Andros presbítero Mysterium vitae
Andros presbítero Mysterium vitae

EL MISTERIO NO CESA

la religión siempre antigua y siempre nueva, rareza singular que define al ser humano.

 

 

I

    El ser humano es el animal más raro que existe. De cuantos pueblan el planeta es el único que es capaz de convertir en un problema cualquiera de sus necesidades básicas: comer, beber, dormir, deponer, mantener relaciones sexuales, procrear, sufrir, reír y hasta morir. Lo que otros animales hacen por instinto y sin cuestionarse en absoluto, el ser humano es capaz de hacer de ello a veces, un problema de difícil, sino imposible, solución. Cuando además contemplas absorto que es capaz de convertir en diversión el tirarse a correr delante de los toros bravos, poniendo en peligro su vida, perplejo descubres que su rareza es aún más complicada. Porque la posibilidad de ser racional, se enebra con la irracionalidad como opción existencial. Lo que me lleva a concluir que este raro personaje no puede ser definido a la ligera como un ser racional, sino como un ser capaz de razonar aunque evidentemente no siempre lo hace. 

    El ser humano, raro donde los haya, alcanza por tanto la razón fundamental de su rareza en el conflicto que se establece entre su capacidad intelectual y su capacidad volitiva. La inteligencia y la libertad no siempre están en comunión en su corazón. Y ello permite comprender, aunque no por ello aprobar, su conducta errática, inexplicable y hasta muchas veces, caótica. Ni que decir tiene que por ese motivo el pensamiento, el sentimiento y la conducta, en muchas ocasiones, aparecen como entidades totalmente dislocadas unas de otras en su interior. Bien por que se identifica más con una de ellas que con todas las demás. Bien porque es incapaz de encontrar su mismo centro para ser capaz de girar el triángulo sacro de nuestra personalidad, pudiendo responder a cada estímulo con el ángulo más adecuado del mismo. 

    El ser humano hoy se define como polvo de estrellas. Si bien cuando lo hace contra Dios, el ser humano se convierte en “polvo de estrellas camino de estrellarse”. Porque sin Dios el ser humano no conocerá jamás la eternidad. El universo aparece, se constituye, se degrada y desaparece sin cesar. Todo cambia en él. Sus vibraciones que organizan el baile de los átomos que todo lo componen, cambian y cesan. Nada puede ser eterno en este mundo. Porque el mundo no lo es y no lo puede ser por sí mismo. Y aquí radica uno de los mayores problemas humanos: se supone que ha evolucionado para adaptarse al mundo en el que existe. Y sin embargo se le dota de la capacidad de amar, definitiva en su modo de existir. De modo que se le hace incompatible con la muerte. Pues nunca de buen grado aceptará que se destruya lo que ama: su vida, la vida  de sus amados, o el mundo en el que es posible su vida y la de sus amados. Y si deja de amar se torna incompatible con la vida. Porque ya vivir sin amar la vida y lo vivo, no le merece la pena. O sea: la evolución que te adapta hasta las últimas consecuencias, de modo que si cambia el “ph" del agua te mueres, ha generado, un inadaptado hasta el extremo que por errático se torna un ser raro donde los haya en medio del entorno animal. Esta es otra de las facetas de su rareza. 

 

II

    Quizás este descontento metafísico con la vida, explique la locura humana, que Tom Phillips tan bien ha ilustrado en su magnifica obra “Humanos” (Una breve historia de como la hemos pifiado), publicada en Paidós. Por cierto: que importante sería que algún ilustrado anarquista de los que aún no se han enterado de la postmodernidad, leyese este libro, y abandonase su ingenua concepción de la vida, el hombre y el mundo. 

    El Evangelio de Jesucristo, mi Señor y mi Dios, ilumina sobremanera la rareza humana. San Ildefonso de Toledo en su obra “el conocimiento del Bautismo”, publicada por la BAC, ya nos enseña que: “Con razón confesamos que nuestro Señor Jesucristo, que, siendo Dios de Dios, como hombre nació….con ambas sustancias, es decir, divina y humana,..”, lo que me permite añadir en el siglo XXI, algo que el Santo citado no fue capaz de ver porque su época no se lo permitió qué: En Dios, al estar la naturaleza humana, todo el ser del universo, sin el cual el hombre no puede existir, habita en Dios como primicia en Cristo. Lo que responde a mi juicio a la pregunta que se han formulado algunos sabios del siglo XX. Y esta pregunta no es otra qué: ¿Sin un amor  trascendente más allá de este universo que percibimos, resulta o no resulta relevante la existencia del universo mismo?. Porque si Alguien nos ama más allá de todo, nuestra existencia es relevante, más sin tal amor personal trascendental, “totalmente otro”, nuestra existencia es del todo irrelevante y por tanto, absurda y trágica, aunque sorprendente y luminosa en su fugacidad o “levedad de su ser” hasta el punto de volverla insoportable, cuando la frivolidad no nos aliena y distrae de nuestra verdadera condición. 

    Jesucristo es una respuesta deliciosa como Pascal se esforzará en mostrar en muchas ocasiones a lo largo de su pensamiento. Jesucristo, manifiesta que la naturaleza o la persona en Dios no pueden entenderse al modo humano. Por ello es portavoz del misterio insuperable que define a Dios y todo lo que comporta. Del que sólo podemos saber que, si en el AT se nos presentaba como “Yo soy el que Soy”, yo soy el que existe en plenitud, ahora gracias a Jesús, en el NT, lo percibimos de otra manera: “Yo Soy el Amor, el Amor que os ama hasta el Extremo”. He aquí la respuesta a nuestra pregunta. Que a pesar de tenerla ante nuestros ojos, dada nuestra “rareza”, hemos sido incapaces de entenderla por completo hasta el día de hoy. 

    Aún encontramos a personas que abordan el misterio de la vida desde el esquema del Espiritismo o animismo, en el que pervive la oscuridad en el ámbito trascendental. Y es que por nuestra rareza, no acabamos de comprender que: el misterio es uno aunque se perciba globalmente particularizado. La naturaleza en la carne de Cristo, se hace expresión personal ante Dios. Lo que nos permitiría poder afirmar ante los taoistas que su “Tao” no es Dios, sino más bien, el alma de este universo. Pues lo cósmico ha producido lo personal en lo humano. El Tao produce lo personal, aunque, estos sabios, no podían comprender el universo desde el enfoque evolucionista que nosotros ya conocemos. La libertad personal marca para siempre el “Es”. Pues gracias a la evolución sabemos que el Ser ha producido lo “personal” haciéndolo emerger de lo impersonal, de un modo que aún nos resulta incomprensible. De ahí la lucha del Taoismo por no comprender que ese Tao que es el equilibrio del todo no se debe perturbar, algo imposible, para un ser libre que por el mero de hecho de ser, siguiendo a Heisenberg, podemos afirmar que ya lo perturba todo. El panteísmo taoista es incompatible del todo con la libertad humana. Confucio intentó completar esta filosofía taoista domando la libertad humana. Y para eso construyó una suerte de Torah en Oriente. 

    Igual suerte corre el Hinduismo que no digiere la libertad personal del todo, salvo coyunturálmente, pues en su esquema no existe lo personal de veras, pues el tú no es una ilusión, ni siquiera una alegoría. No somos un mero reflejo, como ellos indican, sino un tú verdadero. Y eso es salvar en falso la rareza del hombre para intentar resolverla sin acierto alguno. En el Hinduismo por ese motivo el universo resulta inútil, pues el movimiento de las chispas de Brama, es innecesario, si es que lo divino carece de voluntad y por tanto de propósito alguno realmente creador. Pues solo se justifica en una perspectiva creyente la existencia de Todo, como un propósito de lo divino, por interrelacionarse con un universo que alcanza un tú verdadero ante Dios, para poder establecer con Él, una relación interpersonal de amor de modo que su divinidad, con el consentimiento de nuestra libertad, pueda compartirse gratuitamente con nosotros, sin necesidad alguna que dirija dicho proceso. Si es cierto que solo Dios es en plenitud, no es menos cierto que nosotros, somos realmente fuera de Él, porque el ser nos permite existir hasta llegar a ser un tú que pueda decidir su destino una vez que ha recibido su oferta de gracia. Así que en estricto sentido uno es el ser, más no por ello, la gradualidad en el modo de serlo, queda excluida. Spinoza sería un hinduista fantástico. Más eso no supone que ambos dos, respondan con seriedad a la autenticidad de nuestra realidad, pues para llegar a sus conclusiones ambos, reducen el todo existente a una sombra de lo trascendente. Pero no se toman lo suficientemente en serio que la libertad humana juega un papel fundamental, que evitan considerar con realismo. En el fondo Kierkegaard batallará con Hegel por ese mismo motivo. 

    Por eso en Cristo, el tiempo se ha transformado en las bodas del Cordero: ayer, hoy y siempre. Sin Cristo el tiempo sería un camino hacia la nada para todos, más con Él, el tiempo es la suma de muchas decisiones libres que permiten a un Dios enamorado desposarse con su universo en cada época de su existencia perecedera pero auténtica. Sin Dios, la demencia se apodera del tiempo hasta reducirlo a mero polvo de estrellas, carente de todo sentido y sumergido en el abismo oscuro de un universo muerto y por tanto del todo inexistente. Pues si lo que existe es lo que se percibe, sin personalidad viva, el universo no deja de ser la nada en movimiento. 

