Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

HOMILIA Ciclo B

CADA DOMINGO LA PALABRA DE DIOS ES CREADORA, NOS RENUEVA, SI LA ESCUCHAMOS CON FE Y SABIDURÍA, PORQUE NOS EL ESPÍRITU DE DIOS NOS VISITA Y NOS LLENA DE GRACIA. APRENDAMOS A ESCUCHARLA COMO MARIA.

 

 

SANTIAGO

    En tiempos de pandemia es importante escuchar las Escrituras con atención. En las dificultades sus mensajes son muy iluminadoras. Así que Santiago, nuestro patrón español nos ofrece cuatro lecciones a tener en cuenta. 

    Da testimonio del Resucitado en las puertas del sepulcro en el que esta plaga nos ha encerrado. No sólo porque ha matado a muchas personas queridas, sino porque además nos ha robado en gran parte la libertad. ¡Resucitaremos!. No sólo tras la muerte. Sino en esta vida. Aprenderemos a vivir en una nueva era. Las gentes ansían alegría, paz, esperanza, fortaleza y amor. La fe en el resucitado es lo que provoca. Por eso los que creemos hemos de hablar a quien nos quiera escuchar. Si la gente llora, está inquieta, se hunde en el pesimismo, se siente débil o cree que la solución está en ser egoísta y odiar, no podemos callar. No podemos alentar ese oscurantismo con discursos de miedo apocalíptico. Sin negar el sufrimiento de la gente y sus razones para tenerlo, hemos de hacerles mirar más allá de él y decirles: ¡Saldremos de ésta!. Eso es ser un testigo del resucitado: hacer levantar a las gentes la mirada de la muerte y sus sufrimientos. Hacer que recuperen la senda de la vida, y no de cualquier vida, sino de la vida en plenitud. 

    Trabaja a favor del bien común de todos los pueblos de la tierra. No llevan razón los que acusan a la globalización de esta pandemia. La peste negra no necesitó un mundo globalizado para expandirse. Le bastó la desinformación. La falta de datos y de ciencia. Y le ayudó mucho la superchería y el enfoque conspiranóico de los apocalípticos. Los profetas de calamidades son instigadores de las mismas, porque debilitan los ánimos necesarios para luchar contra el enemigo común. Es la falta de globalización de los datos científicos lo que ha permitido que se expanda el virus. Toda una campaña de silencio orquestada por un estado totalitario ha provocado tal desastre. El secuestro de información vital. De modo que por ello, lo que de otro modo sería una simple pandemia, ha adquirido matices de genocidio planetario. Sin la búsqueda del bien común no saldremos de ésta, o retrasaremos mucho la salida de la misma. Hay que pensar y luchar por el bien de todos los pueblos. De lo contrario el virus seguirá matando.

    Sé fuerte en medio de la tribulación. De lo contrario caerás aniquilado. Es lógico caer ante semejante embate en más de una ocasión. Pero no lo es no esforzarse en levantarse. Llevar el misterio pascual prendido de todo tu ser es el modo de pasar de la cruz dolorosa y mortal a la resurrección. La fortaleza y el sacrificio van de la mano, y si el bien de todos, lo reclama, eso es lo que necesitamos hacer. La gracia de Dios es lo que provoca en el corazón que cree y que no se deja aplastar y lucha. El testimonio apostólico es un denodado alegato a favor de todo lo que digo. Si caes, ponte en pie. Y no te des por derrotado nunca. Nos va en juego la vida. Y mientras se está vivo hay que luchar. Por ti y por los demás. Si dejas de nadar, la corriente te arrastrará. 

    Por último, no tiranices ni oprimas la conciencia del otro, para exponer tu buena noticia. Una buena noticia no oprime ni esclaviza. Jesús jamás oprimió ni esclavizó, nunca fue un tirano más. Jesús no fue un amo, fue un amor. Sirvió a todos porque los amaba hasta el extremo. No buscó sillones de poder, sino que amó hasta la cruz, con tal de glorificar a todos. Quienes pretenden otra cosa, por muy religiosos que aparenten ser, por mucho que digan “Señor, Señor” no lo conocen. Jesús no impone, propone. Jesús no esclaviza, seduce. Jesús no tiraniza, libera. Jesús razona. Jesús dialoga. Jesús arriesga. Jesús afronta. Jesús no es amo, ama. Jesús no marchita, hace vivir en plenitud. Jesús no castra, realiza. Jesús infunde vitalismo a borbotones. Jesús no debilita, fortalece. Jesús no inocula miedo, sino confianza. Jesús no miente, es veraz. Jesús no manipula, respeta. Jesús no doblega, enamora. Jesús es, nunca mejor dicho: ¡La Hostia!. Porque lo es de todas todas. Un cristiano es como Jesús y no otra cosa. Porque si es otra cosa, nada tiene que ver con Cristo, aunque lo respalden mil documentos escritos por gente poderosa que establece que es o que no es lo políticamente correcto. Jesús no es hipócrita, no tiene dos caras, es Él mismo. Jesús es listo, pero no es ladino. Jesús es luz. 

    Así que hoy no dejemos pasar este día sin pedirle a nuestro patrón que regale a nuestra tierra cristianos que estén a la altura de las circunstancias, y que en medio de esta oscura pandemia, sean para todos, reflejos de la luz del mundo que es Cristo, y gente con el salero de Cristo que sin duda alguna es la sal de la tierra. 

