Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

Orando como el buen ladrón

Del libro: LUZ EN LA TINIEBLA

    

    Orar es dejarse amar. Junto a la cruz se comprende eso de manera inmediata. Es fácil oír las palabras del crucificado cuando dice: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”. Lo insultaban, le escupían, se burlaban de él, lo torturaban, le increpaban. Sin embargo Jesús ofrecía siempre lo mismo: misericordia. Amor gratuito. Amor inmerecido. Pues viendo como lo tratan no lo merecen. No es de extrañar que el centurión romano proclamara: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios”. Un amor así es demasiado. San Pablo lo explica muy bien en Romanos 5. 

    Entonces ¿por qué orar es dejarse amar?. Porque aunque seas un pecador que con tus pecados insultas, escupes, te burlas de Jesús, lo torturas, le increpas, Jesús, nunca deja de amarte. Esto es a mi juicio lo más difícil de creer si decides hacerte cristiano. El amor de Dios está por encima de todo. Más allá de todo. 

    Junto a la cruz de Jesús descubres que nada ni nadie puede separarte de su amor. Comprendes que su amor lo invade todo, lo penetra todo, lo trasciende todo. Entiendes que su amor es el mismo ayer y hoy y siempre. Te queda claro que su amor estará contigo todos los días hasta el fin del mundo. Si sabes como te ama y de que manera, entonces nada te turba, nada te espanta, a quien tiene este amor: nada le falta. Solo su amor basta.

    El buen ladrón lo descubrió de manera inmediata. Y que grande fue su fortuna. Pues como expresa Lope de Vega en sus poemas, ese fue su mejor golpe. Con su último aliento robó el cielo, porque adquirió con su fe todo el amor del Cielo cuando la gracia de Dios manifestada en Cristo, liberó su libertad. Lutero se equivocaba si no fue capaz de entender que la fe que ofreció el ladrón era fruto de su libertad liberada por la gracia de Dios. El otro ladrón también recibió esa gracia y sin embargo decidió que esa gracia se derrochase. En la respuesta del buen ladrón hubo mérito. Un mérito posibilitado por la gracia. Pero un mérito necesario para que nuestra libertad fuese verdadera ante Dios. Y no una mentira que nos convirtiera en una marioneta ante Dios. Lo cual supondría negar la gravedad del pecado como un empeñarse en el anti amor ante el amor más sagrado. 

    El buen ladrón es nuestro prototipo para ponernos en la presencia de Dios.  Porque su modo de proceder es la realización perfecta de lo que el concilio de Trento trató de explicar. Gracia y libertad están perfectamente expresadas y salvaguardadas en su modo de afrontar el amor de Cristo en medio de su situación dramática. 

    Cuando miro la cruz al orar, soy el buen ladrón. Y tras hacer una confesión sincera del pecador que soy, ya solo me cabe, abrirme al imperio de su amor infinito. Dejándome amar. 

    Y eso también es válido cuando celebro los sacramentos, cuando rezo el Padre Nuestro, o la liturgia de las horas (esa hermosa manera de estar con Cristo vivo y resucitado siempre a cada hora del día), o cualquier otro tipo de oración. Siempre somos ese buen ladrón. Esa es la auténtica tesitura. El modo adecuado de orar. La manera acertada de ponernos en la presencia de Dios. 

    Amor es lo único que este hombre arrepentido sacó en ese maravilloso y dramático instante. Durara lo que durara, fuera cual fuera la dinámica que usara para ponerse en su presencia. Todo eso resultó insustancial, irrelevante. Lo importante fue la verdad de un amor sin medida. Eso es lo que cuenta. El amor sin medida de Dios manifestado en Jesús. Porque Jesús y el Padre son uno. Y quien se encuentra con el amor de Jesús, se encuentra con el amor del Padre. Y esto sabemos que es cierto, porque el Padre lo resucitó victorioso de entre los muertos como nos lo enseñan los evangelios y el mismo Pablo en muchos sitios pero con particular fuerza en 1Cor 15. 

    Es este amor el que nos descubre que vivir en el paraíso es saberse amado así. Hasta el extremo. Sin medida. Inmersos en el abismo infinito de la gratuidad eterna. Pues no existe mayor GLORIA que disfrutar de la paz que nace del hecho de creer con la mente y el corazón que Dios te ama en Cristo sin medida.

    Si este amor es tu hábitat permanente: La tristeza no podrá contigo. El llanto no ahogará la alegría. Pues este amor tendrá la última palabra y no el mal. 

    Si este amor es tu hábitat permanente: la desesperación no podrá contigo. Porque conocer que este amor está por ti gratuita e inmerecidamente dotará tu vida de una relevancia, que sólo en ti, jamás encontrarás. 

