Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

HOMILIA Ciclo C

CADA DOMINGO LA PALABRA DE DIOS ES CREADORA, NOS RENUEVA, SI LA ESCUCHAMOS CON FE Y SABIDURÍA, PORQUE NOS EL ESPÍRITU DE DIOS NOS VISITA Y NOS LLENA DE GRACIA. APRENDAMOS A ESCUCHARLA COMO MARIA.

 

 

XXXIV CRISTO REY DEL UNIVERSO

    David inicia el linaje real, del que nacerá Jesús. Y este linaje tiene una misión que cumplir, ser pastores y jefes de Israel. Así los define el lenguaje nacionalista y religioso de aquel tiempo. Sin saber muy bien el significado de lo que eso representaba para Dios. Pero así somos los hombres, con nuestros teismos, convertimos los mensajes de salvación en burda política. Pues bien, en cuanto designados para cumplir una misión, son ungidos. Ungido en griego es Cristo. Y por eso el retoño del tronco de Jesé será llamado Jesus el Cristo, Jesucristo, Jesús el Ungido. Mesías significa lo mismo. Sólo que en hebreo.  

    ¿Y cual era la misión de Jesús? Desde luego no era una misión política. Por eso se desvela en plenitud en su muerte y resurrección. Su vida de amor hasta el extremo le lleva a morir, pues cuestiona todo nuestro status quo desde el amor sin medida. Y es ese amor, el que se revela más fuerte que la muerte, al resucitar victorioso. Si un evangelista expone el perfil amoroso de Cristo en la Cruz, ese es Lucas. Dos palabras pone en sus labios: “Padre Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Y es que quien nos odia, no nos ve realmente, sino que realmente nos considera una amenaza, y odia en nosotros sus constructos ideológicos, eso hicieron con Jesús aquellos saduceos y fariseos (padres hoy de tantos enemigos neocons del papa Francisco). Víctimas son de sus propias comprensiones totalmente retorcidas de la realidad. Y fieras se vuelven con los que estigmatizan bajo sus enfoques torcidos de las cosas. Dignos de compasión pues monstruos se hacen por su necedad, y en su paroxismo se creen héroes por ello. La segunda palabra es la que se dirige a este malhechor que muere junto a Él, su único abogado ante todos los demás que lo acusan cuando muere crucificado. Al que sin exigirle nada, le promete estar con Él en el Paraíso ipso facto. La compañía de Jesús, saca del corazón de esa persona, lo mejor que lleva dentro, con el último suspiro de vida en sus labios. Misericordia pura. Eso es lo que Jesús viene a mostrarnos. Que Dios no es amo sino amor. Que Dios es misericordia pura. Su misión no es política. Es mucho más profunda.

    Pablo nos lo hará ver en su preciosa carta a los colosenses. Y tras resucitar, a Jesús le atribuye toda una serie de títulos. Jesús misericordioso es imagen de Dios invisible. Jesús misericordioso es el primogénito de toda criatura, pues todos estamos llamados a ser misericordiosos como Él es misericordioso. Por medio de Jesus misericordioso se crearon todas las cosas, todo fue creado por él y para él. Jesús misericordioso es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Jesús misericordioso es la cabeza de su cuerpo: la Iglesia. Sin ser misericordiosos sus miembros, por muy religiosos que resulten por sus posturas, ritos y vestiduras, simplemente muestran ser, miembros de la sinagoga de Satanás. Que es en lo que, aún sin saberlo, pretenden convertir con su vida blasfema e inmisericorde, la Iglesia de Dios. Jesús misericordioso es el principio, Jesús misericordioso es el primogénito de entre los muertos, porque sólo el amor misericordioso resucitará, y así, Jesús con su divina misericordia es el primero en todo. En su misericordia reside toda la plenitud. Y El, con su misericordia, es la reconciliación y la paz de todo y de todos. 

    Las iglesias volvieron a quedarse vacías en cuanto se nos olvidó que Dios no es amo sino amor. En cuanto empezamos de nuevo a meter miedo. En cuando dejamos de cumplir nuestra misión. Y nos empeñamos en que la  verdad era enemiga de la misericordia. En cuanto volvimos a adorar con nuestra atención a la triarquía oscura: el mundo, el demonio y la carne. Desplazando de nuestro discurso al Señor de la Misericordia que es Cristo. Pues el salmo ha sido claro: si no queremos iglesias vacías, si queremos que las gentes vengan con alegría a la casa del Señor, que la misericordia, y no el enfermizo pietismo puritano, sea nuestro único santo y seña.

 

XXXII ORDINARIO

    La fe no es de todos. Pablo nos lo recuerda. Ciertamente la Resurrección no es aceptada como verdadera por grupos de personas en nuestra sociedad, como ocurría también en la época de Jesús. Nosotros como Él también debemos convivir con quienes no participan de nuestras convicciones e incluso nos interpelan o tratan de demostrarnos la imposibilidad de ellas; esto contrariamente a lo que algunos piensan no es algo nuevo y propio en exclusiva de nuestro tiempo.

    Las razones para ello son sencillas de entender. Hoy podemos vislumbrar varias de ellas.

    Creer en la resurrección supone descubrir que la injusticia no tendrá la última palabra en la vida. Por eso, los injustos nunca han querido oír hablar de vida eterna. Porque si algo es la resurrección de Jesús es la restitución de la vida al Crucificado injustamente. Y por tanto el veredicto sobre los injustos que lo crucificaron. Como la fe de los mártires macabeos pone de manifiesto.

    Creer en la resurrección supone comprender que la libertad no está ciega, que no da lo mismo guiarse en la vida de una manera o de otra si lo que se quiere es alcanzar la plenitud. Porque lo que afirma la resurrección es que la vida está abierta a la plenitud. Y señala que la vida no es un camino hacia ninguna parte, donde, cualquier opción de libertad sea indiferente. Si lo que resucita es el amor hasta el extremo, el odio y el desamor, quedan excluidos como caminos de realización personal. Creer en la resurrección nos llena de energía, de esperanza y fortaleza, nos convoca a una misión, y nos hace asumir y afrontar retos. Y hay quien no quiere poner sus talentos en juego  por simple pereza, comodidad, o mera distracción frívola o alienada. La seriedad de la vida es algo que muchos quieren evitar. Y Pablo nos recuerda que la vida es una tarea y que no es lo mismo afrontarla con esperanza y fortaleza que sin ella.

    Creer en la resurrección no implica una coacción de la libertad de nadie. Porque nadie resucitará a la fuerza. Si no te quieres salvar, te dejarán en paz. Si tu opción es el abismo nihilista, eso tendrás. Por eso algunos no quieren creer en la resurrección, porque piensan equivocadamente que se la van a imponer, sí o sí. De eso las Escrituras no dicen nada. Jesús lo explica muy bien en el Evangelio.

    Creer en la resurrección es considerar que la adaptación al medio es una evolución. Porque nos lleva a creer en el progreso de lo que existe. Nos hace descubrir que el amor al abrirnos al futuro como una instancia sorprendente, muestra que la evolución nos ha capacitado para dar un salto hacia adelante. Si hoy tenemos sed de eternidad, es porque el agua de la eternidad existe. Por eso los que dicen que la resurrección es una ensoñación, en el fondo creen erróneamente, que la sed es anterior al agua. Pero no había necesidad alguna de que la naturaleza hiciese aparecer sobre la faz del planeta, un ser capaz de pensar la eternidad y anhelarla. Nunca lo había hecho antes. Pues tal horizonte es inútil para una dinámica evolutiva. Los saduceos estaban muy a gusto viviendo su vida sin ir más allá de lo que sus manos tocaban y sus ojos veían. Ellos vivían bien y sólo aspiraban a tener suerte, sin pensar en el sufrimiento de los demás. La solidaridad era algo que no les preocupaba. No necesitaban más.  Se negaban a evolucionar. Un satisfecho del presente no anhela plantearse que de la nada no sale nada, y menos aún, si todo es para nada o para mucho más. Si bien tal tesitura existencial en el fondo es un mero postureo. Pues los acontecimientos contradictorios, las situaciones límite, despiertan rápidamente la sed de infinito. 

    Ciertamente y por desgracia, la fe no es de todos. Y eso es una pena, porque cuando el ser humano pierde de vista, al Dios de Vivos y no de muertos, cuando se cierra a la Resurrección como su horizonte futuro, la vida humana, sea cual sea, tiene como único destino la Nada, convirtiendo la dinámica evolutiva en un puro absurdo, ¿Y quién con estos mimbres quiere desarrollar una vida ilusionante y convocar a la misma a otros seres maravillosos que en cuanto nazcan van a cautivar tu alma para siempre?. O el Dios de vivos o la nada. Habla con tu amor y mira a ver hacia que destino quiere dirigirte tanto a ti como a los tuyos. Pensar desde el amor, de eso se trata, así se entiende perfectamente que la resurrección es el camino. Es lo más deseable sin duda alguna.

 

XXXI ORDINARIO

    Tiempos oscuros azotan nuestra Iglesia, tiempos en los que enemigos del Papa Francisco no cesan de incordiar, incluso algunos prebostes indignamente vestidos de rojo (pues como cardenales deberían dar su vida por Pedro) lo que hacen es tenderle trampas y volverse en su contra. Bajo el patrocinio de tales energúmenos, muchos “neocons”, que abominan del Concilio Vaticano II, pululan por la Iglesia y sus seminarios, haciendo todo lo posible por acabar con la renovación surgida de aquel magno sínodo. De estas huestes oscuras surge un credo, que aunque se postula como verdadero, es totalmente contrario a las Sagradas Escrituras. 

    Ellos afirman que el mundo es malo. Pero basta leer hoy el precioso libro de la Sabiduría para descubrir lo equivocados que están cuando afirman tal cosa. Porque Dios que es el amigo de la Vida (y no el enemigo de la misma como ellos), ama todas las cosas, pues de lo contrario, simplemente no las hubiese creado. 

    Ellos afirman que a Dios hay que tenerle miedo. Sin embargo tanto el salmo de hoy, como el libro de la Sabiduría, vuelven a desmentirlos. Porque Dios es bueno, misericordioso y cariñoso con todas sus criaturas. Pero ellos adoran el miedo como principal sentimiento religioso porque así pueden manipular a los demás. Ya que el miedo es un arma de manipulación de las más conocidas. Como la vergüenza y la culpa, que le son tan anejas. Y ellos no quieren amar sino dominar, por eso creen que Dios es un amo y no un amor. Y ellos se erigen en la voz de ese amo, de modo incuestionable. Y así sacian y rinden culto a su verdadero dios: la Voluntad de Poder.

    Ellos afirman que la razón y la ciencia son un estorbo para la fe. En cambio tanto el libro de la Sabiduría como la carta 2 de los tesalonicenses lo discuten con palabras ciertas y categóricas. La descripción del mundo que ofrece el libro de la Sabiduría es tal cual compatible con lo que la ciencia hoy nos dice de nuestro planeta: nuestro mundo es un grano de arena, una gota de rocío, en medio del universo. Por ello Pablo nos advierte: “no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que…”. Abandonar la razón crítica es abismarse en los brazos de visionarios egocéntricos y enfermos de megalomanía que nos conducirán a abismos de dolor y muerte. 

    Ellos afirman que los pecadores deben ser juzgados y castigados. Pero el libro de la Sabiduría y el Evangelio, los desmienten. Pues Dios quiere salvar lo que está perdido y concede nuevas oportunidades a los que yerran. Más estos son incapaces de tal cosa, porque no aman al pecador, no aman a la persona oprimida por el pecado, sino que la desprecian. Más Cristo libera a la persona del pecado que la destruye, porque la ama, por encima de todo. He ahí la gran diferencia entre estos oscuros religiosos, (simples fariseos encubiertos)  y Jesús nuestro Señor, al que no dudarían un instante en condenar y crucificar de nuevo si lo tuviesen a su alcance. 

    Así que ojo al dato amigos, hoy más que nunca, seguimos estando como corderos en medio de lobos. A estas fieras rabiosas enemigas del papa y del concilio, con alma de anatema, no se les ha de conceder ni un minuto de nuestra atención y ni un ápice de nuestro apoyo.

 

XXX ORDINARIO

    No sabemos orar. Suele ocurrirnos que solemos andar pidiendo cosas impropias cuando levantamos nuestros ojos al cielo, a veces tan insospechadas, como supondría solicitar a Dios que nos conceda poder disfrutar de círculos cuadrados. 

    Por eso se nos ofrecen hoy cuatro enseñanzas a tener en cuenta a la hora de orar. La primera es pedir que la injusticia no tenga la última palabra en la vida de nadie. Tanto la primera lectura como el Salmo nos lo han mostrado. La injusticia ni agrada a Dios ni hace felices a los hombres. El libro de los salmos cuenta con innumerables peticiones de justicia para situaciones injustas. Y el Padre Nuestro, el mejor compendio de los 150 salmos que existe (pues todos ellos caben en esa oración de Jesús), tiene dos peticiones que nos inducen a solicitar el fin de la injusticia: Venga a nosotros tu Reino y Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo, pues en el cielo la injusticia no existe, pero en la tierra sí. Esta primera petición a tener en cuenta nos interpela. Pues no podemos pedir el fin de la injusticia y permanecer de brazos cruzados, mientras que ésta se comete. Y menos aún ser causa de ella para los demás. 

    La segunda enseñanza es pedir la energía que necesitamos para hacerle frente a nuestros retos vitales, sean físicos, mentales o espirituales. Pues todos ellos nos llevan a tener que afrontar situaciones a veces muy difíciles, como es el caso de Pablo, según la segunda lectura de hoy. Y sin fortaleza, el ánimo del ser humano puede quebrarse con facilidad. En el salterio encontramos muchos salmos que solicitan esa energía interior. Y en el Padre Nuestro, tres son las peticiones que nos inducen a solicitar tal poder: Danos hoy nuestro pan de cada día, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del Mal. Cualquier suerte de mal nos induce a caer en la tentación, por eso danos Padre la energía que necesitamos para no ceder en la batalla.

    La tercera enseñanza nos recomienda pedir misericordia para nosotros y los demás sin juzgar a los otros. El Evangelio nos desaconseja imitar la soberbia del fariseo y en cambio nos aconseja seguir los pasos del Publicano. Ni que decir tiene que en el Salterio hay salmos que invocan la misericordia de Dios, y que el Padre Nuestro reserva una preciosa petición para ello: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No se puede implorar misericordia para sí, si uno se dedica a juzgar a los demás. No sirve de nada venir a la Iglesia para decir cosas como: ¿qué hará éste o ésta aquí cuando todos sabemos como es? El o ella quizás esté pidiendo misericordia pero tú, lleno de soberbia lo único que haces es criticar y juzgar, y eso te aleja de la misericordia. 

    La cuarta y última enseñanza nos invita a glorificar el nombre de Dios. Pablo lo hace con total espontaneidad al final de la segunda lectura de hoy. Y es que si Dios está: la injusticia no tendrá la última palabra en la vida, no nos faltarán energías para afrontar los calvarios que nos lleguen, y su misericordia nos acompañará y estimulará constantemente. El salterio presenta muchos salmos que alaban al Señor. Y el Padre Nuestro, se reserva esa intención al principio: Qué estás en el Cielo, Santificado sea tu nombre. La alabanza y la acción de gracias es habitual y natural para un corazón que conoce la hermosura y la intensidad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. 

    Así que en estas cuatro enseñanzas sobre como debe ser nuestra oración se resumen los 150 salmos, y por eso, el Padre Nuestro queda dicho y organizado por Jesús como está. Oración y vida van juntas. No somos ajenos al mundo, orar, es ser mundo abierto a Dios y a los demás. Aprendamos a orar como las Escrituras nos recomiendan hoy. 

 

XXIX ORDINARIO

    Si os digo que estas lecturas de hoy me son indiferentes os engaño. No porque las considere mejores que las demás, sino simplemente porque hace 30 años, resonaron en mi corazón, con particular intensidad, cuando fui ordenado sacerdote un 18 de Octubre de 1992, día de San Lucas.

    De modo que ellas encierran para mi un significado personal y maravilloso, y puedo deciros que se han venido cumpliendo para mi gozo, una por una, esta treintena de años que he ejercido mi ministerio pastoral. 

    Pero hoy trataré de mirarlas para indicaros a todos vosotros las enseñanzas que creo que encierran en esta hora de nuestra vida.

    Dicen que vivimos tiempos de secularismo, esto es, en los que lo religioso se recluye del espacio público, y las gentes se enfocan en lo inmediato, sólo en las preocupaciones del día a día. No faltan quienes las tildan de frívolas, alienadas y otros apelativos semejantes. Yo prefiero simplemente decir que la mayoría sólo vive como mejor sabe hacerlo, aunque ignoren dimensiones de su ser que les permitirían mirar la vida desde otras claves. Prefiero pues comprender y compadecerme que enjuiciar y condenar a mis compañeros de camino.

    Más cuando damos de lado a la religiosidad, cuando nos olvidamos de Dios, y en concreto del Dios que se nos ha dado a conocer en Cristo Jesús, ocurren varias cosas. Veámoslas.

    Cuando nos olvidamos de Dios, los “Amalec” de la historia, o sea, los agresivos del mundo, los que nos atacan, sean individuos o sucesos que nos afecten personal o familiarmente, social o económicamente, o en cualquiera de las dimensiones que puedan componer nuestra vida, normalmente nos debilitan más y nos hacen perder el aliento vital con facilidad. Moisés es fuerte, y vence, cuando vive abierto a Dios y al apoyo de los demás que le ayudan a mantener alzados sus brazos. Dios y el apoyo mutuo de tus hermanos de fe, son dos pilares fundamentales en medio de las batallas de la vida. Y así nos lo cuenta la primera lectura. 

    Pablo nos enseña que cuando nos olvidamos de Dios, dejamos de escuchar su Palabra y de apoyarnos en ella, y de comunicarla a los demás. Y eso empequeñece nuestra sabiduría y debilita mucho nuestra vida cristiana. Que importante es vivir abierto a la interpelación de las Escrituras y a su manantial de luz. Cuanto se empobrecen las vidas de los creyentes cuando desconocen sus páginas. Y cuando por ello, no saben descubrir como los acontecimientos revelan su verdadero ser a la luz de ellas. Pues el Espíritu de Jesús nos visita si nos esforzamos en  conocerlas, si las meditamos, cuando las amamos y las seguimos. La Palabra siempre ha sido uno de mis fuertes, en estos 30 años, y es difícil entender mi ministerio, si no se considera el definitivo influjo que las Sagradas Escrituras, tienen para mí. Nada en mi vida pastoral ha estado ajeno a ellas.

    El Evangelio nos recuerda que cuando se desoye la voz de Dios en la propia vida, perdemos el sentido moral con facilidad y la injusticia campa a sus anchas. En los tiempos del nihilismo, donde la búsqueda de la justicia, es tildada por los cínicos, como la moral de los débiles que pretenden controlar a los fuertes, y domesticarlos, es importante, no perder de vista que Dios es Padre de todos, y que ser sus hijos nos convierte en hermanos unos de otros. La ausencia de la moral, no nos devuelve como algunos dicen a nuestro estrato animal, que según ellos es nuestro verdadero ser natural. Cuando un ser humano se adentra por la senda de la inmoralidad y no trata al otro como a su hermano, no respeta su ser imagen de Dios, y por tanto no vive como Hijo de Dios, no se convierte en un animal, sino en un monstruo. Cuando el ser humano, usa del respeto a la justicia y los derechos de los demás y a los suyos propios, se construye como persona. En cambio, cuando se aleja de la moral y su justicia, se torna un monstruo. No se animaliza, pues un animal no es nunca un monstruo, simplemente sigue sus instintos. Pero el ser humano, que es libre hasta cuando no quiere serlo, cuando se olvida de lo ético, se transforma en monstruo. En algo sin empatía con los demás y consigo mismo, en ignorante absoluto de lo que es ofrecer al ser humano un trato humano, conforme al derecho y la justicia que emana del sentido moral. Negar al sujeto humano en aras de animalizarlo como se nos recomienda hoy  desde diversas instancias, es desvirtuar lo humano, porque lo animal conduce a lo humano, pero si el humano trata de volver a convertirse en animal, sólo lograr convertirse en monstruo como consecuencia de la contradicción que significa querer ser mero instinto cuando se es libre. Por eso también es importante saber que sin ser fiel a la justicia, por muy religioso que se sea, es imposible ser un creyente verdadero. Pues no cualquier fe es suficiente. “Esta fe”, la que emana de la justicia, es la que cuenta, la que vale, la que salva pues nos glorifica.

    Cuando además nos olvidamos de lo religioso tal y como Jesús nos lo ha mostrado, cuando dejamos de lado la fe, para optar por universos secularizados o religiosos sin perfume evangélico alguno, nos perdemos la maravilla de vivir los tesoros que el salmo 120 canta hoy, y que he podido disfrutar estos 30 años de mi vida, y espero poderlos disfrutar si cabe otros 30 años más. Pues vivir en oración constante como Jesús nos recomienda, no es estar con el rosario en la mano a todas horas o vivir en la capilla del santísimo sin salir de ella, cuál lámpara que en ella ardiera, eso, no es nada sobrenatural sino algo contra natura. Vivir en oración constante es vivir como Jesús: abierto permanentemente a la presencia del Padre y de su Espíritu en cada uno de los instantes de tu vida. Es vivir cada uno de tus momentos como una “soledad acompañada”, como una convivencia sagrada. Saber que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. Esa conciencia es la oración permanente de la que Jesús habla, y esa es la fe, que El no quiere que se pierda en la tierra. 

    Así que es hora de que decidas si quieres ser arrastrado por la corriente del secularismo y olvidarte de Dios, o si quieres mantener, tu fe en Cristo, contra viento y marea. Yo que llevo tras sus pasos un periplo de tiempo, solicito hoy al Padre del Cielo, que me regale su Espíritu para que pueda mantenerme tras los pasos de su Hijo todos los días de mi vida. Tú por tu parte, decide que deseas y actúa conforme gustes.

 

XXVIII ORDINARIO

    Múltiples son las posibles interpretaciones que pueden darse de los textos que acabamos de escuchar este domingo. Y es que la Escritura es un tesoro muy rico. De hecho cuando un grupo de creyentes, la escuchan y comparten juntos sus frutos, la reunión suele provocar un gran enriquecimiento de la vida interior de cuantos a ella asisten y participan. Por lo que Pablo en sus cartas nos recomienda tal actividad encarecidamente. 

    Consideremos cuantas lecciones podemos aprender hoy partiendo de la máxima que Pablo nos propone: Acuérdate de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.

    1ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado comprenderás que todas nuestras “lepras” espirituales y morales pueden tener cura. Y eso frenará cualquier desánimo. 

    2ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado descubrirás que no se puede despreciar a nadie por ser extranjero porque entre ellos hay gentes que tienen una fe infinitamente superior a muchos miembros del pueblo de Dios. Y para ejemplo se nos propone hoy la historia de un sirio y de un samaritano.

    3ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado tomarás conciencia de que la salvación es para todas las naciones de la tierra como el salmo proclama hoy, ya que nuestra fe, como enseña el evangelio al final, es lo que nos salva. No la raza y el conjunto de reglas ético culturales. No es a condenar en nombre de un credo a lo que viene Jesús. 

    4ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado darás gracias constantemente. Pues la gratitud es la consecuencia inmediata en el corazón del que experimenta su amor. Cuando la gracia derramada no cae en saco roto. De nuevo, un sirio, un samaritano y el mismo Pablo nos lo demuestran.

    5ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado te volverás generoso como el Sirio y sacrificado por los demás, hasta el extremo, como Pablo. Porque Jesús nos enseña que hay más alegría en dar que en recibir. La empatía se adueñará de ti. 

    6ª. Si te acuerdas de Jesucristo Resucitado descubrirás que al recibir la gracia de Dios en los sacramentos no hay que salir huyendo del costado de Jesús, sino volver junto a Él para dar fruto. Y así morir con Él para vivir con Él, sufrir con Él para reinar con Él, y aprender más y más de su fidelidad, sin negarlo nunca, a pesar de nuestras infidelidades. 

    7ª. Si te acuerdas de Jesús te llenarás de una valentía que impedirá que ninguna cadena te oprima a la hora de vivir conforme a su Evangelio. 

    Múltiples lecturas (y podrían hacerse más), todas ellas ciertas, y sin embargo diversas, y pivotando sobre un mismo eje: la memoria de Jesús resucitado. Así que os invito a escuchar con detenimiento y profundidad su palabra, a hacerlo en grupo con vuestros hermanos, y a compartir con ellos vuestra alegría, como el leproso samaritano curado nos enseña a hacer, al volver a la comunidad de Jesús para dar gracias por el don recibido y mostrar a los demás que Dios está con nosotros y nos ama. Negarnos a hacer esto es privarnos de disfrutar de un enorme tesoro. Que no se os olvide.

 

XXVII ORDINARIO

    La incredulidad dicen que es una de las señas de identidad de nuestra actual cultura occidental. O al menos así quieren algunos que lo pensemos. Por ello, y por si acaso, es oportuno poner atención a las lecturas de hoy, ya que nos permiten comprender los frutos que la fe provoca en nosotros.