 

XVI ORDINARIO

    Al leer al profeta Jeremías y al leer el Salmo. Inmediatamente la cabeza se nos va a los pastores que gobiernan la Iglesia. Sin embargo Jesús pone su atención en las ovejas que caminan perdidas como si no tuviesen pastor. Y es que más allá de todo funesto clericalismo, lo realmente importante para Jesús en la Iglesia son los seglares. Y lo que nosotros llamamos pastores están al servicio de ellos, a su entender. De modo que al parecer muchos andan por la Iglesia bastante equivocados en cuanto al papel que están llamados a desempeñar. Pues una configuración feudal de la Iglesia no es en absoluto la voluntad de Cristo Jesús al congregarla. Y algunos al ejercer el pastoreo, más parecen señores feudales que pastores de Cristo Jesús según los santos Evangelios.

    Por ello hoy mi atención se fija en las ovejas, en los seglares. Para preguntarme qué necesitan de sus pastores. Y lo que los seglares necesitan en primer lugar es que sus pastores los reúnan para que puedan crecer, y no que los dispersen para que se pierdan por los caminos del mundo y de la vida. Así ha hablado Jeremías con toda claridad.

    En segundo lugar lo que los seglares necesitan es tener un corazón ardiente. Y para entender esto el salmo viene en nuestro socorro. Los seglares necesitan un corazón al que nada le falte, un corazón tranquilo y reparado. Necesitan un corazón fuerte. Necesitan ser guiados por el camino de la justicia. Necesitan honor. Necesitan poder caminar por cañadas oscuras sin dejarse atrapar por los miedos. Necesitan saber que su pastor va con ellos, y sentir el sosiego, porque se saben protegidos por la vara y el cayado de su pastor. Necesitan una mesa preparada y abundante. Llena de Palabra y de Pan de Vida. Necesitan una copa rebosante. Necesitan ser ungidos por el Espíritu para que sus corazones puedan arder en su fuego. No necesitan pastores que los angustien y que los hieran, que los atemoricen y debiliten, que los deshonren, que no los abandonen y no los protejan, que nunca estén con ellos porque “tienen mucho que hacer”. No necesitan hiperactivos sin corazón. No necesitan pastores cobardes que no los defiendan. No necesitan pastores que por pereza o falta de pericia no sepan preparar una mesa como Dios manda. No necesitan pastores que los llenen de devocionalismos vacuos ó de ideologías pasajeras, y que no los unjan con la fuerza Santa del Espíritu. 

    En tercer lugar los seglares necesitan pastores que no construyan muros para que ellos puedan entrar a las comunidades cristianas y sentirse en ellas, como uno más. Pablo lo dice claramente: adiós a normas, reglas, mandamientos y leyes que alejan a las gentes y alzan entre ellas muros de odio y de rechazo. Paz para todos. Y no sólo para algunos. No excluyamos a nadie por etiquetas políticas, sociales, económicas, políticas, culturales o morales. Pues Cristo y la fuente del Espíritu son para todos. Pues todos la necesitan. No convirtamos la gracia en un premio sino respetemos su condición de alimento y medicina. Pues sin ella nada podemos hacer, nadie, ni unos ni otros. Y no lo digo yo, sino Jesús el Cristo en el Evangelio de San Juan. 

    Por último los seglares necesitan no caminar por el mundo perdidos como ovejas que no tienen pastor. Necesitan que sus pastores los miren con compasión y no con odio, resquemor o cinismo hipercrítico. No necesitan que los pastores se enfaden con ellos a cada paso. Los seglares necesitan caminar con firmeza y esperanza ante la vida, y no perdidos, considerando que todo es absurdo y que por ello la vida es mala y fea, una burda mentira. Y para ello necesitan un pastor que sea fuente de luz y de calor, y no alguien que los llene de oscuridad y de frío. Pues eso ya lo tienen en el mundo, y no necesitan a nadie más, para reforzarles tales sensaciones destructivas. 

    Así que hermanos, que Dios nos regale pastores según su corazón, para que como ovejas del rebaño, no tengamos que padecer inclemencias ajenas por completo a la voluntad de Dios nuestro Padre.

XV ORDINARIO

    La Iglesia no es un camino para hacer carrera. No es una institución para satisfacer deseos narcisistas ni poder desarrollar afanes de poder. Por desgracia es en eso en lo que algunos han pretendido convertirla, y tristemente aún no faltan quienes anhelan seguir buscando tales cosas en ella. Pero eso no es lo que Cristo quiere, y tampoco, de lo que Pablo nos da testimonio.

