(Esta es la reflexión que tuve un día con un precioso grupo de adultos que estaban madurando en mi parroquia su fe en un catecumenado de adultos, y que el Espíritu me sugirió al momento, cuando al pasar por allí avanzada ya la reunión, me percaté que estaban inmersos en este debate. Si también te sirve a ti estupendo).
¿CONFESARSE O NO?
Este es un tema de conversación entre algunos católicos. Unos se confiesan mucho, otros muy poco, y algunos nunca.
Dejemos a parte el hecho de que a lo largo de la historia ha habido diversas maneras de confesarse. En el origen era en comunidad y poco menos que en confesión pública, así se ve en los evangelios y las cartas apostólicas. Después se hará con el cabeza de la comunidad y en una relativa privacidad porque primero se imponía la penitencia y después se daba la absolución. En la película de la Misión se ve esto muy bien siguiendo los pasos del personaje que interpreta Robert de Niro. Más tarde se redujo a un asunto privado y el vínculo eclesial se realizaba exclusivamente a través del presbítero que imponía la penitencia y daba la absolución a la vez. Pablo VI abrió la puerta a la absolución general sin confesión privada, y Juan Pablo II, cerró esa puerta, limitándola hasta el extremo. Con Francisco hemos vivido una Semana Santa aislados, inmersos en una pandemia y teniendo que recibir el perdón por medio de un acto de contrición perfecto, sin presencia de sacerdote alguno. La iglesia tiene las llaves que abren la puerta de la misericordia y en cada momento lo ha administrado de un modo u otro. ¿Puede cambiar? De hecho lo ha hecho siempre. No veo porqué no puede también cambiar el modo de administrarla según su propio criterio. A unos les gustará más una forma y a otros otra, pero es la Iglesia la que en cada momento nos propone un camino, y con la responsabilidad que Cristo Jesús le dio lo puede hacer, y de hecho así obra.
Pero pensemos en el momento actual. Ya no hay pandemia. Y el presbítero está a nuestro alcance. ¿Como plantearnos la confesión?. Pues muy sencillo: como te relacionas con el médico pero en el plano moral y espiritual. Hay personas que van al médico cuando están enfermas. La gente se confiesa cuando su conciencia necesita cura (¿os suena la palabra porque los párrocos tienen “cura de almas”?). Y aquí hay de todo: unos que vienen día sí, día no. Unos que vienen cada cierto periodo de tiempo (semana, mes, trimestre). Otros lo hacen una vez al año, que es lo que pide la costumbre católica, al menos por Pascua (por cierto los médicos recomiendan un chequeo anual por si acaso, aunque algunos no van porque tienen miedo de que “les saquen algo”…Así somos…a ver si con la confesión nos pasa lo mismo). Y otros como digo, no van nunca. Al médico vamos cuando lo necesitamos. Unos cuando están muy graves necesitan ir a menudo. Otros se enferman puntualmente y van cuando lo creen oportuno. Otros van cada cierto tiempo para hacerse un chequeo porque aunque se encuentran bien se revisan de cuando en cuando. Y luego están los que no van nunca, los “Supermanes inmortales” o “los miedosos inconscientes que prefieren morirse a tomarse una pastilla porque no soportan tener achaques”.
¿Quién determina eso? La propia conciencia del sujeto en cuestión. Pero no hemos de considerar que siempre la conciencia va a ser capaz de percatarse de si todo va bien en el cuerpo o no. Pues hay enfermedades que en principio no duelen y después se manifiestan. Por eso se aconseja una revisión de cuando en cuando. Para no dar lugar a sorpresas nefastas. Los médicos así lo aconsejan y con la confesión pasa igual. La conciencia orienta evidentemente pero no debemos descuidar nuestra salud moral, sólo porque nuestra conciencia no nos acuse. Hay plagas que no hacen ruido y están ahí. No es malo por tanto revisarse de cuando en cuando. Una vez al año no hace daño aunque te sientas muy sano. Renovar la gracia bautismal no envenena, al contrario sana. Los exámenes de conciencia ayudan: ¿que tal voy con Dios, con los demás, conmigo mismo y con el mundo del que formo parte?¿Amo por las cuatro dimensiones de mi ser?… ¿Y es que no se podría hacer esto como se hizo con Pablo VI? Pues ahora no, porque Juan Pablo II lo cambió, si después viene otro y arbitra otra manera, no veo porqué no. Pero de momento el método canónico, la terapia legalizada y aceptada, es ésta que hoy tenemos.
