LA DANZA DE LAS HERMENEÚTICAS DEFINE LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO HUMANO.
48. La historia de la filosofía es una suerte de colección de variaciones sobre el
misterio. Por eso me gusta dejarme guiar por Rumi, cuando nos enseñó que “El
arte de saber es saber qué ignorar”. Pues después de todo un pensamiento es
eso, un pensamiento y nada más. Y es preciso dejar claro que el pensamiento y yo no somos
una misma cosa. Una función del yo, no es todo el yo. Porque yo discrepo del antropocéntrico
Descartes: ¡existo antes de pensar!. Y si no existiera no podría pensar. De hecho siendo bebé,
no me acuerdo de haber pensado. Y sin embargo debía de existir porque de lo contrario no
creo que estuviese hoy aquí.
Escuchando a Heidegger considero que la gran crisis de nuestro tiempo se debe a un
olvido de la metafísica, al descrédito de la ontología. Ciertamente el ser ha sido olvidado,
desde que a Nietzsche se le ocurrió matarlo al asesinar a Dios. Heidegger afirmó que el ser
humano ha olvidado el sentido del ser, y hemos decidido tras ello, vivir distraídos, absorbidos
por la rutina y la opinión común, sumergidos en una vida “inauténtica”. Por eso hoy la
muerte recuerda la inevitable pregunta del sentido de la vida. La finitud nos despierta, de la
alienación de la frivolidad. ¿Qué significa ser? En su opinión la filosofía debe volver a esta
pregunta olvidada. Es preciso poner a Descartes en su sitio, y a otros muchos con él, incluido
Kant, porque todo pensamiento parte del ser, de este Ser en el mundo que es el ser humano,
en medio de su situación particular, asumiendo su propia existencia, lo que lo dota de
autenticidad, y le impide sumergirse en la frivolidad, a la que Pascal también aludió. Vivir
distraídos en lo superficial, mientras el tiempo pasa, dejando que el ruido oculte el sentido
profundo de la existencia es una señal de la modernidad. La filosofía en su opinión debe
despertar al individuo, que hoy más que nunca está dominado por la técnica. El pensar debe
volver a ser meditativo. A Heidegger siempre le pregunto lo mismo que a Aristóteles cuando
le hago caso y medito sobre ¿qué es el ser? Porque ambos me responden con descripciones
del mismo. Pero las descripciones se quedan cortas. Y el misterio al final es la entraña misma
de lo que llamáis ser. Un misterio que describimos parcialmente pero no de modo global. Y
que no se agota en vuestras descripciones que por subjetivas, siempre están sometidas a
revisión y crítica.
Ante el misterio lo que cabe es lo que Wittgenstein ya nos indicó: El silencio no es
ignorancia, es respeto por lo indecible, y eso es rigor filosófico. De lo que no se puede
hablar, es mejor callar. Los límites del lenguaje son los límites del mundo. Por eso la filosofía
no teoriza, aclara las confusiones y disuelve los problemas, pero el lenguaje no explica todo.
Hay cosas que solo se muestran, pero no se dicen. En el fondo, late el misterio como limite
del lenguaje y la filosofía. Y ahí es hacia donde no se mira. Y esto es lo que hoy impide el
ejercicio metafísico. Porque se mira al misterio como punto de partida para construir un
discurso que lo desentrañe, más el planteamiento filosófico debería ser otro: hablar del
misterio sin desentrañarlo dado que es imposible, superando el silencio ante lo que no
acabamos de saber por completo, porque si se puede hablar del misterio y no es necesario
dejar de hablar del mismo. El misterio se experimenta y por ello causa lenguaje. De hecho
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mirar al misterio permite no teorizar, aclara confusiones y disuelve problemas. Porque deja
muy claro que nuestras visiones de realidad son interpretaciones lingüísticas, y lo que
llamamos “mundo”, y que Markus Gabriel afirma que no existe, no es nada más que el
resultado de una articulación de palabras que usamos en base a nuestros distintos juegos de
lenguaje. Y las palabras funcionan en contextos, pero carecen de esencia fija. La palabras
son el sonido del misterio que es lo único que realmente sabemos que existe. Lo que
experimentamos en verdad. Ahí es donde Wittgenstein y yo nos separamos.