    La Iglesia es una experiencia gozosa de salvación que se comparte. De la lectura de la carta a los Efesios es lo que extraemos. Salvación no significa “fuga mundi”. Más bien al contrario supone apertura a la esperanza de que todo lo bueno, lo bello y lo verdadero de este mundo, no sucumbirá para siempre bajo la losa de la muerte, convirtiéndose nuestro universo por ello, en una mera manifestación de lo absurdo. Salvación significa que el mundo tiene a su alcance la posibilidad de verse transfigurado. De ser glorificado. Esto es, de alcanzar la plenitud. Salvación supone que la evolución no es un camino hacia ninguna parte, sino que puede, verse completa, pasando de lo material, a lo biológico, y de esto a lo intelectual, consciente, personal y libre. Para saltar de ahí a lo divino. Salvación significa que la existencia no es algo truncado, sino un presente que se abre a un futuro en expansión sin final. Y todo eso es posible porque un amor que se nos ha manifestado en Cristo Jesús, ha hecho relevante todas las cosas, arrancándolas de la irrelevancia. El Dios de Cristo Jesús que nos ama hasta el extremo se revela como un Espíritu gestante que si encuentra nuestra aprobación nos sumerge en esta corriente que nos conduce de la nada al todo. Inmerso en el amor de este Dios, no es posible creer que todo es para nada, más bien, es definitivo pensar que todo puede ser para la gloria. Porque por pura gracia se nos ha regalado esa oportunidad que nosotros solos nunca podríamos alcanzar.

    La Iglesia, no es sólo por tanto un espacio donde disfrutar de tales esperanzas hijas de un amor divino sin par, sino que es un vaso comunicante de este gozo a los demás para que también ellos puedan compartir nuestro gozo. 

    Por tanto, convertir tal misterio de salvación en una suerte de carrerismo narcisista es antes que nada una burda blasfemia de pésimo gusto. 

    Así pues, como Amos nos enseña, cualquier miembro de la Iglesia está llamado a dar a conocer esta experiencia de salvación a los demás. Aunque no encuentre el apoyo de los sumos clérigos que con sus torpes decisiones pretenden estorbar que Dios pueda comunicarse como amor con todos los que quieran escucharlo. El clericalismo es funesto, porque se antepone a los mismos deseos de Dios manifestados en Cristo Jesús con total claridad. Es más incluso no faltan en la Iglesia quienes pueden pretender entorpecer que personas como Amos o como el mismo Pablo, puedan ejercer su misión de mensajeros del Dios vivo para los que caminan por este mundo como ovejas sin pastor. Simplemente por prejuicios infundados, nefasta ideología o por mera enemistades personales. O también prejuicios clasistas que no ven con buenos ojos que alguien pobre como Amos tome la palabra en nombre de Dios.

    Esta experiencia de salvación que se comparte ha de llevarse a cabo como Jesús nos enseña en el Evangelio, sin apariencia de poder alguno, sin pretender quebrar la caña cascada ni apagar el pávilo vacilante. Pues esta experiencia de salvación no se impone, sino que se propone. No puede obligarse, sino que solo puede ofrecerse como una invitación a quien la quiera recibir libremente. Pues no es esposo el que se impone, sino el que enamora, seduce y cautiva. Pues el que obliga, es violador que no enamorado. Y el camino que Jesús nos muestra es el del amor que se propone pero no se impone, pues la verdad del amor, se impone por sí misma en el corazón de cada uno sin necesidad de ser violentados para acogerla. Pues violentar es falsear la experiencia de salvación y crear un justificado rechazo frente a ella. Desde una condición sencilla, caminando al paso de los demás, simplemente se trata de vivir en plenitud entre ellos, dando a conocer a quién le interese el camino de esta experiencia salvadora.

    Cómo veréis la Iglesia es una cosa bien distinta de lo que por desgracia muchas veces se muestra como una caricatura satírica  y grotesca de lo que debería ser, más esa, no es la iglesia de Cristo Jesús, sino como dice Juan el Evangelista, es la sinagoga de Satanás. Es pues necesario no tomar el camino equivocado. Advertidos quedamos. 

 

XIV ORDINARIO

    Cuatro enseñanzas para vivir se nos ofrecen hoy. La primera nos la evoca Ezequiel. 

    No hay que cejar en plantar cara a los rebeldes, a la gente de terca y dura cerviz. La pasividad ante un agresivo no es de recibo. Al agresivo es preciso frenarlo. Ponerlo en su sitio. Pues invade y conculca los derechos de los demás. Hay gente agresiva que está acostumbrada a serlo porque nadie nunca les planta cara. A Jesús le mataron por la pasividad de sus discípulos y del mismo Pilatos, aun a sabiendas de las injusticias de las que era víctima. Si somos pasivos ante los agresivos, ellos persisten en crucificar a los que les place. Ser asertivo es poner en su sitio al agresivo, no pisamos derechos, pero tampoco le permitimos de buen grado pisar los nuestros ni los demás. Eso te complica la vida, como a los profetas. Pero el otro camino supone que los agresivos siembren de crucificados el mundo.

    Un cristiano nada debe saber de “clasismos”. El sarcasmo de los orgullosos y de los satisfechos hastía a cualquiera. Nadie es más que nadie. Nadie es menos que nadie. El salmo lo grita con fuerza y no podemos permanecer sordos. Esta es la segunda enseñanza que se nos ofrece.

    Un cristiano no lo sabe todo. Pues los credos y dogmas no agotan el misterio. Los fariseos y hebreos de aquel tiempo, creían saberlo todo. Y no tenían nada que aprender de Jesús, aunque reconocían su sabiduría. Por eso lo despreciaban. ¿Qué les iba a enseñar el carpintero? ¿De un vecino conocido por todos, cabe esperar alguna sorpresa?. Quien cree que lo sabe todo, nunca aprende nada. Es el drama de muchos. No saben convivir con el misterio. Que no sólo afecta a Dios sino al mismo universo. Mientras vivimos aprendemos, incluso cuando morimos, seguimos aprendiendo todo aquello que aún ignoramos. Pues vivir, consiste en nunca acabar de saberlo todo. La humildad de quien siempre está dispuesto a aprender es el modo básico de enfrentarse al mundo. El Evangelio nos lo enseña, pues de lo contrario, podemos perdernos lo más importante que nos conduzca a alcanzar la plenitud de lo que podemos llegar a ser. Esta es la tercera enseñanza que el Evangelio nos ofrece. 

