerca por todas partes.  Para un enfoque teista según el esquema de la Encarnación: si la materia oscura es Dios, nuestro universo es una burbuja en su seno eterno. Gracias a Cristo sabríamos que la materia oscura es una esencia enamorada.  El vientre materno sería un símil perfecto de ser en medio del misterio, circundado por su materia oscura, pues por su propia naturaleza esta no nos permite entender que hay más allá. En este sentido, una aparición, sería un instante o una suma de ellos, en los que la materia oscura se nos vuelve perceptible. Para este enfoque teísta o “totalista”, la muerte nos sumerge en la materia oscura, en el misterio, pero eso no es la nada nihilista, sino el más allá, el nuevo ser, que no es otro que el ser pleno, clarificado, revelado por la resurrección de Cristo.  La Resurrección de Jesucristo es la revelación  de la verdad plena que encierra de manera enigmática esta materia oscura, expresión plástica del misterio. 

    Sugerente enfoque razonable. Sujeto a la opción de cada individuo. Kierkeegaard retorna contra el racionalismo idealista y contra el irracionalismo nihilista que pone el sinsentido donde Hegel puso el Logos. Ni A ni B. Son más razonables. Si opto por el ser como concepto, nihilismo. Si opto por el ser como realidad, teismo o totalismo. O todo para nada. Primera opción. O la nada que puede tornarse Todo. Segunda opción. 

    La opción teista concibe el mundo ante Dios como el tiempo que se concede a la nada para que libremente acepte la gracia de llegar a SER. El mundo es el tiempo que se le concede a la Nada para que responda a Dios si quiere serlo todo. De modo que según esta opción hoy el ser del mundo es de naturaleza conceptual y el de Dios es real. Y por puro deseo expreso de Dios, por pura gracia, nuestro ser conceptual ha sido invitado a transformarse en real. Y nuestra libertad se torna fundamental porque gracias a la revelación del Dios que nos ama, si se deja enamorar por medio de los esponsales resultantes, recibirá la eternidad real y plena del ser Divino como regalo.

    Y en ese momento Prometeo, y Adán y Eva, se verán satisfechos, porque por fin lograrán ser como Dioses. Pero no por búsqueda infantil y egocéntrica del poder omnímodo e infantil. Sino por aceptar tornarnos como la eternidad: TODO CARIÑOSOS ANTES QUE TODO PODEROSOS.

    La mística tiene ahora la palabra. Lo mejor que sale del interior del corazón en esta tesitura es pedir constantemente “Dame tu Amor mi Dios y Señor. Abrirse a la acción del Espíritu de Dios haría decir a un cristiano: “Abbá con tu Espíritu: limpia mi corazón para que pueda ver el rostro de tu amor y así, inundado por su dulzura pueda yo ser dichoso en tu presencia. Por tu hijo Jesús te lo pido. Amén”. Ahora bien la oscuridad conlleva enigma. Por ello siempre tendrá que afirmar con humildad: “Señor si no creo en tu amor sin verlo no seré dichoso. Dame tú: fe. Amén. En medio de esa oscuridad el cristiano deberá afirmar muchas veces: “Señor Jesús confío en tu amor, no temeré”. Y a partir de ahí entenderá cualquier acto ritual como un encuentro, pues para él: rezar, orar, celebrar, predicar, todo, será dejarse amar. Amar y dejarse amar eso es orar. Para quien cree que el amor de Dios manifestado en Cristo crucificado es nuestro origen, en el vivimos y si no le decimos que no, ese amor será nuestra meta. Por eso siempre implorará: “Padre en tus manos amorosas lo pongo todo, pues yo nunca estoy sólo. Tu amor siempre camina conmigo”. O bien: “Espíritu Santo, fuego enamorado de Dios, llama de amor viva, ven sobre mí ¡Ven Espíritu Santo!¡Ven amor  eterno de Dios!. Porque cuando un cristiano ora al Padre, el Hijo vive en él por el Espíritu. Cuando un cristiano adora al Hijo, el Padre que ama al Hijo inunda con su amor al que lo adora con su Santo Espíritu. Y cuando un Cristiano invoca al Espíritu de Dios se llena del amor del Padre y del Hijo. Al orar a Dios el Cristiano se sumerge en el proceso del amor. Pues eso es la Trinidad Santa la máxima afirmación de que Dios es amor: El Padre, la mente enamorada que piensa, El Hijo la expresión de ese amor con hechos y palabras, la conducta enamorada de Dios, y el Espíritu Santo es el sentimiento enamorado que en el corazón del Padre y por medio del Hijo que lo expresa llega a nosotros para quedarse en nuestra vida, transfigurando la por completo. Y eternizándola por medio de su amor.

    Nuestra sed de infinito que se despierta cuando amamos a cualquiera, a nosotros, a los demás, al mundo y al mismo Dios, expresa que estamos hechos para la eternidad, aunque está se nos brinde como una gracia y no como una necesidad. Pues de ser necesaria ya no sería posible el milagro prodigioso que nos vuelve “dioses” y que es el amor. Pues sin libertad el amor no existe. Estamos hechos para beber las aguas de la eternidad. Y nuestra sed muestra que nos aguardan las aguas. Por ello al amar nos divinizamos. Y eso ocurre en cuanto alguien nos ama y le correspondemos. Por ello es preciosa la costumbre murciana de mi tierra de brindar por el amigo que se ha muerto tras enterrarlo. Porque así Dios que todo lo ve percibe que ha amado y ha sido amado y lo reconoce como suyo y le otorga el cielo. El alboroque es por ello el modo de “subir al cielo” a los amigos que se han muerto. 