    Si este amor es tu hábitat permanente: la angustia y el miedo no podrán contigo, porque el amor hasta el extremo de Dios manifestado en Jesús siempre estará contigo, y te sostendrá más allá de lo que seas capaz de percibir. 

    Si este amor es tu hábitat permanente: no amar nunca será una opción tranquila de conciencia para ti pues sabrás cual es el sumo bien. Y por experiencia descubrirás que del egoísmo y el odio brotan males sin fin. Sólo quien ama siempre, nunca hace daño ni a los demás, ni al mundo, ni a sí mismo, y por eso es como Dios, porque no sabe hacer otra cosa que amar. Dios está en él y él está en Dios. Que bien lo explica San Juan cuando lees su primera carta.

     Dios es una fuente de amor inagotable. Dios es amor eterno. Sin principio. Ni fin. Dios es amor y no sabe hacer otra cosa que amar. Y ni nuestro odio, ni nuestro egoísmo, acaban con su amor. Hasta que no contemplamos el prodigio de la Cruz, del que el buen ladrón fue un testigo excepcional, no comprendimos nada. Hasta entonces habían proliferado nuestros “antropomorfísmos" de Dios. Lo que no deja de ser una idolatría. Repasad el Antiguo testamento y veréis como el Dios del amor pugna por darse a conocer a una mentalidad humana muy contaminada por visiones de Dios equivocadas que provienen del politeismo circundante y que atribuyen a Dios pasiones humanas como la colera y la ira. Y que nos hacen ver con falsedad que Dios es odio o egocentrismo infantil. Los conceptos humanos de Dios se estrellan con la cruz. Y con la verdad del amor inagotable que de ella se desprende. Escándalo y locura para el que no es capaz de entender, como el buen ladrón, que ese amor no conoce límites. Este amor Divino manifiesto en Cristo crucificado resulta iconoclasta con todas las visiones antropomórficas de dios que lo muestran como lo que no es. El veneno integrista e inquisidor representado por los sumos sacerdotes y su corte se estrella con la cruz y su velo sacro se rasga porque su religiosidad es pura apariencia que lejos de acercarnos a Dios, nos aleja de él. 

    Tras este inmenso misterio manifestado en Jesucristo Crucificado, la cólera y la ira de Dios, alcanzan su verdadero significado. Dios guerrea como fiero enemigo contra todo lo que amenaza la vida de sus amados hijos: el maligno, el pecado, el dolor sin sentido y la muerte eterna. Como un padre y una madre defienden a sus hijos de todo lo que los amenaza. Así hay que leer el libro del Apocalipsis, ese prodigio surrealista, que surge del sueño extático, inspirado por Dios, de San Juan Evangelista.  

    Con todo partidarios de un equivocado “Dies ire” todavía hay entre nosotros. La alegría de evangelizar se ve atacada por algunos pastores “supremos” que actúan de manera que hacen correr riesgos para los procesos de evangelización abiertos. El reino del amor de Dios está en Guerra. Y el reinado del amor muchas veces es combatido por razones “políticas”, “económicas”, “caciquiles”, por simple gestión “tapa agujeros”, o por “necedad absoluta”, no descartando nunca el capricho, la improvisación o el simple deseo de afirmación. Pero no el amor. Y por falta de amor, muchos pequeños se pierden. No falta alguna “piadosa amiga del poder con razón o sin ella” que como una frívola afirma: “no estaban bien criados ni apoyados en el que se tenían que apoyar”. Y van más allá: “estaban dando culto a la persona y no al Señor”. Pero tal simpleza y desconocimiento del proceso psicológico del crecimiento personal es fruto de su patética necedad. Un feto no lo puedes poner a vivir en medio del mundo con cinco meses. Y si es sietemesino le cuesta mucho prosperar pero con los cuidados oportunos puede hacerlo. Estás “palmeras del poder constituido” simplemente demuestran que para comadronas no sirven y conviene tenerlas lo más lejos posible de los paritorios. A las madres embarazadas conviene dejarlas en paz y no someterlas a partos forzados y menos aún cuando no están cumplidas. 

    Tristemente algunos se complacen de actuar como auténticos “abortistas pastorales”.  Y además ofrecen razones etéreas. Aparentemente espirituales pero ajenas al amor. Pietismo y nada más. Cuando te atropellan así no queda otra: como el Buen ladrón, destrozado y en agonía, volverte a Jesús. Y mirándolo decirte una y otra vez lo mismo: Jesús tu amor es lo único que me importa, de tu amor no nos traslada nadie. Y nadie con sus torpes decisiones, aunque si nos pueda hacer sufrir, no nos puede separar de ti y de tu sagrado amor. 