    Por último, ser cristiano es contrario a ser puritano o fariseo. Ser cristiano requiere capacidad de aceptar la propia debilidad. Nadie es perfecto. Nadie se libra de ser indigno a ratos. Todos tenemos espinas clavadas que nos estorban para poder amar. En cualquiera de las dimensiones de nuestra vida. A unos de una forma, a otros, de otra. Dios nos ama no porque seamos perfectos o dignos, sino porque le place. Su amor por nosotros es gratuito. Su amor es lo que nos constituye. Es lo que nos hace fuertes, aunque seamos débiles. A Dios no le importa tu debilidad, ni la mía. Su amor basta. Y es su amor el que nos recrea constantemente en medio de nuestra permanente debilidad; en medio de nuestros sufrimientos anejos a nuestro ser de humanos. Vivimos en una evolución constante aun cuando “involucionamos”. Por eso ser perfecto es ser misericordioso con los demás, contigo mismo, y con el mundo entero. No hay otro camino. Creer lo contrario es vivir alienado. Esta es la cuarta enseñanza que Pablo nos ofrece. 

    Las escrituras hoy nos enseñan un camino para vivir, sólo es necesario escucharlas con atención. Nada más.  A vivir hermanos. Jesús nos enseña a hacerlo.

 

SAN PEDRO Y SAN PABLO

    Cadenas y cárcel. Son los protagonistas de las narraciones acerca de los apóstoles Pedro y Pablo. La necesidad de ser liberados de tales cepos, es el anhelo que copa los corazones de Pedro y de Pablo. 

    En nuestro momento presente atravesamos unas circunstancias que nos oprimen. Somos presos de sus azares. Nos encadena su presencia. Nos priva de libertad para ver a los que más queremos con normalidad. Incluso muchos, demasiados, ni han podido despedirse de sus seres amados, que este virus, ha matado sin piedad ni consideración. “Con un Virus no se dialoga”, oímos al comienzo de esta “masacre”. Esta pandemia nos ha amordazado, durante mucho tiempo, ni hemos podido mostrar nuestro rostro con naturalidad. Y aunque en nuestra tierra empezamos a dar pasos para liberarnos de las mordazas, aún no podemos dejarlas de lado definitivamente. Mientras tanto, damos pasos contra esta pandemia, mediante una intensa y gradual campaña de vacunación, que pretende ser mundial. Además el sacrificio, de toda especie, de los sanitarios, ha sido y está siendo inmenso.

    Toda la humanidad está encarcelada por este virus, hemos vivido confinados como nunca, mientras las listas de las víctimas mortales y de los contagios no cesaban de crecer. Y cuando ya pensábamos que empezaba a ceder, de nuevo volvían a crecer y a veces con mucha más rabia, que en el periodo anterior. ¿Como no anhelar vernos libres de semejante tortura?. No es cómodo ver la muerte rondando cerca, o ver la plaga, apresando a seres muy queridos por nosotros. Es amargo, duro, horrible y difícil. Tiempos de ansiedad y angustia. Tiempos de calvario, y por ello de dudas y de agonías. Tiempos de amargura. 

    ¿Qué hacer? Pablo pone palabras en nuestros corazones para responder a esa pregunta. Mantener la fe contra viento y marea en que no estamos solos. Mantener la fe en la compañía bondadosa del Resucitado que prometió estar con nosotros todos los días de nuestras vidas hasta el fin del mundo.

    Esa fe es la fuente de la esperanza de que seremos liberados de las cadenas presentes de un modo sorprendente, incluso aunque la muerte nos golpee sin misericordia, con crueldad y sin contemplaciones. Mantener la esperanza en medio del sufrimiento requiere de una fe firme, única, una fe, que va más allá de lo que vemos y tocamos, porque lo que tenemos ante nuestros ojos nos aterra, y nuestras manos se han vuelto nuestras enemigas, porque pueden convertirse en vehículos para un virus que nos está envenenando. Por eso la fe, más allá de lo que vivimos, se vuelve fundamental. Porque si no nuestra esperanza se quebrará a cada paso. Y esa esperanza es agua que no mueve molino alguno. 

    Esa esperanza contra toda esperanza es la madre de la energía que necesitamos en estos tiempos tan oscuros. Esa esperanza constante es la madre de nuestra fortaleza. Porque estos tiempos demandan de nosotros una fortaleza a prueba de bombas. De un bombardeo, no se sale vivo sin fortaleza inteligente y diligente. A una realidad nueva, al Reino de los Cielos, no se llega sin la energía de la que Pablo y Pedro, nos dan testimonio. Y tampoco sin su fe inquebrantable. 