El misterio es el no saber. El no saber de todo y del Todo. Yo nunca diré que el “no
ser” es el fundamento de la realidad. Diré que lo es el “no saber”. Y desde ahí deconstruiré
cuantos discursos escuche y me seduzca deconstruir. Analizaré sus estructuras ocultas y
revelaré sus conclusiones implícitas, cuestionando desde la absoluta diferencia del misterio
sus hermeneúticas. El misterio es la diferencia absoluta de todo discurso filosófico. Pues
escribir, teorizar, criticar o leer, incluso enseñar, es interpretar. Todo hecho y discurso
admiten múltiples sentidos. La historia de la filosofía es la prueba viva de que no hay una
lectura definitiva. Sin duda Derrida viene ahora en mi socorro. Pero aunque creo que el
pensamiento pueda estar mediado por el lenguaje, y que por ello, no hay acceso directo a la
verdad, pues todo pasa por la interpretación…el misterio sí es la verdad que podemos
encontrar. Y por ello cada interpretación no deja de ser en cuanto destello del misterio, un
fragmento de verdad. Ortega y Gasset ya lo afirmaba anteriormente. De ahí que Derrida y yo
sigamos caminos distintos. Su crítica de la metafísica en mi opinión se queda corta: la
filosofía es cierto que buscó fundamentos absolutos, es más, me atrevería a decir que
construyó verdaderas dogmáticas; es cierto que tal dinámica puede ser puesta en cuestión,
más cuando afirma que el sentido es siempre inestable, no señala por qué. Y ahí es donde a
mi juicio se pierde la oportunidad de refundar una metafísica novedosa y adecuada: El
sentido es siempre inestable porque versa sobre el misterio que no cesa, y siempre es por
definición: inaprensible. Por eso las lecturas definitivas no son posibles porque el misterio
nunca se agota. Y eso es verdad incluso para el pensamiento teológico-dogmático. La
teología negativa es una clara muestra de ello. Aunque el pensamiento contemporáneo ya no
hable de estas cosas. Un dogma religioso señala el misterio pero no lo agota.
Y es que uno de los grandes problemas de la filosofía es su incapacidad para
descubrir en el otro no un objeto, no algo a quien puede reducirse a un concepto, el otro es
irreductible, porque en sí mismo es puro misterio. Levinas ahora toma la palabra: “la
filosofía tradicional reduce al Otro. Busca dominarlo y comprenderlo”. Y así es como se
cierra a la apertura a su misterio, añado yo. Y es que el otro, y su misterio, rompen nuestro
egocentrismo y nos demuestran que el único centro absoluto que podemos conocer es nuestro
mismo misterio que nos constituye, a nosotros y a los demás. A sus discursos y a sus mismas
personas. Su rostro condensa su misterio. Su rostro revela su vulnerabilidad, y matarlo no es
la solución, andar matando personas y discursos es un error, apertura, escucha, semillas del
verbo por doquier, eso decía San Justino, y eso también digo yo. Por algo este santo Padre
siempre será uno de mis preferidos, sino el que más. El misterio del otro condensado en su
rostro llama a la apertura a su presencia. No es la solución al problema del misterio anular,
excluir y destruir, su discurso o su persona por diferente. El misterio exige una ética en su
mismidad. Es la apertura. Pues sin ella te impides convivir con el misterio en desarrollo. Por
ello sería necesario pensar si esta ética es primera, antes del conocimiento y del mismo ser,
antes de la misma libertad. Pues el misterio la exige, y se incapacita para vivir con él y en él,
el que no la acepta ni la sigue. Y se abisma a una vida inauténtica. El rostro misterioso del
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otro no es una imagen, es una llamada y es una exigencia, el misterio que lo condensa lo
exige de suyo. El otro no es objeto es misterio, por eso no se puede reducir, porque excede
cualquier expectativa. Esta responsabilidad exigida es tan infinita como el misterio mismo.
La opción por determinar mi discurso si se realiza de espaldas al misterio, me excluye de su
mandato ético anejo. Pues es preciso responder al misterio, lo totalmente otro al par que la
mayor de las inmanencias, lo más íntimo de mi ser, es preciso responderle sin condiciones ni
excusas. Ser es responder al misterio en cualquiera de sus manifestaciones sin afán de
dominar al misterio ni de poseerlo, simplemente habitando en él y con él. El rostro del
misterio me ordena no matar al diferente, pues en la diferencia el misterio nos muestra su
rostro. Los homicidios filosóficos se han producido en diversas ocasiones y nunca nos han
conducido a buen puerto, sino a callejones sin salida, a caminos hacia ninguna parte.
El misterio no exige una fe que por definición está más allá de la lógica. Pues la
lógica es posterior a la elección de vivir lo que el misterio nos propone. Zubiri dirá que “lo
real” (lo misterioso diría yo porque no sabemos lo que lo real es en última instancia más allá
de nuestras interpretaciones) nos interpela sin que nosotros podamos hacer nada.
Kierkegaard nos enseñará que vivir es decidir. No hay neutralidad, la fe en que el misterio
merece la pena es un salto inmediato, es un riesgo independiente de nuestro consentimiento.
El misterio se impone al par que se propone. Y una cosa, curiosamente, no excluye a la otra.