    Sin caer en simplificaciones del Islam, estos herederos de los Hebreos que en su saduceismo mataron a Jesús, pretenden resolver el problema de nuestra libertad “sometiéndolo” a la voluntad divina, cual si ser libre fuese una suerte de estorbo para integrarse en el marco de lo divino. Lo que no deja de suponer, por su falta definir la relación con lo divino desde el amor (salvo el honroso y minoritario caso de los sufies, considerados herejes por Sunnies y chiies), que el universo es una suerte de ocasión para perderse. Cosa que Dios tendría más fácil, sino nos hubiese creado en el paraíso desde el principio, evitándose la “pesadumbre” de la libertad humana, dado que todo el propósito islámico conduce al final a renunciar a la libertad personal, para someterse a Alá en el marco de la Umma. A veces oyéndoles parece que la libertad fuese una suerte de creación satánica que lo ha estropeado todo. Y todo por no descubrir que la libertad es la puerta que nos abre a la posibilidad de establecer una relación de amor con Dios. Pero en su percepción de lo divino, esto es una suerte de Blasfemia. Porque con Dios no se puede establecer una relación enamorada sino de mera obediencia. Para ellos, como para los hebreos del AT, Dios es un Señor al que se obedece como siervo, porque ese Señor, manda y castiga. Nada saben de un Dios que es Padre, que nos considera y trata como a sus Hijos, porque así le place, que quiere enamorarnos y salvarnos. Deben de ser las rarezas que el desierto impone al ser humano, no exento ya de rarezas de por sí, cuando se encuentra en un ambiente donde solo desde el tribalismo más radical es difícilmente poder vivir.

    Es un error no ver en cada persona la imagen y la semejanza de Dios. Un solo ser, una sola sustancia humana, goza de mente, de sentimientos y de conducta. Tres dimensiones independientes que conviven en un solo ser. Dios es uno. El Padre es la mente que ama. El Espíritu Santo es el sentimiento que ama. El Hijo de Dios es la conducta que ama c0n hechos y palabras. Dios es amor sustancial que se expresa en tres dimensiones distintas. Por eso decimos: “Santo, Santo, Santo es el Señor del universo”, y por eso Abraham (padre invocado por los islámicos), recibe la visita de tres seres celestes revestidos de una misma y única luz, hasta hacerle llamar a los tres: Señor y no Señores. Dios es el amor en acto: mente, sentimiento y conducta. Padre, Espíritu Santo e Hijo. Y cuando este amor se expresa en la Inmanencia, gracias al Hijo, se opera el contagio en quien se deja enamorar, y el Espíritu de Dios se posesiona del corazón de quien cree en la oferta enamorada de Dios. 

    Es triste que muchos teólogos y pensadores cristianos marginen la evolución en sus estudios, ignorándola a conciencia, en el siglo XX, y aún más, en el XXI. Porque esa ignorancia de nuestro ser, esa incomprensión de nuestra rareza, les impide descubrir como Dios se relaciona esponsálmente con el universo. Y así poca y mala teología puede construirse. Incluso algunos tratan de legitimar el integrismo  nacionalista con sus frágiles teologías. Dado así que el globalismo universalista: católico (que cree en la unidad verdadera desde la diversidad existente) es el marco del nuevo paradigma que la humanidad espera y necesita. Para poder adecuarse al ritmo de la historia, que deja fuera de lugar, la miopía del estado nación, como una rémora del pasado a superar. Dado que es incapaz de responder a los retos que el mundo nos plantea hoy. Pues de pervivir, el enfoque del citado Tom Phillips, será totalmente cierto y no pasaremos de ser unos necios que morirán por su irracionalismo libre. Pensar por ejemplo que los problemas de España son los importantes es de idiotas, pues nuestros grandes problemas, son la manifestación de que el concepto estado/nación es una estupidez. Ni el calentamiento global, ni el terrorismo internacional, ni la crisis económica global, ni la inmigración fruto del problema global norte/sur, ni el agua potable para todos, ni…, son problemas locales, aunque tengan una incidencia local. Pues no vivimos en una cómoda urbanización de chaletes independientes, sino, en un bloque de pisos, donde los daños son estructurales y nos afectan a todos, sea mejor o peor el pisito que nos ha tocado en suerte. Quizás pase esto, en la cabeza de un pensador cristiano porque su interpretación bíblica es ajena a cualquier consideración histórico crítica. 

    En fin, cambiando de tema, y siguiendo el hilo principal. Vivimos en los tiempos de Nietzsche y sus hijos. En la época en la que asustados miramos el abismo y éste nos devuelve la mirada. Que pena que no tengamos en cuenta las verdades de Yoda. Este simpático personaje mítico: “En movimiento el futuro está y muchos futuros son posibles”. Porque nuestro futuro no tiene porque ser el abismo. A los nihilistas, muy henchidos ellos, me gusta precisarlos críticamente. Por eso los corrijo: “Cuando miras, lo que piensas que es el abismo, tu propio pensamiento del mismo, te devuelve la mirada”. Pero el abismo tal como lo entiende el nihilismo, no tiene porque ser tan oscuro, si escuchas a Jesucristo y lo miras con sus ojos. Pues el abismo oscuro del niño en el vientre materno, es preludio, de un mundo luminoso que el gestante, no puede percibir ni soñar. Por eso me gusta la película “2001” de Kubric. Porque interpreto que una esperanza incomprensible nos aguarda. Evidentemente debe ser que soy raro en el ambiente nihilista que me ha tocado vivir y por eso, lo miro de ese modo. Haber sido alumno de D. Fernando Colomer Ferrandiz es lo que tiene, y más aún cuando lees su obra “El cristianismo y la religiones”, publicada por el instituto teológico San Fulgencio en Murcia año 2018. Al que a la vez que felicito por su trabajo, recomiendo tener en cuenta algunas precisiones críticas que anteriormente aventuraba, por si cree oportuno poder mejorar su enfoque un poco.

 

III

    La tesis fundamental de mi querido profesor  es que las religiones son una búsqueda humana de Dios. Si bien, el cristianismo rompe la dinámica de las religiones, en tanto que Cristo se presenta como Dios que busca a los hombres. No es Jesús un testigo de la luz como Lao tze, Confucio, los gurús hinduistas, Buda, Moises y los otros patriarcas, profetas, reyes y sabios, ni tampoco un testigo de la luz como Mahoma. Jesucristo es la luz. Hay una diferencia de grado entre ser testigo de la luz y la luz misma.  

    La religión tiende por ello a la Idolatría. Pues no es raro que convierta sus prácticas de piedad o culto, en absolutos necesarios para la Salvación. Cuestionar este extremo a Jesús le costó la vida pues la herejía y la blasfemia fueron su acusación. Y el monoteísmo monolítico hebreo lo condenó a muerte con la aprobación del politeísmo romano. El monoteísmo islámico, aún cuando lo libra de morir, sólo lo reconoce como profeta, porque si le atribuyera su verdadera condición: “ser uno con el Padre”, también debería, en estricto sentido, condenarlo a muerte. 

    También el catolicismo algunas veces (sin deber serlo) se comporta como una religión y eleva a absolutos sus prácticas de piedad como los Ejercicios o los rosarios u otras experiencias orantes. 

    Más todo esto es pura mentira. Lo absoluto es “su AMOR” y “nuestro SÍ a su AMOR” manifestado en Cristo. Y este sí puede ser dado a partir de múltiples prácticas de piedad, diversas unas de otras. En el caso católico que es una respuesta a Cristo, siempre es preciso tener en cuenta que Agustín y los padres de la Iglesia nunca rezaron el Rosario ni realizaron los ejercicios de San Ignacio, porque ambas prácticas aparecieron después de ellos. Nada les quita a ellas de bueno y santo. Pero hacer de ellos absolutos en la espiritualidad personal, no deja de ser una suerte de locura que debería evitarse siempre. 

    En este sentido nos vendría bien caer en la cuenta de que la misma Pascua Judía es el culmen de religión nacionalista y por tanto su fiesta más importante. Pero la Pascua Cristiana es una superación de esa Antigua Alianza. Pues la percepción de Dios que brota de la Revelación que Jesucristo ofrece es la expresión viva de una religión novedosa hasta el extremo de rebasar los límites normales de una religión tradicional (Dios busca a los hombres y no los hombres a Dios). Y por ello la Pascua cristiana, lejos de ser una fiesta nacionalista, es una fiesta universal. Aunque los nacionalistas vascos celebren su día principal el Domingo de Pascua, sin enterarse claro, de su verdadero significado. Pues no es la Resurrección de Cristo la resurrección de una supuesta nación, sino la superación definitiva de toda suerte de nacionalismo. Pues es la familia humana toda, y no sólo, un clan de la misma, la que ese día, se ve convocada por Cristo a un nuevo eón de la existencia. 

    Esto ocurre por confundir Teísmo con Dios. La Religión no es Dios sino su búsqueda. Aunque en el caso cristiano es la respuesta a su propuesta enamorada y gratuita en Cristo. He ahí la crucial diferencia. No consiste la cosa en el Homo Deus, sino en su inversa: en el Deus Homo. 

    Por ello desde siempre, desde los inicios de las creencias el hombre ha buscado a Dios a través de ídolos como el hombre león, el fuego y sus diferentes vestales según cada credo, el agua fuente de vida y de muerte, el retorno de la luz que siempre renace, la caza y el homenaje y el equilibrio con el entorno que ello supone. 

    Igualmente las religiones han buscado lo divino viviendo con los muertos que están “entre nos”, por medio de variados animismos, en lo que afecta al nacimiento y el cuerpo y al hecho del aborto, en lugares tradicionales para llegar al estado adulto por medio de una iniciación, en diversos modos de orar, uniéndote a otros, sobre todo cuando nos enfrentamos a conflictos de diversa naturaleza. Usando incluso el poder sagrado del Canto. 