    Caminar por la santa indiferencia “ignaciana” es una hermosa opción. Mantenerse en el amor de Dios, con los ojos muy puestos en él, sin importarte nada más. Qué digan. Qué hagan. Qué sientan o qué piensen. Sin caer en el error del Diablo que ama a Dios y a nadie más. Porque ama al omnipotente pero no al que es amor. El diablo actúa como el hermano mayor del Hijo  pródigo. Ama al Padre y odia a su hermano. Pero el Padre le muestra que es un egoísta. Porque no puede amar al Padre si odia a su otro hijo. Lo que quiere es que el Padre sólo lo ame a él, llevado de un narcisismo brutal. La santa indiferencia es poner tus ojos en Jesús que te ama, para aprender a amar como él ama. Sin poner nunca tus ojos en el odio o el egoísmo de los demás para no dar lugar a que puedan sacar de nuestro interior lo peor que llevamos dentro. 

    Jesús nos reconoce como suyos cuando nos amamos. Por eso jamás comprenderé a los que afirman que los que viven en matrimonio no aman a Dios con la misma fuerza que un célibe. Quién piensa así a mi juicio no ha descubierto que quien ama es de Jesús y con Jesús está tan cerca como quienes se acercan al amor de otra forma. El amor matrimonial nos conecta con el Dios del amor de manera inmediata porque te hace vivir en el amor. De la misma manera que el célibe que vive su vida como una total entrega a todos los demás. Haciendo de ellos su familia. Son dos caminos preciosos para llegar al Dios del amor. Y no se excluyen ni compiten. Simplemente son distintos y vocacionales. 

    De igual manera movimientos y cofradías harían bien en leerse integra la primera carta a los Corintios. Para entender que sin amor nada vale nada. San Pablo lo explica estupendamente. Tanta división y tanta competencia son un pecado mortal porque atentan directamente contra el amor que es nuestro único hábitat posible si queremos llamarnos verdaderamente cristianos. Lo mismo debería ocurrir con las distintas tradiciones litúrgicas que tanto desamor han creado y causado a lo largo de la historia. Porque no rompen la comunión. Simplemente la enriquecen.  Esto no va de “razones” que las hay de muchos colores porque la verdad es tan plena que un solo ejercicio mental no la agota. La verdad es Dios. Y Dios es eterno. Esto va de amor que nos hace encontrar como las razones, diversas como las personas, son una en el amor, pues el amor es nuestra única y verdadera naturaleza. 

    La fe es enamorarse del que nos enamora. Que bien lo aprendió el buen ladrón junto a Jesús. Su mirada, sus gestos y sus palabras breves y sencillas lo enamoraron como nunca. Y se sintió amado por Él como por nadie. Eso ocurre contigo cuando miras a Jesús a los ojos. Y cuando oyes su voz. Y cuando te dejas tocar por Él. MIRA A LOS OJOS QUE TE AMAN. Y descubrirás que si la fe es el enamoramiento, el bautismo es la boda. Los sacramentos vienen del amor y al amor encaminan. Y si no  te encaminan al amor es que no los recibes como deberías y la gracia se derrocha. Pues la semilla sembrada no da fruto.  Ser seguidor de Jesús es ser seguidor del amor. Ser amigo de Jesús es ser amigo del amor. Que la postmodernidad pagana que vive de espaldas al amor no te engañe.

    La conversión es enamorarse. Crees en la buena noticia del Dios que te ama y eso cambia tu vida, pues, te vuelves un enamorado de Dios, un enamorado del amor, y ese enamoramiento transfigura tu vida. La conversión al amor te sumerge en la Epifanía. El amor te vuelve universal. Y te obliga a superar la mentalidad concretada en la expresión “protagonistas nosotros” y por tanto, no los demás. Protagonista el amor. El amor te hace dejar atrás el ser un malasombra, el afán de decir verdades como puños que supone andar por la vida dando puñetazos y usar la verdad como un látigo contra los demás. La verdad mayor es el amor. Y se falta a la verdad cuando se falta al amor. El amor te libera de las celotípias y del equivocado afán de pensar que “mi movida es la mejor”. El amor es unidad. Y la unidad no es división. Pero unidad no es tampoco  uniformidad. Unidad es comunión. Unión amorosa en la diversidad, sin la cual, el amor tampoco existiría. La Santísima Trinidad es la expresión perfecta de lo que es el amor. 