    El profeta nos hace comprender que la fe nos permite vivir cuando la violencia, la opresión, las desgracias, las catástrofes, las luchas y las contiendas nos salen al paso. Por que es la fe la que nos lleva a vislumbrar futuros que trascienden el presente, y eso nos inunda de esperanza, y esta virtud nos fortalece y nos capacita para vivir en medio de las tribulaciones. 

    El Evangelio nos enseña que la fe nos llena de poder. El poder que brota de creer que podemos hacer posible lo que nos parece imposible: no sólo arrancar una morera, sino plantarla en el mar. Con esta “locura”, nos enseña Jesús que la fe moviliza el ánimo y nos llena de una energía enorme. 

    El apóstol nos descubre que la fe es la que dota de sentido y significado a nuestras prácticas sacramentales. Pues la liturgia sin eso se queda vacía. Una recepción sacramental reclama una fe auténtica, para que la gracia derramada, no se convierta en gracia derrochada. Y en nombre de la fe y el amor que ella conlleva, Pablo invita a Timoteo a vivir su ordenación en espíritu y en verdad, para bien de todos. 

    Quizás por eso, porque la incredulidad cunde y se expande en nuestra tierra, el desaliento ante el dolor se apodera de nosotros, la apatía cínica ante los retos que se nos plantean y que nos parecen imposibles de afrontar se apodera de nosotros y la conversión de la religión en mero espectáculo sin trascendencia vital ni existencial alguna, se adueña de nuestra vida cristiana, convirtiéndola en mera manifestación sociocultural y lúdicofestiva. 

    Pero la fe es tozuda. Estamos hechos para ella, por eso no es un mérito tenerla. Porque hasta no creyentes como Derrida, manifestaron que todas las mañanas al poner un pie en el suelo debían hacer un acto de fe en que vivir ese día merecía la pena. Sin creer que vivir es un bien es imposible construir una existencia grata y encaminada a la plenitud. Sin fe, no funcionamos. Y si los cristianos en este contexto lo único por lo que apostamos es por convertir nuestro culto en un espectáculo, en un baile de disfraces y tocados, transformando nuestros sacramentos en mera pompa y circunstancia, envueltos en oropeles y puntillas, faldas demodé y brillos estéticos vacíos, nada aportaremos a la humanidad, para sustentar su  necesario aliento vital si quiere existir de un modo que merezca la pena hacerlo.  

    Así que hoy mi único consejo vital tras las lecciones que nos imparten y ante esta incredulidad creciente es el que nos ofrece el salmo proclamado: “ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis vuestro corazón”.

 

XXVI ORDINARIO

    Las Escrituras nos permiten comprender mejor los signos de los tiempos. El Espíritu nos acompaña en esa lectura de los mismos, de modo que podamos orientarnos en medio del caos en el que nos sumerge la vida guiados por la fe. Y desde ahí podamos responder a cuestiones que siempre nos acompañan.

    ¿Acaso el Evangelio es opio del pueblo? Así lo piensan muchos. Ciertamente cuando se interpreta el texto de hoy en la siguiente clave: “Pobres no desesperéis, sufrid lo indecible en este mundo, que en el cielo tendréis gloria” (como así se hizo en algunos sermones en el siglo XIX), no cabe duda alguna de que la crítica es ajustada, veraz y necesaria. Pero ese no es el sentido de la parábola que Jesús nos cuenta. Pues a lo que nos invita ese relato es a no seguir la conducta del rico epulón para no terminar como él, y no a seguir los pasos del pobre lázaro. De modo que más que opio del pueblo, el Evangelio es interpelación profética para cambiar un presente funesto. El perfil del Evangelio en ese sentido es subversivo. Convertirlo en opio del pueblo es pervertirlo. Pues no es esa su esencia.

    ¿Acaso la injusticia tendrá la última palabra en la vida? Por desgracia esa convicción envenena el corazón de muchas personas y las sumerge en el cinismo. Sin embargo Amos no nos permite pensar así a los creyentes. Y esta visión, como la del Evangelio, no nos impele a conformarnos con las injusticias de la vida presente, si no a comprometernos con el arrojo del profeta denunciando las injusticias y desigualdades inmorales, y exigiendo el cambio de tales situaciones. El profeta Amos, no describe el futuro y se cruza de brazos. Amós dice alto y claro: ¡Por este camino vamos hacia la destrucción! O cambiamos nuestra ruta, o moriremos. Y evidentemente no colaboró con ese mundo, que al final se granjeó su destrucción por no hacerle caso, porque los entornos opresivos e injustos, al final, antes o después, terminan saltando por los aires. La injusticia no es madre de la paz social. Al contrario es fuente permanente de conflictos. Pues además de eso, Amós y el Evangelio nos enseñan que las víctimas irredentas de la historia, las que no han encontrado justicia aquí y ahora, no quedaran ignoradas y olvidadas para siempre. Es un enfoque que se nutre de una esperanza tan infinita y eterna como el mismo Dios en quien se deposita. Bien decía Bloch que donde hay esperanza, hay religión. La religión es un descontento nato con las injusticias y atrocidades del presente y el pasado, que insta a preparar un futuro distinto actuando en el presente que nos ocupa.

    ¿Es lo mejor vivir por más allá del bien y del mal? ¿Es posible escapar en algún momento de la pregunta ética? Pablo en su carta lo deja muy claro. No lo es. Cuando nos dicen que los superhombres son los que viven más allá del bien y del mal. Ya nos están proponiendo un camino moral, una ética. La de los atroces y salvajes carentes de empatía con los demás. Que viven como agresivos y miran a los demás como seres pasivos. Pablo, mirando a Jesús, enseña a Timoteo que la religión consiste en la empatía con el otro. En reconocer en el otro a un ser humano y a tratarlo con el amor que este reclama. Esa es la llamada ética máxima. El mandamiento. Si todos amaramos, las cosas irían mucho mejor y no habría tantas injusticias, y las que surgieran, podría resolverse. Lo mejor que nos podría pasar es que el amor se convirtiese en la norma universal de vida para todos. En el imperativo categórico por excelencia. Pues si el amor fuese el modo universal de comportarse de los seres humanos, el mundo, no sería tan atroz y brutal como muchas veces resulta. 

    Tres grandes preguntas y tres grandes respuestas. Alimentar nuestro corazón con la Palabra cada domingo, despierta y nutre nuestra inteligencia a la hora de comprender los signos de nuestros tiempos.

 

XXV ORDINARIO

    Llamamos un “absoluto”, a aquello que es capaz de mover nuestra vida entera. Es el motor de todo nuestro ser. Nuestra columna vertebral sin la cual, no se sostiene ni se explica nada en nuestra vida. 

    Pues hoy las Escrituras nos permiten comprender que ocurre cuando Dios es nuestro absoluto, y que pasa, cuando nuestro absoluto es otro.

    Si el Dios de Jesucristo es nuestro Absoluto, si el mueve nuestra vida, amaremos a los demás, y los consideraremos tesoros irrenunciables; nos amaremos a nosotros mismos y nunca nos convertiremos en seres indignos ni atentaremos contra nuestras personas; y amaremos el mundo como nuestra propia carne, porque sin el mundo no podemos existir y de igual forma que nosotros formamos parte de él, él, forma parte de nosotros. Si el Dios de Jesucristo es nuestro motor, el amor nos convierte en seres en comunión.

    En cambio, si la avaricia del dinero, hija de la revolución neolítica (que en términos históricos es lo más parecido al abandono del paraíso del mito del Génesis), es nuestro absoluto. Dios se vuelve innecesario, pues sólo se valora el presentismo ciego; los demás no son tesoros sino objetos al servicio del incremento de nuestro beneficio; yo mismo, he de ser capaz de hacer cualquier cosa que sea necesaria para incrementar mi patrimonio, aunque me torne un ser indigno; y el mundo no es carne de mi carne sino un filón de riquezas a explotar, aunque ello suponga su destrucción.

    Dos mundos muy distintos emergen según sea uno u otro, nuestro absoluto. Y de hecho es buen criterio para valorar, que motor dirige nuestro mundo. Mi visión no es negativa. Yo creo con Pablo que estamos inmersos en un combate. Y creo que la oración es definitiva en esta hora crítica. Y creo con Pablo que el bien es el bien común. Y no el bien individualista que los partidarios de la avaricia nos predican siguiendo la lógica destructiva de las células cancerígenas. Todos los hombres deben salvarse y no sólo unos pocos. Dios es para todos. No como el dinero que sólo es para algunos. De un mundo que busca el bien común, nunca podrá salir: la injusticia, la explotación y  la extorsión de los demás como resultado. Pues cualquier manifestación de ello, habrá de ser combatida y erradicada. 

    Así que atentos. A ver que absoluto adoramos en nuestra vida. Porque no seremos los mismos, ni el mundo que construyamos será el mismo, en función de lo que decidamos sea el motor de nuestra vida. Por estas razones no se puede meter a Dios y a la avaricia del dinero, en el mismo saco. Por eso no confundamos hoy la búsqueda del beneficio que nutre el bien común y no causa injusticias, con la avaricia del dinero, que como un cáncer devora todo lo que toca. 

 

XXIV ORDINARIO

    Con que facilidad incurrimos en la idolatría, pues con nuestras comprensiones de lo divino, cuantas veces nos hacemos un dios, resultado de nuestra comprensión de las cosas, un becerro de oro, al que poder manejar plácidamente dentro de nuestros propios esquemas mentales. 

    Por eso las Escrituras hoy nos enseñan como Jesús, deconstruye nuestras visiones de Dios, y nos propone unos horizontes que descuadran nuestra visión de las cosas. Con los que se dedican a juzgar y a condenar a los demás es lo que hace. Así que analicemos como es el Dios que Jesús nos plantea hoy.

  1. Es un Dios que busca lo que hasta perdido y no para hasta encontrarlo. Es decir que hace cuanto puede por salvarnos a todos. No es pues un Dios elitista que premia y castiga con indiferencia. La primera parte del Evangelio y Pablo lo explican muy bien.
  2. No es un Dios que condicione su amor según nuestros actos, porque Él nos ama porque sí, y procede así ya que no sabe hacer otra cosa que amar, aunque nosotros no seamos dignos de su amor.  El libro del éxodo, con su primitiva comprensión de lo divino, es lo que trata de decirnos: Dios nos ama por la Santidad de su Nombre y no porque lo merezcamos nosotros que le damos la espalda en aras de un paganismo idolátrico.
  3. Dios es el reverso de lo que se narra en la historia de Caín y Abel. La parábola del Hijo pródigo es lo que enseña. Si en la historia de Caín y Abel, un Padre Dios, amaba más a un hijo (el bueno) que al otro (el no favorito), suscitando la envidia entre ellos; en la parábola del Hijo pródigo, el Padre ama a los dos, aunque ellos no lo saben. Y está feliz de que el malo, el que lo ha hecho todo mal con su vida, vuelva a la vida. Podría decirse que se complace en salvar a Caín, aunque Abel pueda molestarse en este caso. Porque la envidia aquí es la del bueno, contrariamente a lo que ocurre en el libro del Génesis. Abel es el hermano Mayor. Y Caín el Hijo pródigo. Jesús invierte por completo el relato del Génesis con sus parábola. Lo deconstruye desde dentro, lo disloca. Y encuentra un mensaje novedoso: El Padre que ama a los dos, es el que supera al viejo estereotipo de dios que premiaba al bueno y odiaba al malo. El Padre quiere siempre amar y salvar a todos. Y al que se autodestruye con la maldad, lo espera cada día, con tal de que pueda volver a traerlo a la vida. Pues nada le complace más que ver a todos sus hijos vivos, no sólo a uno de ellos. 
  4. Quién vive en Dios verdaderamente nunca puede presumir ante los demás de ser perfecto y santo. Nunca puede sentirse por encima de los otros. Pues se sabe pecador como el que más, y necesitado de la misericordia de Dios a cada instante. Es más, se convierte en una expresión viva y permanente de la misericordia de Dios. Pablo es lo que nos muestra. Por eso juzgar a los otros le resulta ridículo e imposible. 
  5. Quien vive en Dios verdaderamente nunca se siente acabado del todo, sino que se concibe como alguien necesitado permanentemente de la acción transformadora del Espíritu Santo para renovar permanente su alma y su corazón. Pues somos el barro de una alfarería, siempre necesitados de ser trabajados por nuestro alfarero, como el mismo salmo nos acaba de enseñar. 

    La visión de Dios que Jesús nos muestra al deconstruir y dislocar el concepto de dios que tienen sus paisanos, nos sumerge en la gran asignatura pendiente de cualquier enfoque idolátrico: la necesidad de la empatía con el perdido y el pecador. Eso es lo que tiene Pablo en esta carta. Y eso es lo que un idólatra no suele hacer, pues cuando te niegas a adorar su becerro de oro, suele volcar todo su odio religioso sobre ti a modo de amenazas y castigos. Y su empatía se esfuma. Así que cuando desde un enfoque religioso de la vida, hagamos juicios inhumanos de los demás, la conclusión es clara: no vivimos una verdadera relación con Dios, sino una burda idolatría. 

 

XXIII ORDINARIO

    Todos los tiempos lo son. Pero estos nuestros parece que lo necesitan y mucho. Necesitamos la venida del Espíritu Santo. Ese Espíritu sabio del que nos habla el libro de la sabiduría. Esta oración es un compendio de sabiduría y una súplica porque el ser humano volcado sobre los asuntos que lo ocupan día a día en su vida no carente de stress, vive fuera de sí, y se pierde lo fundamental, descubrir por qué y para qué vive. Y así se aliena, al actuar desconociéndose, a impulsos de las presiones sociales, como si sólo fuese una simple marioneta que debe desempeñar su papel en el gran teatro del mundo. 

    Conocer las entrañas de la realidad es fundamental para descubrir quién y como nos maneja de acuerdo a sus intereses que no siempre son honrados y menos aún solidarios. La lectura del libro de reciente venta: “El mundo está en venta”. Abre bastante los ojos. Hay más, pero este es profundo, clarividente y bien fundamentado. Dejarnos arrastrar por ese modo de ver y de vivir las cosas, nos puede convertir con mucha facilidad en monstruos, y por ello impedirnos el ser personas.

    Nuestra sociedad actual antepone los bienes a Dios y a las personas. Nunca entenderé que podamos llamar a esta sociedad relativista, cuando es avara hasta decir basta. La acumulación de dinero sobre todas las cosas, más allá de todo bien y todo mal, es lo que rige todo. La avaricia del dinero es nuestro máximo absoluto. No es la lógica de la cruz que es la entrega de sí y de lo suyo por amor a los demás, lo que hoy rige el mundo. Los que aman como Jesús normalmente salen crucificados. Ser cristiano es subversivo, y te hace ir contracorriente. Algunos por ello te llaman “bueno” en el sentido despectivo de iluso. 

    Nuestra sociedad actual considera con facilidad objeto al ser humano. Antes los llamaban esclavos. Ahora cambiamos los nombres, pero las realidades son las mismas: gente despersonalizada, sin vida propia o muy poca, incapaces de separarse de unos medios de producción que no están a nuestro servicio, sino que nos han puesto al suyo. Muchos sin derecho pagado a descanso, y con jubilaciones muy tardías, para asegurar que ya estás bien exprimido y que no te queda ni una gota de jugo vital; en la Iglesia tienen a gala, que los sacerdotes ocupen sus cargos pastorales hasta los ochenta años y más, y se los trata de héroes, cuando simplemente son personas explotadas por un sistema que no piensa nada en ellos. Así que si este es el modelo, ¿qué será de otras realidades profesionales? O a lo mejor es que la sal se ha vuelto sosa. Y la luz se ha vuelto oscuridad. No hay que descartar ningún extremo. Pero que difícil es que te traten como persona, como a un hermano, y no como a una cosa o como a una suerte de esclavo “pop” del siglo XXI. 

    Por eso te imploro Espíritu Santo que vengas, sobre el mundo y sobre tu Iglesia, y que superemos con tu luz la alienación que nos lleva a considerar como único absoluto, la idolatría del dinero y los reclamos de nuestro patético ego. Y que superemos con tu aliento esta equivocada conducta que no nos deja ver a los demás como personas y hermanos. Necesitamos el Espíritu Santo. En este tiempo mucho. Así que como es el nuestro, escuchemos siempre su voz e no nos cansemos nunca de implorar su presencia.

 

XXII ORDINARIO

    Si eres Sabio serás humilde. Porque no es verdad que lo sepas todo, que lo tengas todo, que lo puedas todo o que te lo deban todo. Si eres humilde conocerás tu propia verdad y no irás más allá de ella. Humilde contigo mismo, humilde ante el mundo, humilde con los demás, humilde ante Dios. El humilde vive siempre abierto y a la escucha, y no se presume infalible en nada de lo que hace o piensa. Humanamente hablando eso no es posible. En los tiempos del postureo y de los seguidores de las redes sociales es importante no olvidar lo que el domingo pasado nos enseñó: la soberbia nos vuelve fétidos. Si eres humilde no serás como la reina del cuento de blancanieves y no te dedicarás a ir rompiendo espejos porque no te dicen que eres lo más de lo más. El humilde no es más que nadie, ni tampoco menos. Por eso la humildad y la modestia van juntas. Sé tú, sin aspirar a ser más que los demás. Uno entre iguales. La falsa modestia tampoco es humildad, sino hipocresía. 

    Si eres sabio sabrás que la fe cristiana no te sumerge en un universo de miedo escrupuloso. Te acerca a una fiesta en marcha, a una asamblea de gente que te ama y que ya han llegado a su destino. Porque sí, cuando mueres no vas a un tiempo intermedio ni nada que se le parezca, guiado por lo que los textos nos enseñan, la consumación, la plenitud se apodera de nosotros. Así le ocurrió al malhechor arrepentido que sufría junto a Jesús. Que ese día estuvo junto a Jesús en el Paraíso. Aunque cierto es que las Escrituras no nos explican como ocurre eso, y por eso este tema da mucho de sí, al quehacer teológico. Si eres sabio sabrás que el Dios misericordioso de Jesús no inspira el terror que inspiraba el teísmo propio de la Antigua Alianza, que aún no había conocido a la LUZ sino a los testigos de la luz. 

    Si eres sabio no serás como los cínicos ni como los que espían a Jesús, que creen que lo saben todo y no necesitan aprender nada de nadie. Por eso Jesús los provoca. En evangelios como en este se ve que Jesús es un provocador que interpela a los que le escuchan y lo presencian. Y a los soberbios que lo contemplan hoy les ofrece una verdadera lección de humildad, haciéndoles ver desde sus propias categorías por las que aspiran a ser valorados por los demás, que ni siquiera desde ese esquema, su proceder les ofrece lo que ellos desean. Porque muchas veces les aboca a la vergüenza. Por eso les invita a humillarse para ser enaltecidos. Por eso les invita a ser solidarios con los que no tienen nada, y no a envanecerse con los que lo tienen todo. Pues la grandeza no está en suponer ante los demás, sino en amar a los que lo necesitan. Si eres sabio provocarás e interpelaras para amar. Esa valentía es común con la humildad, que no se nos olvide. Ser humilde no es sólo aguantar y tragar, sino también hablar con verdad aunque ello te haga odioso para los que te escuchan desde una posición de soberbia. 

    Si quieres ser sabio te aproximarás como el ladrón arrepentido a Jesús, con humildad sabiendo quien eres, experimentando su infinita misericordia que no inspira temores infundados e inconsolables, sino que te llena de una esperanza en una salvación inminente y completa, el teólogo Ruíz de la Peña lo explicaba muy bien y con mucha solvencia científica, y desde esa experiencia de salvación provocarás e interpelarás al soberbio que muere junto a Jesús, insultando a Jesús desde su cinismo, sin que la razón lo acompañe. Llamándole a la verdad desde la que vives tú y que te hace humilde. Si quieres ser sabio, acércate a Jesús, y aprende de su sabiduría infinita. Ese es el mensaje que la Escritura nos ofrece hoy.  

 

XXI ORDINARIO

    Hoy las Escrituras pueden interpretare desde varios puntos de vista. Desde la misión, desde la Iglesia, como comunidad abierta a todos, lugar de cambio personal y espacio en el que el ritualismo no nos basta para alcanzar la gloria. 

    Si bien, el enfoque que quiero establecer hoy es otro. La soberbia me parece la clave para interpretarlas. Y desde ella quiero extraer tres enseñanzas.

    La soberbia es propia de los que creen que no necesitan a nadie más, que ellos se bastan porque ya están completos. Esa mentalidad exclusivista y nacionalista, tan propia del judaísmo de aquel tiempo, es contraria al espíritu universal que el profeta Isaias nos ofrece. Sin universalidad no se puede entender la vida. Y para ser una persona de visión universal, no se puede ser excluyente, soberbio y vanidoso. Todos son importantes. Todos caben. A veces hay gente que se cree buena, y dice: el mundo no es así, esto es imposible, el mundo camina de otra manera. No lo discuto. El mundo camina de otra manera. Pero si discrepo en una cosa: el mundo no es así, el mundo lo hacemos así, el mundo lo hago así. Y cuando me vinculo a enfoques excluyentes de los demás, porque no se los necesita, quizás funcionaremos en perfecta armonía con la sociedad imperante, pero no tenemos nada que ver con Cristo. 

    La soberbia es propia de los creen que no necesitan corregirse nunca. De los que no aceptan una corrección de nadie y ni siquiera de Dios. Pero nadie es perfecto. Y todos necesitamos de correcciones permanentes. Gracias a ellas podemos hacernos mejores personas, y ser menos monstruos. La carta a los Hebreos nos invita a la humildad en este sentido, esto es, a reconocer la verdad de que siempre podemos mejorar nuestra conducta. Esa revolución moral permanente debe acompañarnos siempre. No es malo descubrir que nuestro cultivo ha de ser permanente. ¿No hacemos eso con el ejercicio de nuestro cuerpo? Pues igual hemos de hacer con nuestra conducta. No perder ni la forma física ni tampoco la moral. La pereza física y moral, es un defecto  porque nos impide ser mejores. Y si encima se ve acompañada por la soberbia como justificación, nos hacemos mucho daño a nosotros y a los demás. Así que tampoco en este caso, es buena consejera. 

    Por último la soberbia es propia de los que se creen los primeros. De los que piensan que en el mundo debe haber primeros y últimos. Somos diferentes, diversos, pero eso no nos convierte en mejores que los demás. Pensar así nos aleja del Reino de Dios y nos impide entrar en Él. Los paisanos de Jesús tenían ese defecto. Se creían con derecho a la salvación por haber vivido en Israel, o por haber conocido a Jesús simplemente. Su problema radicaba en que no comprendían a Jesús verdaderamente. Juan lo llama la puerta por la que todos deben entrar. Y esa es la puerta estrecha de la que Jesús habla en el Evangelio. Él es la puerta. Y cuando se rechaza a Jesús, cuando no se acepta su amor de manera totalmente consciente y libre, uno se impide el acceso al Reino. Porque si Jesús es la puerta, lo es para todos, no sólo para algunos. No aceptar a Jesús para aquellos hebreos, entre otras cosas, significaba no estar dispuesto a compartir la salvación con los demás. Porque ésta, sólo era para algunos, para los primeros. Nosotros ya no pensamos así, pero si que podemos insistir en que los primeros no son iguales en valor que los últimos. Podemos negarnos a aceptar que los demás son diversos de nosotros y que eso los hace menos valiosos, pero esto, a los ojos de Dios, es injusto, una burda mentira. La soberbia en este punto nos vuelve necios y nos aleja de la sabiduría. El Evangelio nos advierte. 

    Así que como bien dijo un autor, la soberbia siempre nos vuelve fétidos. Malolientes. Y hace que los demás sientan repulsa de nosotros. De modo que no dejemos estos consejos de lado. No nos encerremos en la soberbia, o no habrá gente, que pueda convivir con nosotros, y si aún así lo hace, los estaremos haciendo sufrir y mucho. Desde esta clave, he querido interpretar los textos, para vosotros hoy. 

 

XX ORDINARIO

    En muchos momentos de la vida parece que se nos junta todo. Se cae el trabajo, se quiebra la salud, un ser querido se pone mal, y cuando quisiéramos que todo se mejorara no lo hace. Nos ahoga el fango, y nuestro ánimo muere de hambre. Estamos como Jeremías, agobiados, y como esos hebreos de la carta: totalmente desanimados frente a las dificultades que se cruzan en nuestro camino. 

    Por eso es tan importante escuchar la voz que se nos dirige hoy: No os desaniméis aún no habéis llegado al extremo de persecución y sacrificio que padeció el Señor Jesús y los mártires. No se trata de que pueda ser peor la situación, sino de que descubramos el calibre de nuestra fortaleza. Porque muchas veces, somos más fuertes de lo que pensamos, cuando nos creemos débiles. Ya lo decía mi querida Emigdia: que la vida no nos dé todo el sufrimiento que podamos aguantar, porque podemos aguantar mucho. Mujer sabia. Lo dijo con su nieto muerto a su lado. No hay dolor como ese dolor. Y aún así somos capaces de afrontarlo. Descubrir nuestra fortaleza es crucial.