    En el paso al Neolítico se inicia un cambio excepcional: caminábamos con los dioses antes de ser agricultores, ganaderos o ciudadanos, si bien las formas se irán alterando hasta el extremo de poder considerar que lo religioso, en ese momento adquiere un matiz renovado. Nace la casa de Dios. Gobeckli Tepe es revolucionario en nuestro modo de entendernos. Ya que nos hace caer en la cuenta de que primero es el Templo y después, como anejo necesario, la cuidad y todo lo que ello conlleva. No es por tanto la ciudad la que inventa el templo. Sino al contrario. A partir de ese momento las religiones de populares se vuelven más sacerdotales. Aunque eso no quita nada al lugar del brujo de la tribu. Diríamos que evoluciona esa figura de gurú a sacerdote. A partir de ese momento los regalos de los dioses y los regalos a los dioses cobran un singular sentido. Aparece en lo religioso el oro y la moneda. Se estructuran las matanzas sagradas de animales o personas, envueltas en simbolismos tan sorprendentes como nuestra propia rareza. Nacen los peregrinos y sus caminos de transformación hacia el lugar sagrado. Nacen los tiempos de celebración como símbolos de renacimiento y vinculación a la tradición de los antiguos. 

    La religión buscará lo divino en templos donde se adoran a las protectoras o protectores. La obra de arte se vincula en esta época a reproductibilidad espiritual y los Iconos perecederos que se rehacen constantemente nos conectan con el ayer. Se viven como puerta de lo espiritual que acumulan toda suerte de significados. Estas imágenes cambian el alma, y por ello, cambian tu vida. Y en esta línea se articula una nueva dialéctica: rechazar la imagen y volver al poder de la Palabra, aunque claro, la Palabra y no sólo la Imagen, también dividen. 

    Las religiones buscarán lo divino enzarzándose en la ventaja o desventaja de tener uno o muchos dioses. Los partidarios de muchos dioses considerarán que ello produce una integración y asimilación de lo plural. Los partidarios de lo uno descubrirán el poder de que “Marduk sea todo” (como dirán algunos babilonios), aunque serán considerados herejes por los politeistas como el caso de Akenaton. Pero aún así tal visión supondrá un profundo deseo de unidad política para articular nuevos imperios. No faltarán los que rinden culto a los espíritus locales en casas o usando troncos sagrados para ello. Los partidarios del Uno, verán un bien enorme en saber que Dios está con nosotros para hacerse irreductibles frente a los demás (evidentemente equivocados). Y así nacerán los tolerantes y los intolerantes que lejos de afirmar que Dios se propone y no se impone, que lejos de considerar que la verdad se impone por sí misma y no por la fuerza, vivirán sumergidos en duros y serios conflictos. 

    La religión creerá encontrar lo divino al oír el mandato del cielo. En la construcción de un reino divino, que no tolerará bajo ningún concepto un estado dentro de un estado, generado por la alteridad religiosa. Tales conflictos llegarán incluso a declarar en algunos lugares que no hay Dios, dado que éste dificulta el proyecto racional que se quiere construir. Algunos afirmarán por ello que existe un conflicto insalvable entre religión y razón, como si solo existiese lo racional y lo irracional, sin asomo de “arracionalidad” alguna. Es decir un amplio “más allá de la razón y la ciencia” porque el misterio de lo real nunca se agota. Pues como mostré en mi primer libro “Ser=Misterio”, cuando decimos realidad o ser, decimos siempre misterio absoluto en vías de descubrimiento. En definitiva lo religioso llega también a un extremo maravilloso en el que decir religión es decir prójimo. Ser religioso es vivir con el prójimo siempre. Dado que todos somos un misterio compartido, como ya expliqué en mi primera obra escrita, que acabo de citar y que ha sido publicada en su segunda edición por Bubok. 

    Lo religioso no siempre se puede controlar. Y negarlo suele resultar un fracaso morrocotudo, tal y como Eugenio Trías en su pensamiento extenso nos supo explicar. 

    Este balance de lo religioso es magníficamente tratado por Neil MacGregor en su obra “Vivir con los dioses”, que recomiendo vivamente a quien le interesen estos temas, y que ha sido publicada la editorial Debate. Qué hermoso sería que los cristianos analizásemos concienzudamente el índice de dicha obra (que es lo que yo acabo de hacer) y descubriésemos cuanto de “religión Homo deus", se nos ha metido en el alma a nosotros que deberíamos ser un nuevo Eón religioso, pues lo somos, ya que nuestra “religión es Deus Homo”. No es extraño que por ese motivo, tanto monoteístas como politeístas, nos hayan considerado muchas veces la religión de los ateos que desacralizan por completo, lo real, distinguiéndolo de lo “totalmente otro” hasta extremos insospechados. Lo que supuso que el poder político se percatase de la perdida de poder que ello suponía, ya que la esfera religiosa se les escapaba. Lo que explica las persecuciones tempranas y tremendas, y además, el permanente intento de volver a controlar lo religioso, inventando aquello de que los gobernantes lo son por “gracia de Dios”. El paradigma hebreo en este sentido, nos ha jugado a los cristianos muy malas pasadas. Y en este sentido, el hispano Teodosio, tiene mucho que contarnos a todos, acerca de lo que es confundir a Dios con el Cesar. Jesús lo tiene muy claro: a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar. Cuantos problemas nos abríamos ahorrado los cristianos si le hubiésemos hecho caso alguna vez a Jesucristo. 

 

 

IV

    El neolítico dominó la naturaleza progresivamente, y por esa misma razón, pretendió dominar lo divino por medio de la religión. El libro de los Números es una clara muestra de ello, entre otros. 

    Pero a veces, Dios pone patas arriba la religión (la búsqueda del hombre de lo divino). Porque la supera y trasciende con creces, tanto que la rompe. La religión ha menudo está en pugna con Dios. Los teísmos religiosos son insuficientes para expresar a Dios. La muerte de Cristo por declararse Hijo de Dios, esto es: Uno con el Padre, lo prueba. La persecución de los apóstoles también. A menudo se nos olvida que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, que en el caso de Cristo y sus discípulos, son hombres, profundamente religiosos a los que se desobedece. 

    Y es que poner en duda la seguridad de cualquier fe que ofrece mucha resiliencia en aras de la que genera la verdadera resiliencia, no es un asunto fácil. Resiliencia es la capacidad de hacer frente a las adversidades de la vida, transformando el dolor en  la fuerza motora para superarse y salir fortalecido de las situaciones límite que experimentamos. Cambiar eso es tocar lo sagrado y de ahí la dificultad que entraña, pues es lo que nos hace vivir a pesar de todo.

 Psiquiatras y neurólogos como Boris Cyrulnik, desde enfoques inmanentistas y nada trascendentalistas, han estudiado el tema, dejando de lado la verdad o mentira del hecho religioso y son dignos de cierto interés. Su obra “Psicoterapia de Dios” publicada por Gedisa, es una buena muestra de ello.

    Por todo ello no será malo anticipar treinta pistas que el cristianismo debería tener en cuenta, partiendo del sencillo y profundo estudio que Neil MacGregor hace de lo religioso en su obra anteriormente citada, si no quiere quedar identificada como una religión más propia del Homo que busca a Deus. Es decir si quiere ser la nueva religión, la Nueva Alianza en la que Deus busca al Homo porque lo ama hasta el extremo. Estas pistas son:

  1. El cristianismo no cree en ídolos de madera pero si lo hace en la trascendencia que lo saca de la cárcel de la inmanencia cerrada, condenada a la nada.
  2. El cristianismo usa el fuego pero no lo adora, porque es para él, en tanto que realidad espacio/temporal, una realidad creada llamada si se quiere a ser un símbolo de lo divino solamente.
  3. El cristianismo usa el agua pero no la adora, por la misma razón que al fuego. A lo sumo la usa como material sacramental en el Bautismo. Y para ello, cualquier agua sirve.
  4. El cristianismo no celebra solsticios sino que celebra el nacimiento de Jesús, por eso, de las saturnalia romana, pasó a celebrar la Navidad.
  5. El cristianismo considera el mundo llamado a la Salvación porque el hombre es mundo y sin mundo, el hombre no puede ser. El mundo no es divino, es una realidad creada.
  6. El cristianismo cree en la comunión de los Santos, y no en el animismo o el espiritismo, donde el mal pervive en el más allá.
  7. El cristianismo cree en la resurrección de la Carne y en el carácter sagrado de la vida que se ha de promover y respetar porque ha sido llamada a divinizarse por pura gracia de Dios.
  8. El cristianismo tiene su iniciación para unir a sus miembros a Cristo, pues no es la comunidad la que nos salva, sino Jesús el que nos salva en comunidad.
  9. El cristianismo ora pero no idolatra determinados modos de orar por muy tradicionales y comunitarios que estos puedan ser. Y si lo hace, se equivoca.
  10. El cristianismo canta pero no concede al canto un carácter mágico, sino laudatorio y orante.
  11. El cristianismo no construye casas para Dios porque el templo de Dios somos nosotros.
  12. El cristianismo sabe que los regalos de Dios y los regalos a Dios son inmateriales. Y cuando ha pensado de otra forma se ha pervertido.
  13. El cristianismo no mata animales ni personas, porque el sacrificio de Cristo en la cruz ha dejado extintos todos esos ritos macabros. Al transformar el horror sacrificial en amor hasta el extremo, que es como únicamente podemos entender los cristianos el concepto de sacrificio.
  14. El cristianismo peregrina al Reino de Dios y no a ciudades o tumbas. Pues cualquier viaje de esa especie es concebido como una preparación al viaje de veras que es Dios mismo.
  15. El cristianismo concibe el tiempo como la espiral que nos permite celebrar a Cristo que es quien únicamente nos salva, y no los días o las horas determinadas.
  16. El cristianismo invoca y venera, no idolatra ni adora protectoras de ninguna especie. Y si algunos o muchos lo hacen, se equivocan.
  17. El cristianismo concibe un icono como una puerta para lo eterno. En sí mismo el icono no es divino. 
  18. El cristianismo sabe que una imagen no es la meta, sino una señal en el camino hacia lo definitivo. Por eso su destrucción no es drama, más allá de una pérdida artística.
  19. El cristianismo sabe que quien cambia tu vida es Jesucristo por su Santo Espíritu y no una imagen de cualquier tipo. Aunque reconoce que ésta pueda ayudarte a encontrarte con Jesús resucitado.
  20. El cristianismo no opone imagen a Palabra porque sabe que la imagen es palabra expresada de otra forma.
  21. El cristianismo cree en lo uno y lo diverso, y sabe que entre los distintos se establece la comunión. Su fe en la Trinidad de Dios se lo muestra.
  22. El cristianismo sabe que Dios no es política. Y cuando algunos o muchos hacen lo contrario, el cristianismo se pervierte y pasa a ser otra cosa.
  23. El cristianismo descubre a Dios en todo y a los espíritus de sus hermanos difuntos en este mundo, presentes en Él. Porque Dios en Cristo quiere serlo todo en todos.
  24. El cristianismo sabe que si Dios está con nosotros nos amamos. Los que convocan cruzadas en nombre del Dios de Jesús, le dan la espalda a Cristo.
  25. El cristianismo sabe que existe la verdad, pero igualmente conoce que la verdad se impone por sí misma.
  26. El cristianismo conoce que el mandato del cielo no es una autoridad terrena. Y cuando lo ha olvidado, el cristianismo ha pasado a ser lo que no es desvirtuándose.
  27. El cristianismo sabe que cuando Dios reina, reina el amor y no la guerra. Pío X se lo dejó claro al emperador de Austria/Hungría cuando este le solicitó su bendición para sus tropas. La respuesta fue clara y concisa: “Yo sólo bendigo la paz”.
  28. El cristianismo no ignora que no puede pedirse que baje fuego del cielo para calcinar al que es distinto. Y si ha sido inquisidor es porque ha dejado de ser fiel a Cristo.
  29. El cristianismo dice no al “teísmo” y sí a “Dios”. Porque los teísmos traicionan siempre al Dios verdadero pretendiendo convertirlo en un ídolo. Incluso para ello ha inventado la llamada “teología negativa” que repasando cada analogía formulada para entender a Dios ha afirmado siempre: “pero esto no es Dios, Dios es más de lo que podamos imaginar y nos trasciende, pues es el totalmente otro”.
  30. El cristianismo no solo vive con el prójimo, sino que nos propone que lo amemos hasta el extremo.