    Los carismas nunca pueden romper la unidad. Ni el carisma de sanación, ni el de visión, ni el de enseñanza, ni ningún otro. Los carismas no nacen para enfrentar a las personas sino para enriquecerlas y crear el mayor bien común posible. Pensemos en los milagros. Son signos del amor antes que signos prodigiosos. Sin embargo ponemos atención en lo segundo. Lo prodigioso del milagro es el amor que desprende. El anti mal, el Dios del amor en Cristo, desvanece con su amor el poder del mal. La plenitud del amor divino eclipsa la falta de bien. El Dios que de la nada saca con amor todo un universo puede cambiar la cosas. Pero lo importante es que el amor las cambia. Lo definitivo es que el milagro se realiza para fortalecer la relación de amor que mantiene con quien sufre. El carisma de la curación nace del amor y para el amor. 

    Somos células del cuerpo místico de Cristo. Y cuando te dejas amar por él al orar y al celebrar la fe, te llenas de su vida. No te separes nunca de Él. Permanece en su amor. Pues si te separas de él, como una célula separada del cuerpo perderás la vida. Porque la vida es una manifestación de su amor. El Buen Ladrón comprendió eso con su último aliento en los labios. 

    Que tu fe en su amor, no se intimide por las fieras ni se entretenga en las flores. Que tu fe no tema la oscuridad ni se detenga en la luz. La fe no adora los estados emocionales en la oración, sino a Jesús, y en Él, al Dios del amor. Lo definitivo para el Buen Ladrón no era que sentía, sino el amor de Dios hecho carne en Cristo que fue lo que lo salvo. Por eso ten fe en el amor de Dios que es lo fundante, lo principal, y no te dejes despistar de él, por los gozos o las sombras. Lo importante es que Dios te ama, sea lo que sea lo que sientas. Y eso nunca cesa. El “ego es inconsistente”, lo que importa es que Dios nos ama en Cristo, nuestra atención en la “adoración” debe ponerse en eso. Adorar es amar. Amar a aquel a quien se adora. El ego no es el yo. El ego es una máscara. El amor verdadero de Dios nos quita la careta y saca nuestro yo más auténtico. El buen Ladrón fue desenmascarado de la máscara de malhechor con la que había construido falsamente su vida. Y lo libero de lo que lo  destrozó como persona. 

    Escucha a Juliana de Norwich: “ Luego me vino a la mente la manera de rezar que a menudo empleamos y cómo, por no entender las vías del amor, le importunamos con peticiones. Y entonces vi en verdad que da mayor alabanza a Dios y le complace más que oremos constantes en el amor, fiándonos de su bondad, asiéndonos a Él por la gracia, que si le pedimos todo lo que se nos pasa por la cabeza. Todas nuestras peticiones se quedan cortas ante lo que es Dios y son demasiado pequeñas para ser dignas de Él;  y su bondad está al tanto de cuanto se nos pueda ocurrir pedirle. La mejor oración es descansar en la bondad de Dios, sabiendo que esa bondad alcanza hasta lo más hondo de nuestra indigencia”. La oración es comunión de amor con Dios. Y no una subasta de gracias oportunas “ad casum”. Es más si nos inspiramos en Getsemaní no siempre se consigue lo que se desea. 

    No podemos pedir a Dios que haga cuadrados los círculos. Pedir la inmortalidad en un universo donde todo muere es una necedad. También lo es pedir la incorruptibilidad del ser que somos. Porque fuera de Dios, plenitud única existente, todo es corruptible y perecedero. Por eso pide lo que Cristo enseño a pedir con su amor al Buen Ladrón: La vida eterna. La vida en Dios en la que, Dios, lo será todo para todos. Eso es lo que su amor infinito ha decidido gratuitamente no negarnos nunca. Para que por su amor podamos llegar a ser “como Dioses”, más no por el camino egoísta de la soberbia, sino por la senda glorificadora del amor.

    Hacer memoria de este amor infinito más fuerte que el odio y el egoísmo, manifestaciones existenciales del pecado, en Jesucristo crucificado, y hacer memoria, de este mismo amor más fuerte que la muerte, victorioso, en la resurrección de Cristo: es la Pascua Cristiana. La oración se torna pura “Eucaristía”. Pues nace y se hace sobre la memoria constante de este amor dado en Jesucristo muerto y resucitado. Orar es hacer con un corazón lleno de fe, esperanza y amor “adorante”, memorial de este amor eterno  que se nos ha dado en Jesús, y que Isaías, el profeta, profetizó en diversas ocasiones. 