Así que lo inapropiado es no ir nunca al médico. Porque puedes estar bien o no, y quizás dejes que algo no funcione bien en tu salud y al final termine pasándote factura. Con la vida moral pasa lo mismo. Y también, por otra parte, es inapropiado ir a confesar, no porque uno esté realmente enfermo moralmente hablando, sino porque uno crea que está enfermo sin estarlo. No hay nada más cansino para un cura que tener que lidiar constantemente con los aprensivos morales, con los hipocondríacos del pecado. A los médicos les pasa lo mismo. Son los que ante el más mínimo grano de acné piensan que tienen un cáncer de piel terminal o Lepra. Estos moralmente hablando son los que consideran que todo es pecado. Algunos que se consideraron a sí mismos reformadores eran así, y algunos rigoristas católicos y ortodoxos también. Sentir no es consentir. A veces podemos sentir cosas ajenas al espíritu de Jesús y si no permitimos que aniden en nosotros no estamos incurriendo en pecado. La concupiscencia es una consecuencia del pecado original, Trento, lo explicó muy bien. Así que ni unos ni otros caminan en la senda de la verdad. No es lo mismo estar inclinando hacia el mal que dejarnos caer en él. Cuando subes montaña estás inclinado al abismo y por eso hay que tener cuidado, pues no es lo mismo estar inclinado hacia el vacío que dejarte caer en el. La concupiscencia es la inclinación al mal. Y además, luego está lo que los antiguos nos han enseñado y que queda recogido en nuestros doctrinarios o catecismos. El pecado mortal, exige para darse, que se haga lo malo (no que se te ocurra hacerlo y enseguida lo deseches), que se haga buscando lo malo porque es malo, y además porque con ello, queremos ofender a Dios. El pecado mortal es un acto de ruptura con Dios consciente y voluntario. No es imposible pero tampoco es algo que hagamos habitualmente, muchas veces realmente somos más tontos que malos en nuestra vida ordinaria. ¿Se puede pecar de pensamiento?. Te pondré un ejemplo: yo paso frente a un banco, y como tengo problemas financieros se me pasa por la cabeza ¿y si lo robo?, suponte que dejas de lado dicha voz mental y la ignoras, la desechas, o suponte en cambio que no, que te vas a tu casa y estás todo el día pensando como podrías robarlo, aunque luego no lo hagas. Has permitido que el mal anide en ti en parte, eso es pecar de pensamiento. Oír la voz del maligno no es pecado, recrearse en su voz y obedecerla si lo es. Es así de sencillo. De modo que no debemos pensar que siempre estamos pecando porque en algún momento tengamos tentaciones. Jesús fue tentado y oyó la voz del mal y no pecó. Trento dejo por ello muy claro que la tentación no es pecado, lo es, ceder a ella. No es lo mismo sentir las ganas en un momento de pegarle a una persona que no te cae bien, que subirte a donde está y agredirlo física o verbalmente. O estar todo el rato en su presencia sin parar de maldecirlo mentalmente. Alimentando tu ira contra él. Jesús venció la tentación en los tres frentes donde Israel fracasó en el desierto: no se dejó dominar por el hambre, no tentó a Dios, y no adoró al becerro dorado. Eso nos enseña hoy el relato de las tentaciones en esta catequesis de adultos.