    Si esta lista de 30 requisitos no se vive ni se cumplen en el cristianismo, la conclusión es clara: la sal de la tierra se ha vuelto sosa y no sirve sino para ser tirada, y la luz del mundo se ha escondido y ya no ilumina ni calienta a nadie. El cristianismo sólo es Cristo. Y si renuncia al mismo se convierte en un sarmiento seco separado de la vid que sólo sirve para hacer fuego con él. El cristianismo sin Cristo es mero Homo Deus camino de la nada. Pero con Cristo es Deus Homo camino de la Gloria.

    El cristianismo no es vivir con los dioses es vivir en Dios por Cristo y en el Espíritu, de modo que Él pueda serlo todo en todos transfigurándonos porque nos ama, en Vida con mayúsculas, en Vida en abundancia, en Vida en Plenitud. El cristianismo es divinizarse. Eso no lo hace un teísmo religioso, sólo puede hacerlo Dios.

 

V

    Por ello es oportuno descubrir que incluso desde las novelas, se construyen relatos que deberían siempre ser reconsiderados desde un enfoque crítico. Pues no es extraño descubrir que dichas novelas, se construyen desde el odio al contrario. 

    Quien cuenta la historia y ama a sus muertos, suele olvidar la visión de los otros a quienes ignora o simplemente demoniza. Pero las víctimas son víctimas se las ignore o se las demonice. Es triste encontrar relatos donde aún se crea que la ideología es mayor que la persona. Aunque a veces esta ideología se disfrace de religión. Nada es más que la persona. 

    La historia, muchas veces es el cúlmen de la ceguera humana de convertir en enemigo a aquel con quien convives, hasta llegar a matarlo. Poetas e intelectuales han muerto siempre por ambos bandos al par que personas sin ningún renombre. 

    No olvidaré nunca a mis viejos. Uno golpeando la tumba de su hermano y diciendo con los ojos llenos de lágrimas: “y que por las cochinas ideologías tu y yo nunca habláramos más”. En aquella ocasión, el muerto era falangista y el vivo comunista. Mi abuelo y mi tío abuelo respectivamente. Dos hermosas personas. Ese día entendí a mis abuelas: una apolítica y la otra, comunista (Por cierto, la esposa del falangista). Cuando ambas me decían: ¡Nieto no preguntes más por la guerra civil, porque de eso, nada bueno puedes aprender!. Estaban hartas de odio. 

    Con tristeza descubro que en muchos relatos sobre las guerras, nada de eso encuentro. Sólo la historia de unos o de otros heridos. Historia ingenuamente creída de una honestidad más que cuestionable. 

    No hay inocentes en ningún bando. La ideología es el error y ella, no lo permite. Dictaduras brutales las ha habido siempre por ambos bandos. Y si miramos a Asia, hasta extremos espeluznantes. 

    En los relatos, a veces, la belleza del texto, no me ciega para descubrir que el dolor transformado en rencor sigue muy vivo. 

    En esta linea de pensamiento donde libertad e igualdad se enfrentan en una macabra dialéctica sin fin, la fraternidad universal, que es la única solución posible no se vislumbra por lado alguno. Y sin ella la libertad de todos y la igualdad universal nunca hallarán la paz. 

    En algunas novelas atisbé la reconciliación y la cuasi aparición de un horizonte fraterno. Pero sigo el curso de otras publicaciones y veo que sólo fue un mero espejismo. Eso me ha pasado a veces con Isabel Allende (Largo pétalo de mar opuesto a la Casa de los Espíritus) y otros. Estos textos no rompen el bucle, el odio al que sólo importa el martirio de algunos (Victor Jara), funestos y salvajes, ignora el de los que cayeron en otras latitudes y que siembran de tumbas, por ejemplo, la Siberia soviética. Esos no cuentan tanto. Eran los otros. Los no amados. Lo no amables. El odio no ve bien, verdad y belleza en los otros.

    Lástima. Son ocasiones perdidas para la fraternidad, y un palo más en el fuego del conflicto.

    Pero claro, el que escribe, después de todo, es un “odioso cura”. ¿Qué cabe esperar de mí?. Muerto y mudo, para esta gente, quizás, estaría mejor. En fin odas hermosas sí, pero transidas de odio ciego.

    En su ir y venir hacia adelante y hacia atrás es horroroso no apuntar que los “paraísos de libertad” posteriormente han sido destruidos por gorilas del color ideológico del autor de turno. Y que evidentemente después nada tendrán que ver con lo vivido allí por los protagonistas. 

    El problema son los ideales cuando se vuelven ideologías, de uno u otro lado. Entonces las personas sucumben. Pues cuando los paquidermos ideológicos combaten, los dañados son los demás, las personas, es decir: la hierba. Un enfoque así de los conflictos de distinta especie, serían certeros y luminosos. Pero muchas veces esto, no es lo cada página de esos libros destila. 

    En ellos se encuentra dolor sí, pero convertido en odio. El amor se reserva para unos. Los otros sólo son fieras a exterminar. La espiral salvaje prosigue viva y esas letras ¡lo cantan!.

    Estos poetas ideologizados me recuerdan a los poetas del otro bando. Y ambos se integran con sus versos y palabras en esta loca espiral de odio y sangre. 

    ¡Ay dolor, dolor, dolor! ¡Ay dolor! Mundo de locos. Conjura de necios. Es lo que tiene el mal moral: la total falta de empatía con quien es distinto. Ahí conducen las ideologías, aunque sean religiosas, las unas y las otras. En estos relatos, bellos en su forma, siguen mandando mucho las ideologías que engendran identidades asesinas. Amin Maalouf viene en mi auxilio.

 

VI

    Juan Antonio Estrada en la obra “Las muertes de Dios” (Ateísmo y espiritualidad), publicada por Trotta. Reflexiona sobre lo religioso hoy con gran profundidad, en su obra sesuda (así la denomino porque se suda leyéndola).

    Una cosa es Dios y otra muy distinta es la percepción que tenemos nosotros de Él. Es lo que otros autores denominan como “Teísmo”. Su propósito fundamental es mostrar las distintas muertes de Dios en la filosofía, el monoteísmo bíblico, la cruz, la resurrección y los humanismos y espiritualidades sin Dios. Y aventurar como se puede creer en Dios después de sus sucesivas muertes. Ni que decir tiene que las muertes de Dios no son tales, sino la muerte de los teísmos que fabricamos para entenderlo y poder así, tratar con Él.

    Quiero hacer una simple consideración inicial con la que manifiesto mi discrepancia con muchas de sus apreciaciones: “Si la exclusión del misterio es la versión aceptable de la modernidad, lo moderno, simplemente, sería sinónimo de lo necio. 

    Considero fundamental a la hora de analizar críticamente una posición ideológica, deconstruir las opciones previas a las interpretaciones subsiguientes. Pues las hipótesis sólo son verdaderas para mentes soberbias. Falsear las hipótesis nos permite descubrir donde están las opciones previas, que actúan como peticiones de principio sin ser justificadas de ninguna manera racional.

    La inteligencia no es nada sin la libertad. Como la libertad, anda ciega sin la inteligencia. Por ello al analizar un pensamiento, es básico descubrir las opciones que se han tomado. Porque tales opciones darán lugar a cuantas razones se necesite para justificar las opciones que se han tomado, antes de empezar a pensar. Por ello si sólo cuenta la inmanencia a la hora de pensar, marginando la trascendencia por que sí, no esperes encontrar razones que cuestionen tu opción inmanentista. Dicho lo cual, es fácil, valorar sus juicios y conclusiones en su justa medida. 