    Por ello ante el sagrario este modo de orar encuentra una de sus cumbres máximas. Cuando oro ante el sagrario solo puedo hacerlo como el delincuente arrepentido que muere junto a Cristo en la cruz. Quiero estar con él, a su lado, sin decir nada, sin merecerlo y sólo solicitando su amor misericordioso, su divina misericordia, como único don. En el sagrario está el Hijo. Luego, está el Padre. Y al orar adorando con fe, esperanza y amor, me inundan con su amor divino. De modo que el Espíritu amoroso de Dios, me inunda. Lo sienta o no lo sienta. Lo sé por la fe. El silencio creyente ante Él, Dios presente en la sagrada reserva eucarística, me nutre de su amor sin que yo lo merezca. ¡Oh Grandeza!.

    Pues todo lo que puede decirse de la Encarnación de Cristo, puede decirse de la Eucaristía. La materialidad es la humanidad. La Divinidad es la Divinidad de la Eucaristía. La persona es lo que aúna ambas naturalezas. Toda la materialidad eucarística es completa,  como la humanidad de Cristo es completa. Y toda la divinidad eucarística es completa, como la Divinidad de Cristo es completa. Y una sola persona acontece en ella, como en Cristo. La analogía del lenguaje: cuerpo=sonido, alma humana=lengua concreta/ Divinidad= significado ideal único expresable en multitud de lenguas distintas/ Persona=ser que comunica su significado  en una lengua concreta que suena con sonidos concretos; y que tan bien expresa que Jesucristo es el verbo que se hace carne, sirve igualmente para expresar como se reproduce ese mismo fenómeno en la Eucaristía. Es el Espíritu de Jesús Dios, invocado al hacer memoria del amor hasta la cruz y que vence a la muerte manifestado en Jesucristo, en la acción de gracias, quien obra el prodigio de que lo que sólo era materia completa, se torne persona. La persona es principio y fuente de amor, y por ello la Eucaristía lo es. Y por eso como el Buen Ladrón es posible ser amado estando junto a ella, adorando.  Quien adora la Eucaristía, adora a Cristo realmente presente como persona gracias a la acción de Espíritu de Dios. Pues en ese Espíritu, Jesús se hace presente. Por ello quien profana la Eucaristía a Cristo profana. La transubstanciación es la personificación de lo impersonal por sí solo. La analogía del aire y del Espíritu obra el prodigio de que esa misma persona esté en todas partes, en cada sagrario, igual que el mismo aire está en todas partes del planeta por la sencilla razón de que es muy grande. En Dios, Jesús, está en todas partes a un tiempo por el Espíritu. Pero, siendo él mismo, en todas partes, la misma persona. Sin perder su esencia y su existencia, como ocurre con el aire. Así que, sentado ante Él, en amante adoración, permanezco en su amor, realmente presente, personalmente presente, y me dejo amar por Él, y como el buen ladrón trato de corresponder a su amor con el mío, siempre pobre, insuficiente y mezquino. ¡Oh prodigio admirable! el que adorna el inmenso misterio de la Eucaristía como adorna el inmenso misterio de la Persona de Cristo en la que siendo realmente hombre completo, habita, la total plenitud de Dios completo. 

    ¿Como no llenarme de su Espíritu amoroso sin que sepa como, y sin que lo merezca, para poder vivir después mi vida cristiana. Bien nos lo enseña Juan en su evangelio, capítulo 14, versículos del 15 al 21. Y conste que a veces los retos que se te plantean pastoralmente hablando son duros y difíciles. En muchos sitios he tenido que pastorear la división. Y en otros administrar la ruina. Envuelto en guerras entre cofradías y entre movimientos. Preguntándome, a veces sin cesar: ¿qué hago yo aquí? pues no siempre he ido a esos sitios libre y razonadamente, siempre libremente, más no siempre razonadamente. Y estar en un lugar “vencido más no convencido” quema el aliento que respiras. Y si en esas circunstancias no fuera por el amor que emana de Cristo y por su Espíritu presente en la mente sin cesar (pues contigo está cada día de tu vida hasta el fin del mundo) no resistiría uno en pié. Ni sería capaz de vencer tales tempestades, que pasan por tu vida como Atíla y los Hunos. 