    Para un cristiano el vitalismo no es un instante fugaz. Paseando por el mundo, el cristiano camina por el jardín del Edén, donde el amor de Dios lo es todo. Y todo lo posibilita pues nada es imposible para el ser que hizo todo de la nada, y hará por amor, que la nada sea todo. De modo que el mundo pueda decir unido por el amor a Dios, “nosotros somos los que SOMOS”. 

    Por eso oramos. Nos dejamos amar. Y amamos al que nos ama. Con paciencia, sin evidencia, que sepas como. Somos amados sin cesar y amamos al que nos ama. Y la fe, el único medio por el cual el amor resulta posible, pues sin fe es imposible amar y ser amado, ya que el enamorado no sabe si es amado si no es por fe confiada, la fe, nos hace decir: En tu amor Dios mío soy eterno. Si estoy en tu amor soy eterno. La fe me lo muestra. Sin que yo sepa como, me amas, inmerso en la materialidad oscura de tu amor, me amas la fe me lo dice y en la paciencia lo alcanzo. Inmerecidamente pues se que si tu amor misericordioso acaba, me acabo yo, pura nada ante tí que eres el todo. Tu realidad, yo pura virtualidad llamada a ser realmente si me enamoro de ti y por amor decido compartir tu vida. Tu mi esposo, yo tu esposa que participo de tu riqueza porque al enamorarme de tí me hago una carne contigo. El cantar de los cantares narra así nuestra verdadera condición humana de manera poética y maravillosa. 

    Para un místico cristiano: tu amor es el presente. Quien ama el amor hasta el extremo manifiesto en la cruz y siempre presente en la Eucaristía se hace eterno, porque gracias a la encarnación de Dios en Cristo se nos ha revelado que el amor es lo único eterno que existe. Así al orar con el Padre Nuestro ya no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí. Al rezar el Padre Nuestro, hago una ofrenda de amor: toda mi persona te doy, para que tu con mis palabras pidas por el mundo aquello que bien sabes tú que necesita, y yo, callo, y dejo que tu que sabes, obres. Tu sola presencia en mi basta. 

    Orar es muy sencillo: el me mira amándome, y yo le miro enamorado, y juntos somos felices. Y eso basta. En el vivo, me muevo y existo, en su amor. Nada ni nadie puede separarme del amor de Dios. Pues tu amor lo invade todo, todo lo penetra y lo trasciende todo. Como el ser real. Tu amor es el mismo ayer y hoy y siempre. Por ello en tu amor encomiendo mi espíritu. Y nada me turba, nada me espanta, pues quien tu amor tiene nada le falta, solo tu amor Dios mío basta. Todo menos tu amor pasa, tu amor Dios mio no se muda, la paciencia del cree en tu amor, la esperanza en tu amor todo lo alcanza. Quien tu amor tiene Dios mío nada le falta. Solo tu amor Dios mío basta. Elevo mi pensamiento a tu amor y sube al cielo, y por nada me acongojo, y nada me turba. A Jesucristo sigo enamorado con pecho grande, y venga lo que venga como tu amor no se muda, nada me espanta. Movido por tu amor aspiro a lo celeste que dura siempre fiel y rico en promesas enamoradas, pues tu amor Dios mío nunca se muda. Amo como mereces tu bondad inmensa, con fino amor paciente. Confio en tu amor y tengo una viva fe en él, y así creyendo y esperando en tu amor todo lo alcanzo. Y aunque me acose el infierno y así me vea, burlo sus furores porque tengo tu amor. Pueden venirme desamparos, cruces, desgracias pero si tu amor es mi tesoro Dios mío, nada me falta. Pueden irse los bienes de este mundo y sus dichas vanas, pues aunque todo lo pierda, si tengo tu amor Dios mío, nada me falta porque solo tu amor Dios mío BASTA. 

 

    Así amigo pensador si por la fe te abres al amor el ser de concepto se tornará realidad, y no realidad cualquiera, sino realidad enamorada. De este modo por la mística la metafísica deja de ser un camino hacia la nada y se torna lo que verdaderamente es: anticipo de una realidad plena por ser enamorada. 

 

    Por ello no te extrañe que oigas decir a la nada que “nadea” cuando se torna por la fe en Cristo enamorada estos preciosos versos:

 

Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor;
Porque vivo en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
Del amor con que yo vivo,
Ha hecho a Dios mi cautivo,
Y libre mi corazón;
Y causa en mí tal pasión
Ver a Dios mi prisionero,
Que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros!
¡Esta cárcel, estos hierros
En que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
Me causa dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
Do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
No lo es la esperanza larga:
Quíteme Dios esta carga,
Más pesada que el acero,
»

Que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir,
Porque muriendo el vivir
Me asegura mi esperanza;
Muerte do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
Vida no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
El morir venga ligero
Que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera,
Hasta que esta vida muera,
No se goza estando viva:
Muerte, no me seas esquiva;
Viva muriendo primero,
Que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darte
A mi Dios, que vive en mi,
Si no es el perderte a ti,
Para merecer ganarte?
Quiero muriendo alcanzarte,
Pues tanto a mi amado quiero,
Que muero porque no muero.

ENTENDEDLO NIHILISTAS QUE SOIS HIJOS DE LA EROTOSFERA IMPERANTE: SIN LA MÍSTICA CRISTIANA LA METAFÍSICA ES UN COITUS INTERRUPTUS.

 

                                               ANDROS PRESBÍTERO 

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