    Así que, ¿qué necesitamos? No dejar de ser piedras firmes, pétreas rocas que construyan una muralla incontenible frente al desaliento y la locura. Saber usar las llaves que nos han dado para abrir puertas en medio de la oscuridad que tenazmente se resiste a ceder. Esta batalla es muy larga. Y un maratón no se gana sin fe en la victoria, sin esperanza en cruzar la meta, y sin fortaleza para saber administrar y canalizar las energías físicas, psíquicas y morales. El amor a Cristo Resucitado es lo que nos hace creer en el como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y esa fe enamorada, es la que nos mantiene vivos en medio de las mil cruces que en estos amargos días, nos caen encima. Porque hay gente, que aunque no haya padecido la pandemia, han sufrido lo indecible, llegando a perder seres amados, sin poder ni siquiera despedirse de ellos con un mínimo indice de humanidad. Nunca como en estos tiempos, nuestra generación mundial, había padecido semejante trauma. No es que no haya habido sufrimientos hasta ahora, es que jamás el sufrimiento  había sido de todos, y no sólo cosa de algunos. Por eso el amor fraterno es un reto constante para todos en estos tiempos. Sin él no saldremos de esta. Es imposible superar este trauma sin una búsqueda constante del Bien Común. 

    Educar en la fortaleza es prioritario, como educar en la esperanza, en el amor fraterno, y en la fe. Esas son nuestras llaves. Así que ánimo amigos, ya falta menos, no cejemos ni un solo instante en la lucha, y con tesón, combatamos sin cesar nuestro combate. La corona de la victoria nos espera hermanos. Merece la pena. Es lo único que hoy merece la pena.

 

XII ORDINARIO

    ¿Qué nos enseñan las Escrituras hoy sobre Jesús? Es una buena pregunta para escuchar siempre los textos, y podernos adentrar en los tesoros que encierran. Quizás, me atrevo a decir, es el mejor punto de partida. 

    Para entender el Evangelio debemos poner nuestros ojos en Job. Dios es admirable para los hebreos antiguos porque era capaz de controlar el mar, de fijarle límites, de dominar al indomable, que por su grandeza, hace sentirse pequeño al hombre. Esa es la manifestación de su poder. Quizás desde los tiempos del Éxodo y el paso del Mar Rojo, los hebreos, empezaron a ver a Dios de este modo tan singular.

    Por eso la sorpresa de los discípulos de Jesús es mayúscula. Que Dios fuese capaz de dominar el viento y los mares, era ya algo admitido por todos, ¿pero un hombre? ¿qué está pasando? ¿qué suerte de locura es esta?. Y aún así se les impone a todos la realidad de un modo indiscutible, inapelable. Este nuevo orden de cosas solicita de ellos una nueva fe en la vida y su significado. Y en ese nuevo marco, el miedo, no puede tener ya la última palabra. Hay una nueva instancia que lo cambia todo. Dios ya no es una sospecha, ha salido a nuestro encuentro. El misterio ha hablado. Se nos está dando a conocer. Y está superando nuestras expectativas. Al parecer se ha hecho hombre.

    Como Pablo enseña, tras Jesucristo, lo humano, y el mismo universo, son para siempre una realidad nueva. Que ya no podemos ver como hemos mirado hasta ahora. Cristo conmociona nuestro “modo humano” de ver las cosas según un concepto muy cerrado y cuestionable de “existencia carnal”. El materialismo se queda corto a la hora de explicar el universo que entrevemos tras la mirada de Cristo Jesús. 

    Por ello las “tempestades” de nuestra experiencia no son lo más definitivo de la vida. Ni siquiera son su límite. Eso nos resulta misterioso, enigmático, sorprendente, inspirador, y hasta loco (simplemente porque nos resulta caótico, en tanto que rompe las coordenadas de nuestra supuesta normalidad). Lo racional es muchas veces una mera petición de principio. El pensamiento Post_moderno, lo afirma sin cesar, aunque no es capaz de ver el gran misterio del todo y se pierde en las aguas oscuras del nihilismo que afirma que todo es absurdo y para nada, pura pasión inútil. 

    A la luz de Jesús, en cambio, la realidad es misteriosa, está más allá de lo razonable, en múltiples ocasiones. Y Jesús se nos presenta como el misterio que somos incapaces de controlar y comprender, nos desborda. Así que eso nos dice hoy la Escritura de Jesús. 

    Y eso nos permite comprender que no tiene porqué ser aquello que más tememos nuestro único y último destino. A quien está dispuesto a seguir a Jesús se le pide ser capaz de vivir abierto a una sorpresa constante, desbordante, inatrapable, incomprensible al cien por cien, misteriosa, “a - racional” en tanto que está más allá de la razón, aunque no contra ella. 

    Esto tiene una consecuencia: por turbios que sean nuestros caminos, y por oscuras que sean las tormentas que nos afligen, siempre cabe esperar algo más. Según Jesús: ¡Mucho más!. 

    Así que elige: o existencia anodina en descomposición o aventura sorprendente de una existencia a ratos caótica y tragicómica, donde en el marco del misterio que se vela y se revela, siempre cabe esperar mucho más de lo que vemos. Jesús guía esa segunda barca, y aunque se duerma a ratos, nunca deja el timón y sabe conducirnos a la orilla, como un gran capitán. Yo me apunto a esta segunda manera de vivir. Porque como Pablo nos enseña, aprender cosas sobre Jesús, nos enseña siempre a vivir de una manera diferente y mucho más plena. 