    Pero también lo es no arredrarnos ante los que pretenden impedir que nuestro camino llegue a buen puerto. Muchas veces son los más cercanos a nosotros los que más trabas nos ponen para ser quienes queremos ser, y en ese momento como Jeremías, y como Jesús, (el de la carta y el del Evangelio), no hemos de apagar nuestro fuego interior. Y aunque ser nosotros mismos nos lleve al conflicto, no hemos de evitarlo. Renunciar a nosotros mismos, a nuestra íntima verdad, por recibir el aplauso de los demás, es el camino hacia la nada. Negarte a ti mismo es negar tu egoísmo, no dejar de ser quien eres, para ganarte la aprobación ajena. 

    Así que si piensas que seguir a Jesús, o tener a Dios de tu parte, supone tener toda la suerte del mundo en la vida y que las cosas te vayan bien: ¡DESPIERTA! ¡ESTÁS EN UN ERROR!. Ponerte de parte de la luz en un mundo de oscuridades es señalarte y exponerte a las iras de los que no quieran compartir su existencia contigo. Darle tu sí al Dios que te ama, en multitud de ocasiones, te expone a la cruz, al sinsabor y a la inmensa dificultad. ¿Pero quien verdaderamente enamorado no está dispuesto a correr los riesgos que su amor le exige? Quien no lo haga, siempre echará en falta no haber sido el mismo o ella misma. 

    Dios siempre está, su amor, como nuestros latidos nunca cesa. Así que las dificultades, aun doliendo, no son definitivas. Todo se pasa, con paciencia. Todo se alcanza. La confianza en su presencia amorosa y misteriosa, más allá de nuestras percepciones, mantiene firme nuestro ánimo, cuando el fango existencial amenaza con ahogarnos. Abrenos puertas, nuestro Señor y nuestro Dios. 

 

ORDINARIO XIX

    Seguir a Jesús nos convierte en miembros de una comunidad abierta a la esperanza en que la liberación será nuestra, y nos veremos libres de todos los enemigos que nos impiden la vida en plenitud. Es más nos compromete a respetar una ley sagrada que seremos solidarios con nuestros hermanos en los peligros y con los bienes. Y que viviremos unidos a ellos entonando juntos himnos en honor a nuestro Dios. En comunión. Para vivir la comunión nacemos. Estamos interconectados unos con otros desde nuestro mismo origen hasta que morimos. E incluso en nuestra visión del más allá seguimos juntos. Pues sin comunidad no podemos existir. Lo social y lo personal en nosotros se identifica. No se puede ser persona sin sociedad, y no existe sociedad sin personas. No respetar ambos extremos de dicha polaridad destruye la sociedad y vuelve monstruo a la persona. Somos Pueblo de Dios eso nos enseña el salmo y el libro de la sabiduría.

    Seguir a Jesús nos impele a tener una fe que nos llene de esperanza. Creer y esperar cosas que no se ven. Y que igual no veremos mientras caminemos por este mundo, como le pasó a Abraham y a toda su familia. La Carta a los Hebreos lo proclama. Nuestra fe, como la de Jesús, va más allá de este mundo, nos abre al horizonte de la Resurrección. Nuestra esperanza no se agota en este mundo, nuestra esperanza abre nuestra experiencia del mundo a un horizonte de gloria. Y eso nos hace sentirnos huéspedes y peregrinos aquí. En transición. Como estamos en el vientre materno. En constante evolución y transfiguración permanente, como celebrábamos ayer. Por eso podemos superar el desánimo. Nutridos por la fe y la esperanza. 

    Seguir a Jesús nos empuja a superar el egoísmo y el odio. De hecho estar preparado para el recibir el regalo del Reino, supone eso: crear un tesoro de amor inagotable en nuestra vida. Y es que en amar consiste nuestra dicha. Y el banquete del Reino es un festín de amor sin fin. Y si eso es una llamada para todos, los que seguimos a Jesús debemos empeñarnos en ello con más fuerza. Puesto que somos conscientes del mucho amor que se nos ha dado. Y por tanto llamados quedamos a amar como nos han amado. Así que no equivoquemos el tiro: Velar, para Cristo, es Amar. Amar sin cesar. Sin que el egoísmo o el odio, sean una opción para el cristiano. El egoísmo y el odio, convierten nuestra vida en un infierno. No lo olvidemos. 

    Seguir a Jesús, esa es la lección de este domingo. Seguir a Jesús es lo que nos vuelve dichosos. No se trata de “ganar” el cielo. Se trata de no empeñarse en hacer de nuestra vida un infierno. Por eso vivamos en comunión, con fe y esperanza, y velando siempre, esto es amando sin cesar. En ese caso, saborearemos el Reino, esto es, viviremos en plenitud. Por eso digo hoy: ¡Señor quiero seguirte, así que como Pedro te pido: no me dejes de la mano!.

 

ORDINARIO XVIII

    Nunca he estado de acuerdo con los cristianos que afirman que la condición socioeconómica de pobreza es una virtud o un valor al que aspirar. Haber sido hijo de padres no ricos, me hizo ver el mundo de otra manera. Carecer a veces de hasta lo necesario para vivir con dignidad e incluso poder recibir la atención médica debida, no es un valor, ni algo virtuoso, sino una condición a superar, un estado de vida en el que nadie debería de verse inmerso. Pensar de otro modo es ser en mi opinión una mala persona, o mejor dicho, un monstruo. 

    Por eso la Escritura hoy pone las cosas en su sitio para que no caigamos en errores de comprensión de la verdadera vida cristiana. La vanidad de las riquezas que el Eclesiastés critica con cinismo y que el Evangelio expone con esta parábola, es la de los que creen que sus riquezas serán para siempre y la fuente absoluta y definitiva de su salvación. La riqueza sólo es un medio de vida, mientras que hay vida, y nada más. Por eso es funesto el empeño de nuestra cultura capitalista y materialista al considerar que el primer objetivo es tener y por tanto trabajar como único requisito fundamental en la vida para poder tener y poseer, más y más. Convertir el dinero y sus potencialidades en el mayor valor rector de nuestra existencia. La muerte acaba con esa ensoñación falsa de un simple plumazo. 

    Y por eso Pablo completa con su carta el mensaje que nos ocupa: que tu principal objetivo en la vida sea ser persona, verdadera persona, que no es otra cosa que ser como Jesús. Así que muere al desamor manifestado en cualquiera de sus dimensiones, y particularmente en la Idolatría que es la avaricia insaciable de dinero a costa de todo lo demás, y resucita para vivir glorificado en el amor, donde no distinguirás entre un tipo de personas o de otras en razón, de sexo, raza, condición, religión o cultura. Y donde vivirás siempre, estés donde estés, en la compañía de Jesús, porque a veces, parece que los cristianos pensamos que Cristo Jesús sólo está en el Sagrario, cuando está resucitado y vivo, en toda la vida entera, e incluso más allá de nuestros pequeños templos. Si has de vivir, vive siempre de cara a Jesús, sabiendo que Él es tu principal tesoro.

    Está es la verdadera pobreza que se torna valor y virtud. Saber que sin Dios no tenemos nada, pero que con el Dios de Jesucristo a nuestro lado, podemos tenerlo todo. La verdadera pobreza virtuosa o valiosa es la que brota de saber que sólo Dios basta. Y que lo demás no es que no baste, es que es nada, ante la muerte. Sin Dios somos muerte en gestación y nada más, y nuestra vida es apariencia de nada, o mero vacío, vanidad y sólo vanidad. El rico estúpido es el que piensa que por tener más dinero, y acumular más y más, lo podrá todo con sus cuartos, hasta comprar a la muerte. Eso es mera necedad. Hay quienes le dan la espalda a Jesús, por ese motivo, y adoran al dinero como único Dios en su vida, y le consagran su tiempo y existencia, como verdaderos esclavos. Y no buscan otra cosa que hartarse de ganar más y más dinero, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Estos son los que deberían saber que no tenemos nada. Que nada es nuestro. Y todo es prestado. Y que sólo Dios al resucitarnos puede volvernos eternos y lograr que nuestra fatigas no sean en vano y para nada. El verdaderamente pobre es el que dice de corazón: Señor sólo te tengo a Ti, ni mis amores, ni mi salud, ni todas mis riquezas, serán para siempre. Sólo Tú puedes serlo. Tu eres mi único tesoro y lo demás es mera añadidura. 

    Lo repito, considerar que la pobreza socioeconómica es una virtud o un valor, es mero opio del pueblo, para que este no luche por cambiar nada, se conforme en su postración y el capitalismo salvaje, pueda seguir convirtiéndolo en su esclavo, según su propio desorden establecido. Incluso el materialismo considerado de manera brutal al final nos conduce a paraísos supuestamente comunistas donde el capitalismo triunfante se impone y convierte a los hombres en meros peones y esclavos en peores condiciones incluso que entornos no tan materialistas. La emergente potencia China es un claro ejemplo de ello. 

    La pobreza socioeconómica es una lacra social a superar en nombre del Bien Común. Es preciso por tanto superar el enfoque romántico de los que en nombre del Evangelio edulcoran la pobreza como una condición teológica preciosa. Opio del pueblo, y espiritualidad falsa, meros vapores de ese humo pseudo evangélico que con tanto afán piadoso, inhalan. 

 

ORDINARIO XVII

    La oración cristiana reviste varias cualidades de las que las Escrituras nos hablan hoy. 

    El Génesis nos advierte que la oración cristiana no puede estar cerrada a las necesidades de cada individuo. Sino que ha de tener una inquietud abierta a las necesidades y a la situación de los inocentes en medio del mundo. La oración nace desde el grito de justicia para las víctimas. Orar no puede ser pensar sólo en los míos y en lo mío. Abraham al interceder, al regatear con Dios, en ese esquema tan primitivo de pensamiento religioso está mostrando su preocupación por los inocentes pues no pueden pagar justos por pecadores.  Él no vivía en esa ciudad pero se preocupaba por el destino de los demás. No podemos vivir orando, de espaldas a las causas que tratan de hacer justicia donde ésta, no está presente en nuestro mundo.

    Pablo nos muestra que hasta los pecadores pueden orar. El pecado no excluye de la oración. Pues el afán de Dios en Cristo es muy claro: perdonar y salvar a los pecadores a toda costa. Pues ni una sola oveja debe perderse, porque no se la busque. Oramos siempre como el ladrón arrepentido que muere junto a Jesús. Y nuestra voz es escuchada, como fue escuchada la de aquel, pues por nosotros muere Jesús, para poder escucharnos, y en el colmo de su infinita misericordia, llevarnos con Él al lugar que el mismo llamó:  “el paraíso” donde no cabe temor alguno. 

    El Evangelio nos muestra varias cualidades más de la oración cristiana. La primera que ha de hacerse en plural. Porque somos hijos de un mismo Padre, y por tanto, entre nosotros somos hermanos. Somos seres en comunión. No somos individuos aislados. Eso simplemente no existe. Es un imposible ontológico. Ser humano, supone formar parte de una comunidad desde antes de nacer hasta el último instante de morir. Y en tanto que menos integrados estamos con los demás, más sufrimos, y menos plenos somos. Por integración ha de entenderse: Amor. La segunda que no debe cesar nunca. Para un cristiano, toda su vida, cualquier momento de su existencia, es un tiempo y un espacio para dialogar con Dios. Igual que no nos podemos escapar del latido de nuestro corazón, aunque no nos demos cuenta de él, de esa misma forma, nunca podemos vivir al margen de Dios. Siempre estamos en su presencia. Pensar que sólo oramos en un lugar y un espacio concreto, es no entender que la vida siempre es un diálogo abierto con lo divino. Que en su omnipresencia, todo lo habita. No se puede existir fuera del ser. Así que el mundo, no es una realidad alejada de Dios. Sino un espacio y un tiempo que puede vivirse abierto permanentemente ante Dios. Dónde puede experimentarse una relación constante que no cesa nunca. La tercera cualidad es la invitación a la implicación, a poner toda la carne en el asador. Orar no es emitir sonidos y repetir fórmulas mágicas, de manera inconsciente o incomprensible. Es saber que se dice y que se pide. Es Pedir con cabeza, buscar con corazón y llamar con insistencia. Es desear crecer y madurar, ir más allá. Orar reclama esa intensidad. La cuarta y última cualidad es sencilla: descubre que lo que más necesitas pedir es el Espíritu de Jesús. Pues es el Espíritu la fuente de todo lo creado y el principio que lleva adelante toda la redención. Y El que nos vivificará y nos glorificará. Es el alfarero que hace de nuestro barro un nuevo ser. Nada es más importante que Él. Pues quien tiene consigo al Espíritu de Dios, lo tiene todo. Así que es preciso ser sabio al orar. NADA SE DICE DE LOS MODOS DE ORAR, estos son como la ropa. Abrete al misterio del Padre, como Jesús, y pide el Espíritu Santo para todos. Esto importa porque a veces damos tanta importancia, al modo de orar, que nos olvidamos de Dios, y entonces hacemos de lo que es un puente, un ídolo que nos equivoca el tiro. Los métodos son como la ropa, cada cual ha de escoger aquel que le siente mejor. 

    Por ello, cristiano, no te prives de orar, y si lo haces: ¡Tú te lo pierdes!. Y pudiendo vivir una vida en plenitud, decides vivirla a medio gas. Lo cual como dicen algunos vecinos de la corona de Aragón: es de ser inútiles. Así que orar todos, yo el primero. 

 

XVI ORDINARIO

    Dicen los que saben que la “acogida” es lo que nos convierte en personas. Así que según creo voy a necesitar de ingentes cantidades de la gracia de Dios para ir siendo cada día más persona. Y menos vinagre. Disculpad este autoexbrupto propio de un enfermo de Covid, ya que por fin me ha tocado en la séptima ola padecerlo. Tengo a grandes amig@s que también lo están pasando ahora como yo, y a algunos con gran dificultad, así que en las manos del Padre nos encomiendo a todos. 

    La acogida, es lo que nos convierte en personas. Que bien lo vive Abraham. Renuncia a su comodidad, va más allá de su obligación, y colma de atenciones a los tres que son uno, esos caminantes misteriosos. Y de resultas de su acogida, la bendición visita la vida de Abraham. Y es que es la Bendición lo que la acogida deja tras de si, y es la maldición, lo que el individualismo provoca. El individualismo no acoge. No renuncia a la propia comodidad por ayudar y servir a los demás. Por eso individuo y persona no son lo mismo. Un individuo es alguien cerrado a los demás. Una persona es alguien abierto a los demás para amarlos siempre.

    La acogida es lo que nos convierte en personas. Que bien lo descubre María, y también después Marta. Cuando uno está ocupado y preocupado por tantas cosas, la propia hiperactividad, no le permite tratar a los demás como con un fin, sino como un medio, al servicio de su empresa en marcha. Y eso nos priva de lo más importante: el tesoro que la otra persona es y su palabra que puede ser definitiva para nuestra vida y descubrirnos cosas maravillosas desconocidas por nosotros. Las actividades están al servicio de las personas, y no las personas al servicio de las actividades. Escuchar atentamente es acoger, es recibir, es enriquecerse. Es entregar tu vida al otro que te habla, es amar. La hiperactividad que no escucha, es individualismo, amor abortado, en aras de activismos injustificados. Hay tiempo para todo. Y hay momentos en que escuchar es lo primero y más importante.

    La acogida es lo que nos convierte en personas. Porque nos permite descubrir que el rostro verdadero de Dios es el de un misterio asombroso que nos habla y nos ama. Que nos salva. Que nos glorifica. Que nos infunde una esperanza que el universo por sí sólo, no puede darnos. Pues sólo Dios puede hacer que el universo se torne eterno. Se revista de la gloria eterna de Dios. Sin esperanza, dejamos de ser personas, y nos volvemos esclavos, cínicos y nihilistas. Y esa mirada hacia el mundo nos convierte en mónadas aisladas unos de otros, y nos imposibilita descubrir que somos seres en comunión. Es una palabra amorosa inicial la que nos abre a un horizonte de diálogo eterno, donde un homínido se tornará persona de manera progresiva y evitará ser monstruo. 

    Así que tiempo perdido para ser feliz, son los periodos que desperdiciamos dando la espalda a la acogida de los demás. Jesús enséñanos a acoger como tú, porque tú eres acogida en estado puro. Y líbranos del individualismo salvaje tan del gusto del desorden establecido que vivimos, donde al ser humano, no siempre se le acoge como persona.

 

XV ORDINARIO

    ¿Qué debo hacer? He aquí la gran pregunta del día. Para responderla se han escrito muchísimos libros. Y grandes mentes han intervenido en ello. Nosotros los cristianos escuchando los textos de hoy podemos también aventurar nuestra respuesta desde los tres ángulos que hoy se nos plantean.

    El mandato no está lejos de ti sino en tu corazón, oye su llamado y cúmplelo. No han faltado entre nosotros quienes han pensado que este texto deuteronómico debe interpretarse considerando que lo moral o ético, es lo que Dios manda. Y que sólo nos corresponde a nosotros obedecer sus órdenes. Pero la sabiduría bíblica nos ofrece otra clave para su interpretación: lo bueno, no lo es, por ser mandado por Dios. Sino que es mandado, por ser bueno. Por ser conforme a nuestra condición y por abrirla a la posibilidad de alcanzar su plenitud. Nada puede ser asumido como bueno si no es comprendida su racionalidad. Igual que la razón puede descubrir las huellas de Dios en lo creado, esa misma instancia racional, puede alcanzar la comprensión de lo bueno. De hecho lo hace. Múltiples son los sistemas morales que existen, citemos algunos: el emotivismo, el pragmatismo, el utilitarismo, el racionalismo crítico, el existencialismo, el positivismo, el evolucionismo, el personalismo, el ecologismo y multiculturalismo…, me atrevo a decir que todos ellos desde sus distintos y distantes puntos de vista, se acercan mucho a coincidir en la definición de lo bueno racionalmente hablando. Pensemos en como un gran sabio estableció las bases para descubrir lo moralmente correcto: Actúa de modo que todos los demás seres humanos, pudieran actuar como tú. Actúa de manera que tu conducta pudiese establecerse como universal para todos. Los antiguos lo dijeron de otro modo más sencillo: No hagas a nadie lo que no te gustaría que te hiciesen a ti. A todas estas visiones, San Agustin responde: “Ama y haz lo que quieras”. Y es que el Amor fraterno, nos lleva a sentirnos bien, nos permite funcionar mejor que el desamor, resulta más razonable que otros enfoques pues la unión nos fortalece y sin ella no podemos existir, es perfectamente universalizable para todos, orienta nuestra libertad ante cualquier situación por una senda ajena a la mala fe, produce hechos que nos llevan a progresar, nos hace evolucionar hacia un mejor modo de existir, nos personaliza impidiéndonos ser monstruos, nos vuelve compatibles con nuestro medio ambiente y nos predispone de manera positiva frente al que es distinto. Nuestro corazón racional es capaz de vislumbrar la respuesta acertada a tal pregunta: El amor es el mejor modo de tratar a los demás para que ellos sepan como te gusta que te traten a ti, o dicho de otro modo, si el amor se universaliza, nace la civilización del amor, donde el amor se globaliza. ¿Cabe otra cosa mejor que esta?.

    Otro modo que los cristianos tenemos para responder a esta cuestión nos la muestra Pablo, en la segunda lectura. Sea Cristo el centro y fundamento de nuestros pensamientos, valoraciones, sentimientos, actitudes y conductas. Y alcanzaremos al bien. Pues Cristo nos lleva a ser imagen perfecta de Dios e Hijos de Dios en el Hijo. Y ¿quién es ese tal Jesús?: el buen samaritano. La humanidad caída está herida en su mismo centro. Y el antiguo testamento de los sacerdotes y levitas no ha conseguido ponerla en pie ni curarla. Ha de ser un hereje (pues así se consideraba a los samaritanos y acusado de ello murió Jesús), el que dé su tiempo, vida y patrimonio por salvar al caído, herido y maltratado. Él es el que lo encomienda a la Iglesia para que en su nombre lo siga cuidando y le promete volver a pagarle todos sus esfuerzos y gastos, que sobrepasen sus dádivas actuales. Cristo es el que nos invita a considerar al otro, no como un extraño, sino como prójimo, pues todos formamos parte del mismo racimo, y el individualismo nos equivoca, dado que somos en comunión y sin serlo es imposible que podamos subsistir mucho tiempo y menos aún alcanzar la plenitud. Ser Prójimo es descubrir que sólo en el bien común alcanza su plenitud el bien personal. De nuevo el amor nos sorprende como el bien por este camino. Y descubrimos así que los hallazgos de nuestra razón no son distintos ni contradictorios con las enseñanzas que brotan de nuestra consideración de Cristo como motor de nuestra vida. Fe y razón se encuentran. Y Cristo fundamenta las conclusiones de nuestra razón desde unas claves nuevas, sin las cuales, nuestra razón quedaría desprovista de la suficiente solidez asediada por el nihilismo y su consiguiente sinsentido. De ahí que el literato ruso llegase a la terrible consecuencia de que sin Dios todo está permitido, pues el nihilismo alemán del que fue contemporáneo, le condujo a tal balance de los hechos.  

    Una última consideración para enriquecer la respuesta a esta pregunta. La razón para alcanzar el bien no puede ser el deseo de ir al cielo. Pues eso convierte al otro en un medio para conseguir el fin individualista de la propia salvación, esto es, para “salvar tu alma”. Ese utilitarismo vacía de significado al otro y te impide reconocer el valor sagrado que cada ser humano tiene por ser el mismo. Y además te lleva al espiritualismo, donde se ama tanto a Dios que no se ama a nadie más. Lo que el libro de Henoc ya consideró como máxima expresión del error satánico: Odiar al hombre y su mundo por ser la causa de que Dios se humille y muera por nosotros en la cruz. Tal cosa no puede concederse ni aprobarse. Los integrismos son su más viva expresión: espiritualismos desaforados que en nombre de Dios atacan y destruyen al hombre y su mundo. Ni el espiritualismo alienante y agresivo, ni tampoco el utilitarismo religioso individualista, nos permitirán descubrir que es lo bueno moralmente hablando. La lección ofrecida por Jesús al maestro de la ley es determinante. No insiste Jesús en el amor a Dios, sino en el amor al prójimo que es lo que el religioso con el que habla no digiere bien. El trato que recibe el prójimo es el criterio que permite “falsabilizar” cualquier propuesta moral para comprender que esta es acertada: la norma moral que conduce a la inhumanidad, por muy divina que se presente, es errónea y por tanto está equivocada, y debe ser rechazada por cualquier conciencia debidamente formada. 

    Las enseñanzas de hoy se las traen, por ello, he tardado tanto hoy en escribirlas. Espero que os sirvan a todos de provecho.  

 

 

XIV ORDINARIO

    Al mundo le sobran cosas para poder vivir en plenitud. 

    Según Isaias le sobra pesimismo, negatividad a la hora de valorar las cosas, por difíciles que éstas sean. Al mundo le falta la firme convicción de que el sufrimiento no tendrá la última palabra en la vida. Y su oráculo de salvación, aliento de una esperanza sufriente, lo proclama con rotundidad.

    Según Pablo en la carta a los Gálatas. Al mundo le sobra elitismo. Los judeocristianos, estaban empeñados en que para salvarse los griegos debían seguir los rituales judíos, para poder acceder al elitismo salvífico que sólo era para ellos. Pero Pablo sabía que la salvación no se debe a nuestras prácticas sino a la misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús crucificado. Por eso no se enorgullece de su cumplimiento de ley alguna, sino del amor de Cristo que está dispuesto a salvar a todo aquel que quiera salvarse. Esas son las marcas de Cristo que lleva grabadas en su cuerpo, y no una circuncisión judía que ya no vale para nada. Así que no llevan razón los que apoyados en este texto pretenden justificar en él, el dolorismo, esto es: el dolor como fuente de salvación. Porque no somos masoquistas los cristianos aunque a algunos parezca que así les gustaría que fuera. 

    Por último según el Evangelio al mundo le sobran hombres “viejos”, es decir, no ancianos, sino individualistas, arrogantes, prepotentes, violentos, belicosos, enemigos de la libertad, gente que pasa haciendo el mal, y que no permite que reine el amor en el mundo. Al mundo le faltan hombres “nuevos”, es decir no necesariamente jóvenes, aquellos de corazón universal, no sujetos a elitismo, a los que siempre les parecen pocos los que hay, respetuosos y agradecidos, amantes y constructores de la paz, amigos de la libertad, gente que pasa por el mundo haciendo el bien y buscando que el amor reine en el mundo. “Otros Cristos”.

    Cuando escuchamos la Palabra de Dios con atención siempre se opera, por la acción del Espíritu, una nueva creación. Sea así hoy en todos nosotros.

 

SAN PEDRO Y SAN PABLO

    La compañía de Jesús que vivieron Pedro y Pablo produjo multitud de efectos en sus vidas, y muchos de ellos los podemos experimentar nosotros, pues el cristianismo es una experiencia de salvación que se repite en el tiempo a cada nueva generación. 

    El primer fruto que la presencia de Jesús ofrece en tu vida, es que muchas veces en medio de la vida ordinaria te encontrarás con situaciones donde descubrirás que una presencia misteriosa y especial cambia las cosas. No importa que suerte de cárcel estés viviendo, te liberará de manera sorprendente. Pedro es lo que vive, y cree estar viendo visiones. 

    El segundo fruto es que la presencia de Jesús en tu vida te libra de muchas ansias, de muchas ansiedades, si sabes poner en él tus ojos. Y así aunque camines sobre aguas oscuras, no te hundirás en ellas, pues unos ojos y unas manos más grandes que las tuyas te sujetarán. Te mantendrán en pie. La fe en él es la única condición. 