Y tal situación no se vive principalmente como masa, sino como persona. Tal experiencia es
personalmente vivida y compartida en comunión. Por eso he dicho en varias ocasiones que
somos un misterio compartido, todo lo vivo lo es, y hasta lo no vivo pero existente. El misterio
por tanto produce ese vértigo, incluso esa angustia aneja a la libertad ante lo que no se
puede controlar ni determinar en términos absolutos. Muchas supuestas seguridades
dogmáticas y filosóficas son una simple maniobra para escapar de ese vértigo que el abismo
inmenso del misterio nos provoca. La filosofía sobre el misterio no construye un sistema,
interpela a la persona y lo enfrenta consigo mismo pues su existencia no explica desde fuera,
se vive en el misterio, y se sufre y goza en esa tesitura. En la objetividad del misterio la
existencia y su verdad se viven necesariamente en subjetividad según el grado de conciencia
que cada ser ostenta. Incluido el reino animal y hasta el mundo inanimado. Como
comprobarán no sigo el pensamiento de estos maestros a pies juntillas. Mis variaciones sobre
sus conclusiones son mi ejercicio filosófico porque yo incluyo el misterio en mis quehaceres y
desde ahí me elevo a una nueva redefinición de la metafísica desde esta nueva conclusión:
más allá de la física no está el ser, está el misterio mismo. Por que eso que Aristóteles y su
discípulo Tomás de Aquino, llamaron ser, es lo que yo entiendo como misterio. Ser es igual
a misterio. Ser = Misterio, esa es la ecuación que resume mi pensamiento. Y desde ella
elaboro el teorema general de lo que existe.
No hay más centro absoluto que el misterio. Ahí donde yo inicio una nueva
andadura escuchando la voz de Giordano Bruno. El misterio no tiene límites finales, el
misterio y no el cosmos es lo que es eterno. Porque el cosmos es una manifestación posible
del misterio, y no es todo el misterio, que va más allá del mismo cosmos existente. En nombre
del misterio es como desafiamos autoridades filosóficas y sus dogmáticas. Desde ahí
buscamos la verdad, pues sólo el misterio mismo es capaz de establecer dogmáticas. Solo el
unigénito de Dios que estaba en el Padre, podría hacer tal cosa, dándosenos a conocer y
enseñándonos el ser del misterio que nadie ha visto nunca que dirá San Juan en su magnífico
prólogo. En el misterio todo está conectado, el misterio es uno, y el misterio al par que
trascendente es lo más inmanente que existe. Pensar por tanto desde el misterio es un acto de
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valentía, y esta verdad muchas veces se paga, pero no se puede renunciar a ella, el
pensamiento sobre el misterio se podrá crucificar pero no se puede quemar. El misterio es
infinito, vive y es en un movimiento perpetuo que no cesa jamás. Y exige una libertad
intelectual, un pensamiento más allá de supuestas modernidades, y por ello siempre será
postmoderno. Y tal situación exige un coraje absoluto. Vivir en el misterio es lo que tiene
queridos amigos.
Montaigne me descubre que el escepticismo que él pretende enseñarnos es aquel que
trascendiendo el dogma filosófico, acepta la duda que el misterio siempre nos plantea, y que
nos obliga continuamente a pensar con modestia. La experiencia del misterio que llamamos
vida es nuestra maestra. El saber nace de vivirla, no del sistema. Y ello en medio de la
fragilidad de la condición humana, que es real sí, mejor dicho misteriosa, y por ello
contradictoria en no pocas situaciones. Esta duda humaniza. Esta diversidad que el misterio
provoca enriquece. Pues nadie posee toda la verdad sobre el misterio, sólo el misterio en sí
mismo se conoce. Estudiarse pues a sí mismo, es estudiar a todos, pues la experiencia del
misterio es universal. No construir sistemas absolutos es lo adecuado al misterio
omnipresente, al que podemos acompañar observándolo con la honestidad que brota de saber
que más allá del misterio no podemos nada. Esta vida no será completa porque el misterio no
cesa. Y eso exige lucidez y aceptación ante tal situación inevitable. No es posible enseñar
verdades más allá del misterio y lo que el mismo nos pueda comunicar. Simplemente nos
observamos en él, pues en el misterio vivimos, nos movemos y existimos, San Pablo nos
enseñó eso. Lástima que no pocos lo hayan despreciado tanto. ¿Qué sé yo realmente?
Humanamente hablando, misterio y nada más.
Por eso acompañado por el pensamiento de Ralph Waldo Emerson diré que tenemos
que ser fieles a nosotros mismos, al misterio que somos. Y no a la multitud o a una supuesta
tradición filosófica determinada. La filosofía del misterio no es un sistema cerrado, es una
inspiración, es una guía vital. La voz interior nos guía en la experiencia del misterio. La
imitación nos debilita en ese camino. Y en cambio la autenticidad que nace de la experiencia
del misterio que nos habita nos fortalece. Lo misterioso es lo interior, no es externo ni
tampoco impuesto, la naturaleza entera nos conecta con el misterio y nos revela el verdadero
sentido de todo. Confiar en nuestro misterio es nuestra senda porque cada corazón vibra en
esa multiplicidad de cuerdas que es el misterio experimentado. La verdadera libertad nace de
esa experiencia interior y no de normas externas que nos puedan otorgar instancias externas,
porque es el misterio quien nos la regala.