    En esos momentos oscuros Jesús nos resucita. Pues no sólo resucita Él a los muertos para que puedan estar con Él, como así nos prometió. Nos resucita también a nosotros. Los que quedamos en este mundo. Muchas veces sin alegría, sin esperanza, sin ilusión, con dudas, con miedo, con angustia, víctimas del nihilismo pesimista. Más Él, nos resucita para que vivamos como Dios. Y Dios es amor. Y amor nos vuelve. Amor nos hace. Y lo hace amándonos hasta el extremo y gratuitamente como a un buen ladrón. Y nos hace capaces estar en “todas partes” al hacernos participar de su grandeza. Y nuestra alma se universaliza, y como la suya, está con todos, en todas partes y a un mismo tiempo. Y entonces, el “Padre Nuestro”, suena en nuestro interior de otra manera. Y se comprende que ser “católico” es amar a todos sin distinción como Dios mismo es: Amor para todos. Y entonces al administrar los sacramentos se ve muy claro que tocando tu cabeza con mi mano es Cristo resucitado quien te toca con su amor y su Santo Espíritu, fuente de alegría, amor, esperanza y paz, viene sobre ti. 

    Este amor siempre es nuevo. Siempre es joven. Y se ha dado una vez y para siempre. Así lo enseña la carta a los Hebreos. Todos los días podemos decir como los monjes búlgaros del monasterio de San Juan de Rila: “Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado”. Y este amor es compartido con todos los hermanos. Por igual. Pues desde que en la plegaria eucarística decimos “esta ofrenda que te ofrecemos”, el Pueblo de Dios en la misa, es una familia unida, donde el presbítero es la madre y el padre que cocinan para comer con sus hijos, los seglares y profetas, en el domingo. De modo que ambos puedan dar frutos de amor, siendo de esta forma sus vidas una ofrenda agradable a Dios Padre al modo de Cristo. Y todo gracias al Espíritu de Jesús que nos alimenta con el pan de la palabra y el pan de la Eucaristía. Y así en el amor, desde el amor y para el amor, el sacerdocio real y el sacerdocio ministerial quedan perfectamente integrados, siendo excluido cualquier asomo de funesto clericalismo. Y cualquier enfoque de la relación entre presbíteros y laicos según el esquema de la lucha de clases tan del gusto de algunos “progres de pro”. Unidos en el amor y convocados a un mismo amor, por el Dios que no sabe hacer otra cosa que amar. Amor y sólo amor.

    Para crecer en este amor es imprescindible renunciar a la tiranía del sentimiento. Estando severamente enfermo, con la imagen del crucificado de la hermandad de los estudiantes de Córdoba presente en mi ipad. Mientras adoraba tanto amor. Mientras comprendía como Jesús crucificado vuelve amor el horror en que lo hemos convertido nosotros, mi mente no cesaba de repetir siempre lo mismo: Lo importante. Lo importante es tu amor. Más allá de todo horror. Y recuerdo como su amor. Curo mi ánimo. Pues eclipsó mi desanimo que no veía salida a la plaga que me aquejaba. Al desplazar mi atención hacia su amor. Comprendí que mi malestar mis dolores no cambiarían porque yo estuviese malhumorado. Mi enfermedad no cesaría por mi estado deprimido. Y eso me sirvió para ver que lo importante es que Él ama. Amó ayer. Ama hoy. Y amará mañana. Y lo demás pasa. Pero su palabra enamorada no pasará nunca. Los estados emocionales van y vienen. Y muchas veces conforman el ego. Porque nos hacen pensar que “somos sus sensaciones” y no es así. Los estados emocionales son máscaras del carnaval en el que te encuentras sumergido. En Juan vemos que cuando la angustia de Getsemaní se anticipa y se preanuncia, Jesús confiesa tener el “alma agitada”. Pero la voz amorosa del Padre eclipsa la agitación que siente. Un estado emocional es un momento fugaz. Un instante pasajero. Un invierno interminable  o una sequía pertinaz . Pero que al final ceden ante el verano o ante una hermosa temporada de lluvias. El buen ladrón pasando el mismo suplicio que Jesús, sería presa fácil de la agitación, estoy seguro. ¿Y cual sería su principal recurso en su agonía para no dejarse arrastrar por la agitación que le producía su tortura? La mirada amorosa de Cristo en ese último instante. Su mirada de amor. No me cabe ninguna duda. Tal amor desvanece cualquier estado emocional agitado. Es cuestión de poner atención en su amor, es cuestión de mirarlo y decirle: Lo importante. Tu amor es lo importante. Entonces el ego se desvanece. Y con la carne mortal se pudre en la tumba. Y lo que se glorifica es nuestro yo verdadero hecho para el amor en Dios desde el principio. La sabiduría del Buen ladrón. Inmensa, preciosa, infinita.