    El tercer fruto es múltiple. Pablo nos lo enseña. Seguir a Jesús te infunde fe en que la vida merece la pena. Seguir a Jesús te llena de una esperanza contra toda esperanza, que nos permite soñar de nuevo cuando los sueños vigentes se han roto. Seguir a Jesús te hace fuerte en medio de los múltiples conflictos y sinsabores que la vida te ofrece. Seguir a Jesús te infunde paz pues nunca dejas de gustar y ver lo bueno que es el Señor, aunque el mar esté embravecido y una tempestad enorme te amenace. Caminar con Jesús te inunda de amor. No un amor cualquiera sino el que te impide ser monstruo, el que te convierte en persona. Esa voz que grita en tu interior a cada instante recordándote más allá de tus emociones de una u otra naturaleza, que estás, no ante un objeto, ni ante una cosa, ni ante un esclavo, sino ante alguien único e irrepetible, ante un ser humano, ante una persona, que ha de ser tratada humanamente. En definitiva estar con Jesús nos llena de una alegría, que es fruto de la suma de todas esas cosas. Y que nos impele a afrontar la vida con buen humor como Felipe Neri, y con una profunda gratitud, como Pablo nos revela. La compañía del Moreno de Nazaret es lo que tiene. Y vivirla así es una maravilla. 

    El cuarto y último fruto que causa, según los textos de hoy, es que Jesús siempre te interpela para saber quien has decidido tú que sea Él para ti y enseguida te propone una misión que siempre tiene que ver con los demás, con salir de ti y tus cosas, para servir y ayudar a los otros. Salir de tu propia carne. Para descubrir que formas parte de una comunidad mayor, sin la cual tu vida no tiene ni explicación ni sentido. Pues con ellos y para ellos has nacido. 

    Ahora piensa tú, si quieres ser compañero de camino de Jesús, como también lo fueron Pedro y Pablo. 

 

CORPUS

    Nuestros ojos se posan hoy sobre la Eucaristía. La expresión viva del Dios con nosotros, donde el Espíritu de Dios ejerce su señorío. Donde su sagrada mano amasa nuestro barro y extrae de el la mejor de sus versiones. Pues de la vida sacramental nace nuestra mejor condición moral. Ya que sólo el que es Santo, puede santificarnos.

    La Eucaristía por ello infunde tres grandes dones en nuestra vida.:

    El primero es la disposición a bendecir y a ser causa de bendición para los demás. El pan y el vino son la bendición del que camina. “Con pan y vino se anda el camino” que dice nuestro sencillo y expresivo refrán. Son benditos por sí mismos y por el efecto que causan en la vida de quien los disfruta. La Eucaristía te convierte en pan y vino benditos. Y por ello te convierte en bendición para los demás. La Eucaristía te cura del afán de maldecir. Quien comulga en espíritu y en verdad, no maldice su vida, ni la de los demás, ni al mundo, ni tampoco a Dios. Ser un maldito no es una opción, cuando se comulga. Yo no soy una realidad completa, tampoco lo son los demás, ni el mismo universo. Somos realidades en gestación. Y la gestación aunque es incompleta no es por ello maldita. Es una bendición en desarrollo. Y la Eucaristía es su nutriente. 

    El segundo es una memoria selectiva. Revivamos con nuestra memoria lo que es digno de ser recordado. No nos convirtamos en un memorial que nos desanima y nos desfonda. No nos transformemos en un memorial que nos envenena. Si hay un imperativo digno de ser considerado es el amor. El amor es lo mejor que podemos desear que se convierta en universal. Y esa iniciativa es la que nutre la Eucaristía. Pues de manera reiterada, como una tradición que no cesa, pone ante nuestros ojos el amor hasta el extremo del que murió por nosotros. Y con su voz y su cuerpo nos nutre, para ofrendarnos como amor puro a Dios y a los demás. Esta memoria selectiva que se empeña en mirar al amor hace posible que este “amor” sea el mismo ayer, hoy y siempre.

    El tercero y último es la fraternidad, que no despide a los demás, pensando que no son su problema. Es la fraternidad la que nos dispone a compartir lo poco que tenemos para que sobre a todos, y no falte a nadie. Diríamos de una manera sencilla que la Eucaristía nos hace tomar conciencia de que tenemos ombligo. Es decir de que nunca hemos existido sin los demás. Y que el Bien Común es nuestro destino, y no el sálvese quien pueda. Y es de esta fraternidad de la que nace la igualdad y la libertad. Pues sin ella, no valoraré quien eres en libertad y no me importará que goces en igualdad, de mis condiciones desarrolladas de vida. Sin fraternidad el mundo está ciego. Pues se transforma en una vida social parcial e incompleta. Donde nos encontramos para unas cosas sí, pero para otras como comer todos dignamente, no. “Dadles vosotros de comer”, es pues una llamada a la fraternidad. Para el cree en la fraternidad, eso de despedir a los demás a que se vayan a buscarse la vida, no es una opción. Y eso es lo que la Eucaristía nos obliga a hacer, dividirnos en grupos humanos, donde nos podamos conocer, y hacer posible entre todos el milagro del Bien común. Que es como hoy quiero llamar para vosotros, este milagro de la multiplicación de los panes y los peces. 

    Así que tú mismo: si quieres perderte la bendición de la Eucaristía, estás en tu derecho, pero si quieres gozar de dichos regalos, haz lo que puedas para que nada ni nadie pueda impedirte tu derecho de sentarte a la mesa de Jesús el Cristo.

 

TRINIDAD

    Comprender a Dios exige distinguir entre creado y engendrado. Creado es algo que se construye fuera de uno mismo. Engendrado es alguien que es convocado a la existencia desde mi propio ser. Los hijos son engendrados no creados. Un automóvil es creado pero no engendrado. El universo es creado. El hijo de Dios es engendrado desde siempre y para siempre. Como los sentimientos van anejos a los pensamientos de modo inmediato. Quien dice ¿cuando fue creado Dios? No sabe lo que significa decir “Dios”. Pues de ser creado no sería Dios. Sino una realidad más del universo. La confusión en muchos aparece, porque al pensar en el Hijo de Dios, creen que el nacimiento de Dios, se produjo en un día y a una hora. Lo temporal, es la encarnación. Pero el Hijo en Dios existe desde siempre. Pues no es alguien creado, sino que es engendrado desde siempre. Esta distinción permite superar la confusión de considerar a Dios una realidad más entre las distintas cosas creadas. Un ejemplo lo ilustra: mi pensamiento es en mi cabeza antes de que yo lo exprese con palabras, antes de que lo convierta en habla y voz. Y no deja de estar en mi cabeza, porque yo lo exprese verbalmente o por escrito. Esta sencilla analogía nos permite atisbar el verdadero sentido de la encarnación. El pensamiento sería lo eterno. Y la comunicación a los demás, sería lo temporal. Ese pensamiento es quien engendra desde siempre, al que se comunica a los que hemos sido creados, en un momento de la historia. 

    Para disfrutar de Dios es preciso comprender que al estar más allá de lo creado, no está sometido al imperio del universo y sus esquemas de funcionamiento. Lo que nos permite descubrir que éste “totalmente otro”, éste “más allá”, al amarnos hasta el extremo, nos permite albergar esperanzas, si tenemos fe en lo que nos ha dicho de Sí mismo en Cristo Jesús. Y es esa fe en su amor hasta el extremo, lo que nos permite albergar una esperanza, que nos infunde paciencia y fortaleza en medio de la tribulación. Decir Dios es disfrutar de un hontanar infinito de esperanza en un mundo que muchas veces nos sumerge en múltiples sufrimientos. Dios es una esperanza firme que se nos regala en Cristo Jesús a los que ponemos fe en sus palabras y en su amor.

    Para ser como Dios es, necesitamos evolucionar. Crecer. Cada vez más. El Padre y el Hijo, Dios mismo es la fuente del Dios que nos visita hoy, el Espíritu. Y este Dios con nosotros, ilumina sin cesar nuestras mentes, nuestros corazones y nuestra conducta. Quien piense que Dios es sinónimo de cosas inalterables y tradiciones intactas de una vez y para siempre, simplemente confunde a Dios con sus ansias funestas de seguridades imposibles que pretenden convertir el mundo en una pintura o en una fotografía. Pero esa quietud en la historia la llamamos muerte. Porque la existencia es un proceso dinámico que nunca se detiene. El contacto con la eternidad nos exige a los que somos finitos un despliegue y un crecimiento constantes. Y a cada nuevo reto, se nos plantean nuevas respuestas. Y la voz del Dios con nosotros, nos interpela a responder y nos nutre de sabiduría para hacerlo. Y también de arrojo y valentía. Y plegarse a respuestas desfasadas en nombre de supuestas tradiciones, es algo tan erróneo, como la respuesta que la religión hebrea dio al Hijo de Dios cuando Éste puso ante sus ojos y mentes la Nueva Alianza hija del Evangelio. Si no evolucionamos y crecemos, si nos convertimos en una fotografía del pasado que se niega a moverse, no rendimos culto al Dios verdadero, sino a nuestro ego y sus exigencias. Si quieres glorificarte y divinizarte, tendrás que evolucionar y crecer. Pues detenerte, te incapacita, para la eternidad. Horizontes infinitos, no fronteras, eso es lo que reclama Dios al que quiere adentrarse en su conocimiento. 

    Comprende, disfruta y evoluciona. Y vivir en Dios será un precioso regalo para ti.

 

PENTECOSTES

    ¿Cuando está el Espíritu Santo con nosotros? Cuando no anulamos la diversidad de los demás. Sino cuando la experimentamos como una riqueza. Y cuando no la convertimos en causa de confrontación. Sino que buscamos la verdadera unidad, que no es la uniformidad de Babel, sino la comunión de pentecostés donde cada uno en su propia lengua se gozaba en escuchar las maravillas de Dios. No hay verdadera globalización si se destruye la diversidad de cada uno. Si se pretende diseñar un sólo tipo de individuo y cultura. La verdadera globalización habrá de ser de la comunión de los que son distintos. Aquella que valore la diversidad como una riqueza.

    ¿Cuando está el Espíritu Santo con nosotros? Cuando descubrimos que no hay mayor propósito común (sea éste social, político, económico, religioso, cultural) que construir el bien común de todos y cada uno de los que forman parte de la gran comunidad humana. Quienes piensan sólo en el desarrollo de una de las partes, ignoran algo tan sencillo como que tienen ombligo. Esto es, que forman parte de una gran comunidad humana. El individuo no nace solo y no crece sin el apoyo de un entorno humano, que a la vez, depende de otros, para poder existir. Sin el bien común como horizonte único permanente, estamos condenados al fracaso. El bien común ha de ser un reto constante para todos en nuestra vida. Los discursos exclusivos y excluyentes, son caminos equivocados que sólo conducirán al sufrimiento, al conflicto y en muchos casos a la muerte. Hoy somos testigos de estos hechos y de sus consecuencias con particular dramatismo. 

    ¿Cuando está el Espíritu con nosotros? Cuando nos acercamos a Jesús en medio de nuestros miedos y problemas. Y cuando encontramos la paz a su lado. Experimentando la fuerza de su aliento. Pues cuando vivimos desalentados somos sombras, muertos en vida. Y es que su aliento nos hace creer en la vida; su aliento nos hace mantener la esperanza en medio de los sufrimientos, una esperanza contra toda esperanza, ella es la que nos fortalece en medio de la tribulación; su aliento, en fin, nos enseña a amar, a vencer nuestros odios y egoísmos, a domar nuestra mente, nuestro corazón y nuestra conducta para que  caminen por las sendas bondadosas que el amor abre siempre que pasa por nuestras vidas. El aliento de Jesús resucitado lo cambia todo. Y siempre da nuevas oportunidades, nos crea de nuevo. No permite que quedemos apresados en nuestros pecados y sus consecuencias. Nos permite cambiar, transfigurarnos. 

    Así que si estás triste, si no crees en la vida, si el pesimismo te ciega, si el desamor es tu dueño: Necesitas decir ¡Ven Espíritu Divino!. Si no buscas el bien común y te encierras en tu visión tribal del mundo, en un individualismo salvaje: Necesitas decir ¡Ven Espíritu Divino!. Si conviertes la diversidad en causa de confrontación y si pretendes anular la diversidad en aras de uniformidades funestas, si ignoras la comunión: Necesitas decir ¡Ven Espíritu Divino!. 

    Yo cuando miro hoy nuestro mundo, esto es lo que pido: ¡VEN SANTO ESPÍRITU DE CRISTO RESUCITADO Y CON TU VIENTO MUEVENOS A AMAR Y CON TU FUEGO HAZNOS ARDER EN AMOR DE TAL MANERA QUE TANTO EGOÍSMO Y TANTO ODIO QUEDEN CALCINADOS DE UNA VEZ POR TODAS! ¡VEN VIENTO PURO, VEN ALIENTO CREADOR Y VEN, FUEGO ENAMORADO!.

 

ASCENSIÓN

    Las separaciones nunca son plato de buen gusto. Cuando se ama a la persona de la que te separas, sin duda alguna, nunca resulta fácil. Muchas veces las separaciones convierten nuestra vida en un infierno. Basta ver a los apóstoles en el primer momento del relato que se nos hace para entenderlo. El vacío que deja la persona que se va es muy duro de aguantar. Del mismo modo se quedan muchas respuestas por el camino, y muchas preguntas quedan sin responder. 

    ¿Qué ocurre entonces para que los discípulos en la segunda parte del relato, se reenganchen a la vida, e incluso vivan con alegría? El vacío no se ha colmado, las preguntas tampoco se han respondido. Y aún así superan la parálisis que la separación de su amado Jesús, les había producido. ¿Que ha pasado?.

    Han abandonado el límite de sus mentes. Y lo han hecho escuchando a Jesús o a los ángeles. Es decir, mirando más allá de sus emociones, de sus percepciones, y de sus mismas actitudes. Han abandonado la inmanencia y se han abierto a la trascendencia. Han salido de su realidad y se han adentrado en el misterio. Y lo han hecho escuchando. Escuchando más allá de sus propias voces interiores. Y es esa escucha la que les ha llevado a confiar de otra manera.

    En este sentido el apóstol Pablo explica en qué consiste esa experiencia: Ponernos ante el Padre. Invocarlo. Pedir que el Espíritu de Jesucristo nos posea. Llenarnos de su conocimiento. Dejarnos iluminar por Él. Abrirnos a la esperanza contra toda esperanza. Confiando en su energía que ha resucitado a Jesús de entre los muertos. Dispuestos a ser glorificados, pues hemos nacido para vivir en la gloria. Reconociendo que no hay mayor poder que el suyo, que es capaz de hacer que de la nada broten universos. Aceptando su cabeza como la nuestra, para que su plenitud sea la nuestra. Pues eso es lo que nos hace verdaderamente Iglesia. Y no otra cosa. Esta experiencia es la que nos hace tocar el cielo aunque vivamos en el suelo. 

    He aquí la clave de todo. Cuando las separaciones te aflijan, cuando ellas te crucifiquen, vuélvete al Padre. Después de todo, eso hizo Jesús en la cruz. Mirar más allá de su presente, de su realidad actual, y vislumbrar el horizonte de un nuevo amanecer, anticipándolo en medio de su agonía particular. Y lo hizo por medio del amor, la fe y la esperanza. En el Padre nunca se ha de dejar de confiar. Por que lo amamos le creemos, porque lo amamos mantenemos en Él nuestra esperanza.  

    Ese cambio interior, fruto de esta experiencia explica que ni el dolor, ni la parálisis, ni el vacío, se apoderaran del corazón de sus discípulos. Sino que la actividad y la alegría fueran su puerto definitivo y no la depresión subsiguiente a la separación. Así que amig@ que sufres, mira más allá de ti: ¡escucha!, y deja que esa voz suya, divina y sagrada, te cree de nuevo. Entonces ascenderás del más oscuro de los infiernos, a lo más alto de los cielos. 

 

VI PASCUA

    Uno es una persona sana cuando en él se verifican varias cosas. 

    Cuando no teme discutir, ni siquiera acaloradamente, con gente que ,sin fundamento alguno, se dedican a inquietar y a alarmar innecesariamente a los demás. Y además cuando no se dejan influir por los miedos de ellos. Normalmente los que lanzan miedos al viento, la mayoría de las veces no sólo son manipuladores natos, además suelen ser gente en sí misma aterrada. De lo que hay en el corazón rebosa la boca. Por ello una persona sana es alguien que no se deja contagiar por ellos.

    Eres una persona sana cuando tu mente es una ciudad con muchas puertas abiertas en todas direcciones. Cuando tu interior no apesta a cerrazón intelectual o sentimental. Cuando tú mismo eres un templo sagrado donde Dios habita, eso se percibe porque te vuelve una persona luminosa, que resulta una fuente de gloria constante para quienes conviven contigo sin agresividades de ninguna especie, ni pretendiendo manejarte manipulándote.

    Eres una persona sana cuando llenas de paz lo que tocas. Porque ni agredes, ni lo toleras. Ni el agresivo vive en paz, ni deja vivir en paz a los demás. Del mismo modo, el pasivo, tampoco vive en paz, pues no puede llamarse vivir en paz, a que te pisen la cabeza. La injusticia no genera paz. Sólo lo hace la justicia. La justicia y la paz se besan. Y el justo, ni es agresivo, ni tampoco pasivo. La Paz interior, reclama la fidelidad a la propia dignidad y el derecho propio, lo contrario provoca el amargo sabor del profundo descontento consigo mismo. Eso es algo que Cristo jamás experimentó. Y aunque sufrió, siempre se supo en sintonía con su ser más genuino, el Padre. Eso da la mayor de las paces posibles.

    Eres una persona sana cuando no necesitas atrapar y retener a los demás para ti, cual si fueran tu propiedad, sino cuando convives con ellos buscando, en todo momento, su mayor plenitud.

    Eres una persona sana cuando siempre vives abierto a que el Espíritu te enseñe más. No hay peor cosa que alguien o que un grupo no evolucionen nunca, porque ya se da todo por sabido, y lo único que se hace es repetir fórmulas desfasadas ante hechos nuevos, o nuevas perspectivas desconocidas de problemas antiguos, que permiten resolver tales situaciones desde claves nuevas. Quien se cree que lo sabe todo, es como un muerto, no se mueve nunca, y en esa quietud se degrada, pues sus convicciones por desfasadas se pudren, y aunque tal persona o ese grupo no lo sepa se vuelve maloliente para quien lo rodea. 

    Así que eres una persona sana, cuando escuchas la palabra de Jesús y vives conforme a ella, porque crees en ella, en espíritu y en verdad. Pues a veces la gente puede creer en la religión y sus formas culturales, pero en absoluto, en la Palabra de Jesús. La palabra de Jesús es el amor. Por eso te hace sano creer y vivir conforme a su palabra. Porque crees y vives conforme al amor. Y el amor es lo sano. El desamor es ponzoñoso. E ahí la clave de todo. 

    Así que si quieres sanarte, persona querida, no lo olvides, renueva los tejidos de tu conciencia, cada día con el sonido de la palabra viva del que ha resucitado. Después de hacer tu primera comunión, todos los Domingos son esa fiesta que nos transfigura, no hay mejor postcomunión que ésta. Un nuevo camino pastoral se abre ante nosotros.

 

V PASCUA

    Un nuevo ser humano nace del encuentro con Jesús, que por amarnos murió, y que al tercer día, el primero de la semana, resucitó de entre los muertos. 

    Jesús nos convierte en ciudadanos del mundo, pues lejos de impulsarnos a usar nuestra diversidad como un estorbo para la unidad, la convierte en causa de riqueza, pues seguir a Jesús nos hace vivir en una comunidad fraterna. No es posible seguir a Jesús aislado. El individualismo que no es fraterno no encaja con Jesús. La narración de los hechos nos lo hace ver.

    Jesús nos hace ver que el amor de Dios es para todo y para todos. Pues es cariñoso con todas sus criaturas. Durante mucho tiempo y aún hoy los seres humanos nos hemos creído el ombligo del mundo. Es lo que se llama antropocentrismo, esto es, considerar al hombre el centro del mundo. Y con esa convicción hemos arrasado y aún arrasamos el mundo como si tuviésemos derecho a ello. Dios no hace eso. El Salmo lo deja muy claro. Y una persona que encuentra a Jesús, debería aprender a vivir en comunión con todo, como en su día lo hizo San Francisco de Asís y otros muchos. No somos sin el universo, somos el universo que ha adquirido identidad y palabra, capacidad de pensar, sentir y actuar en libertad. Ir contra el universo es ir contra nosotros. El universo no es un decorado, somos tú y yo, somos nosotros. Nada en él nos es ajeno. Amar el universo es amarse a sí mismo y a los demás.

    Jesús nos crea de nuevo con el universo entero, enjuga nuestras lágrimas, y resucitado, nos invita a no promover la muerte, el luto, el llanto ni el dolor. Jesús no viene a Crucificar universos, sino a Glorificar universos crucificados. Viene a que tengamos vida en abundancia. El Apocalipsis y la primera parte del Evangelio no permiten ningún género de dudas al respecto. 

    Jesús nos transfigura en Amor. Un amor que no para de crecer. Que no conoce límite alguno. Que siempre está por hacer. Que nunca cesa. Que siempre nos estimula a dar más. La medida de su amor, es el amor sin medida, y esa es una tarea para toda la vida. Así es como Jesús nos transfigura en personas. Y si no amamos el amor, nos volvemos monstruos. ¡Nunca me cansaré de decirlo alto y claro! ¡Sin amor somos monstruos, no personas!. Esto conviene no olvidarlo nunca.

    Jesús es lo mejor que puede pasarnos nos universaliza, nos vuelve comunitarios, restablece nuestra comunión íntima con el universo y nos impele a amar constantemente. Jesús nos humaniza. Cuanto más nos enamoramos de Él, más humanos nos volvemos. Y cuanto menos lo amamos realmente (aunque seamos muy religiosos), más nos inhumanizamos. Así que hoy te pido mi Señor y mi Dios, que no te canses de mí, que no dejes nunca de crearme de nuevo a impulsos de tu Santo Espíritu.

 

IV PASCUA

    Jesús resucitado nos abre a la universalidad. La resurrección de Jesús no es sólo cosa de judíos o para judíos. Pablo y Bernabé deciden abrir el cristianismo a los gentiles, es decir al resto de pueblos de la tierra. Y eso aunque les supone afrontar sufrimientos y mucha oposición. Pero ellos no cejan en su empeño. Las alegrías de la resurrección son para todos. Así que plantéate que cuando entre nosotros hoy, alguien se empeña en afirmar una nación sobre otra, o declarase los primeros y con más derechos y dignidades que los demás, ese alguien carece de una visión universal, y es esclavo de una nacionalismo ciego, que cree, que la verdadera alegría, es más para ellos, que para los otros. Jesús resucitado nos hace ver que todos somos uno. Todos morimos. Y todos estamos llamados a resucitar. La universalidad y la resurrección van juntas, y por eso la misión de testimoniar a Cristo, siempre y en todo lugar, no se entiende sin ellas. Cristo vive para todos y en todas partes, lo cual significa, alegría para todos, Espíritu Santo para todos, sin exclusión de nadie.

    Jesús resucitado nos abre a la justicia. Las víctimas de las atrocidades históricas, están en pie ante el Cordero que es Jesús resucitado, según nos enseña Juan en su revelación. Y no están ahí para nada, están ahí para que se les conceda la justicia que en la historia humana se les negó, cuando fueron víctimas de las crueldades de los múltiples anticristos y sus huestes. Masacrar a la gente te opone a Jesús resucitado. El resucitado nos enseña que no prevalecerá la injusticia sobre la justicia. De hecho si Él no hubiese resucitado, así sería, dado que las víctimas de los atropellos, realizados por los monstruos de la historia, muertas para siempre, nunca recibirían satisfacción. Sus anhelos se desvanecerían en el aire como el humo, y sus vidas y sufrimientos serían para nada. Pero como la resurrección es universal, todas las incontables víctimas de los atropellos históricos, serán resarcidas, de sus martirios. La justicia es para todos, en todo lugar y en todo tiempo. Si Cristo vive, así ha de ser.

    Jesús resucitado impide que nada ni nadie se pierda. Y que todos puedan tener vida eterna. Todo será glorificado y divinizado a imagen de Cristo resucitado. Nadie le es ajeno, salvo aquel que quiera serlo por su propia cuenta, haciendo uso de su propia libertad. Nadie que escuche su voz y lo siga, perecerá ni será arrebatado de su mano para siempre. Están amparados bajo el amor eterno y universal de su Padre. Nunca te perderás si no quieres perderte, seas quien seas, seas de donde seas, y vivas en este siglo o en otro. Jesús es uno con el Padre, y para Él, una vez resucitado ya no hay tiempo ni lugar que le sean ajenos. Su amor es eterno y por ello, multidimensional. Los que se dedican a arrebatar al mundo a sus hijos o a hacerlos perecer, nada tienen que ver con Cristo, por muchas bendiciones y comuniones que reciban. 