    Si bien muchas aportaciones son profundamente inspiradoras para valorar el fenómeno religioso que nos ocupa. Pasemos pues a considerarlas. En primer lugar valoraremos la muerte filosófica de Dios según sus análisis.

    Las bondades del kantismo tan del gusto de este autor, presentan un problema serio. Ya lo afirmaba mi profesor de metafísica D. Jesús García López, que hubiese sido famoso de tener apellidos alemanes. “Sí solo puedo conocer el fenómeno ¿como sé que el noumeno existe?. Este embate “realista”, cuestiona el idealismo kantiano en su mismo centro. Es más Karl Jaspers, cuestiona el empirismo latente en el pensamiento kantiano y afirma que: Si es cierto que sin experiencia de los sentidos no podemos conocer ¿quien lo establece? Porque una decisión de este tipo es un juicio de la sola razón, sin concurso de los sentidos. De modo que ante su afirmación de que Kant mata a Dios desde la razón, me atrevo a insinuarle a este autor qué: que no podamos probar a Dios racionalmente o con la gnoseología kantiana no significa que no exista. San Juan ya afirmaba que a Dios nadie lo ha visto nunca. Según él es Jesús quien lo muestra como una presencia misteriosa interpelativa que afecta a nuestra libertad radicalmente haciéndola optar sí o sí, en una u otra dirección. La racionalidad ilustrada de Kant lleva al colapso de la razón, dado que la hace inútil para responder a las preguntas fundamentales del hombre. Que a pesar de todo quiere vivir. 

    Ni siquiera Hume viene en auxilio de este autor y de sus conclusiones. Pues Hume o lo que sea que sea este filósofo, niega el Yo, como una sucesión de decisiones que como una ilusión nos hacen creer que somos seres personales. El yo es lo que objetiva cada experiencia que tenemos, y cuya suma total, llama Hume: “falacia del Yo”. Quien lo llama falacia eres “tú” Hume. Por ello, encuéntrate a ti mismo Hume. Tu método te equivoca porque racionalmente decides que solo conoces por la experiencia sensible, cosa que tus sentidos no te enseñan. Por ello cuando dices que la causalidad no existe porque es la suma de A mas B, no ves que el Yo es quien suma y saca la lógica conclusión. Tú método gnoseológico erróneo por dogmático vuelve a engañarte. Los sentidos no te permiten descubrirte, es la razón que desprecias, quien lo hace. Rosmini en sus estudios sobre la causalidad nos permite adentrarnos en esta linea de pensamiento que expongo. Un mal método gnoseológico induce conclusiones equivocadas que nos permiten comprender bien la realidad. La esclavitud empirista que Kant asume lo lleva a errar en sus conclusiones. Y nuestro autor se hace deudor de tales errores. 

    En cuanto a su aceptación de los que consideran que la dependencia de Dios excluye su existencia sin más, he de decir, que la dependencia de Dios no excluye en absoluto su existencia. Al contrario puede confirmarla. Los pensadores decimonónicos tienden a optar por la inmanencia excluyendo la trascendencia sin más. Pero es necesario recordarles que la sed de Dios no tiene por qué suponer una mentira. Inventando el agua que la sacia. Porque si no me equivoco: el agua es antes que la sed. Y la sed es una consecuencia del agua. El dogmatismo inmanentista excluyente de la trascendencia, no deja de ser una mera petición de principio. Una mera hermeneútica.  Otro pilar crítico de Dios que se viene abajo en su análisis de la muerte filosófica de Dios. 

    En la modernidad con relativa facilidad se tiende a creer que interpretación es igual a “eso eres”. Nietzsche y sus seguidores (Foucault y Heidegger), llevan al antihumanismo por ese motivo. Y formulan un falso vitalismo con forma de grito adolescente dirigido contra un padre opresivo al que desea matar. Pretender que la razón define la existencia del todo ignora el sentido misterioso de la ofrenda que es la existencia y que desborda con creces nuestra interpretación de la realidad. 

    En este sentido hay que decir que Freud tiene un trasfondo hegeliano brutal: “si los hechos no coinciden con la teoría, peor para los hechos”. Según su enfoque valoramos nuestras vivencias en base a nuestra dogmática teórica. Faltándole a este y otros pensadores la humildad de Van goh que afirmaba que: “De la muerte yo no sé nada”. “El verdadero misterio es lo que se ve y no lo invisible”. Oscar Wilde lucidamente llegó el solito a esta brillante conclusión. Una cosa es pensar lo real y otra conocer verdaderamente lo real. 

    Heidegger se complica mucho al explicarlo y por desgracia no extrae las consecuencias de lo que dice: “El ser no es representable, ni es la verdad que responde a nuestras preguntas, ni es fundamento moral, sino trascendencia que acontece y que siempre permanece, oculta en su mostrarse”. O sea: el ser es misterio. Pero como afirma Von Balthasar: el misterio puede hablar. Solo basta no excluir la trascendencia por pura dogmática teórica. El tema siempre será el mismo ante las filosofías: el problema es la historia de la Salvación que nos descubre permanentemente que Dios es interpelación constante. Verdaderamente nuestra rareza no cesa ni siquiera en el plano intelectual. 

    Estos autores, cuyas conclusiones asume como progreso científico quien las presenta, conducen simplemente a “una crisis epistemológica, axiológica, moral y también religiosa”. Lo dice y lo cree como válido. Pero si tal crisis se afirma es porque los métodos epistemológicos, axiológicos, morales e incluso religiosos, simplemente pueden estar equivocados.

    A mi juicio por la recuperación del misterio se recupera la buena senda del progreso del saber. La nada es el mundo. Diríamos que es la programación televisiva. El ser es Dios o sea todo. Diríamos que es la electricidad. Sin electricidad no hay programación televisiva. Aunque la electricidad no tenga culpa alguno de lo que la televisión nos ofrece. El mundo es nada sin el ser e incluso con el ser detrás sigue siendo nada, si el ser cesa. Pero si el ser está, el mundo se torna Todo. Así que podemos concluir que la nada es todo lo que no sea ser divino. Es posible por tanto ser para la muerte si la nada es mi opción. Asumir que somos nada no cierra el futuro. Sólo lo hace si lo que quiero simplemente es ser nada, sin incluir el Ser como parte fundante de mi vida. Debe radicar ahí que la verdad de la afirmación de mi querido profesor D. Ginés Pagán Lajara: “Las cosas se mandan porque son buenas, pues no son buenas porque se manden”. Abrirnos al Ser es el camino que nos conduce a no ser Nada. Ahí hay un buen principio metaético para fundar cualquier axiología y su moralidad subsiguiente, y por supuesto para encontrar una senda adecuada para vivir en religión, esto es, en relación libre y personal, con el Ser en Plenitud que quiere serlo todo en todos. De modo que los pobres podamos compartir por su amor toda su gloriosa riqueza.

    La filosofía no mata a Dios. La matan algunas dogmáticas filosóficas que usted no critica acertadamente porque teme aparecer como “demodé”, esto es: como no moderno. Empiezo a entender porque al final de su obra, usted, se pelea tanto con la postmodernidad que cuestiona en su misma linea de flotación a sus maestros. Presentándolos más como relatores de un mundo que no existe y los desborda, revasándolos. La postmodernidad es su enemiga porque deconstruye sus textos y los convierte en fragmentos inconexos. 

    En cuanto a la crisis del monoteísmo bíblico, he de decir que todas su conclusiones penden de un hilo: la arqueología bíblica. Pues esta disciplina puede desacreditar cualquiera de las conclusiones que establece como absolutamente ciertas hoy. De modo que recomiendo vivamente no confundir “hipótesis” con historia, y menos aún, afirmar rápidamente que toda la historia es un puro mito. 

    Es hermosa en cambio su sabia distinción entre “monolatría” (adorar solo un dios entre muchos dioses) y “monoteísmo” (adorar solo un único Dios existente, porque lo contrario, significaría que dios sería limitado por otro dios, con lo cual Dios dejaría de serlo). Evidentemente esta distinción supone apuntar más bajo. Pues no deja de ser curiosa la conclusión que desde ese enfoque puede sacarse al poder hablar también de “sociolatrías” (tipo Donal Trump y su “America primero”) y como no de “eclesiolatrías” o “religionatrías”, pero esto último supondría renunciar a la posibilidad de que el misterio pueda hablar y presentarse a sí mismo, más allá de como nosotros seamos capaces de comprenderlo. De igual modo es muy interesante afirmar que si Cristo es la Palabra de Dios, la Escritura, es testimonio suyo. Testimonio de Aquel que nunca escribió nada porque sólo vino a amarnos. De modo que “perder el respeto a la Biblia puede ser sano”. Ya que si no lo hacemos, podemos encontrarnos con que, el Dios del AT subsista en nuestros credos como por ejemplo ocurre con el Islam. 

    Dios no es amo. Dios es amor. No es Jefe que manda y castiga. Es Padre que ama y salva. Las percepciones de Dios anejas a cada generación bíblica no son Dios. Y sus enfoques pueden ser trastocados y rebasados por Dios mismo, en su empeño de presentarnos su verdadera naturaleza. Por ello evitar la admisión acrítica fruto de la falta de rigor intelectual es asumir sin más el Dios del AT, sin comprender su diversidad. Pues lo que estos textos testimonian es como un pueblo ha ido descubriendo paso a paso el verdadero rostro de Dios hasta llegar a Cristo. Dios mismo que sale en busca del hombre, después de tanto intento del hombre por buscar a Dios. Así es como el Dios de los ejércitos, militar y nacionalista, dará paso al Dios que nos ama hasta el extremo. No cambia Dios sino simplemente nuestros teísmos. De eso habla la Biblia. No acertaron los que pensaban que uno era el Dios del AT y otro muy distinto era el Dios del NT. Lo único que lo hacía distinto uno del otro era nuestra torpe e imperfecta comprensión de su verdadero ser. Un simple cambio de paradigma lo explica todo. He de añadir que ya Benedicto XVI en su exhortación apostólica “Verbum dei” supo distinguir muy bien entre Palabra de Dios y Escritura. Aunque este autor no lo cite.