 

XI ORDINARIO

    En los tiempos difíciles que últimamente nos ha tocado vivir las enseñanzas de hoy nos vienen muy bien. Concretamente dos.

    El valor de la paciencia. Pues los cambios se operan muchas veces poco a poco. Y empiezan de una forma imperceptible, de una manera mínima, tanto que ni nos damos cuenta. Lo pequeño poco a poco, puede producir de una manera constante toda una reacción en cadena. Sin percatarnos, o sin que sepamos como. Algo tan pequeño como una vacuna, puede darle la vuelta a la tortilla. Pero para que esto haya llegado es preciso, mucho trabajo callado, grandes periodos de investigación, mucho esfuerzo y no poca contestación de bastantes desconfiados. Y qué difícil resulta esperar, cuando sabes, que tardar más tiempo significa ver morir más gente. Por eso la paciencia ha resultado tan dolorosa, pues cada nueva oleada de contagios, los números de personas muertas (de todas las edades) aumentaban. Por eso saber esperar, es decir ser paciente cuesta tanto. Porque mientras que se espera se sigue sufriendo, y a veces mucho. Demasiado. La esperanza en medio del sufrimiento esta conectada con la paciencia en medio de la tribulación. Y es el dolor de distinto signo el que nos desespera y el que nos impacienta. Esta experiencia dura, que estamos viviendo, no debe olvidársenos nunca, porque si la sabemos aprovechar nos despierta de nuestra alienación. Pues alienado está el que se cree seguro, y con todo un futuro por delante garantizado. Alienado está el que no sabe vivir con la incertidumbre. Y el sufrimiento o la misma muerte no tienen porqué ser siempre cosa de otros o algo muy lejano en el futuro. A veces poder responder cuando te preguntan cómo estás?: !estoy vivo!, no es poca cosa. Así que necesitamos mucha paciencia, mucha esperanza, y mucha fortaleza, sin ella, nos será mucho más difícil percibir el cambio paulatino, que una pequeña semilla, puede traernos de cara al futuro. 

    El conocimiento claro de que nuestra existencia en este cuerpo mortal, no es, definitiva. La conciencia de que tras esta etapa nos aguarda un nuevo camino, con muchas moradas. Donde cabemos todos. Pablo es muy claro. Porque si no comprendemos esto, la muerte nos aplasta con su paso. Pues su tiranía es insoslayable. Y cuando viene a por ti, no es fácil escapar. Y porque decidamos no mirarla no se esfuma. Permanece muda. Pero nunca quita sus ojos de ti. Y sabe esperar el momento oportuno para atraparte con sus redes. Trabaja como una araña. Es nuestro enemigo sempiterno. Es un modo metafórico de hablar, soy consciente. Pero Pablo es un aldabonazo para que despertemos del sueño. Si bien no es su propósito desesperar a nadie, sino más bien: orientar a todos para sepamos aprovechar bien nuestro tiempo, de modo que esta nueva gestación sepamos aprovecharla con fruto. Y por eso insta a creer, a esperar y a amar, porque sabe que esta vida no es una mentira, ni mala, ni fea, sino transitoria, y por ello nos pide implicarnos en el proceso, aunque sepamos que nuestra estadía aquí no es definitiva. Pues aunque eso sea cierto, nosotros, abiertos a un cambio constante y a una evolución sin final, nos transformamos sí, pero siendo siempre quienes somos, aunque no lo seamos siempre del mismo modo. La vida es un proceso de transfiguración. Y eso es lo que Pablo sabe. Vivimos en una semilla, que está llamada a germinar y generar universos de vida que ni siquiera es capaz de imaginar, como el niño que está en el vientre materno no puede hacerse una idea, del mundo que le espera más allá de su micro universo. De nuevo la paciencia y el valor de lo pequeño. Ambas enseñanzas están conectadas.

    No dejemos pasar las enseñanzas de hoy, que si prestamos atención son para nosotros, todo un manantial de fuerza para vivir.    

 

CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR

    La Eucaristía es muchas cosas que el Pueblo de Dios en general a veces desconoce. 

    La Eucaristía no puede vivirse como aquellos paganos vivían su relación con los antiguos cultos politeístas. Pues para aquellas culturas la inmoralidad no estaba ausente del ámbito divino, ya que los dioses eran los primeros en ser presa de sus odios, soberbias, narcisismos y egoísmos. Sus dioses eran celosos y envidiosos, y se mentían y traicionaban entre ellos. En nada éticamente hablando eran ajenos a nosotros. Más que una manifestación de la trascendencia, eran una burda transposición de la inmanencia más burda y más rastrera. Al culto se asistía no como una manifestación de vida nueva, sino como una búsqueda de suerte, por la que se buscaba agradar a los dioses con ofrendas adecuadas. Pero sin amor ninguno por ellos y sí con muchísimo interés.  La inmoralidad era algo ajeno al mundo de lo litúrgico. Y se podía ser un inmoral y no ser problema alguno para participar en culto alguno. El ritualismo pagano estaba más allá del Bien y del Mal. La primera lectura de hoy nos hace ver que en nuestra vivencia de la Eucaristía eso no puede ocurrir. Nuestro culto debe estar inserto en un modo de vivir, pues de lo contrario, simplemente sería, no una ofrenda verdadera sino una muestra de funesta hipocresía. 