    Así que plantéate una pregunta y respóndela: ¿Si fueses una oveja que querrías tener, un lobo a tu cargo o a este Pastor resucitado que tiene un amor universal, justo con todos y que porque nos quiere no permite que perezcamos para siempre? En el mundo hay lobos, no lo olvides. Pero has de saber también que está este pastor bueno que ha dado su vida porque tú no te pierdas para siempre.  

 

III PASCUA

    La Iglesia si no es una Pascua viva no es nada. Es sal que se ha vuelto sosa, es una luna oscura que no ilumina en medio de la noche. Así que hoy las Escrituras nos dicen cuando la Iglesia es una Pascua viva.

    Es una Pascua viva cuando la Iglesia no se somete a los poderes de este mundo. No incurre en el cesaropapismo que pone a la iglesia al servicio de los sátrapas y tiranos de este mundo, para legitimar sus desmanes, sus injusticias y sus guerras. Bendiciendo lo que con el Evangelio en la mano nunca se puede bendecir. Si la Iglesia no obedece al Dios del Amor antes que a los hombres no es nada.

    Es una Pascua viva, cuando en ella se adora a Cristo y no sus seguidores. La “papolatría” es una perversión. Ya lo dijo Francisco, cuando insistió en que vitoreasen a Jesucristo y no al Papa de turno, que en este caso era él. Entronizado en los cielos, es el Cordero Santo, Jesús, el que vive por los siglos de los siglos, porque Él es el que nos ha amado hasta el extremo. Los que buscan su propio relumbrón a costa de la Iglesia, la pervierten, la corrompen, y le impiden ser la Pascua Viva que está llamada a ser a impulsos del Espíritu de Cristo Jesús resucitado. 

    Es una Pascua viva cuando la Iglesia está integrada por verdaderos discípulos, seguidores de Jesús. El evangelio de Juan los retrata a la perfección. La Iglesia es una Pascua viva si sus miembros se sienten vacíos si Jesús no está en medio de sus vidas. La Iglesia es una Pascua viva cuando sus miembros se movilizan ipso facto en la presencia de Jesús. La Iglesia es una Pascua viva cuando sus miembros se llenan de alegría en la presencia de Jesús, y lo adoran en silencio, haciendo latir sus corazones, junto al de Cristo resucitado (eso es orar), cuando en la parroquia adoramos a Jesús en oración, somos eso: un montón de corazones, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús vivo y resucitado. La Iglesia es una Pascua Viva, cuando se reúne en el amor a dejarse alimentar por Jesús con su Pan de vida (la comunión) y con su Palabra Viva (esos peces asados, ya que el pez, en griego, es el primer símbolo de Cristo que conocemos). La Iglesia es una Pascua viva por tanto cuando sus miembros se reúnen los domingos a celebrar la Eucaristía, a partir el Pan con alegría. La Iglesia es una Pascua Viva cuando sus miembros aman a Jesús de corazón y por eso lo siguen. La Iglesia es una Pascua Viva cuando sus miembros aceptan la misión que Jesús nos plantea para ser pastores y apacentadores de otros, a los que Él quiere amar hasta el extremo, y que son suyos, no nuestros. La Iglesia es una Pascua viva, cuando sus miembros dejan de lado su narcisismo ególatra para entregarse por completo a amar a los demás como Cristo Jesús nos ha amado. La Iglesia es una Pascua Viva, cuando sus miembros siguen a Jesús, y no a otros, ni a sus doctrinas, que muchas veces, se alejan por completo de los Evangelios, por muy sabios y autorizados que se pretendan esos nuevos superapóstoles.

    Así que está en nuestras manos, que la Iglesia sea una Pascua Viva o una nulidad absoluta. Nunca ha dejado de celebrarse la Eucaristía y nunca ha dejado de existir la Iglesia de Jesús, y eso que a veces lo hemos puesto muy difícil, y aún lo ponemos. Nada hace tanto daño a nuestros ojos, que ver a todo un patriarca bendiciendo a tirano homicida, a un vampiro de la felicidad de las gentes o a un criminal de guerra so pretexto de no sé que circunstancias, o en nombre de no sé que patrias. Pero a pesar de nuestras miserias no podemos apagar la luz del sol que hace que la luna resplandezca en medio de la tiniebla cuando el mundo y sus penumbras no la oscurecen. Si lo permitimos nuestras redes estarán vacías porque si no es una Pascua Viva, la Iglesia, no resulta atractiva. Seamos pues hermanos, una Pascua Viva, así es como se llenarán nuestras redes. 

 

II PASCUA

    El Domingo, el primer día de la Semana, nos recuerda que para los cristianos siempre es Pascua, más allá de cualquier tiempo litúrgico. Pues para siempre está resucitado Cristo Jesús. El Apocalipsis no deja género de dudas alguno: “Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ahora, vivo por los siglos de los siglos”… ni la muerte ni el infierno han podido conmigo, y yo tengo las llaves sobre ellos. 

    Por eso, ese día en particular, es cuando los cristianos nos encontramos con Él. Es el día de nuestra sagrada reunión a la que asistimos de común acuerdo. Este el día en que nuestra comunidad crece y en el que nos adherimos al Señor.

    En ese día oímos su palabra viva, en medio de nuestras tribulaciones, en ese día el Reina sobre nosotros, y nuestra esperanza se alimenta. Es nuestro día para el Éxtasis. El día del Encuentro.

    En ese día su sombra salvífica cae sobre nosotros y nos sana de nuestras heridas. 

    En este día unidos damos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. 

    En este día, Jesús se revela, como nuestra alegría y nuestro gozo, es el día que nos regala la salvación y nos da prosperidad, es el día en que nos ilumina.

    En este sagrado día, se nos entregan los mensajes que Jesús resucitado nos comunica, y que brotan, de los textos que consideramos sagrados, pues en su humildad y condicionamiento cultural, nos trasladan la palabra viva y definitiva de Dios que es Cristo para siempre. En ese día comprobamos que Dios no está en silencio, ni es sordo, ni vive alejado de nuestro quehacer diario. 

    En ese día dejamos de estar encerrados por nuestros miedos. Y Jesús resucitado nos visita, y nos llena de Paz. De una Paz que no puede darnos el mundo, y que no podemos encontrar en otra parte. En ese día, cuando lo vemos, nos llenamos de una alegría que nadie puede quitarnos.

    En este día, Jesús resucitado nos llena del Espíritu Santo. Y Él nos hace de nuevo, más allá de la nada, que nuestros pecados dejan como rastro cuando nos destruyen. El Domingo es el día de la Nueva Creación. Y el Espíritu que revolotea sobre nuestro caos, nos crea para vivir una vida nueva. 

    En ese día somos enviados por Cristo Jesús ha desempeñar una nueva misión, para buscar otras ovejas perdidas que necesiten escuchar su voz, amarlo y seguirlo de modo que también ellos puedan vivir en plenitud.

    En este día podemos superar nuestras incredulidades, las que nos tienen atados. Por eso en ese día podemos estar acompañados de no creyentes. De los que necesitan ver y tocar para creer. Pues ellos necesitan encontrar la paz de la que nosotros gozamos. El Domingo es el día para experimentar a Jesús Vivo, para poner nuestras manos en su amor eterno y para dejar de ser incrédulos y volvernos creyentes. En ese día descubrimos que si creemos sin ver podemos ser dichosos, hasta extremos inusitados. 

    Cada Domingo hacemos de Jesús resucitado, nuestro Señor y nuestro Dios. Cada Domingo Jesús nos mueve a creer en Él como Mesías, como el Hijo de Dios, y para que así, creyendo en Él, tengamos todos vida en su nombre. Y no cualquier vida, sino Vida en abundancia, Vida en plenitud: ¡VIDA!, con mayúsculas. 

    Así que amigos, cada Domingo nos recuerda que cada día de nuestra vida es Pascua. Pues no hay liturgia verdadera si esta convicción nos abandona. Pues ¿a que Cristo vivo imploraríamos y a quién escucharíamos, si Jesús no estuviese resucitado para siempre?. Que la alegría de la Pascua hermanos no os abandone nunca. Siempre es tiempo para glorificar a Dios y para decir Aleluya en el corazón. Pues no hay cruz que pueda acallar la voz del que, como nos ha dicho, vive por los siglos. ¡Feliz Pascua! Es decir ¡Felices cada uno de los días de vuestra vida en compañía de Cristo Jesús resucitado, el Dios con nosotros, que ya no muere más y vive para siempre!.  

 

DOMINGO DE PASCUA

    La gran y buena noticia de este día es que todos los crucificados resucitarán gracias a que Jesús el Cristo ha resucitado. No hay mayor verdad hoy que ésta. Pues hoy la luz vence a la tiniebla y una nueva creación sucede, y de la nada que la cruz deja tras de sí, encerrada en un sepulcro, porque Dios nos ama, una nueva vida definitiva, divina, surge y en ella todo el universo se glorifica.

    Toda la creación, la naturaleza crucificada, resucitará y adquirirá toda su bondad y esplendor definitivos.

    Toda vida crucificada por el integrismo religioso, resucitará y recuperará sus verdaderos senderos interrumpidos.

    Toda víctima inocente crucificada por los conflictos bélicos entre ejércitos infaustos, resucitará para vivir en una paz perpetua.

    Todo ser humano crucificado por no haber sino bien amado, resucitará para ser amado por Quién sabe amar como nadie.

    Todo sediento de felicidad, todo hambriento de dicha, crucificado por esa sed y esa hambre irredentas, resucitará para saciarse de plenitud.

    Todo el crucificado por la falta de paz que brota de la incertidumbre y la necedad, resucitará para habitar en las fuentes de la sabiduría y del descanso infinito.

    Toda víctima crucificada por los corazones de piedra que han derramado su sangre, resucitará para gozar de corazones de carne glorificada.

    Todo ser humano crucificado por el pecado que todo lo envenena, resucitará para vivir en plenitud.

    Todos los crucificados por la muerte que buscan a los suyos en el vacío que la pérdida de sus amados deja tras de sí, resucitarán y encontrarán a sus amados entre los vivos.

    Todos los crucificados por la opresión del diablo, resucitarán y se verán libres de su yugo.

    Todos los crucificados por la muerte, resucitarán, para vivir eternamente.

    Todos los crucificados por el veneno de una tóxica levadura, resucitarán para ser hombres nuevos.

    Todos los crucificados porque han perdido a sus amados, resucitarán al entender las Escrituras, verlas y creerlas, y se maravillarán por ello.

    Todos los crucificados por la desesperación de un corazón frío, resucitarán al oír y creer la palabra de Jesús resucitado que hará arder sus corazones de una esperanza inquebrantable.

    ¿Eres un crucificado? Sea cual sea tu motivo, si crees hoy, resucitarás, y tu alegría nadie te la podrá quitar. La esperanza que brota de la fe en Cristo resucitado lo hará posible. ¡Aleluya hermanos!¡Pascua feliz!¡Feliz Pascua Sagrada!. Este sublime paso, esta grandiosa Pascua es nuestra verdadera vida hermanos hoy y siempre. ¡Aleluya!. 

 

VIERNES SANTO

    Hay que mirar a Cristo cara a cara para escuchar su voz desde lo más hondo del alma. Y oír sus claros susurros que emanan de su palabra, pues su cara y su cuerpo destrozados y sufrientes aterran y espantan. Y sus mensajes son estos:

  •     + Jesús te dice: Ningún pecado hay que no pueda perdonarse, pues para eso yo con mi sufrimiento inmerecido he pagado por ti, tu ofensa, está saldada. Isaias en esa suerte de fogonazos o relámpagos que constituyen su oráculo,  intenta entender el misterio asombroso del Mesías, según sus parámetros mentales, según su teismo particular de Dios, según su comprensión religiosa. Y así nos hace llegar su voz.
  •     + Jesús te enseña:  sé fuerte y valiente cuando los sufrimientos te cerquen y acosen, esa fortaleza y valentía brota de la oración constante, vive de cara al Padre, y así no te quebrarás ni caerás en el trance. El salmo nos lo muestra a las claras y nos permite escuchar la voz interior del corazón de Jesús en medio de sus amarguras.
  •     + Jesús te responde: en mí siempre puedes confiar. Pues no he venido a otra cosa que a salvarte si tú crees en Mí. El autor de la carta a los Hebreos con su lenguaje exclusivo y no exento de cierta dificultad lo manifiesta con total claridad. 
  •     + Jesús en su Pasión te regala tantas lecciones acerca de sí mismo que leerla supone siempre descubrir cosas nuevas, veamos algunas: 
  •     + Yo nunca te negué y siempre di mi cara por ti.
  •     + Yo morí por ti con tal de salvarte.
  •     + Yo nunca te mentí. Siempre fui veraz. 
  •     + Yo te enseñé quien es el hombre en su esencia más genuina. 
  •     + Yo respeté tu libertad con mis silencios. Porque aunque me acusaran, me despreciaran, o se burlaran de mí, siempre fuisteis  sagrados para mí.
  •     + Yo te lo di todo, hasta mi ropa y mi misma sangre.
  •     + Yo no te abandoné, no me olvidé de ti. 
  •     + Yo siempre esperé que saciaras mi sed de tu amor aunque me exponía a recibir de ti vinagre.
  •     + Yo siempre cumplí, nunca defraudé, si sabes comprenderme.
  •     + Yo me entregué a vosotros de tal manera que pudisteis clavarme puñales y lanzas o pudisteis tratarme con mimo y ternura, llevados por vuestro amor a mi persona, aunque fuese oculto y privado, por miedo a lo que los demás pudieran pensar de vosotros o haceros. 

    Por último quiero yo también añadir algo que aprendo de Jesús mirándolo en este día a la cara: Jesús me enseña a ser persona y a dejar de ser un monstruo. Pues monstruos nos volvemos cuando crucificamos a los demás. Al crucificar a los otros, renunciamos a ser personas. Con nuestra libertad nos construimos como personas o nos destruimos y nos convertimos en monstruos. Glorificar la vida de los demás es lo que nos convierte en personas. Así que Jesús me mira a los ojos hoy y me dice alto y claro: “Andrés no crucifiques a los demás y no serás un monstruo, te quiero persona, sacando de tu interior el mayor de los amores para ti, para los demás, para el mundo entero y para el mismo Dios”. Y es así, escuchando su voz, cuando me lleno de gracia, y el Espíritu Santo me hace capaz de alcanzar como posible lo que para mí me resulta del todo imposible. De esta manera saca de mí lo mejor que llevo dentro. Persona es el que ama y monstruo el que crucifica. ¿Qué mejor enseñanza que esa para los duros tiempos que corren dónde resuenan una vez más los crueles tambores de guerra? ¿Y como es posible Señor que aunque te duela tú me sigas queriendo aunque yo sea un monstruo? ¿Hasta donde llega tu amor inagotable? Que incomprensible pero que grandioso me resultas mi hermoso y querido Nazareno.

    Así que amigos, si no miramos a Jesús hoy a la cara, si no escuchamos su voz, necios seremos. Tanto como aquellos que teniéndolo enfrente prefirieron las tinieblas a la luz y sólo supieron crucificarlo. 

 

JUEVES SANTO

    Nos preguntamos a menudo ¿por qué el mundo no va bien? ¿Por qué las cosas andan tan mal en muchas ocasiones? ¿Como somos capaces de volver a caer en los mismos errores del pasado como si no hubiésemos aprendido nada?

    La respuesta que las Escrituras ofrecen hoy es sencilla pero no por ello es simple sino dramática. 

    En vez de marcar las puertas de nuestras mentes con la sangre del Cordero que es Cristo decidimos imitar al faraón. Y éste lo único que sabe es sembrar su mundo de guerras, injusticia y esclavitud. ¿Qué felicidad puede brotar de ahí para todos? ¿Como no ser odioso y odiado por muchos con esa forma torpe de proceder? Si alimentamos nuestro corazón con semejante Leviathan no nos cabe esperar un mundo sin sufrimientos. En vez de alimentar nuestro corazón con el Cordero Santo que es Cristo, envenenamos nuestra alma con cianuro ideológico de la peor calaña. Así nos habla el Éxodo.

    Pablo nos lo expresa de otro modo. Jesús nos invita a hacer memoria de su amor constantemente. Cosa que se perpetua entre nosotros con la Eucaristía y el Sacerdocio. Pero nosotros decidimos muchas veces, nutrir nuestra memoria con los odios del ayer. Con cuanta frecuencia transformamos nuestro dolor en rencor. Y como gente herida nos lanzamos a causar más sufrimiento en los demás. Como si así nos fuésemos a curar. Oír hablar a gente como Alexander Dugin y otros de su misma especie pone los pelos de punta. Cuando el odio forma parte del discurso hemos entregado nuestra alma a Satanás. De ahí que la memoria haya de usarse bien, pues igual que revive lo peor del dolor padecido, del mismo modo, revive lo mejor de nuestro ayer. Por ello, entrega las riendas de tu memoria a Cristo, y en todo lugar y circunstancia, acuérdate de Jesucristo, y procede siempre conforme a su memoria. 

    Jesús nos amó hasta el extremo, nos cuenta el Evangelio, Jesús se colocó entre nosotros como el que sirve, ¿por qué no seguimos su ejemplo?. Cada vez que alguien se sale de esta disposición de amar y servir, es como cuando un músico de una orquesta no da la nota. Y entonces se rompe la armonía. Qué ejemplos seguimos y proponemos deberíamos preguntarnos, y quizás entonces entenderíamos porque pasan muchas cosas. Pues en algo tan banal como son las películas o las series, inoculamos en la mente de niños y jóvenes estereotipos vitales abrumadores, y no digamos ya en toda esa gran pléyade de videojuegos, muchas veces, extremadamente violentos. Cuando pretendemos que eso salga grátis, confiamos en el criterio de seres humanos que aún no tienen bien formado su cerebro, porque su edad no se lo permite. Y eso es como poner un coche en las manos de una criatura de 10 años. ¿Qué ejemplo sigo? Respondiendo a esta pregunta podría responder a la pregunta que nos hacíamos al principio.

    ¿Te alimentas de Cristo o del faraón? ¿Tu memoria bebe de tu rencor o del amor de Cristo? ¿Qué ejemplo sigues, propones o consientes? Si respondes a estas preguntas con sinceridad igual entiendes hoy por qué el mundo va como va y porque en él pasan las cosas que pasan, y en vez de progresar, volvemos a los mismos errores del pasado.

 

DOMINGO DE RAMOS

    Hoy nos visita la historia más vieja del mundo. Los justos mueren a manos de los injustos, los que no han hecho nada malo, sufren lo indecible, mientras que los malvados son liberados y no les pasa nada. Jesús es el prototipo de justo, proclamado como tal por Pilatos, las mujeres, el buen ladrón y el centurión romano, atropellado por el sistema, por los hombres, por la historia y por el loco mundo en cualquiera de sus versiones. Considerado una amenaza, el que pasó entre nosotros haciendo el bien, fue eliminado después de padecer mil perrerías que no merecía. 

    Estos hechos son narrados de tres maneras distintas. Desde el punto de vista íntimo de Jesús, en Isaias y el Salmo. Desde el punto de vista de los hombres en la Pasión de Lucas. Y desde el punto de vista de Dios en la carta de Pablo. 

    Y en esos tres modos narrativos, se nos insiste en la misma idea: Si Dios no está no habrá justicia para los justos asesinados y los macabros asesinos quedarán impunes. Por eso es preciso ser cuidadoso al afirmar que no necesitamos a Dios para nada. Al menos si uno tiene empatía con las víctimas. Sólo los ególatras que no les importa nada el sufrimiento de las víctimas mortales de la injusticia pueden decir que Dios no es necesario. Pues si fuese cierto que Dios no existe, al mirar a las víctimas, deberíamos concluir que tendríamos que inventarlo. Sin Dios no hay salida satisfactoria para las víctimas atropelladas por los violentos. Por eso donde unos ven escándalo para poder creer en Dios, yo veo motivos para tener que hacerlo. Sin Dios la injusticia tendrá la última palabra en la vida.

    Por eso estos tres textos dicen alto y claro que Dios es la solución del drama y la tragedia que nos son narradas. El más allá otorgará la justicia que el más acá nunca podrá restablecer. Los muertos civiles inocentes atados de manos y asesinados vilmente en una cruenta guerra, sólo podrán encontrar justicia, si Dios está con ellos y si Él tiene la última palabra en la vida. 

    La verdad es que hay que ser muy necio para ver en alguien justo e inocente una amenaza, y para tratarlo con la más cruel de la inhumanidades. Tan equivocado hay que estar que nos hacemos dignos de que Jesús diga alto y claro: “No saben lo que hacen, son dignos de perdón, porque su proceder es absurdo. Pelean con sus torpes modos de ver el mundo y no son capaces de darse cuenta que están destruyendo lo más sagrado que tienen ante sus ojos”. Esta por desgracia hermanos, también es otra de las historias más viejas del mundo. Todo un clásico. Sólo Dios podrá desatar igualmente ese nudo. Necesitamos a Dios sobre todas las cosas, eso gritan hoy las Escrituras. 

 

V CUARESMA

    La compañía de Jesús provoca muchos efectos en el corazón humano. Nos impele constantemente a renovarnos, a saciar la sed de nuestra esperanza, que con los constantes vaivenes de la vida, y los sufrimientos que ella conlleva, muchas veces se resiente. Mirar más allá, mirar a Dios, nos recrea, cuando la nada nos hiela el alma. Pues sed de esperanza es lo que el corazón humano grita en muchas ocasiones, porque son múltiples las ocasiones en que se reseca de hastío. La sed de felicidad nos acompaña siempre, descubrir la razón de por qué merece la pena estar vivo. Y sin esperanza la felicidad en este mundo, se torna imposible. Jesús alimenta siempre la esperanza humana y más aún cuando sufrimos. 

    La compañía de Jesús nos impulsa a crecer constantemente. Y no lo hace mediante amenazas sino enamorándonos. El testimonio de Pablo lo expresa rotundamente. Y es que nunca acabamos de llegar a la meta mientras estamos vivos. Siempre nos aguarda un límite mayor. Una frontera más que cruzar. La empresa de amar como Dios lo hace es una empresa infinita que siempre nos plantea nuevos retos. Es un aprendizaje constante que nunca termina. Donde se puede avanzar o retroceder, pero nunca estancarse, porque eso es retroceder. La aventura del amor hasta el extremo convierte nuestra existencia en un además, en una apertura permanente, porque la plenitud nunca está acabada. El amor siempre nos hace correr hacia delante. El ejercicio no cesa: tanto para avanzar como para no perder la forma. El amor nos enamora y nos hace crecer constantemente, en una sorpresa continua.

    La compañía de Jesús nos salva de los fariseos que sólo saben juzgar y condenar, y por ende castigar.  Las condenas por asuntos sexuales son peliagudas, porque quien esté limpio de pecado en ese tema, y en otros, que tire la primera piedra. Los fariseos que juzgan no viven sólo fuera de nosotros. A veces somos nosotros mismos los que nos condenamos y castigamos. Los que con más inclemencia nos tratamos, y ese Yo Crítico inquisitorial, no es la voz de Jesús, no es la voz de la conciencia, porque la Conciencia es la voz de Dios, del Dios que nos muestra Jesús, que no juzga, que no amenaza, que no condena, que se lamenta de que nos castiguemos a sufrir nosotros, que no avergüenza sino que ayuda, que no culpa sino que perdona, que alienta y da nuevas oportunidades. Dios es misericordioso. La compañía de Jesús nos da nuevas oportunidades. Así que torpes seremos si no lo aprovechamos. 

    Antes de la Pascua, dejémonos acompañar por Jesús, Él nos renovará, Él nos hará crecer y Él nos dará nuevas oportunidades para que no se pierda nada ni nadie, salvo el que por su cuenta quiera perderse. En compañía de Jesús nuestro Bautismo se renovará constantemente. He ahí la gran enseñanza de hoy.

 

IV CUARESMA

    El Dios que Jesucristo nos da a conocer nos humaniza. Nos hace crecer como personas. Las tres lecturas y el Salmo nos permiten comprender esto.

    Quien experimenta a Dios verdaderamente no es compatible con la opresión ni con la esclavitud. Ambas cosas llevan a que el ser humano considere el mundo como una maldición. Es la liberación la que nos lleva a disfrutar el mundo como una bendición. Pues es la ausencia de las opresiones y las esclavitudes lo que nos libera de todas nuestras ansias. Ahí queda la lección de la primera lectura y el salmo.

    Quien experimenta al Dios verdadero descubre que cuando la confrontación se hace presente la única manera de crear de nuevo la paz es la reconciliación. La confrontación muchas veces lo destruye todo en una relación. Y es preciso partir de la nada para volver a restablecer la armonía que la vida precisa para ser capaz de recuperar su plenitud. La Reconciliación crea el amor de la nada que la confrontación deja tras de sí. Esta nueva creación es lo que es la renovación. La reconciliación puede ser con los demás, con el mundo o con nosotros mismos. Y entonces, cuando nos reconciliamos con el ser en todas o cada una des sus manifestaciones, es cuando nos reconciliamos con Dios, pues es imposible reconciliarse con Él, si estás peleado con el ser mismo que el ha puesto en movimiento y mantiene en su existencia. Quien está peleado con los demás, con el mundo, o consigo mismo; está peleado con el ser, y en el ser, Dios está definitivamente presente. La manifestación del amor de Dios en Cristo Jesús es una nueva creación que renueva todo y nos otorga un nuevo ser si lo queremos aceptar. El nuevo ser que sólo nace del amor. Perdón y Creación son una misma cosa. Pablo ha hablado.