Las cosas como veréis no son tan complicadas. Si nos damos cuenta que el sacramento de la reconciliación, mal llamado confesión (porque eso solo es una parte del mismo), es un sacramento de sanación, entenderemos por qué hay tanto parecido con visitar al médico y ponerse ante el presbítero para reconciliarte con Dios y con la Iglesia. Unos deberán hacerlo con relativa frecuencia porque estarán aquejados de afecciones de salud moral complicadas. Y otros podrán tomarse su tiempo porque gozarán de buena salud. Y otros se revisarán una vez al año, ante el hecho de que no detectan nada grave o preocupante, dado que lo que llamamos pecado venial se limpia con la mera asistencia a la Eucaristía dominical.
¿Y qué sanamos? Pues el bautismo. Siempre enseño a todos que lo que llamamos ahora: sacramento reconciliación, y antes en cambio, penitencia o confesión (ambas cosas son partes del proceso junto a otras partes y por eso se han obviado), en realidad, a mi juicio, es una renovación bautismal. Porque no es que el bautismo se repita (como pensaron algunos hace muchos siglos rechazando este sacramento), sino que la gracia que él nos regaló, se actualiza de nuevo y transfigura una vez más nuestra alma, cuando como el hijo pródigo manifestamos nuestro deseo de volver a la casa del Padre porque hemos comprendido que lejos de él no sabemos lo que es vivir en plenitud. Nunca he entendido que este sacramento esté separado del bautismo sólo porque no pertenezca a los sacramentos de iniciación. De hecho pastoralmente, como los sacramentos de iniciación se separan en el tiempo con niños y jóvenes, al final, en más de un momento antes de recibir la comunión o antes de confirmarse, más de un cristiano reclama actualizar la gracia bautismal por medio de la sanación del sacramento penitencial. La “confesión” nos encara con nuestro bautismo y lo actualiza. Y así el bautismo nos acompaña en el tiempo sin cesar, auxiliando nuestra salud moral, cada vez que está lo necesita. Entendidas así las cosas todo resulta mucho más sencillo.
¿Hay que confesarse como nos pide la Iglesia hoy? Sí claro. Si lo necesitas no lo dudes. Te lo pregunto de otro modo ¿hay que ir al médico cuando lo necesitas? Si te quieres sanar sí. A lo mejor no podrás curarte del todo, pero sí podrás conllevar mejor tu plaga en concreto. Pues con la confesión lo mismo. Así que ni nunca, ni todos los días porque soy un hipocondríaco del pecado, una cosa que “esté bien”. Así os lo recomendaría. Y si ves que el otro se confiesa más que tú, no lo juzgues ni te sientas peor que él, simplemente a lo mejor el tiene “diabetes moral” y necesita más cuidados que tú, y en cambio tú, en ese aspecto gozas de buena salud. Lo que no te hace mejor, sino, menos enfermo. Pero decía Pablo: el que esté seguro mire no caiga. Porque cuando juzgas al otro por confesarse, o cuando piensas que tu eres peor que los demás, estás dejando de amar al prójimo y a ti mismo, y eso con Cristo Jesús tiene poco que ver. O sea no es sano y necesita curación. En ese caso, necesitas pasar por el médico de almas, o sea, dejar que el cura de tu parroquia te valore y te ayude a sanar. Así es como, “de momento” (como tanto dice el papa León XIV), esa es la manera de proceder que nos toca a los católicos. Así es como sanamos hoy nuestra vida bautismal que nos incorpora y vincula a Cristo Jesús. ¿Puede ser que mañana lo hagamos de otro modo? Te respondo a la gallega: ¿pueden inventarse nuevas terapias de sanación médica en el futuro? Claro que sí. Incluso pueden implementarse nuevas formas, y luego comprobar que los métodos nuevos no eran tan buenos como pensábamos. Eso en medicina pasa y en la pastoral de la sanación moral también. ¿Hoy por hoy?, de momento (remenber León 14), esta es la manera como funcionamos para renovar nuestra gracia bautismal sacramentalmente.