    María Magdalena es otro de mis modelos preferidos para orar. Y tuvo el mismo recorrido que el buen ladrón. Siempre me he sentido muy “prostituta”. Pues con facilidad me he ido tras los pasos de otros amantes dejando de lado a mi esposo que es mi Señor y mi Dios: Jesucristo. Ezequiel no se equivocaba cuando describía al Pueblo de Dios en el capítulo 36. Pues parecía estar pensando en mi. Como tampoco erró Nehemías en su capítulo 9. Pues ese de quien se habla soy yo. ¡Oh humanidad la mía!. Siempre me he sentido Jesús ante ti como esa pecadora a la que todos querían apedrear, indefenso, justamente condenado, sin méritos propios y con muchos motivos para ser reprobado y oír de tu boca: ¡Andrés no te conozco!. Y siempre me has sorprendido, hasta setenta veces siete. Cuanta razón lleva el Papa Francisco cuando dice que Dios no se cansa nunca de perdonar. Esa es mi experiencia incomprensible. Pues bien Magdalena en la resurrección, quiere apresar a Jesús resucitado. Lo quiere. Le puede su afecto. El querer, el afecto, desean agarrar a quien se quiere. Es lo normal. Cualquiera lo entiende. Basta con querer y lo sabes. Pero Jesús la invita a amarlo. Cuando amas piensas en el bien del otro. Mas que en tus afectos. Y la invita a dejarlo partir. Y a quedarse con su amor sincero. La invita a que le baste su amor. Y no su presencia física. El afecto, el querer, precisan recibir. El amor busca dar. Y Dios es amor. Por ello creo que Magdalena, aprendió la gran lección de su vida: el amor educa el querer. El querer llevado al extremo te vuelve egoísta. Un celoso es eso. En cambio el amor te vuelve Dios. Te hace descubrir que la alegría está en dar y no en recibir. Y te enseña que si todos buscamos recibir, nadie recibirá nada. En cambio si todos buscamos dar, todos recibiremos. Cuando se nos muere alguien esto también se verifica. Hay que dejarlos partir. Cuando me estrello con la lápida de mi querida madre, siempre descubro que lo que me hace llorar es que la quiero. Y la frustración es que no puedo tocarla y tenerla conmigo. Es mi ego quien protesta. En cambio, mi amor sabe por la fe que ella vive en Dios, es más la percibo muy presente en muchas cosas que me pasan. La gente a veces no es capaz de ver a sus seres difuntos intercediendo por ellos, amándolos en Dios, porque son como los que se van a vivir a Alemania y no saben hablar el alemán. La comunión de los Santos es algo que hay que aprender a entender. Y no se hace de un día para otro. Y ahí manda más el corazón que la mente. La mente es el brocal del pozo. El corazón es el agua fresca que anida en su interior. Una mente en conflicto con el corazón es como un brocal que impide acceder al agua fresca. Solo sirve para ser tirado. Porque está mal construido. Por eso las palabras “Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis”, presiden su lápida. Para alentar mi esperanza siempre alimentando mi fe. Sus palabras que no pasan. Mi amor es más fuerte que la muerte y por eso estáte tranquilo está en mi amor y es feliz. Vive en la gloria. Y algún día tu también lo verás. No es que el querer deba ser extirpado como dicen algunos ascetas equivocados. El querer debe ser educado por el amor. El querer se tiene que divinizar. Y lo hace, cuando ama. Entonces se transfigura. 

    Una prostituta y un ladrón, menudos modelos he elegido para comprender mi vida. Dos vidas frustradas como la mía por el egoísmo ciego incapaz de amar. Dos vidas cambiadas, transfiguradas, glorificadas, y todo porque se dejaron amar. Pues eso es para mi la oración amigos. Dejarme amar como el ladrón arrepentido y la prostituta perdonada. Y ver como ese amor, muchas veces sin que yo sepa como va cambiando mi vida, si como Magdalena y Dimas le digo: ¡SI!. 

    Sin duda Jesús, lo mejor que me ha pasado, es conocerte. Hoy tengo toda una tropa de gente maravillosa a mi alrededor a los que adoro y me adoran. Y alguno hay que hasta parece que lo llevo grabado a fuego en mí. Pero una cosa tengo clara: Sin Ti jamás los habría conocido, los habría querido y los habría metido en lo más profundo de mi alma. Y entonces descubro que son un precioso regalo de tu amor para mí. ¡Oh maravilla! Decirte GRACIAS, es decir muy poco. 