    La Eucaristía es una acción de gracias, pero no por cualquier cosa. En los cultos paganos uno daba gracias a los dioses por la “suerte” recibida. Y algunos aún se acercan a Dios así. A dar gracias por complacencias egoístas que les han sido “concedidas” a ellos en exclusiva. Y si a los demás no se les ha dado, pues…, “cosas de Dios y ellos”. El Salmo nos lleva a entender cual es el motivo por el que damos gracias a Dios en la Eucaristía: “POR JESUCRISTO”. Esa es la “suerte” que se nos ha regalado a todos por igual sin exclusiones como sí ocurre con las suertes particulares. Esta “suerte” es un regalo, una gracia, que se nos ha ofrecido a todos sin acepción alguna de personas. Y esa es nuestra razón para elevar plegarias eucarísticas (de acción de gracias) a Dios constantemente. En nuestra misa no puede haber egocentrismos ilegítimos si miramos con seriedad la cruz de Cristo Jesús.

    La Eucaristía es la superación de la inhumanidad, el horror, la brutalidad, y el quehacer sanguinario del culto antiguo. Pues en la religiones primitivas se ofrecían seres vivos a los que se mataba, siendo los templos una especie de matadero público (incluida el judaísmo por influencia de su entorno, ya que Melquisedec, el primer sacerdote conocido por Abraham, que no se ajustaba a ley mosaica alguna, ofrecía pan y vino, pero Israel se apartó de esa tradición y copió a los pueblos de alrededor). En el colmo del paroxismo en América los españoles nos encontramos con culturas indias que en vez de ofrecer animales, convertían en víctimas propiciatorias a los seres humanos arrancándoles el corazón en vida para comérselo a continuación en vivo y en directo. La segunda lectura abole todo tipo de sacrificio sangriento. Y dice que ya derramamos suficiente sangre al matar a Cristo Jesús por venir a enseñarnos que Dios nos amaba hasta el extremo.  Lo que nos salva es el amor de Jesús hasta dar la vida por nosotros como expresión viva del íntimo ser de Dios. Y no toda esa suerte de ritualismo pagano sangriento. Por eso el cristianismo, siguiendo a su maestro, recupera la tradición antigua de Melquisedec de ofrecer pan y vino, para hacer memoria del sacrificio de amor hasta el extremo de Jesús el Señor. Así lo hizo Él y así los seguimos haciendo nosotros. Del horror brutal a la humanidad más excelsa que hemos conocido jamás. 

    La Eucaristía es la superación de una cena que rememoraba un conflicto entre dos naciones, una memoria bélica, en aras, de un banquete para celebrar un amor universal hasta el extremo, que deja de festejar la muerte de los enemigos en el mar rojo, para celebrar que Dios no sabe hacer otra cosa que amarnos, como la entrega de Jesús y el hecho de dar su vida por nosotros hasta derramar su preciosa sangre enamorada ponen claramente de manifiesto. Tomar pan, dar gracias, partirlo y darlo y decir sus palabras que enseñan que hay más alegría en dar que en recibir. Y no es una memoria de un hecho pasado, es un memorial de una presencia viva, pues Jesús está resucitado y por su Espíritu está presente con todos a la vez en todas partes y al mismo tiempo, si nos reunimos a celebrar la cena que honra y renueva su sacrifico enamorado por nosotros. Convendría no convertir nuestras liturgias en entes barrocos y rococós, pues como enseña el minimalismo, “menos es más”, y la expresividad de esos gestos y palabras bastan para hacernos profundizar en la grandeza de su misterio inabarcable con una sola mirada.

    Podría seguir, pero basta por hoy. Y es que la Eucaristía da para mucho. Por ello conviene “prepararla y prepararse” para celebrarla. No sea que con toda la buena intención humana participemos en ella no como cristianos sino como paganos. Pues ya decía la liturgia hispana que no se han hecho las margaritas para echárselas a los cerdos. Y si esta forma de celebrar la misa, lo gritaba alto y claro, es porque antes lo había dicho Jesús el Cristo. Y no porque sean malos los cerdos, sino porque inconscientes las pisotean y destruyen todo lo hermoso que ella contienen. La gran belleza de la Eucaristía bien se merece que estemos debidamente preparados para participar de ella.

 

STMA TRINIDAD

    ¿Para que necesitamos a Dios? A esta pregunta responden las lecturas que hemos escuchado hoy. 

    El Deuteronomio nos dice “Y serás feliz, tú y todos los tuyos”. Nadie puede ser feliz sin los demás. En un entorno depresivo disfrutar de la vida se hace bastante más difícil. Sin el Bien Común la felicidad como horizonte se vuelve más complicada. ¿Como ser feliz si los que quieres sufren? ¿Como ser feliz si necesitas por narcisismo ocupar todo el espacio y dejar a los demás fuera de juego?¿Es la competición para el que la pierde motivo de felicidad? y si la gana y tiene corazón, ver llorar y decepcionados a los otros ¿destruir a los demás nos hace felices?. La ley de Dios dice que no. Que sólo somos realmente felices si lo somos en conjunto. En una familia no podemos ser felices, si uno de los miembros sufre. Lo mismo pasa con los amigos. O con una comunidad cristiana. Quien se cree el centro del mundo y pisotea a los demás no hace feliz a nadie. Y su supuesta felicidad es destructiva, algo parecido a lo que producen las drogas a los adictos. El ego desmesurado envenena, aunque su fundamento sea religioso. Dios nos señala el camino del bien común si queremos ser felices y por tanto la renuncia al “ego” y la vanidad.