    Quien experimenta a Dios en espíritu y en verdad, supera el dilema de los hermanos que aparece en ésta parábola, tan mal conocida como la del Hijo pródigo. Pues ese nombre es poco afortunado para ella. El ideal no es ser ni el hijo pródigo ni el hermano mayor. El primero es la expresión de la depravación y el segundo de la incomprensión. El primero se autodestruye y el segundo convierte su vida en una condena. Ambos caminos conducen a la muerte: el primero se mata a sí mismo, y el segundo mata a los demás. En cambio el Padre ama al uno y al otro. Así es como debería llamarse la parábola, la del Padre BUENO con mayúsculas. El amor del Padre construye y revive lo que está muerto. El amor del Padre recrea y resucita. El amor del Padre nos hace crecer y nos glorifica. Nos hace vivir en plenitud. El modelo a seguir no es ni el hijo pródigo, ni el hermano mayor. La cumbre ética es el Padre. Sabe dar libertad, sabe esperar, sabe querer, sabe invitar al amor, sabe ser paciente con ambos hijos, sabe no pensar en sí mismo, sino en el bien de sus hijos por encima de todo, sabe amar hasta el extremo. Mirar al Padre a los ojos nos hace crecer sin límites, “hasta el infinito y más allá”. El ser humano que se mira en este modelo, siempre es un ser abierto, en crecimiento constante. Un crecimiento permanente en humanidad de la mejor clase. El Evangelio de Lucas lo enseña.

    Conocer al Dios de Jesucristo verdaderamente nos libera, nos lleva a experimentar la vida como una bendición, nos vacuna contra la esclavitud y la opresión, nos renueva, nos reconcilia con todas nuestras dimensiones existenciales, y nos abisma a amar sin límites, hasta el extremo. Su compañía nos hace crecer constantemente. ¿Dios es un estorbo para que el hombre pueda ser verdaderamente hombre? Quien dice eso simplemente no sabe lo que dice. Simplemente añadiré, para finalizar, que si experimentásemos al Dios verdadero, no tendríamos muchos de los conflictos que hoy padecemos.

 

III CUARESMA

    En medio de los acontecimientos que vivimos, una pregunta ronda las cabezas de muchos: ¿A Dios no le importa el sufrimiento de la gente? Y si no es así ¿Porque no fulmina Dios a los que hacen sufrir a los demás?.

    Despejemos la primera parte de la cuestión. El libro del Éxodo lo deja muy claro: ¡He visto el sufrimiento de mi pueblo y voy a liberarlos de la opresión que padecen! Pero no es Él, el que obrará tal cosa, sino Moisés a quien llama a desempeñar esa misión y al que apoyará decididamente en sus acciones. Dios obra a través de humanos, pero no suplanta a la humanidad para actuar. Aún así, matices a parte, una cosa si queda muy clara: quién oprime, esclaviza o hace sufrir a los demás actúa contra Dios, y este texto lo deja meridianamente claro.

    En cuanto a la segunda parte de la cuestión, se nos dan dos respuestas. La primera la ofrece Pablo. Dios nunca suspenderá nuestra libertad. Nuestra libertad es sagrada. No hemos sido creados para ser siervos, sino para ser amigos. Y para eso es imprescindible que seamos libres. Sin libertad no existe el amor verdadero. Con nuestra libertad liberada podemos destruirnos. Pablo nos previene contra eso. Y para eso acude a ejemplos del Antiguo Testamento. Y nos indica que también nosotros estamos expuestos a poder destruirnos. Somos la etapa histórica de la humanidad en la que con un botón podemos acabar con el planeta entero. Y eso es mucho poder. Saber usar la propia libertad es fundamental, para ser dueños de nuestro destino. Para poder ser sujetos verdaderos, y no sombras o marionetas en manos de otros. Una intervención directa de Dios suspendería nuestra libertad ipso facto. Y de ser personas pasaríamos a ser títeres. Dios se toma mucho más en serio nuestra libertad personal que nosotros mismos. Y se arriesga al fracaso absoluto, con tal de que no seamos sombras sino dueños de nuestro destino.

    La segunda respuesta a la cuestión que nos ocupa, nos la ofrece el Evangelio. La ley de la retribución judía condenaba a Dios a convertirse en una instancia castigadora constante. Si la haces la pagas. Y ya se encarga Dios de ello. Ese intervencionismo constante en la historia, les obligaba a interpretar de una manera muy retorcida los acontecimientos: Pilatos quedaba convertido en un instrumento en las manos de Dios, porque si los galileos han muerto, es por algo que debían haber hecho mal. Así que encima de asesinados, además se los considera culpables de su muerte, y quedaba exculpado Pilatos (quien los mató), por ser un mero instrumento para que Dios pudiese castigar a esos galileos, que algo habrían hecho para morir así. Igual interpretación hacen de los muertos por la torre. No se plantean que el arquitecto o los encargados del proyecto, habían sido torpes en la construcción de la torre, sino que estos eran el instrumento que Dios había usado para castigar a los que murieron, pues algo malo deberían haber hecho para morir así. Jesús no está de acuerdo. Dios es de otro modo. Es paciente. Es el Dios del Salmo que hoy hemos proclamado y que es fundamentalmente “paciente ternura”. Según su analogía, Dios no es el dueño de la viña, sino el viñador. El que da nuevas oportunidades. Lo explicaré con un ejemplo más clarificador.

    Los que sois Padres o Madres lo comprenderéis muy bien. Si uno de vuestros hijos, daña a su hermano, ¿lo mataríais?. Evidentemente no os sentaría bien. No estarías contentos con él, pero por eso, ¿lo fulminaríais?. Me temo que la mayoría, le aplicaríais un correctivo más o menos severo, y le daríais una nueva oportunidad. Pues no está en el corazón del buen Padre y la buena Madre, el destruir la vida de sus hijos. Ese viñador de la parábola se siente padre/madre de su viña. Y consigue plazos nuevos para tratar de salvarla y llevarla al buen camino. Dios no fulmina a los “malos” porque son hijos suyos, hijos que se están equivocando mucho, que están haciendo mucho daño, pero hijos suyos. Si al final persisten en sus errores sin arrepentirse ni cambiar de conducta, asistirá con inmenso dolor a su suicidio existencial, pues eso y no otra cosa es el infierno: una decisión suicida y torpe de los seres humanos cuando insisten en convertir el desamor en su conducta habitual mientras que están vivos. Un padre y una madre, pueden amar, pero no pueden suspender la libertad de sus hijos, porque pasarían a ser opresores, amos y no padres. Un padre/madre es un amor y no un amo. Y eso es Dios. Por eso no extermina Dios a sus hijos libres aunque se equivoquen, porque son libres y porque son sus hijos. 

    Así que a nuestra pregunta la respuesta es clara: A Dios le importa mucho el sufrimiento de sus hijos, pero no quiere fulminar a los que usan mal su libertad haciendo sufrir a los demás, porque suspendería su libertad y porque son sus hijos, equivocados y brutales, pero sus hijos. Y no es su afán matar a sus hijos, sino hacer todo lo posible por salvarlos, por mucho que estos se equivoquen. Quizás sea difícil de entender para algunos, pero parar quién sea padre o madre, esta forma de proceder de Dios le resultará evidente. Las Escrituras responden a nuestras preguntas si sabemos escuchar con atención la voz del Espíritu de Dios que resuena en ellas. 

 

II CUARESMA

    Vivir no es fácil. Es más muchas veces puede atragantarse. Hacerse demasiado duro. Mi pensamiento se va a la vida de las víctimas inocentes de estos monstruos que desencadenan guerras y hasta las bendicen. La actitud del patriarca ruso me parece particularmente escandalosa al valorar esta invasión como una cruzada “antigay” plenamente justificada a los ojos de Dios. No sé la verdad a que Cristo rezará este personaje. Cesaropapismo infausto y nada más, en eso se resume su vida. Y si para ello se le pide que se cisque en los santos Evangelios no lo duda ni un instante: todo sea por la mayor gloria de su Zar. 

    Soportar este mundo abruma. Y por ello no me escandalizan los que cuando ven como son las cosas, en el colmo de su dolor, gritan contra la vida, contra el mundo y contra el mismo Dios.  Y es que la oscuridad a veces a nuestro alrededor es demasiada. Y muy feroz. Francisco, nuestro santo Padre, dijo una vez que esos gritos son oraciones que Dios escucha más que otras, y lo hizo creo, comentando un salmo. 

    Así que hoy la Escrituras nos ofrecen varias pistas para afrontar los momentos en los que la vida se vuelve insoportable. El Génesis nos pone ante nuestros ojos a Abraham. Es una persona a la que le proponen sueños imposibles. Serás padre siendo muy anciano y una nación de naciones se establecerá en una tierra que ni siquiera es tuya. Y este hombre del neolítico cree en el Dios que le propone estos sueños imposibles. Y en el marco onírico y surrealista de un sueño, propio de un hombre de su tiempo, en medio de un clímax simbólico inusitado, establece con su amado Dios una relación única. Y eso que su situación es en cierto sentido desesperada. Pero esa fe le hace mirar más allá de su presente. Le lleva a salir de él, a trascenderse. Y curiosamente este ámbito de posibilidades infinitas es lo que le permite no asfixiarse en la frustración de su presente. Y es que quizás lo primero que hay que hacer, cuando el mundo nos aplasta, es soñar otros horizontes posibles de existencia. 

    El Salmo refuerza ese enfoque. Frente a los miedos fundados que a veces tenemos que soportar, mantengamos la esperanza más allá de nuestro presente, porque esa esperanza nos hace valientes y no permite que nuestro ánimo se quiebre. La esperanza contra toda esperanza que no se pierde ante el sufrimiento es la base de toda felicidad posible. Así que ante las dificultades mantengamos esta esperanza a prueba de bombas. Pues ella es nuestra luz y nuestra salvación por Dios alienta en ella. 

    Pablo nos ofrece otra pista que nos abre una nueva perspectiva. Por este mundo se puede pasar crucificando a los demás o se puede pasar glorificando a todos. En la primera parte de su carta, Pablo señala a los enemigos de la Cruz de Cristo (en su tiempo los judaizantes de ahí sus curiosas expresiones cargadas de significado en un contexto que ya no es el nuestro). Pero estos enemigos de la cruz de Cristo son hoy los enemigos del amor y la vida. Son los causantes de guerras como la que nos azota ahora cuando aún no hemos terminado de vencer este fatídico virus que nos viene asediando desde hace dos años y pico. Son los que eligen pasar por el mundo siendo monstruos antes que personas. Pablo nos invita a otra cosa. A dejarnos transformar por la energía de Jesús, que es el que pasa por nuestro lado glorificándonos siempre. Haciéndonos vivir en plenitud. Pues Jesús nunca crucifica a nadie, sino que lo libera y resucita, lo glorifica. Pues eso es lo que hace el amor: no crucificar a los demás, sino resucitarlos, glorificarlos. Así que cuando el mundo se tuerza, especialmente entonces, se nos necesita, a los que intentamos glorificar a los crucificados. Y ese es un modo creativo de vencer la impotencia que nos asedia, en los días oscuros y difíciles. 

    Por último el Evangelio, que también se desarrolla en un marco onírico y surrealista, el sueño apostólico lo prueba, nos da la última pista. Cuando la vida se vuelve cuesta arriba, que importante es oír la voz de Jesús, escuchar su palabra, pues Él es el elegido. Él es la luz. Él es la clave que explica lo que merece la pena creer de cuanto nos han dicho los patriarcas y los profetas, y también los sabios. Y su palabra amorosa es lo que transfigura nuestra realidad ordinaria abriéndola a un horizonte trascendente sin el cual, no tendríamos nada más que pura inmanencia asfixiante y vacua. Y es su palabra la que convierte nuestro presente insoportable, en un horizonte sorprendente. Esa es la oración que hoy se nos propone, que nada sabe de “cánseras”, ritualismos aparatosos pero vacuos, ni de cacareos litánicos que no producen nada más que soberbias en beatos con uñas de gato. 

    Así que estas cuatro pistas, son muy clarificadoras y orientativas. Si estás en penumbra y te cuesta vivir, escucha. Y deja que esta palabra te inunde del Espíritu Santo, pues él al llenarte de Gracia, te enseñara a vivir, incluso cuando esto te parezca imposible.

 

I CUARESMA

    ¿Como localizamos a Satanás? Dejando de lado el oscurantismo y la cinematografía, localizar al que “todo lo estorba dividiendo” no es difícil si escuchamos las Escrituras.

    Satanás está presente en todos los que promueven la opresión de las personas o los pueblos. La primera lectura es muy clara en este sentido. Nunca fue del agrado de Dios que el Pueblo de Israel fuese esclavizado por Egipto, por sus miedos a que les robasen una supuesta hegemonía. Pues la población hebrea crecía exponencialmente y eso les llevó a pensar que eran una amenaza para su imperio. Por eso decidieron, no integrarlos en su país, sino esclavizarlos y exterminarlos con una política de control natalista que suponía matar a todos los varones que naciesen.

    Satanás está presente cuando algunos creen que la valoración moral es la misma para los culpables que para los inocentes. Como si agresores y víctimas fuesen las dos caras de la misma moneda. El Salmo muestra que a los ojos de Dios los inocentes no son como los culpables, y por ello Dios, toma un decidido partido por las víctimas contra los agresores. Quien pretende por tanto confundir a los inocentes con los culpables, o convertir a los agresores en víctimas, simplemente pretende torcer las palabras, esto es, mentir. Y esa mentira es diabólica, por pretender presentar un mal como si fuese un bien. No por nada se presenta a Satanás como al padre de la mentira. 

    Satanás está presente cuando caemos en nacionalismos o identidades excluyentes que con facilidad se vuelven asesinas. Pablo es incisivo, “no hay distinción entre judío y griego”. El Señor es uno para todos, su amor es para todos. Dios es generoso con todos los que lo invocan sin distinciones que tengan que ver con la nación, la cultura, la raza, la clase social, la condición sexual, o cualquier otro matiz que defina la humanidad de la persona o grupo de personas en cuestión. El deseo explicito de Dios es salvar a todos. Y no sólo a unos pocos. Esta es su palabra, la que tenemos cerca de nuestro corazón o de nuestros labios. Esta y no otra. De modo que cualquier consideración política o ideológica que asuma la necesidad de la exclusión o del exterminio de seres humanos por la simple razón de su identidad personal, siendo estos inocentes de cargos delictivos, no puede considerarse moral y por ello ha de tenerse por inhumana, y por ende, contraria a Dios y el azufre diabólico, por ese motivo, la perfuma.

    Satanás está presente cuando consideramos que lo único que importa es lo material. Pues lo material como único referente rápidamente se cuantifica y se convierte en dinero. Y a las personas se las convierte en esclavos de ese enfoque materialista. En piezas de una máquina de producción, donde las personas son degradadas a la condición de piezas de un engranaje, sin considerarlas fines en sí mismas. No sólo de Pan, no sólo de cosas materiales, vive el hombre. El ser humano es mucho más que mera materia, mero engranaje: es persona, y eso la convierte en algo sagrado, en un tesoro irrenunciable.

    Satanás está presente cuando en nombre de la ambición de poder se es capaz de hacer cualquier cosa. Sólo es Dios el que merece ser adorado, porque Dios no quiere ser amo del mundo, lo más importante de Dios no es su poder, sino su amor. Pues sólo es posible ejercer bien el poder, cuando se ama. Sin amor, el poder se convierte en una manifestación de una megalomanía neurótica con un carácter idolátrico definitivo. Los narcisistas son una clara manifestación de ello, y su psicopatía, hace sufrir a muchos. Estos neuróticos neurotizan su ambiente, y además cuando son poderosos, cuando un botón nuclear está bajo su dedo, son capaces de neurotizar al mundo entero. Es muy importante ser fuertes, diligentes, e inteligentes, muy dueños de sí mismos, para no dejarse manipular y neurotizar por ellos. 

    Satanás está presente cuando se es un irresponsable que tienta a la suerte llevado de una mentalidad enferma que le lleva a considerarse elegido para realizar grandes gestas que incluso exigen que sean vertidos innumerables ríos de sangre. Es no entender que un elegido de Dios lo es para amar hasta el extremo. Esta mentalidad patológica carece de empatía absolutamente, y se mueve en términos estrictos de mero egocentrismo y no saben ver otra cosa que ellos mismos: sus ideas, sentimientos y actitudes. Y las de los demás son consideradas siempre un estorbo para sus anhelos, y como la reina del cuento de blancanieves, sólo saben destruir y matar a los que ellos consideran una amenaza para sus intereses o a los que les afean sus conductas ególatras y brutales. No tentar a Dios es lo primero, y eso se evita, no convenciéndonos de que hagamos lo que hagamos, Dios estará siempre de nuestra parte. Ese es el drama de los integristas. No saben nunca ofrecer un trato humano al ser humano, porque simplemente nunca consideran al otro como a un ser humano, sino que lo consideran algo similar a una rata.

    En pocas palabras las Escrituras nos han dado un criterio claro para descubrir dónde está Satanás, y como evitar dejarse arrastrar por él. Decía uno de mis queridos feligreses en estos días, que viendo la televisión, parecía que el Demonio estaba suelto por el mundo, y tras escuchar la Palabra de Dios hoy, yo te pregunto: ¿Piensas tú que este feligrés llevaba razón? Yo sé cual es mi respuesta, así que te invito a ti a responderla por tu cuenta.

 

VIII ORDINARIO

    Por sus frutos los conoceréis. Hoy las Escrituras nos enseñan a discernir. Y en estos tiempos oscuros, es de agradecer.

    Para saber ante quien te encuentras siempre tienes que atender a varios puntos:

  1. Sus razones. Su modo de razonar. Así lo aconseja la primera lectura. Y como traduce esos razonamientos en palabras. Como se expresa. Si lo hace con absoluta frialdad o con empatía. Las razones y palabras de un ser humano nos ayudan a percatarnos ante quién nos encontramos y nos orientan sobre como situarnos ante él. Nos muestra si su pensamiento es empático o psicopático. Y no es lo mismo estar ante una persona de una u otra naturaleza. 
  2. Su capacidad de autocrítica. Una persona incapacitada para la autocrítica, es alguien descerebrado, un demente. Pues nadie es perfecto, y la imperfección nos acompaña siempre. Por eso examinar nuestra conciencia con relativa frecuencia nos salva del dogmatismo inflexible que nos puede llegar a convertirnos en un monstruo para los demás. La incapacidad para la autocrítica no es señal de seguridad interior. Es una manifestación de un necio narcisismo que está ciego para todo lo que no sea cultivar el egocentrismo. Pues el culto a la verdad es el primero de los valores. Y la verdad siempre nos encara con lo imperfecto de nuestra realidad. Y por ello nos conduce necesariamente a la humildad. El que no tiene capacidad de autocrítica, nunca sabrá lo que es la verdad. De modo que su supuesta seguridad interior, sólo es la manifestación más genuina de la brutalidad. Pues como una fiera, golpea por instinto, sin dudar ni un instante de si lo que hace es o no inteligente. La inteligencia es confundida con la intrepidez. Y aunque pueda parecer muy listo, en el fondo es suicida. Porque el caos que desata al final terminará por devorarlo a él y a gran parte de los suyos. Y todo por no hacer un ejercicio de autocrítica. Un cierto grado de dialéctica interior, es muy sano. 
  3. Su culto a la muerte. Cuando uno acepta que la muerte ha vencido para siempre, y cuando alguien nutre de víctimas a la muerte con sus decisiones libres, nada tiene que ver con Jesucristo, ni con el Dios que ha creado la vida. La vida es mortal sí, porque no es Dios, es mundo. Y el mundo al no ser Dios desconoce la eternidad y la perfección. Por ello todo en él termina por corromperse y degradarse. Todo muere. Pero en Cristo Jesús, el mundo entero ha sido llamado a refundarse en Dios, por amor. Se nos quiere desposar en las bodas del Cordero y revestirnos de gloria, porque están enamorados de nosotros. Los que dan culto a la muerte con sus decisiones son enemigos declarados de este destino y este sentido. Y usan su libertad, no para aceptar esta propuesta, sino para abocar al universo al abismo de la muerte, al estercolero de la historia. Eso es ser un anticristo. Un partidario de la muerte y un causante de la muerte, es un anticristo. Un anticristo es por definición un enemigo de la vida. Eso no deberíamos olvidarlo nunca. Anticristo es el se complace con la nada. 
  4. Como actúa. Pues a veces, las razones y palabras pueden ir por  un lado, y la conducta por otro. Es el imperio de la hipocresía y la mentira. Lo que me construye es lo que hago, aunque no me defina del todo. Porque el mundo no es así, el mundo lo hacemos así, el mundo lo hago yo así. Como personas y como colectivos, hacemos el mundo de una u otra manera. Lo construimos y lo destruimos. Así que cuando dudemos ante quien estamos, porque sus razones y palabras nos parecen bonitas, buenas y verdaderas, pero a la vez nos provoca grandes dudas, miremos su conducta. Y veremos ante quién estamos. Sin duda estos cuatro criterios nos ayudarán a discernir que persona o personaje tenemos enfrente. 

    Son tiempos difíciles y oscuros, ya no nos enfrentamos a un Charlot vestido de uniforme militar y fuerzas armamentistas convencionales, un matón con un botón nuclear anda suelto. Y ante esta bestia sólo cabe la contundente sangre fría, porque la respuesta en caliente, nos aboca a un desastre sin retorno. Por eso en este tiempo es tan importante el discernimiento. Que el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús resucitado, nos asista. Como en otra época asistió a tres católicos: el Papa Juan XXIII y los hermanos Kennedy, para que la crisis de unos misiles en Cuba no acabasen con el mundo en un abrir y cerrar de ojos. 

 

VII ORDINARIO

    Pablo nos da la clave de todo el mensaje que hoy podemos aprender. Somos una realidad cambiante. En constante evolución. De un ser terrestre nos estamos transfigurando en un ser celestial. Lo animal en espiritual. El ser animado en un espíritu que da vida. El ser humano es un horizonte de futuro abierto incapaz de otorgarse a sí mismo la plenitud pues es un anhelo constante de infinito. De modo que siempre estamos inacabados. 

    Así que evolucionar es lo nuestro. Evolucionar en todos nuestros campos. Durante un tiempo en el campo físico, después en el emocional, y siempre en el plano intelectual y moral. Se trata no de ser un animal más, sino de convertirnos en un espíritu que da vida a los demás como Cristo Jesús nos enseña. Contemplemos los retos que hoy ponen ante nuestros ojos para poder lograrlo. 

    Necesitamos evolucionar en el descubrimiento de lo que es importante, es decir comprender lo que “VALE” verdaderamente. La primer lectura nos muestra que la vida humana es sagrada e intocable. Es un valor supremo a salvaguardar y promover siempre. Esa es la respuesta moral que ese valor demanda de nosotros. De hecho si apreciásemos ese valor como lo que es, las guerras agresivas nunca serían una opción viable, llegar a la guerra es la demostración de que una de las partes o las dos, no aprecian ni respetan el valor de la vida humana en su justa medida. Igual que tampoco sería una opción el homicidio, que por desgracia se hace presente demasiadas veces incluso en el ámbito de la juventud y la familia. Y es que escuchando las noticias parece que vivimos una preocupante ceguera, a veces premeditada, ante los valores que debemos respetar y reverenciar en todo momento. 

    Necesitamos evolucionar para descubrir que nos construimos a nosotros mismos. Y que esta construcción pasa por cultivar nuestras ideas y valoraciones, discernir nuestras emociones, y decidir con calma nuestras conductas. ¿Quién quiero ser?¿Cómo me quiero definir?. El Evangelio hoy es un claro ejemplo de ello. Porque vivamos con gente agresiva o violenta, eso no reclama de nosotros que nos convirtamos en gente agresiva, ni tampoco en gente pasiva. Esta exageración de Jesús lo que pretende es hacernos caer en la cuenta de que el mal compartimiento de los demás no debe nunca ser el punto de partida de nuestra conducta. El otro puede decidir ser un monstruo, pero eso no significa ni me obliga a convertirme yo en un monstruo como él. Puedo decidir ofrecer al ser humano un trato humano, aunque éste no se lo merezca. Y puedo decidir eso porque yo quiero ser alguien que reconoce y venera el valor que todo ser humano tiene, independientemente del comportamiento ajeno. Y eso requiere de mucha fortaleza de espíritu para no ser un reflejo del otro, permitiéndole ser dueño de mi destino y causa de mis actitudes. Yo decido si quiero ser amigo o enemigo. Y me construyo como tal en función de lo que decido pensar, sentir y hacer. Las ideas, los sentimientos y las conductas, son hijas de nuestras valoraciones. Y no son condiciones inamovibles que nos obligan a ser siempre del mismo modo. No estamos determinados a ser de una manera, pues decidimos siempre como queremos ser. Y para ello tenemos que adueñarnos de nosotros mismos constantemente. Para no convertirnos en autómatas de respuestas aprendidas o en reflejo de lo que los demás decidan ser a cada instante, aunque ello suponga pisotear todos los valores más hermosos que estén ante nosotros.  