    En cuanto a la muerte de Dios en la cruz, empezaré por decir que las páginas que van de la 85 a la 90 son magistrales. “El recurso a la soberanía divina es contradictorio con la apelación al protagonismo humano”. Negar éste último no es “recurrir al determinismo pagano del destino”. La omnipontencia divina para cambiar el curso de la historia” debe revisarse porque a continuación se afirma que no actúa. Cristo no murió “por nuestros pecados” sino que nuestros pecados lo mataron en el pleno uso de nuestra libertad. Dejemos de responsabilizar a Dios de la cruel muerte de Cristo que simplemente fue obra nuestra. En medio de ese horror se reveló el mayor de los amores. Porque el tratado con infinita crueldad por nosotros, a pesar de eso y por ser Dios ayer, hoy y siempre, nos dijo con hechos y palabras: “A pesar de vuestros delirios no dejaré de amaros nunca”. Así que la teología de la Cruz bien entendida no mata a Dios de ninguna manera sino que lo revela espléndidamente. Su cierre en falso de la cuestión antes de abordar el siguiente epígrafe, con un cúmulo de preguntas sin respuesta posible, denota que no entiende que la creación de un universo que se autoorganiza conlleva la aparición de una libertad verdadera sin la cual un verdadero amor esponsal entre Dios y su Universo no podría darse. El sufrimiento y la muerte son la consecuencia de no vivir en Dios. De ser distintos de Él, para que entre nosotros y Él, el totalmente otro, pueda darse una verdadera relación de amor en libertad. Esa libertad tiene un precio. No somos eternos como Dios es eterno. Con esta respuesta, todas las preguntas del AT quedan resueltas. Si no la lograron descubrir era porque todos su teísmos eran totalmente inadecuados y como usted mismo ha reconocido deudores del determinismo págano, que Hegel, ha reeditado filosóficamente no hace mucho, y que muchos cristianos y otros religiosos aún siguen creyendo a pies juntillas, por pura torpeza y miopía intelectual.

    Dios ama. Por tanto no crucifica. Porque si amas resucitas y glorificas. Pero si no amas crucificas, es así de sencillo. Por eso la Cruz es, entre otras cosas, la clara manifestación de que Dios ha renunciado a su omnipotencia para que pueda darse verdaderamente nuestra libertad y así poder mantener con nosotros una verdadera relación de amor, de tú a tú. A Jesús en la cruz lo matan nuestra incomprensión y nuestro odio. Esos los pecados que lo asesinan. Por eso el velo del templo se rasga en dos, porque la teología sobre el chivo expiatorio ha quedado superada del todo. El viernes santo muere nuestra comprensión veterotestamentaria de Dios y nace nuestra percepción de lo que Jesús nos revela: el rostro de un Dios que sólo sabe amar, como canta Taizé, porque nuestro Dios es ternura. La página 111 de su estudio es excelente porque nos lleva a comprender que desde este enfoque: “No hay evasión ante el sufrimiento, sino una interpretación que deja espacio a la esperanza”. En un Dios así merece la pena creer en el siglo XXI. La cruz no mata a Dios, es la mala comprensión de la Cruz la que nos llega a considerar a Dios un ser sediento de la sangre de su Hijo para poder perdonar nuestras culpas. Ya basta de trasladar nuestra culpa a Dios. Si ese enfoque se nos ha metido en la piel a los cristianos es porque sus discípulos judíos mantuvieron vivo de otro modo un teísmo del todo muerto. “Estamos ante un poder sin poder”. “Estamos ante un Dios que no quiere ni puede impedir el mal porque su intervención colisionaría con la libertad humana, y por ello, lo asume y lo integra en su oferta de salvación”. Hacer lo contrario sería ser un amo y nunca ser Amor. Mis pobres anarquistas, nunca entendieron esto, y aún siguen gritando aquello de “ni Dios ni amo”. 

    La Carta a los Hebreos es una ventana abierta a un nuevo Eón, que aún debemos revisar a fondo para entender la gran diferencia existente entre la antigua y la nueva alianza. En cambio considero que para afirmar que el resucitado es Jesús de Nazaret no hace falta impugnar a San Pablo. Pablo es un judío cambiando, no es un cuerpo acabado, por eso ante sus errores que el mismo reconoce a veces (otras no tanto), hay que hacerle caso cuando nos dice: “No soy de Pedro, de Apolo o de Pablo, somos de Cristo”. Quizás entonces sabríamos aprovecharnos de lo mucho bueno que nos aporta excluyendo lo malo. De hecho Pedro nos lo recomienda vivamente en una de sus cartas, deberíamos escucharle y hacerle caso. 

    En cuanto a la Resurrección y la muerte de Dios, tras leerlo llego a formular una pregunta: ¿Conservas el Evangelio que te dieron o se ha malogrado tu adhesión a la fe que te está salvando?. 

    Después de soportar sus distintos análisis del tema he de decir que: para tratar de salvaguardar el misterio de la Resurrección no hace falta intentar destruir los relatos de la misma, porque nosotros no estábamos allí. Y cuestionar los testimonios ya es una toma de postura ante ellos. Una transgresión de la objetividad. Basta oírlos tal cual nos han llegado para entender que son un misterio sí o sí. Algo parecido a lo que ocurre con la misma Sabana Santa, explicable e inexplicable a un tiempo. Porque algo tuvo que ocurrir para que a Jesús tras su muerte, una verdadera maldición según el AT, se le convirtiese en “Deus Homo”, por sus discípulos hasta el punto de jugarse la vida por ello. El presupuesto dogmático en este caso es el divorcio recurrente en sus estudio entre el Cristo histórico y el Cristo de la fe, como una verdad probada e incuestionable. 

    En ningún momento descubro que este estudio haya caído en la cuenta de que si la Resurrección fuese evidente nuestra libertad sería extinta. El prejuicio inmanentista del que es deudor, conduce, a considerar que si queremos podemos vivir de espaldas a que existen cosas que no vemos, porque nuestros ojos no son capaces de verlo. Pero 

si queremos revisar nuestros métodos, podemos darnos cuenta de que más allá de nuestros tubos de ensayo hay mucho por experimentar. La única racionalidad que existe no es la científica. 

    La grandeza del Cristianismo es un “pero no Cristo ha resucitado”. Sin eso, sólo nos queda Vattimo con su débil amor y nada más. 

    Con todo no se agotan aquí mis lecturas sobre este tema. Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret (desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección) con otros que estudian el tema en múltiples lugares de internet, afirma varias cosas en defensa de estos relatos evangélicos que Estrada pretende fusilar: Según los enemigos de Jesús el sepulcro está vacío y no lleno, como Estrada deja entrever. Pablo conoce los Evangelios y no se inventa otra cosa distinta, como también se entreve en la obra de Estrada. La Resurrección es un misterio que no se ha de modificar en aras de nuestra comprensión. El resucitado es una suerte de paradoja cuántica (esto Manuel Carreira, Jesuita que no debe haber hablado con su hermano Estrada, lo explica muy bien). O sea Jesús resucitado es una suerte de ser que está y no está a un tiempo. Por un lado es onda. Y por otro lado: partícula. Y conste que el tal Carreira es doctor en física y muchas cosas más. Los textos evangélicos no dicen lo que Estrada afirma, luego sus interpretaciones simplemente son sus hipótesis. Y las contradicciones entre relatos solo prueban que no existe una elaboración para fabricar un engaño creíble. 

    Con todo frente a este capítulo del libro de Estrada, propongo una lectura preciosa. Escrita por un doctor en medicina. Llamado Antonio Macaya Pascual. Se llama “Un latido en la tumba”. Y está publicado por Voz de Papel. Este doctor en medicina se embarca en un estudio minucioso de los relatos evangélicos sobre la Resurrección y aplicando la Navaja de Ockham llega a la conclusión de que vistas todas la variables posibles y analizadas detenidamente cada una de ellas, o afirmamos que Jesucristo resucitó realmente o todo lo que se afirma y concurre, en torno a estos relatos, resulta del todo inexplicable. Así que dándose una respuesta simple no hace falta buscar respuestas aparentemente más elaboradas que lo único que hacen es cambiar el relato, lo que en él se afirma, y modificar además todos los factores que concurren a su alrededor.  Para presentarlo como “científico”. Según pues, el parecer de este acreditado científico, cosa que Estrada no es, la ciencia y la Resurrección no se oponen en absoluto. Y lo que Estrada pretende reducir a mito es antes que nada un gran testimonio. Si se quiere profundizar más aún recomiendo vivamente todo el primer capítulo y su página 94, y las páginas 109, 165, 190, 203, 208, 211 y 277. Según este hombre la Resurrección de Jesús es “un hecho histórico, una singularidad en el tiempo y espacio, que rompió la historia en dos, y las personas involucradas meditaron poco a poco su significado. Pero primero, simplemente, dieron cuenta de dicha singularidad”. Eso es lo que la navaja de Ockham le lleva a afirmar. 

    De modo que la resurrección de Jesús no mata a Dios. Es la lectura inmanentista y dogmática, que no científica, de algunos autores a los que Estrada sigue, la que pretende falsear la Resurrección sin conseguirlo. Mostrando a Dios como un ser que no puede implicarse en el mundo hasta ese extremo. Porque la trascendencia nunca puede revelarse en la inmanencia sin vulnerarla según ellos. El inmanentismo es el que mata a Dios y en ningún momento, es la Resurrección la que lo hace. Al contrario, la Resurrección abre la puerta a Dios en medio de la historia, de tal manera, que la libertad siempre queda a salvo, y puede aceptarse o rechazarse.