    El Salmo nos enseña que “su palabra misericordiosa nos llena de esperanza”. La vida es bella como una rosa. Pero tiene espinas y eso no deberíamos olvidarlo nunca. Sufrir y morir, es propio de lo vivo en este universo. Muchos consideran que la vida por eso es una suerte de porquería. La Palabra de Jesús nunca invita a pensar así. Es consciente de la fugacidad de lo vivo, pero no como un destino infranqueable, sino como una etapa en el largo recorrido de la existencia. Para Jesús la existencia puede ser eterna si optamos por el camino de la resurrección que se abre como una gracia ante nosotros. Se trata de aceptar un regalo. Algo que por nosotros mismos no podríamos lograr. Es su voluntad misericordiosa la que nos infunde la esperanza ante el marco de autodestrucción que nuestro modo de existir conlleva. Más allá de este útero hay más. Jesús nos enseña que la vida es sorprendente, no decepcionante. Hay esperanza para nosotros, eso es lo que Jesús nos enseña siempre. Dios es esperanza para el hombre cuando la esperanza del mundo se acaba entre sus límites que dan de sí lo que nuestras percepciones comprenden. Pero nuestra percepción sensible no tiene porqué serlo todo. De hecho Jesús nos asegura que no lo son. 

    Pablo nos enseña que “somos Hijos de Dios”. Dios nos enseña que nos ama, que es nuestro “papá”, que somos sus Hijos amados. Somos herederos de la Eternidad junto con Cristo.  Nuestro destino es la gloria, y no la nada. El amor de Dios hace relevante nuestra existencia que de otro modo, aunque sorprendente, sería irrelevante. Sin saber quienes somos sólo la inseguridad es nuestro marco de existencia. La desconfianza es aneja a esa tesitura existencial. ¿Quien con semejante enfoque se arriesgaría a traer vida a un mundo así? Sería cruel e irresponsable, abocar a los hijos que más amas a un mundo absurdo, donde puede tocarles en suerte un sufrimiento espantoso y una muerte irremediable como único futuro. No son palabras mías, es fácil encontrarlas en filósofos ateos como Ciorán. Este pesimismo desalienta e imposibilita un vitalismo ilusionado e ilusionante. Por ello saber lo que somos es definitivo. No es una cuestión colateral sino troncal. La visión del ser humano que Dios nos ofrece en Cristo nos abre a un horizonte de plenitud. Así que Dios nos enseña que “SOMOS”, con mayúsculas. Y eso nos cimenta. El credo ateo no consigue nunca semejante cosa. Y sólo nos ofrecen divanes donde divagar sin fin hasta que la muerte nos cace, después de pagar grandes sumas de dinero. Y todo por un prejuicio mental que excluye la trascendencia desde un enfoque inquisitorial y dogmático. El misterio no tiene porqué estar mudo. Y puede mostrarnos nuestro verdadero ser.

    El Evangelio nos enseña que “Jesús está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”. No existe la soledad para nosotros. En ningún lugar ni en ninguna circunstancia. Jesús resucitado vive en Dios y para nosotros en el Espíritu. Y el Espíritu, el aliento divino, como el aire, lo invade todo, lo penetra todo y todo lo trasciende. Basta que lo dejes entrar en tu corazón, basta que se lo permitas para no asfixiarte inmersos en el desaliento. Por eso a Jesús le es posible caminar contigo y con todos, en cualquier momento y en cualquier sitio. Y este Jesús te impulsa fuera de ti a buscar a los demás como a tus hermanos. No para anularlos ni para convertirlos en tus siervos, ni tampoco en tus espectadores. Sino para caminar con ellos ocupando tu lugar, propio de tu ser único e irrepetible, ofreciéndoles tus motivos íntimos para creer en la vida como una experiencia que merece la pena ser vivida. Hay que compartir con los demás la experiencia de por qué no es acertado desengancharse de la vida. La vida de los demás es tan preciosa como la nuestra. Ser un egocéntrico narcisista nos impide experimentar esto. Ser un patán frustrante y conflictivo con todos nos convierte en un estorbo, en un ser fétido. Que lejos de ilusionar decepciona a todos. Ese es el camino torcido para acabar siendo un solitario avinagrado. Y ese modo de ser no es compatible con Cristo Jesús. Ese no es el ser humano que brota de su Evangelio. Así que si alguien religioso llega a ese extremo debe darse cuenta que se ha equivocado a la hora de interpretar lo que significa seguir a Jesús. La soledad solitaria no es una opción para el creyente jamás.

      Cuatro razones que explican por qué es Dios no es innecesario. El bien común, la esperanza, ser para la gloria y no para la muerte con su nada subsiguiente y renunciar a la soledad solitaria como marco necesariamente frustrante de existencia, no es cualquier cosa o como diríamos coloquialmente “no es moco de pavo”. Así que sí, creo firmemente que hoy nos han mostrado cuatro razones para entender por qué creer en Dios, al menos para mí, resulta oportuno y hasta necesario. La razón práctica lo aconseja para que seamos capaces de funcionar mejor. Cuatro razones poderosas y a mi juicio muy bien fundadas.

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