    Necesitamos evolucionar si queremos llegar a ser como Dios. Según el Génesis eso es lo que deseamos desde el origen. Pero lo hacemos de un modo equivocado. Pues anhelamos el poder y el tener de Dios. Pero el Salmo nos enseña que ser como Dios supone amar hasta el extremo de un modo sorprendente. La poesía del texto es expresiva y nos permite comprender que ser divino es tornarse en un ser sublime por la senda del amor. Ese el error de nuestra cultura actual, que desde el siglo XIX y principios del XX, se abisma en comprensiones de la realidad que nos invitan a alcanzar el poder o el tener aunque para ello tengamos que atropellarlo todo o destruir a los demás. Y eso lejos de hacernos divinos, nos animaliza hasta extremos brutales. Ser como Dios exige  evolucionar en el campo del amor y la misericordia. 

    Así que no hemos llegado a la meta. Mientras estamos vivos siempre nos estamos construyendo o destruyendo. Ser terrestre para Pablo es ser primitivo. Ser celeste para Pablo es caminar hacia la plenitud, buscando alcanzarla, bajo el aliento necesario del Espíritu que da vida, que nos conduce a vivir en plenitud. No basta querer ser feliz a toda costa, porque hay definiciones de la felicidad que están muy equivocadas. Así que piensa con calma si estás evolucionando o involucionando, esa es la clave de reflexión que la Escritura nos propone hoy. 

 

VI ORDINARIO

    Nuestra sociedad está muy habituada a la resignación. Nos resignamos a cosas que no sería necesario aceptar en nuestra vida. Las Escrituras hoy nos permiten señalar tres de esas cosas que podríamos combatir.

    Jeremías y el Salmo señalan la primera. Nos resignamos a la brutalidad que emana de la carencia total de valores. Y esta brutalidad configura nuestras vidas como áridos entornos inhabitables por estresantes. Ni siquiera un animal sería capaz de soportar tal nivel de agresividad e inseguridad permanente. Las famosas bandas armadas son un claro ejemplo de ello en muchos lugares. Y no faltan por desgracia barrios donde eso se percibe con particular intensidad. Y es que hemos matado a la fuente de los valores que en nuestra vida es el Dios del Amor que se nos ha dado a conocer en Cristo Jesús. Pues no cualquier Dios es causa de semejante hontanar de valores. Ya que determinadas visiones de Dios pueden generar entornos integristas que resultan tan brutales como los entornos donde el desamor y el amor valen lo mismo. Y es que cuando el Dios del Amor es ignorado todo parece estar permitido o ser plausible según mi criterio, en olvido total de los demás. Ya que el individualismo salvaje se impone como modo de vida habitual para las gentes. Y en ese contexto la inteligencia maquiavélica es capaz de las mayores atrocidades que puedan imaginarse, en función del mero capricho. Y así alguien puede apuñalarte por el mero hecho de mirarlo sin más. Basta ver los noticieros y comprobaréis que no me invento nada. Y es que lejos de la fuente del amor, nuestro corazón se desertiza y nuestro medio ambiente se vuelve inhabitable. Resignarnos a eso, es no aceptar que Jesús sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Y a eso llega nuestra sociedad que se pretende postcristiana. Pues los valores no caen del cielo porque sí. Necesitan una fuente. Y si esa fuente ha sido clausurada ¿qué podemos esperar? Si en vez de beber aguas puras, bebemos veneno, no podemos esperar salir vivos. No te resignes a la brutalidad. Pon en tu vida los medios para no hacerlo.

    Pablo nos señala la segunda. Nuestra sociedad se resigna al imperio de la muerte como lo único definitivo y opta por la ciega frivolidad como camino de superación del impacto emocional de la muerte, aconsejándonos la diversión como única vía de escape. Pero la diversión no resiste los embates de la muerte. La muerte es tozuda y cruel, y con relativa frecuencia, nos roba a los seres que más amamos de un plumazo y sin pedirnos ningún tipo de permiso, ni tener por nosotros, consideración alguna. Y entonces surge siempre la duda de que este universo evolutivo sea una suerte de locura abocada al absurdo, que ha generado un ser que es capaz de amar en el vaso de una trituradora llamada muerte que todo lo destruye sin contemplaciones. Amar en un universo mortal es una locura. Una inadaptación impropia de un sistema que se supone genera seres adaptados al medio mediante por medio de la selección natural. ¿Somos un error de ese destino ciego? ¿O la Evolución al permitirnos amar nos ha capacitado para abrirnos a la eternidad por medio de la sed de infinito que se despierta en nosotros cuando amamos a alguien con todo nuestro corazón? Pues para el que ama de veras, la vida del amado debería ser eterna sin otra solución posible. Pablo nos dice que la muerte ha muerto en Cristo resucitado, y lo que era percibido como una destrucción simplemente es una transformación.  Hay cristianos que no creen en la resurrección como los corintios. Pero Pablo, los considera con razón, los más desgraciados de los hombres. Porque son sal que se ha vuelto sosa. Pues no se puede ser seguidor de Jesús y resignarnos a renunciar al vitalismo. Es un contrasentido. Jesús resucitado es la victoria de la vida en todos sus ordenes sobre el destino aciago de la muerte. Son gente por tanto, estos cristianos, alienada. Porque viven fuera de sí sin saber bien lo que son. Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Así que no te resignes al imperio de la muerte. Pues si lo haces no creerás a Jesús, Aquel que es uno con el Padre, que se presenta como la Resurrección y la vida. No te resignes ante el imperio de la muerte. Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos y considera que si morimos con Él, viviremos con Él. Ese día sabrás que tus seres amados no son el polvo que ven tus ojos una vez que han muerto. Y la esperanza contra toda esperanza será tu dueña. Pues de lo contrario desearás ser toda tu vida un animal que no sabe que va a morir para poder vivir sumergido en la supuesta eternidad del instante, sin percatarte de nada más, ¿pero sabes qué? Mientras que seas humano no podrás hacerlo nunca, y tendrás que decidir a cada instante si te suicidas o permaneces vivo sin saber muy bien por qué. Y te garantizo que esa no es una vida dichosa.

    La tercera cosa a la que el mundo se resigna con facilidad nos la enseña el Evangelio. Nuestra sociedad se resigna a la injusticia con relativa facilidad. Siempre habrá pobres, hambrientos, gente que llora y personas cuyos respetos básicos no serán respetados. Y te aconseja ser rico, saciado, sonriente y complaciente con todos. Pero eso no es posible para todos. Por eso “la suerte” se convierte en la mayor aspiración de todos, pero con la desgracia aneja de que esta suerte no llega para todos, más bien al contrario, sólo es para unos pocos, y no para siempre. Según esta mentalidad la injusticia tiene la última palabra en la vida, y aún más para los que han muerto, dado que las injusticias que padecieron y no fueron resarcidas, ya nunca tendrán remedio. Pues un futuro mundo perfecto, no respondería de ninguna manera al dolor de los que fueron y padecieron la injusticia sin remisión alguna. Jesús es un grito de rebeldía ante semejante injusticia. Esa manera de existir es un mero espejismo. Un futuro horizonte finiquitará la injusticia y sus tretas, y resarcirá los anhelos de todos los pisoteados. Y en nombre de tal expectativa nos invita a todos los que creemos en Él, a luchar contra la injusticia, y a no resignarnos ante ella, y menos aún a disfrutar de nuestra suerte, mientras otros lloran, pasan hambre, ven pisoteados sus derechos y sufren pobreza. Si crees en Jesús, no puedes resignarte nunca ante la injusticia. Y menos lavarte las manos cuál Pilatos ante ella. 

    Así que creer al Dios que se nos revela en Jesús supone dinamitar estas tres resignaciones. Su memoria es subversiva frente al discurso de nuestra sociedad. En la víspera del día de los enamorados, los cristianos deberíamos renovar nuestro amor primero por Jesús. Pues Él nos hace descubrir que nuestra vida es más bella, más buena y más verdadera a su lado. No estamos aquí para resignarnos ante la insatisfacción y el desaliento, sino para alcanzar la plenitud y para luchar por ella. Así que amigo, si quieres dichoso conoce a Jesús, ámalo con toda tu alma y síguelo. Y olvídate de los cantos de sirena que oirás sin cesar en una sociedad que camina por el universo perdida, como una oveja sin pastor.  

 

V ORDINARIO

    Hoy se nos ofrece a nuestra consideración como es la experiencia de que Dios esté con nosotros. Y para ello se nos presenta a tres personas singulares. Los tres se sorprenden. Dicho de otro modo: ¡Ven Maravillas!. 

    Isaías se sorprende de quedar vivo una vez que ha visto a Dios cara a cara. En segundo lugar se sorprende de que su impureza no provoque que Dios lo rechace. Y en tercer lugar le sorprende que Dios solicite su colaboración.

    Pablo se sorprende de ver vivo y resucitado a Jesús, de ser uno de aquellos a los que se ha aparecido. En segundo lugar se sorprende de que el hecho de haber perseguido a los cristianos, no sea causa de que Jesús lo rechace, sino que más bien derrama sobre él toda su gracia. En tercer lugar se vuelve a sorprender cuando comprueba que Jesús lo ha elegido para ser el apóstol de los gentiles, de esa gran infinidad de no judíos.  

    Pedro se sorprende de una pesca inesperada y milagrosa, después de haber estado bregando toda una noche sin fruto alguno. En segundo lugar se sorprende de que siendo un pecador, Jesús no se aparte de él y lo repruebe. Y en tercer lugar, se sorprende de que lo elija para ser pescador de hombres.

    Los tres se sorprenden de un hecho maravilloso que es propio y diferente para cada uno según su propia biografía. Se sorprenden en cambio de dos cosas en común: Qué Dios quiere tener colaboradores, que no quiere que seamos sombras suyas, sino que quiere que cada uno cumplamos nuestra misión y tengamos nuestro papel. La historia de la Salvación es un empeño solidario. Y se sorprenden en común sin duda, de la infinita misericordia de Dios que pasa por encima de impurezas, miserias y errores ideológicos. A Dios no le importa nuestra inmundicia. Nos enseña que “No temamos”. Le interesa, lo mucho y bueno que podemos dar a los demás, a pesar de ser pequeños y débiles. 

    Así que la experiencia de tener a Dios con nosotros no trata de tener muchos datos, sino que significa ver maravillas. Sorprenderse. No vivir la vida aburrido, sumergido en el tedio. Ser sus colaboradores es nuestro destino. Así que basta de lamentos y abulias: ¡Tenemos mucho por hacer!¡Ánimo!. 

 

IV ORDINARIO

    Cualquier época será funesta si le faltan cualidades como las que las Escritura ensalza.

    La falta de valor para expresar lo que se piensa aunque haya poderes en contra. Sin libertad de expresión sin duda las épocas se vuelven más oscuras y la opresión de muchos se torna incuestionable. Y puedes encontrarte con sátrapas que se atreven a postular que se defina como un derecho, condenar a un ser humano a la muerte antes de nacer o en su ancianidad o durante su enfermedad, o que por ser niña, se te discrimine en el nacimiento y no se te permita nacer o que por ser judío se te pueda matar por equipararte con una rata. Locuras de estas, hemos visto, vemos y me temo que veremos unas cuantas: demasiadas. 

    La falta de fortaleza permite al miedo adueñarse de nosotros, y nos impide ser nosotros mismos en el ejercicio de nuestra propia vocación y de nuestros derechos. Y nos convierte en sombras de otros o de las circunstancias. Y por ello, el miedo nos despersonaliza.

    La falta de amor vuelve inhumanas todas las épocas que carezcan de tal carisma. Sin amor no hay paciencia, ni servicio. Sin amor reina la envidia, la presunción, el orgullo y la soberbia. Sin amor reina la grosería y el egoísmo. Sin amor estamos irritados. Sin amor llevamos cuentas del mal. Sin amor nos alegramos de las injusticias y la mentira. Sin amor no excusamos nada, no confiamos en nadie, no esperamos nada, y no toleramos a nadie. Sin amor fallamos siempre. Sin amor nunca somos perfectos. Sin amor nunca seremos grandes. Sin amor cualquier época es una época de porquería.

    La falta de conciencia de que somos en el misterio, nos conduce a creer dogmáticamente en cualquier planteamiento que se nos haga como definitorio de cuanto somos. Y todo por mera carencia de humildad, a la hora de comprender que todo cuanto entendemos es imperfecto pues no conocemos todos los extremos de cuanto somos. 

    La falta de fe ante la existencia, supone vivir la vida como si esta fuese una mentira. Como si esta fuese algo malo. Como si esta fuese algo feo. La falta de fe priva de sustancia todas las cosas, agua la existencia. Y en muchas ocasiones la agría. Pues nos impide vivir abiertos a la sorpresa y convierte en anodinos nuestros días. Sin fe no pondríamos un pie en el suelo, ni afrontaríamos a diario la vida convencidos de que merece la pena estar vivo. 

    En definitiva la peor falta que cualquier época puede tener es la carencia del Espíritu de Jesucristo. Pues cuando nos olvidamos de Jesucristo, cuando vivimos sin Él, nuestra libertad de expresión enmudece pues El nos enseña a ser libres y verdaderos, nuestra fortaleza se desactiva porque Él nos enseña a no dejarnos dominar por el temor, nuestro amor se asfixia fácilmente pues sólo Él nos enseña a amar hasta el extremo y nuestra fe en la misma vida se quiebra pues Él nos enseña que la vida vence a la muerte resucitando. Por eso nada mejor que tener a Jesucristo por compañero de camino, en cualquier época de nuestra vida. Pues Él ha vivido estas cuatro cualidades como algo congénito a su mismo ser. Si Jesucristo no nos falta, Dios estará siempre con nosotros. Y lejos de ser devorados por la falta de vitalismo aspiraremos a ser glorificados. 

    Así que hermano ya sabes que hacer si no quieres que tu época pase sin pena ni gloria.   

 

III ORDINARIO

    Que Dios esté con nosotros, supone muchas cosas y todas buenas, de las que hoy señalaré cuatro.

    La primera: Supone que podemos escuchar su voz, oír su Palabra, comprenderla, saborear sus frutos, y dejar que ella conmueva nuestro corazón y nos sumerja en un espíritu de fiesta al contemplar como esta palabra se cumple hoy en nuestra vida.

    La Segunda: Supone que podemos permitir al Espíritu Santo que descienda sobre nosotros y nos colme con su fuerza para transformar el mundo y sanar muchos corazones, resucitando en él, a los que están crucificados. Pues no estamos llamados a crucificar sino a liberar a todos, a cuantos más mejor.

    La tercera: Supone que podemos descubrir nuestra verdad más genuina. No caminamos solos por el mundo. No se trata de salvar mi alma, en olvido total de los demás. Esto no es un sálvese quien pueda. Somos un cuerpo. Lo que no significa que seamos uniformes. Somos diversos. Pero estamos unidos. Y nuestra gracia particular, nuestra idiosincrasia, es la riqueza que debemos compartir con los demás. Cada cual ha de poner al servicio del bien común lo que es su don más genuino. No somos una amenaza para los otros. Somos parte de ellos. Cuando nos convertimos en amenaza para los demás simplemente destruimos el cuerpo de la humanidad, nos volvemos cancerígenos para los otros. Los conflictos entre nosotros surgen de convertirnos o considerarnos amenaza, para los unos y los otros. Si nos mirásemos el ombligo, descubriríamos que nunca podemos existir sin los demás. Descubriríamos que somos una gran familia. Seríamos mucho más fuertes al estar unidos y nos adaptaríamos mucho mejor al medio en el que vivimos, pues solucionaríamos mejor los retos que el mundo nos plantea. Imaginaos por ejemplo, si Rusia y Europa,  unieran su potencial en vez de enfrentarse de manera estúpida. Cuanto mejor nos iría a todos. Y cuantos dolores de cabeza nos ahorraríamos sin duda alguna. Pero persisten nuestras mutuas desconfianzas, y en vez de unirnos, los hermanos, incentivamos nuestra separación. ¿A qué tanta división?¿Anglicanos, católicos, protestantes y ortodoxos? Uno es cristo. Uno debiéramos ser nosotros. Un sólo cuerpo cada cual con su propia gracia y singularidad. 

    La cuarta y última: Supone percatarse que la vida en plenitud está a nuestro alcance, si escuchamos y ponemos en práctica la sabiduría que Jesús nos ha regalado en el Evangelio, y que ilumina de modo maravilloso, el resto del tesoro que las Escrituras contienen. 

    En fin tener a Dios con nosotros es lo mejor que nos puede pasar, ojalá y que no desaprovechemos la ocasión.

 

II ORDINARIO

    El Bautismo, fin del tiempo de la Navidad, nos abrió al Espíritu Santo. Igual que Pentecostés, fin de la Pascua, cumple la promesa de Juan el Bautista de que el Espíritu en forma de fuego, nos será entregado por el Mesías resucitado, pues sentado a su derecha, mueve el corazón del Padre para que tal pantano, derrame su agua viva, por el canal abierto que es Cristo, fuente de tal agua viva. Ese pantano y ese canal obran el prodigio de que tal suceso pueda ocurrir. Ortodoxia y Catolicismo, no se contradicen nada más que para espíritus simples. Pues Dios es una sola fuente.

    Ese prodigio obra el milagro de que Dios sea con nosotros. No con un sólo pueblo. No con sólo unas personas en un tiempo concreto. Sino con todos los pueblos, en todo lugar y en cualquier tiempo. Son los tiempos del Espíritu, los tiempos del Emmanuel, del Dios con nosotros. 

    ¿Y qué produce tal situación? Según Pablo, nos permite descubrir que los talentos de cada cual no son para nosotros mismos, para nuestro particular beneficio. Sino para construir el bien común, y beneficiar con ellos a todos. A cuantos más mejor.

    Según el salmo para anunciar a todos lo hermoso que resulta tener por compañero de camino a Dios que está a nuestro lado, inundándonos con sus maravillas sin cuento.

    Según el profeta para no sucumbir al imperio del nihilismo que afirma que todo es para nada. No estamos abandonados, ni devastados por el abismo. Estamos desposados. Dios nos ama, y por su amor no calla, por su amor nunca descansa con tal de salvarnos y hacernos participar de su vida en plenitud. Glorificarnos es su meta, su propósito desde siempre y para siempre.

    Por último el Evangelio nos muestra que los tiempos del Emmanuel, son los tiempos de la Iglesia. Los tiempos de la comunidad formada por Jesús, su Madre y sus discípulos llamados a ser hermanos. La sinagoga de Satanás es otra cosa: ni tiene a Jesús ni a María por compañeros, ni busca que los discípulos se amen como hermanos, tampoco busca el bien de la humanidad que vive sumergida en mil sufrimientos. La comunidad de Jesús, la Iglesia de Cristo, busca ayudar a vivir en abundancia a todos. Sin hacer ruido. Sin notoriedad. Sin fama. Sin quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante. La Iglesia está llamada a ser luz en la tiniebla. Y si no lo es, se convierte en la sinagoga de Satanás, como Juan nos enseñará en sus cartas y en el Apocalipsis.

    Así que si te abres a la acción del Espíritu Santo, puedes vivir en los tiempos del Emmanuel, en los tiempos del Dios con nosotros, no lo olvides. De ti depende, la gracia de Dios, la tienes a tu alcance. El Espíritu Santo ha sido derramado. 

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

    El tiempo de Navidad termina con esta fiesta. Y nos deja una enseñanza a la hora de partir: un cristiano es una persona enamorada de Jesús. Y eso es algo que se desprende de contemplar con calma las lecturas de hoy.

    El profeta es un enamorado del Mesías que entrevé en sus oráculos, aunque no lo conoció cara a cara. Y los motivos son varios: Por traer el derecho a las naciones, por no gritar ni clamar, por no quebrar al cascado, ni apagar al vacilante, por promover el derecho y la justicia, por ser alianza de un pueblo, luz de las naciones, por abrir los ojos de los ciegos que no ven el camino de la plenitud, y sacarnos de la cautividad a los que viven en la prisión, por expulsar nuestra tinieblas con su luz. Por todo eso, con el mismo Señor, puede decir Isaias: Éste es mi elegido, a quien prefiero, en quién me complazco, quien me sostiene. 

    Pedro es otro enamorado de Jesús. Y también expone sus motivos: Jesús no hace distinciones, acepta a todos los que se le acercan con fe, sean israelitas o de la nación que sean. Jesús es una palabra de paz para todos. Jesús es el Señor de todos, sin exclusiones. Jesús es un Galileo, que nació en Belén de Judá. Nació en un sitio, y vivió en otro. Jesús no es conocido por el “Belenita”, sino por el Nazareno. Por eso es un paisano de Pedro. Jesús es el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Jesús es el que pasó haciendo el bien y amándonos hasta el extremo. Jesús es el que curó a los oprimidos por el mal. Jesús es aquel con el cual, Dios estaba. O como añadirá también después Pablo, el hombre en el que habitaba la total plenitud de Dios. O como dirá otro apóstol, el que era uno con el Padre. 

    Juan el Bautista es el último enamorado de Jesús que hoy se nos presenta en el Evangelio. Jesús es el que puede más que él. Es aquel al cual Juan no es digno de desatar la correa de su sandalia, lo que no hace que Jesús lo desprecie por ello. Al contrario, lo acepta, y le pide que lo bautice. Y le manifiesta su misericordia precisamente en este aspecto. Tu que te crees indigno de mí, serás aquel a quien yo elijo para que me bautice. Y esa misericordia enamora a Juan que es un asceta del desierto con un mensaje moralista riguroso y duro. Para Juan, Jesús es también la fuente del Espíritu Santo nos transformará con su fuego. Pues lo que hoy nos promete Juan, mañana se cumplirá al final de la Gran Pascua, en Pentecostés. 

    Todos tienen sus motivos para estar enamorados de Jesús. Pero además la Trinidad también muestra su amor por Cristo. Pues el Espíritu Santo viene sobre Él en forma no de águila (como ocurría con los emperadores romanos) sino de Paloma. Y El Padre lo mira y lo mima con sus palabras: “Tú eres mi Hijo, el amado, mi predilecto”. 

    Y ahora la pregunta es simple: ¿Y tú? ¿Lo amas? ¿Eres un enamorado de Jesús? Pues si la respuesta es que sí, considérate un cristiano. 

    Con este Espíritu que se derrama sobre ti y te enamora de Jesús, se despide la Navidad, y tu corazón se queda lleno de aquel, que hace unos días apareció para ti y para mí, acostado en un humilde pesebre. Las navidades se van, pero Jesús se queda. Este pequeño pentecostés del bautismo del Señor, lo hace posible.

 

EPIFANÍA

    Los cultos antiguos distinguían entre los iluminados y los que no lo estaban. Eran religiones llamadas mistéricas. Que contaban con la llamada disciplina del arcano. Tales formas de discriminar se fueron adueñando incluso de nuestra misma Iglesia. Y entre los que seguimos a Jesús, que después de todo, eso es la Iglesia y no otra cosa: una experiencia de Salvación compartida con otros; empezaron a establecerse ciertas “barreras”, que al final, exceden el marco pedagógico que San Agustin recomendaba para convertirse en una suerte de clasismo impropio de creyentes en el Evangelio de Jesús el Señor.

    Los magos de oriente, mis queridos nabateos, según las últimas hipótesis, cuestionan todo eso. Porque ellos no saben nada. Buscan a ciegas. Sólo los guía una estrella. En su ignorancia están a punto de liarla parda con el bicho de Herodes. Pero un ángel los guía. La falta de conocimiento no te aleja del Dios que nos ama. Y al final lo encuentran, y la familia de Jesús no les pregunta nada. Acepta sus regalos con agradecimiento. 

    También Pablo deja bien claro que los gentiles son tan dignos como los judíos de ser amados por Dios. Y que esta universalidad era lo que Dios había previsto desde hacía siglos. La no pertenencia a un grupo familiar, racial, nacional o de cualquier otra condición, no te añade ni te quita nada. Y no ha de ser motivo para ser tratado con desigualdad, pues Dios te ama del mismo modo.

    Por último el profeta lo tiene claro. La luz es para todos. La iluminación ha de ser universal y sin medida para todos, sin clasismos, secretismos ni distinciones. No es que unos son los elegidos y otros los rechazados. La predestinación a ser iluminado ha de ser universal, y sólo el que no quiera aceptarla libremente se verá privada de ella, porque así lo habrá determinado él. Nadie tiene porque estar obligado a vivir a oscuras en cuestiones de alegría, paz, esperanza, fortaleza y amor, porque alguien determine que tal persona o grupo, no están predestinados a ser iluminados para que puedan resplandecer de gozo como los demás. 

    Así que Epifanía, es eso, universalidad. Regalos para todos. Los regalos de Dios. Que nadie que lo quiera recibir, se quede sin el suyo, pues hay amor divino para todos. 

 

II DOMINGO NAVIDAD

    Nuestra existencia se vuelve tenebrosa, cuando nos falta Sabiduría, pues a pesar de que ella pueda habernos escogido a nosotros, es posible, que podamos darle la espalda, porque nunca dejamos de ser libres. Y si la olvidamos, las tinieblas serán nuestras compañeras de camino en la vida. 

    Nuestra existencia se vuelve tenebrosa cuando nos privamos de escuchar la Palabra de Dios que circula por el mundo de boca en boca, como el salmo nos enseña, y nos privamos de su caudal de alegría, esperanza, fortaleza, paz y amor.