    Por último la revisión de los humanismos y espiritualidades sin Dios, reitero la dependencia de estos enfoques de Kant y sus prejuicios. Claudican ante el dogma del Noumeno silente, y se dedican solo al fenómeno, llegando a la conclusión de que como es lo único que se puede conocer, el fenómeno (o sea lo que yo percibo), es lo único que existe. Esta es la soberbia de la modernidad y por ahí se nos escapa el misterio de entre las manos. En la dogmática positivista por ese motivo el misterio es excluido. La ignorancia del misterio es superlativa. Y por ello la soberbia moderna se ha tornado postmoderna. 

    El rechazo de una divinidad personal es asombroso, para estos enfoques. Consideran que el mundo es más perfecto que lo divino porque el mundo si es personal. Más lo divino no lo es. Si bien no explican la aparición del yo humano sin la referencia al tú divino. El yo humano sería imposible sin el tú divino. Pues la filosofía dialógica prueba que no hay yo sin tú. 

    Igualmente es interesante descubrir la enorme ignorancia de estos enfoques al no comprender que el cristianismo no es el final de las religiones. Y que el estado ya puede volar solo. La religión se emancipó conceptualmente de lo estatal con el cristianismo. Pues su verdadera esencia la convierte por completo en un contrapunto cultural desde su mismo principio, siendo Cristo muerto en una cruz por ese motivo, como el primero de muchos. Por eso aun cuando aceptarían la cruz como la muerte de la trascendencia, les molesta enormemente la resurrección, a la que pretenden reducir a mero asunto redaccional desde la hipótesis del Cristo de la fe. 

    No es que el futuro esté en humanismos o espiritualidades sin Dios. Es que algunos están muy interesados en que lo esté, porque el contrapunto cultural que una religión puede ser les rompe su amor por un discurso único y por la incapacidad del sistema vigente para poder controlarlo. La religión es un antimatrix del paradigma positivista y nihilista en que nos quieren hacer vivir. 

    En definitiva nuestro lenguaje y nuestra percepción se estrellan con el misterio. La materia misma es la puerta del misterio. El misterio nos rebasa. Por eso es importante comprender que la naturaleza de Dios no puede enunciarse desde la naturaleza humana, como tampoco el concepto de persona entenderse desde nuestra claves para mirar a Dios. Este autor nos aporta un precioso enfoque de la Trinidad: “El concepto de Trinidad se refiere a tres formas diversas de hablar de Dios, ya que ninguna de ellas es autosuficiente y cada una exige implicar a las otras”. El misterio una vez más, expresado a través de analogías. Unas y otras superables porque nuestro modo de entender es limitado, ya que ajustado a unos parámetros, no puede expresarse con claridad en otros. El niño gestante en el vientre materno, no puede describir el mundo que hay fuera, simplemente porque ni lo percibe ni sus sentidos están capacitados para ello. De nuevo, mis respetos, para “2001 una odisea en el espacio”. Una obra de culto. 

    La Eucaristía es la puesta patente en escena del misterio incomprensible: El rostro del totalmente otro, donde nuestro lenguaje se ve superado. 

    Estoy de acuerdo en que el paganismo influye en la Eucaristía (O. Casell). Si bien para acabar con el Agapé y transformarla perversamente en sacrificio, pasando de celebración comunitaria a clerical, y del mismo modo, de viva a aburrida. Pues en esas pasarelas de personalidades devocionalistas, pietistas, narcisistas y egolátricas, la Eucaristía de inspiradora se torna mortecina, pues en ella se es más espectador que participante. Y salvo que estés enamorado del celebrante, cosa que los neopresbíteros llaman ahora ser “piadoso”, el acto, por ocurantista y burdo, se vuelve insoportable, aunque tenga forma de espectáculo. En esos ámbitos donde los egos se crecen el misterio se esfuma. Y luego está lo demás: “manos juntas, ojetes abiertos”, pero de esto es mejor no hablar. Lo abordaremos en otra ocasión. Baste decir que no es lo mismo celebrar camino de Emaús, que asistir pasivamente a una “funsión de misa” (dicho esto último a la “masarronera”, según hablan los castizos de mi querido pueblo, antes llamado Almazarró).

    Por esta intromisión pagana, un “culto enamorado y vitalista” fue abortado en aras de un “culto látrico”. La teología negativa entonces, viene en nuestro socorro, pues ella, es la aceptación de que el ser es misterio. A Dios nadie lo ha visto nunca, que Juan el apóstol, nos enseñaba con tanto acierto. Pretender controlar el misterio con el ritualismo es el fin de “los Jedis" en el segundo episodio de la trilogía de Star Wars (lo más relevante a mi juicio, que esta tercera saga, nos ha entregado hasta el momento).

    Estrada vuelve a su obsesión permanente de ensalzar la inmanencia frente a la trascendencia, para cuestionar cualquier suerte de teísmo. Ignorando el carácter inevitable y obcecado del misterio que nos sale al paso a cada instante: “todo lenguaje sobre la trascendencia tiene elementos de subjetividad y de proyectividad”. Ignorante de que con la inmanencia ocurre lo mismo. Ya que la “realidad inmanente” no existe. Es puro misterio. Recordemos la cita de Oscar Wilde, recogida anteriormente. Si los cristianos creemos en Dios es por Jesús, una realidad inmanente de todas todas, preñada hasta el extremo de una trascendencia absoluta. Porque inmanencia y trascendencia absolutas. Pues cuando mayor es la inmanencia, mayor es la trascendencia. Y no podemos alcanzar la trascendencia si no es a través de la inmanencia. Es una moneda con dos caras. Esa es la verdadera realidad y no otra. 

    Sin la fe en la realidad inmanente es imposible tomársela en serio. Sin trascendencia la inmanencia es la nada nadeando. De modo que si aceptamos la trascendencia que se comunica en la inmanencia, Dios tiene derecho a ser Él mismo, más allá de nuestras percepciones, siempre incompletas e insuficientes. Esa es la humildad que el pensamiento sobre Dios reclama y que Estrada en sus afirmaciones, parece que no tiene.

    Su cita de Bonhoeffer: “Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios clavado en la cruz permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo y precisamente solo así está Dios con nosotros y nos ayuda”, hace las delicias de Caifás y de Pilatos. Cuando si se produce, no es porque Dios estorbe, sino porque la libertad y el amor esponsal de Dios es la razón última de este modo de ser entre nosotros. Testimoniar la fe es manifestar que se está enamorado. Taparle la boca a Jesús y condenarlo al silencio es desafortunado. La supuesta inoperatividad de Dios en el mundo, simplemente es la confirmación de que la fe en la libertad humana es definitiva. Más ello no supone en absoluto que su presencia en nuestra historia sea innecesaria. Esto debería expresarse con más tino y un mayor cuidado. Para no incurrir en juicios apresurados y desafortunados. 

    Como se puede comprobar el repaso crítico de esta obra magna ha requerido de un análisis pormenorizado y extenso. Pues a su profundidad, solo cabe responder de un modo oportuno. Una obra sesuda requiere un análisis similar, de esos que se suda teniendo que leerlo y estudiarlo. Con todo este test de fuerza de lo religioso, sumergido en su más profundo centro, nos permite tomarle el pulso al mundo de lo religioso, está realidad, existente desde el paleolítico que ha sido modificada de una manera atroz en el neolítico, cambiando por completo su capacidad de adorar a Dios mirando al cielo simplemente a lo Gengis Kan en vez de adorarlo en lugares cerrados dentro de cuatro paredes. Pero que siempre ha acompañado al ser humano desde que éste es él mismo. El universo religioso muchas veces solo genera hipocresías sin cuento y eso es bueno que alguien siempre nos lo recuerde.

 

VII

    El estudio de lo religioso nos ha conducido sin remisión a considerar lo que yo llamo “la filosofía de la opción”. Es decir al proceso de la deconstrucción de la libertad no del texto. Dejando claro en todo instante cuales son las opciones previas antes que las posiciones teóricas que son irremisiblemente hijas de ellas. He aquí la clave fundamental de todo este ensayo. Pues tanto los teísmos como los ateísmos nos conducen si queremos evolucionar en el conocimiento, a esta deconstrucción como algo necesario. Pues sin ella será imposible comprender el nuevo paradigma en el que lo religioso puede ser vivido en el siglo XXI. 

    ¿Es pues el Cristianismo una Religión? Muchos dirán que sí. Algunos dirán que no. ¿Cual es la razón de estos últimos? la ya expuesta: en la religión el hombre busca a Dios, a través de una enorme diversidad de prácticas y culturas. El cristianismo es ajeno a tal dinámica pues afirma lo contrario: Dios busca al hombre. En él no se trata de escuchar una voz que te dice: ven y aprende de mí. En el cristianismo te aman hasta el extremo y de una manera gratuita. Así es el proceder de Dios tal cual se presenta en Cristo. No buscamos a Dios, Él nos encuentra para amarnos. El buen pastor es desde el principio uno de sus símbolos más antiguos. Luego el cristianismo más que una religión es la fe de los que le responden con amor a quien los ama primero. Lo religioso en el Cristianismo definitivamente se queda corto. Y no es del todo adecuado para describirlo completamente.

    Luego podemos considerar al cristianismo como una rareza en el terreno de lo que muchos llaman lo religioso, más por simplificar que por otra cosa. No todos los dioses son iguales. Pues no todos generan un modo de vida similar ni comprenden al ser humano y su sociedad de idéntica manera. 