 Una última cosa. Nuestro entorno sociocultural es esa roma que ve morir a Jesús. Es cierto que algunos parece que quieren ocupar el lugar de los sumos sacerdotes y levitas. Pero son pocos. La mayoría son gente manipulada como las gentes de Jerusalén. Son esa Roma indiferente ante el prodigio de amor que se desarrolla ante sus ojos. Y uno a veces pilla algún que otro improperio que le dirigen al que está a tu lado, por aquello de que algún dardo siempre se escapa de la diana, y claro, pues uno está cerca. Daños colaterales ya se sabe. No se le parece al del centro uno ni en el blanco de los ojos. Indigno de desatar su sandalia. Además a mi dardos probablemente se me puedan tirar muchos, porque muchos son mis pecados, miserias y carencias. Lo mío sería probablemente justo. Es cierto que también en nuestro entorno hay centuriones impresionantes que se conmueven ante este amor infinito y les cambia el corazón, y que hermoso es eso cuando se produce. No hay cosa más hermosa que ver como le brillan los ojos a una persona que descubre el inmenso tesoro que es Cristo. Pero el dolor es ver a la mayoría: vociferando como fieras.

    La mayoría están como aquellos, creyendo que este amor de Dios es una amenaza. Para botón de muestra los anarquistas, a los que pertenecí durante un tiempo cogido de la mano de Kropotkin. “Ni Dios ni amo”. Que pena que no usaran la palabra justa. Pues una “R” lo cambia todo. Dios no es sinónimo de “amo” sino de “amor”. Todavía hay mucho personaje sentado en mi antiguo banquillo diciendo aquello de que la Iglesia que más alumbra es la que mejor arde. 

    Pues bien fruto de torpezas como esta: la persona se desdibuja. Si la familia dicen es la célula de la sociedad, la persona es su átomo. Y cuando el Dios del amor manifestado en Cristo se esfuma se quiebra no sólo la sociedad y la familia. Se quiebra la persona. Si la sociedad entra en crisis y si la familia se hunde es porque la persona agoniza. Sin el amor de Cristo la persona como concepto no existiría. La brutalidad romana (ver las dos temporadas de la magnífica serie “ROMA”), era una suerte de selva spinozista, una especie de encarnación de la voluntad de poder de Schopenhauer tan salvaje ella, un anticipo del nazismo del superhombre nietzscheano que entonces llamaban ciudadano romano, una plasmación perfecta del triunfo del fuerte sobre el débil darwinista, socialmente hablando, que tanto ha hecho las delicias de los neoliberales salvajes o una realización anticipada del “gulaj” comunista frente a todo lo contrarrevolucionario que como siempre merece ser extirpado como lo fue Spartaco y sus esclavos clamando por la libertad. Por olvido de este amor que el buen ladrón descubrió estamos reviviendo la locura romana de otros tiempos. No faltan claro está los nuevos religiosos integristas en todos los ordenes que van a reeditar la misma inquisición que clavó a Cristo en la Cruz por infiel y hereje. Estrellando aviones con torres gemelas y otras brutalidades semejantes. No faltan tampoco los nuevos celotes, como ETA, que en nombre de los nacionalismos exacerbados, matan a quien se ponga por delante. La crisis hoy no es celular. Es atómica. Es muy profunda. y todo porque perder de vista el amor manifestado en la cruz o desconocerlo, nos hace mucho daño. Y nos impide evolucionar hacia el punto omega del que con tanto ingenio nos hablo Theilard de Chardin. Se que resulto políticamente incorrecto en medio de esta sociedad del espectáculo que quiere ahogarse en la frivolidad de la distracción y el entretenimiento para poder soportar el absurdo resultante de un ser que por no saberse amado se cree condenado a la levedad de una pasión inútil. Pero si Ciorán no se asusto de ser un “enfant terrible” en nombre del nihilismo, a mi no me importa serlo, en nombre de la gloria. El amor de Jesús es lo que me convierte en persona pues nada me ha humanizado como su amor. Su amor hace que Rhaner lleve toda la razón: a más divinidad mayor humanidad. Y a mayor humanidad, mayor divinidad. ¿Eso me hace un ser “demodé” en los tiempos que corren? ¿Y qué?

    Después de todo, soy un malhechor crucificado junto a Jesús, ¿qué puedo perder?¿la vida?¿el prestigio? Si no pierdo su amor, el amor de mi Señor y mi Dios, lo demás no me importa nada. 

    Por tu amor soy relevante. Sin tu amor no tengo ninguna relevancia más allá del instante que soy y que un día perderé. Mientras vea tu cruz y tu amor en ella, y te sepa resucitado por mi, sabré que soy relevante. Y eso es lo que me importa. 

    Lo importante. No lo olvides. Lo importante es su amor. Déjate amar por Jesús. Como el buen ladrón. Y aprende a amar como Él nos ha amado. ¿Lo demás? No importa amigo: no cuenta.

 

Andrés Marín Navarro

Presbítero

 

00 HORAS DEL DIA 3º DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

DIA DE SAN JUAN EVANGELISTA.

 

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