    Nuestra existencia se vuelve tenebrosa cuando no sabemos quienes somos, y nos creemos nada, algo absurdo, puro sinsentido, una mera pasión inútil. Nos volvemos tenebrosos cuando desconocemos que somos frutos del amor divino, y que para el amor con mayúsculas, hemos nacido. Nos volvemos tenebrosos cuando no sabemos que somos hijos de Dios. 

    Nuestra existencia se vuelve tenebrosa cuando no sabemos que hacer ni como actuar, cuando vamos dando palos de ciego, y nos exponemos a perdernos por caminos equivocados que nos alejan de la meta de poder vivir en plenitud.

    Nuestra existencia se vuelve tenebrosa cuando ignoramos dónde están las fuentes de la gracia, que nutren la verdadera espiritualidad que ilumina la mente y el corazón. Y cuando nos privamos de sus aguas, que nos sacian y nutren, para no sucumbir en el camino.

    Nuestra existencia en definitiva se vuelve tenebrosa cuando habiéndose manifestado la luz al mundo en la persona del verbo encarnado, llamado Jesús, conocido también como el Cristo, nosotros decidimos libre y voluntariamente darle la espalda y no lo recibimos en nuestra vida; entonces nos privamos de ser hijos de Dios, de gozar de tal amor, de recibir gracia tras gracia, y de poder recibir el regalo de la Vida Eterna. Porque el que nos ama, no es un violador, y nunca violentará ni el corazón ni la libertad de nadie. Él se propone pero nunca se impone.

    Así que decide. Juan te lo indica. Tu existencia puede ser tenebrosa o luminosa. Te han otorgado la posibilidad de optar. Ahora de ti depende.  

 

1 ENERO

    Cuando acudimos al portal de Belén, y contemplamos a María y a José, y al niño acostado en el pesebre, nos encontramos allí con el Dios verdadero. Pues no es otra cosa lo que allí nos aguarda. Ni solsticios ni magias ni energías. Aunque un sol nos contemple, aunque sea lo más mágico que se ha visto y aunque la adoración de tal misterio nos infunda mil y una energías.

    ¿Y como es ese Dios que allí contemplamos? Escuchemos las Escrituras: Es un Dios que nos bendice y no un dios que nos maldice. Es un Dios que nos protege y no un dios que nos abandona a manos de la muerte. Es Dios que nos ilumina, y no un dios que nos deja en tinieblas. Es un Dios que nos concede su favor y no es un dios que nos declara la guerra. Es un Dios que se fija en ti y en mi y no es un dios al que no le importamos nada. Es un Dios que nos concede la paz y no es un dios que nos inquiete. Es un Dios que escucha a quien lo invoca y no es un dios sordo. Es un Dios que ilumina su rostro sobre nosotros y se da a conocer, y no es un dios que permanezca en silencio o se oculte. Es un Dios que nos salva y no es un dios que nos condene. Es un Dios que conduce los tiempos hacia la plenitud y no un dios que nos conduzca hacia el abismo del sinsentido, donde todo es para nada. Es un Dios que nace para rescatarnos y no es un dios que viene a juzgarnos. Es un Dios que nos adopta, y no es un dios que nos convierte en súbditos, siervos o esclavos. Por eso nunca he entendido a las congregaciones religiosas que se ponen nombres religiosos que suponen el uso de estas palabras. Porque el Dios verdadero es un Dios que nos llama y considera, hijos suyos y nos convoca a la ternura que su verdadero nombre, “Abba” (papá), nos ofrece. De nuevo más tierno amor eterno no cabe en tal apelativo. Lástima que la traducción en español no recoja el verdadero significado de esa palabra con la que los niños israelitas llamaban a sus padres.

    Así que cuando nos acercamos al portal de Belén lo que vemos como aquellos pastores es a la madre del hombre Jesús y del Dios Enmanuel. Ese Dios que está con nosotros. Pues no ha parido María a un hombre cualquiera, sino a un hombre en el que habita la total plenitud de Dios. Aquel que ha dejado de ser totalmente otro, para hacerse total y verdaderamente hombre, al par que sigue siendo verdadera y totalmente Dios. Y no es un dios con minúsculas al modo pagano y politeísta, sino un Dios con mayusculas. El Dios de veras, el único que como comunión de amor habita en el misterio. 

    Por eso cuando hoy te acerques al portal y lo adores, aunque no lo entiendas todo, asómbrate de las maravillas que se dicen de Él y guarda y medita en tu corazón todo lo que resuene en tu interior, cuando estés en su presencia. Pues el Dios que te mira desde su cunita, se llama Jesús, y eso significa que el Dios que nos ama nos salva. Así que deja que el Enmanuel, el Dios con nosotros, esté contigo y se goce en tu compañía, porque aunque tú no lo sepas, eres precioso para Él.  

 

SAGRADA FAMILIA

    Qué importante es que una familia cristiana siga el ejemplo de Ana, de José y de María. Ana en cuanto destetó a su niño, Samuel, lo llevó al Señor. José y María, todos los años, por la fiesta de Pascua subían con Jesús a Jerusalén. 

    Ana quiso que su hijo fuese para el Señor y se dedicase a su servicio. Cosa que Samuel, aceptaría para él, después. Al decirle al Señor: habla Señor que tu siervo escucha. Podría no haberlo hecho. Pero no fue así. Quiso. Y gracias a esa decisión, llegó a ser el primero de los grandes profetas de Israel. El fundador de la monarquía davídica. El último de los grandes Jueces del periodo antiguo. Y es que un buen padre y una buena madre, saben que el Señor lo es todo. Y que por más suyos que sean sus hijos, sin el auxilio del Señor, sus hijos quedan a la intemperie. De ahí que sea normal, que un buen padre y una buena madre cristianos, quieran que sus hijos estén guardados por el Santo Amor de Dios. Para que en la vida y en la muerte, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, sean siempre del Señor. Ese es el modo de garantizar que sus vidas serán eternas y su meta final, sea no la nada, sino la gloria. 

    José y María, querían ver a Jesús crecer en estatura y en gracia, pero también en sabiduría. Aunque hemos de reconocer que no sabían muy bien lo que eso supondría y qué cambios podría producir en su hijo. Un padre y una madre cristianos, no siempre son conscientes de las transformaciones que el encuentro con el Evangelio puede provocar en el corazón de sus hijos. Incluso a veces tendrán que sorprenderse y hasta guardar en su corazón gestos y palabras de sus hijos, que movidos por el Espíritu Santo, no comprenderán y hasta podrán molestarles. Un corazón movido por el Padre Dios, se torna tan imprevisible a veces como el mismo Espíritu de Dios que no se sabe ni de dónde viene ni a donde va. Pero una cosa está garantizada: junto a Jesús, la sabiduría de la luz será suya de modo que las tinieblas aunque los combatan, no puedan anidar ni adueñarse de ellos. 

    Ya lo dice Juan: muchos no lo saben pero somos hijos de un Dios que nos ama hasta el extremo. Vivir conforme a su mandamiento es creer en su amor, en su nombre y amar a todos como Él nos ha amado. Y eso es lo que se aprende cuando uno se acerca al Evangelio. Por eso es bueno que nadie se aparte de su lado. Y por eso los padres cristianos tienen todo el derecho del mundo a educar a sus hijos de esta manera, porque el propósito de un buen padre y una buena madre es proveer a su hijo de todo aquello que necesitará para poder vivir en plenitud, y ello, en la medida de sus fuerzas. Eso no limita la libertad de nadie y ofrece la posibilidad de abrirse a la gracia del Espíritu de Dios que en el respeto absoluto a la propia conciencia, puede aportar a quien lo recibe de buen grado, todo el manantial de luz, que el amor divino supone. 

    Así que educar a tu hijo cristianamente es velar porque la luz sea su dueña y evitar que la tiniebla de la tristeza, el pesimismo, la inquietud, el desánimo, el miedo, la culpa venenosa, la vergüenza, y el desamor a los demás, al mundo y a sí mismos, se adueñe de ellos. Y si es que alguien en nombre de Cristo, pretendes enseñarles otro Evangelio, en nombre de Jesús, como Pablo nos enseña: consideradlos lobos vestidos de corderos que no buscan a Dios sino sólo se buscan a sí mismos. Nunca confundáis la tiniebla con la luz. Educar no es dejar tu hijo en manos de cualquiera, sino estar muy atento en el proceso educativo del mismo. Va en ello su vida en plenitud. María y José nos dan un claro ejemplo de ello. No lo olvides. 

 

NAVIDAD

    La luz brilló en las tinieblas. Y esas tinieblas no pudieron apagar la luz. Esa es la alegría de esta noche.

    Las tinieblas se apoderan de nosotros cuando sucumbimos a la tristeza, y hay muchas situaciones que nos la provocan. Demasiadas. Las tinieblas se apoderan de nosotros cuando desalentados nos volvemos pesimistas. Y conste que no faltan razones para no desalentarse. Las tinieblas se apoderan de nosotros cuando la inquietud nos angustia. Son por desgracia tantas las ocasiones en las que los temores nos visitan, y no siempre son razonables. Muchas veces tememos a lo que pueda ser que pase. Y sumergidos en tales marasmos, la ansiedad se adueña de nosotros. No digamos ya cuando la culpa o la vergüenza o los miedos por nuestras miserias se adueñan de nosotros. Las tinieblas del escrúpulo desbocado te impiden hasta conciliar el sueño. Las tinieblas se imponen cuando el desamor se adueña de nuestras vidas, de la sociedad o del mismo mundo. Y cuanto dolor nos causa entonces semejante tiranía. Pues el desamor se traduce en egoísmo, en odio, en injusticias, en ausencia de misericordia, en suma: en Inhumanidad. 

    Hoy celebramos que desde hace miles de años, nos acompaña una presencia viva y resucitada, cuyo nacimiento hoy conmemoramos. Es una Palabra viva, activa, eficaz, una Palabra que se mueve. Es un Verbo. Y el eco de su voz en nuestras conciencias es claro: todas esas tinieblas no vencerán. De hecho escucharlo, celebrarlo, acogerlo, comulgar con Él, adorarle, creer en Él, esperar en Él y amarle con toda el alma y toda la mente, exorciza la tiniebla de tu lado. Es como ponerse bajo el amparo del sol y ver cómo en su presencia las tinieblas se esfuman. Pues a su lado la alegría vence a la tristeza. “Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis”. A su lado la esperanza destierra todo pesimismo. “Cuando veáis esto, no os desaniméis se acerca vuestra liberación”. A su lado la inquietud y sus angustias no tienen nada que hacer. “No perdáis la calma,.., no temáis soy Yo, no estáis solos, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. No hay miedo a Dios a su lado, no hay culpa invencible, o vergüenza insuperable. Pues “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna…nada ni nadie podrá separaros de mi amor”. Pues sus palabras son claras: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”. A su lado el amor vence al desamor y sus terribles consecuencias, es imposible ser inhumano, si de crees en Él, en espíritu y en verdad. “No basta decir Señor, Señor, para entrar en el Reino de los Cielos,…, cuando vean como os amáis unos a otros, sólo entonces, sabrán que sois discípulos míos”. Esta Palabra viva susurra por medio de su Santo Espíritu en nosotros. Esa Palabra que se ha hecho carne vive, resucitada, por los siglos. Y desde que esta luz brilla entre nosotros, las tinieblas no son nuestro único compañero de camino. Podemos caminar guiados por la luz del mundo que es esta super estrella. No os extrañe por eso que en las épocas más oscuras del año, nos dé a los cristianos, por llenarlo todo de luces. O nos de por adornar, con ramas vivas y perennes, un universo que parece muerto con los rigores del invierno.

    La luz brilla en medio de las tinieblas, y aunque las tinieblas nos combaten, no pueden apagar esta Luz. Por eso sabemos que es posible vivir en plenitud. Vivir en plenitud es vivir con alegría, con esperanza, con paz, con fortaleza, con ánimo y con mucho, mucho amor. 

    Así que por eso en estas fechas, como en la Pascua de la Resurrección hacemos fiesta y cantamos a solas o en grupo, por fuera o por dentro. Por eso nadie me convencerá de que celebramos “fiestas”.  Celebro un nacimiento sin par. Sin Cristo la navidad está vacía y muerta. Sin su Palabra luminosa iluminando mi vida, en el mundo sólo hay tinieblas y los instantes luminosos se tornan demasiados leves y fugaces, ante el imperio de la noche. Pero tú decides si eso ocurre en ti. Porque la opción de percibir las cosas de modo diferente, se te ha regalado gratuitamente, y si aceptas este inmenso regalo de su amor eterno, te da poder para ser hijo de Dios, sólo precisas creer en su nombre. 

    Así que amigo y hermano, la luz vence a las tinieblas, por eso te digo hoy, el día de Navidad: ¡Ánimo Pues! ¡Venceremos al imperio de la oscuridad! ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama! ¡Aleluya!.  

 

IV ADVIENTO

    Hoy nos encontramos con literatura de autoayuda a cada paso, y conste que no lo digo como un defecto de nuestra cultura, pues más bien, lo considero una virtud, ya que mucha gente encuentra apoyo de esa forma para crecer y madurar en su propia andadura humana. Uno de ellos, que se ha publicado últimamente habla de encontrar tu persona vitamina. El ejemplo es suficientemente gráfico para hacernos una idea de lo que se trata en ese libro. La gente que te fortalece y te hace vivir con mayor plenitud, esa es la que necesitas cerca de ti.

    Pues esa es la experiencia que los cristianos que amamos a Jesús el Cristo, tenemos caminando a su lado. Él es nuestra persona vitamina. Pues sus efectos sobre nosotros son maravillosos: 

  • Él nos fortaleza cuando la dificultad nos cerca.
  • Él nos hace habitar tranquilos y nos llena de paz con la grandeza de su amor constante.
  • Él nos restaura cuando nos quebramos y nos da vida, esto es, nos infunde un vitalismo renovado, cuando el nuestro se quiebra.
  • Él nos santifica, es decir nos invita y nos impulsa a sacar lo mejor de nosotros mismos y a ponerlo al servicio de los demás. 
  • A Él no le importa sacrificarse por mí, aunque yo no lo merezca. Y así me devuelve la autoestima cuando yo sólo sé despreciarme. 
  • El nos hace saltar de alegría. 
  • Él nos transforma y obra todas estas maravillas en nosotros porque nos llena del Espíritu Santo, y nos hace vivir la vida no como una maldición sino como una bendición. 

    Él sólo te pide que creas en Él. Y tú mismo veras lo que es ser dichoso cuando estas promesas se cumplan en ti. Así es como Jesús te nutre y refuerza tus defensas en la vida, para que tu vida sea una vida en plenitud.

    ¿Sabéis? Siempre que he leído un libro de autoayuda, la mayoría de las veces, por no decir todas, he comprendido que Jesús, era un gran maestro en cuanto a sana psicología se trata. Nunca he comprendido a los que para fundamentar una sana vida psicológica, han necesitado atacar a Jesús el Cristo. Y mis conclusiones son sencillas: o no lo conocen bien, o la versión que tienen de él, dista mucho del Cristo verdadero. Lo mismo me ocurre cuando me encuentro con un creyente neurótico, la mayoría de las veces, nunca ha conocido el verdadero rostro de Cristo, y se ha fabricado un teismo funesto. Así que claramente te lo digo y con los textos de hoy te lo acabo de probar: Cristo Jesús para mí, es la mejor persona vitamina que conozco. Si lo miras cara a cara, si lo entiendes de veras, tú sólo te darás cuenta.

 

III ADVIENTO

    Un compendio de actitudes se nos proponen a los que hoy escuchamos las Escrituras. Pues cuando se anhela ser dichoso, siempre hay un itinerario que proseguir para alcanzar una meta. Aunque este pueda ser caótico o errático. La historia del Exodo lo ilustra, a pesar de que hoy no es uno de los textos propuestos. 

    Sofonías nos propone la primera actitud: venzamos todos los miedos a fuerza de mantener viva la Esperanza. El miedo colapsa nuestra visión del horizonte, del futuro. La Esperanza, abre el futuro y salva el Horizonte. ¿El motivo para mantener viva la esperanza? Es que Dios nos ama, y no dejará de hacerlo jamás. 

    El Salmo y Pablo nos proponen la segunda actitud: mantengamos la paz frente a las preocupaciones y la alegría frente a la tristeza. Nada que nos amenace podrá con nosotros para siempre, porque no tiene la última palabra en la vida. Esa la tiene Dios. Pero esta actitud es hija de una oración constante, de una espiritualidad abierta y verdadera, ajena a todo espiritualismo ñoño y vacuo. Esta espiritualidad se fundamenta en la acción de gracias, esto es, en la Eucaristía y en los salmos. En mirar fijamente a Cristo Jesús, Luz del mundo, en medio de nuestras oscuridades, evitando así perdernos en las tinieblas que nos inquietan, preocupan y entristecen. 

    En la primera parte del Evangelio se nos propone una tercera actitud: Evitemos la insolidaridad, la explotación y la corrupción que tanto extorsiona. La solidaridad y la búsqueda del Bien Común, construyen un medio ambiente mucho más puro y sano, para la vida humana y su entorno. La insolidaridad y la extorsión lo inhumanizan todo. La solidaridad y el bien común como aspiraciones siempre presentes en el ámbito público y privado de nuestra vida. Las palabras del profeta resuenan altas y claras.

    En la segunda parte del Evangelio se nos propone la cuarta actitud a vivir: la apertura a la acción del Espíritu Santo que hará arder todo lo malo, lo falso y lo feo que nos habita. Y lo sustituirá por lo bueno, lo verdadero y lo bello. El amor quemará al desamor. Y lo convertirá en cenizas. Pero para vivir abierto a esta acción divina, antes es preciso reconocer que no somos dignos de desatar la correa de las sandalias del Señor Jesús. No es un ataque a nuestra autoestima. Sino un reconocimiento de nuestra condición humilde. La soberbia incapacita para crecer y por eso resulta pestilente. El único que no percibe su fétido olor es quien la vive sin cuestionarse. Pues hay gente que se cree perfecta y considera a los demás gente vulgar, a la que considera poco, o nada. Los fariseos es lo que tienen. Consideran funestos a los demás por imperfectos, pues no están a su altura. Son los indignos. Tal cosmovisión perniciosa se apodera de espíritus religiosos en absoluto evangélicos. En ellos religión y Evangelio están en conflicto, pero ellos no lo detectan porque identifican su religiosidad con el Evangelio, y se equivocan de todas, todas. Ciegos que quieren guiar a los demás, hacía un horizonte que no sabe nada de verdadera espiritualidad. Pues la espiritualidad es la vida del Espíritu de Jesús y no sabe nada de religiosidades saduceas y fariseas. Si un cristiano se vuelve un fariseo, entonces, su religiosidad es sal que se ha vuelto sosa y no sirve para nada. 

    Al final del Evangelio se nos muestra que la última actitud propuesta es la suma de estas cuatro actitudes previas: cuando expulsamos el miedo con la esperanza, cuando mantenemos la paz y la alegría contra lo que las amenaza unidos a Cristo Jesús a través de la oración y la liturgia, cuando somos solidarios y buscamos el bien común, y cuando vivimos en humildad abiertos a la acción del Espíritu ajenos a toda soberbia pestilente, entonces, anunciamos el Evangelio a todos los demás sin darnos cuenta. Pues nuestro modo de vivir lo hace. Y esta es la última actitud que nos propone, compartir con los demás lo que significa vivir dichosos. 

    Así que estas actitudes son las que las Escritura nos proponen hoy, esta forma de vivir, es la que el Evangelio, a las puertas de la Navidad, nos regala, hoy y ahora, hermanos. ¡Escuchad!.

 

II ADVIENTO

    Cuando recibes a Jesús en tu vida, ocurren muchas cosas hermosas, como diría María: ¡ves maravillas!. Recibir a Jesús es conocerle, amarle, creer en Él, esperar en Él, seguirle en definitiva, con mente, corazón y vida.

    Lo primero que sucede es que “los que se habían marchado, los que habían sido arrancados de ti, vuelven a ocupar su sitio”. La razón es sencilla, Jesús reconstruye el amor. Y eso no afecta solo a aquellos con los que habías roto tus relaciones. No es sólo algo relacionado con el Perdón. Es que por su resurrección, el vacío que la muerte deja tras de sí, es exorcizado de tu alma. Y una convicción se apodera de ti: “nos volveremos a ver”, y en ese momento, la esperanza destruye el vacío que hiela tu espíritu. De este modo, Jesús, te resucita a ti ya en esta vida.

    Lo segundo es que Jesús cuando entra en ti, transforma tus llantos, en cantares y sonrisas. Y es que quien camina junto a Jesús, aunque sabe mucho de cruces, no sabe nada de pesimismos. Porque conoce que la injusticia y la frustración no tendrán la última palabra en la vida. 

    Lo tercero que sucede es que crece la comunidad del amor y la alegría. Vivir junto a Jesús, nunca te permite estar sólo, o ser un individuo aislado, y si esto es así, es que no vives junto a Jesús por mucha religión que profeses. Cristo Jesús te hará amar entrañablemente a mucha gente. Incluso personas que nunca te podrías llegar a imaginar. La carta a los Filipenses es un testimonio vivo de ello. Seguir a Jesús te convertirá en colaborador de muchas personas y te hará rezar por ellas y que ellas a su vez, oren por ti. La “solitariedad” individualista, junto al Jesús de verdad, es imposible. 

    Lo cuarto que sucede, es que todo cambia dentro de ti de manera progresiva, para salvar de ti lo mejor que tienes dentro. Lo alto se abaja, lo bajo se realza, todo se nivela, todo se transforma, te transfiguras sin cesar, gradualmente, y eso ocurre con gente real, inmersa en la historia, como señala Lucas en el Evangelio. Todo se va preparando en ti, para que puedas vivir en plenitud. Jesús te hace evolucionar. Saca de tu interior lo mejor que llevas dentro de ti. Jesús te humaniza hasta el extremo. Quien no experimenta esto, no vive junto a Jesús, vive otra cosa que nada tiene que ver con Él. 

    Así que no se equivocó aquel que decía que el Adviento es el mayor tiempo litúrgico mariano que existe. Porque las maravillas que María, canta en el Magnificat, si tú quieres, si te abres a Jesús como ella, también podrán ser tuyas una por una.  

 

I ADVIENTO 

    Las Escrituras nos enseñan a vivir. Cinco lecciones se nos ofrecen a nuestra consideración en el día de hoy. 

    Jeremías nos ofrece la primera: justicia y derecho causan tranquilidad y paz, conducen a la sociedad por el camino de la salvación. Pues la injusticia, la conduce por la senda de la perdición. No hay bien común posible, sin respeto por lo que es justo, la promoción de los derechos humanos y la salvaguarda de la dignidad de todos.

    El salmo nos enseña la segunda. Se humilde a la hora de aprender de quién sabe. Quién se cree que lo sabe todo, nunca aprende nada. Y mientras que estamos vivos, vivimos aprendiendo. Pues cada nueva etapa de la vida, nos impele a renovar nuestra percepciones, ya que en gran medida, la realidad y nuestra misma corporalidad, está sujeta a cambios frecuentes, cuando no constantes. La soberbia no es buena consejera en la vida. Los que se creen que lo saben todo caminan muy equivocados por el mundo.

    El apóstol nos muestra en tercer lugar que el amor mutuo y el amor a todos las personas, debe ser nuestra constante. Pues es el ejemplo y la instrucción que hemos recibido. No sólo debemos amar a los cristianos con los que compartimos la fe, sino a todos los seres humanos sin distinción. Así que basta de divisiones internas entre nosotros, ya basta de fraccionar la iglesia en tantas sectas diferentes y polémicas, y basta igualmente, de condenar al que no tiene nuestra fe, en vez de amarlo como el mismo Jesús, lo hizo y lo hace. 

    En cuarto lugar, el Evangelio, nos insta a ser fuertes. En esta vida encontraremos momentos duros, que nos provocaran angustia, que incluso nos harán enloquecer, no sería raro que nos quedaramos sin aliento, presas del miedo y la ansiedad. Pues que se tambalee nuestro mundo, tanto el personal como el comunitario, suscita tales emociones. Pero ante eso se nos invita a ponernos en pie. A hacer acopio de esperanza y a llenarnos de fortaleza, y con fe, lanzarnos en pos de la liberación de todo cuanto nos aflige.

    En quinto lugar, prosigue el Evangelio, para ello hemos de superar esta alienación que nos lleva a pensar que con la muerte se acaba todo. Y que lo único que nos cabe esperar es esta vida y lo que ella conlleva. Pues si ese es nuestro enfoque no permaneceremos en pie por mucho tiempo. Y no podremos escapar de los lazos del abatimiento subsiguiente que nos terminará afectando de una u otra manera. El crucificado ha resucitado. Esta convicción debe despertarnos de la alienación de que con esto que vivimos aquí, se acaba todo, y por ello, no nos cabe aguardar nada más. 

    Cinco lecciones de vida, para vivir en plenitud. Es el efecto que la Escritura tiene cuando escuchamos su voz con atención. Escuchar la Palabra de Dios con fruto, es la mejor manera de que venga el Reino de Dios a nuestra vida para quedarse. 

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