    Las sociedades multiculturales actuales no dejan de ponerlo de manifiesto, aunque el esfuerzo por lograr una convivencia común sea más que notorio. Las tensiones aparecen de cuando en cuando, en medio de contextos armónicos de convivencia. Pues hay grupos humanos que aunque emigren, nunca “emigran de su sistema religioso” y pretenden imponer sus costumbres en ambientes que anteriormente desconocían tales modos de vida. Y es que es preciso reconocer la verdad: todos los dioses no son iguales, y no es lo mismo, caminar con unos que con otros. 

    A esto se añade la necesidad de hacer evolucionar los teísmos. Porque nuestras comprensiones del universo cambian. Y nuestras percepciones de lo divino o también lo hacen o terminan muriendo, y son sustituidas por otras nuevas. 

    El cristianismo está en crisis, afirman muchos en occidente. Si bien, mi perspectiva es otra. Lo que está en crisis es nuestro teísmo cristiano, y optar desde el miedo por defenderlo tal y como ha sido hasta ahora funesto para el mismo. Porque además eso no ha ocurrido nunca. El dogma y la tradición, incluso la moral, han evolucionado a lo largo de los siglos. Y no querer reconocer esto es torpe. El refugio en el tradicionalismo ultramontano, que ahora tiene mucha aceptación entre el clero católico joven es la mejor manera de optar por la autodestrucción o por el retraso de lo necesario. Caminar hacia el futuro no es apartarse de la senda que se llevaba emprendida desde hace siglos. El dogma, la tradición y la moral no son marcos inamovibles. Son señales en el camino para llegar al punto al que queremos ir. Detenerse en una señal y no caminar hacia delante impide que podamos llegar a la meta. Negarse a evolucionar en la percepción del misterio de Dios es suicida. 

    Por ello debemos establecer criterios de falsabilidad para nuestras experiencias religiosas. Tanto en el plano dogmático, como en la recepción de la tradición y como en la comprensión de nuestra misma moral. No es lo mismo comprender el dogma antes de conocer la Evolución de las especies, que después de haberla conocido. No es lo mismo recibir una tradición antes de conocer los hallazgos científicos que después de haberlos conocido. No es lo mismo vivir una moral antes de descubrir los derechos humanos, que después de haberlos comprendido. 

    La falsabilidad de la moral consistirá en nunca proponer un marco de existencia que condene a un ser humano a soportar un estado de vida inhumano. La falsabilidad del Dogma consistirá en nunca negarnos a comprender los misterios desde nuevas coordenadas porque la verdad eterna no cabe en una formulación sujeta a los condicionamientos de su época. La falsabilidad de la Tradición consistirá en no optar nunca por defender un magisterio muerto contra viento y marea, sino en estar abiertos a enriquecer este marco tradicional de vida con nuevas y necesarias aportaciones, para que la tradición siga viva abierta a un proceso de renovación permanente. Se precisa siempre y constantemente un magisterio vivo. Y esto sólo da miedo a los que no sirven para vivir la vida en constante crecimiento.

    “Yo os daré mi Espíritu, porque muchas cosas sois incapaces de entenderlas ahora y Él os las irá enseñando gradualmente en cada momento”. El alfarero divino sigue trabajando nuestro barro porque vivir de cara a la Eternidad supone no dejar de crecer nunca. 

    Por eso mi oración es sencilla. Sentado ante el Sagrario, o ante un icono, o en mi cuarto como Jesús aconseja, o ante su Palabra, invoco la venida del Espíritu Santo constantemente. En silencio, vacío interiormente, me dejo inundar por su Espíritu Santo. Confiado en que aquel que pide el Espíritu Santo, siempre lo recibirá de su Padre que está en los cielos. Teniendo el Espíritu Santo lo tenemos todo. Él es el Espíritu Creador que sobrevuela las aguas. Sumergido en mi mar querido que baña esa preciosa cala llamada los tajos en Isla Plana (Cartagena), he orado frecuentemente, sobrevolando sus cristalinas y cálidas aguas, sabiendo que en medio de ese misterio, mi comunión con Dios es perfecta. Pues Él no aguarda que yo sea Santo para dárseme, sino que siendo pecador, se me da para que pueda ser santificado. La apertura a su Espíritu de amor que es fuente de vida en medio de la nada, ha inundado mi vida de esperanza en medio de sufrimientos horribles. Y aunque en el momento no he sido capaz de verlo, lo he percibido a posteriori, dándome cuenta de que Él está conmigo cada día de mi existencia, hasta el final de mis tiempos. El que me ha vivificado y me ha hecho creativo desde la nada, igualmente, me vivificará y recreará cuando la muerte me visite. Este Espíritu me ha hecho creativo para responder a problemas que muchas veces mis hermanos, no son capaces de responder. Su carisma lo posibilita. Y esta apertura a este Espíritu misterioso y trascendente es lo que nutre de sentido y fundamento toda mi existencia inmanente. 

    ¿Vivo orando con los Salmos? En muchas ocasiones sí, pero también expreso que ellos son fruto de teísmos pretéritos que he de estar revisando a cada paso, y confieso que eso me cansa bastante. No soy de orar con muchas palabras, por eso la oración vocal, me cansa bastante. No soy de orar pensando porque la sensación es que me escucho a mi mismo. No soy de estar hablando sin cesar cuando oro porque Dios ya sabe lo que necesito mejor que yo, y Él me concede lo que me hace falta. Me basta rezar el Padre Nuestro y terminarlo repitiendo “te pido por ellos, guárdalos en tu amor”. A mi gente de ayer y a mi gente de hoy que es la madre del mañana. Y por supuesto siempre incluyo a los que no me quieren bien o se declaran mis enemigos. Oro dejándome amar por Dios que me visita con su Santo Espíritu, en el vacío de todo, en el silencio. El silencio es Él. Y eso me basta. Y por mi vida le abro al universo una ventana para que su Espíritu también lo visite. Este universo que soy yo y los demás, el mismo mundo, y todo. Y cuando abro mi puerta al que está afuera llamando, Él entra educado y respetuoso, amoroso y cenamos juntos. No es la mejor oración, ni tampoco la peor. Es la mía. Más le valdría a nuestra Iglesia no andar imponiendo modos de orar a los clérigos y sí promover en cada uno de ellos que encuentre su propio modo de orar. Pues no importan tanto los puentes como cruzar el río. Orar es anticipar la gloria en parte. Y eso San Agustin lo cuenta estupendamente cuando nos dice: “Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos”. Eso es orar para mí: descansar, ver, amar y alabar. ¿Qué más se puede pedir?.

    ¿Que más puedo decir? ¿soy raro? ¡Sí! ¿y qué? me encanta serlo. La rareza nos convierte en tesoros, únicos e irrepetibles. Jamás desearía reencarnarme. Porque ello supondría que mi actual rareza es una desechable cáscara de nuez irrelevante y sin sentido, simple conductor de una energía que sigue su curso y a la que mi “yo”, no le importa en absoluto. Si esa energía ignora mi rareza, puede llevar buen viaje por mi parte, porque no es digna de mí, por pura miopía, y en mi fugacidad “yo” soy superior a ella, porque no me pasan desapercibidas la verdad, la bondad y la belleza de cuanto somos. 

    Así que prefiero pensar con San Pablo que por pura gracia de Dios en Cristo, soy lo que soy. No me molesta que entre Pablo y yo haya diferencias, porque a él le tocó vivir su tiempo y a mí el mío. Pero lo que de él afirmo también lo pienso de mi mismo. Yo no soy el que era. Ahora soy mucho más de lo que era. Y mi actual teísmo desborda con creces el teísmo de mis inicios, aunque aún resuenan en mi las alegrías sustanciales de mi juventud creyente. Sigo enamorado. Mi vino vital no se ha aguado, ni se ha agriado. De la solera ha pasado a la crianza y de ahí camina hacia la reserva. Me añejo y eso es bueno. Debe ser porque María intercede por este novio de Caná y Jesús mete su mano en mi agua y la transfigura en un sabroso vino. Es el misterio de mi vida. Es mi rareza. 

    Este ensayo termina. Muchas cosas más podría decir. Muchas las podría repetir pues han sido publicadas en la treintena de libros que preceden a este. Pero no es necesario ir más allá por el momento. Ocasión habrá de aportar más luces, si el Espíritu alienta mi creatividad.  

    De modo que quiero concluir esta reflexión con un texto que indaga sobre la rareza de lo religioso y lo expone a las mil maravillas. Es de un santo cristiano llamado Ireneo, escrito en su tratado sobre las herejías. Y al que me une una gran simpatía porque en su Lyon querido viví unos meses, y me pasaron cosas maravillosas. Sí allí me fui queriendo ser cura, de allí me vine sabiendo por qué quería serlo. Ese pastor quizás velo sobre la vida de aquel joven que hoy pasados ya más de treinta años sigo siendo. Sírvale pues de homenaje agradecido:

    “Los profetas anunciaban que Dios sería visto por los hombres, y así lo proclamó el mismo Señor cuando dijo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero nadie puede ver a Dios en su grandeza y en su gloria inenarrable y seguir viviendo: el Padre es inaccesible. 

    Sin embargo porque ama al hombre y porque todo lo puede, concedió incluso este don a los que lo aman: ver a Dios; y esto también lo anunciaron los profetas: Lo que para los hombres es imposible es posible para Dios. 

    El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. 

    Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el reino de los cielos como Padre. 

    En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios. Pues así como los que ven la luz están en la luz y reciben claridad, así también los que ven a Dios están en Dios y reciben su claridad. La claridad de Dios vivifica y, por lo tanto, los que ven a Dios reciben la VIDA.”

    Maravilloso. Mejor resumen que éste para exponer el alma y el hilo conductor de mi reflexión en este ensayo ninguno. ¡Ánimo pues amigos la vida sigue, el misterio no cesa!. 

 

Andrés Marin Navarro

Presbítero

    

    

    

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