Y si alguien sabe de Libertad es Jhon Stuart Mill. La originalidad que brota de
pensarlo todo desde el misterio que es su fuente última, su fuente metafísica, es una fuerza
valiosa para adentrarse en el progreso verdaderamente humano. Pues ese progreso en la
experiencia del misterio pasa por no dañar el misterio de los demás, y ahí es donde la
libertad personal termina. Por eso podemos pensar por nosotros mismos, elegir sin coacción
y vivir con responsabilidad en el marco del misterio que nos constituye. La filosofía es una
guía práctica para vivir socialmente insertos en el misterio desde la propia libertad en la que
el misterio nos ha constituido. Los dogmatismos solo pertenecen al misterio. La diversidad
pues fortalece, el debate que el mismo misterio provoca nos enriquece, y así es como la
sociedad avanza en la comprensión del misterio mismo. La persona es soberana porque el
misterio así la constituye. Y por ello mientras no dañe a los demás, es digna. Pues en la
experiencia del misterio todos debemos ser libres sabiendo que nuestra libertad termina
donde comienza el daño a los demás.
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Pascal lo tiene muy claro. La existencia humana no es nada sin el sentido, que el
misterio le otorga añadiría yo. La condición humana esta enmarcada entre su grandeza y su
miseria. Es frágil y contradictoria. De ahí que la fe, en tanto que salto interior en el misterio
mismo, sea la auténtica apuesta existencial. La confianza en el misterio que somos es el salto
interior definitivo. Pues la razón está presa de su múltiples límites. No todo es demostrable
cuando se vive en el misterio. Se reclama una profunda humildad intelectual para vivir en el
misterio y ante él. Hay que aceptar el misterio sí o sí. En esa conclusión no puedo estar más
de acuerdo con este pensador que tan simpático me resulta. Creer en el misterio y en su
discurso, es una decisión vital. Pues el corazón que habita conscientemente en el misterio
tiene una razones que la misma razón filosófica no siempre entiende. La razón no basta
para comprender toda la verdad del misterio. Por eso yo mantengo que Pascal no nos
propone la irracionalidad sino la aceptación de la a-racionalidad, porque irracional es lo
contrario a lo racional, más la a-racionalidad es la aceptación de lo que está más allá de la
comprensión de nuestra racionalidad. Esa es su crítica al racionalismo, esa es la profunda
espiritualidad que el misterio nos alcanza.
Shakespeare nos enseñará algo parecido: vivir en el misterio es dudar. Elegir en el
misterio es sufrir y gozar. Pensar desde el misterio es resistir a los dogmatismo filosóficos. La
condición humana misteriosa de por sí, está llena de pasiones intensas, de miedos profundos,
de fragilidades morales sin cuento. Y en no pocas ocasiones de tragedias inevitables. El bien
y el mal coexisten en cada persona. Y es que la actualidad del misterio en nosotros es de una
actualidad eterna. Conocerse es enfrentarse a la duda que el misterio siempre nos plantea. El
ser humano se debate en medio de una contradicción en la que por una parte desea lo que el
misterio le propone y a la vez entra en conflicto muchas veces con el mismo misterio y sus
exigencias. De ahí que entienda este autor que en parte somos una tragedia inevitable, una
tensión constante entre lo azaroso que tiene el misterio en sí mismo y la decisión constante a
la que el mismo misterio nos impele.
Merleau-Ponty nos permite comprender que en la experiencia del misterio no hay
separación alguna entre cuerpo y mundo. Porque el cuerpo habita en el misterio y el mundo,
misterio en sí mismo, le responde. Por eso cree este autor en la fenomenología, porque
describe la experiencia, del misterio añadiría yo. No la reduce, sino que la muestra. La
percepción del misterio no es pasiva, es activa, es contacto con el misterio mismo. El cuerpo
no es objeto sino sujeto en el misterio, es experiencia del misterio mismo. El mundo no es
abstracto, es la vivencia del misterio, es presencia del misterio a cada paso. Por tanto la
experiencia es conocer y sentir el misterio, pensar el misterio encarnado que somos, vivir es
percibir el misterio mismo. Nuestra conciencia siempre está situada en el misterio, nunca está
aislada de él, siempre está encarnada en Él. No somos pues una mente que no tiene cuerpo,
somos un cuerpo que se vive en el más absoluto de los misterios. Lo que llamamos cuerpo es
nuestro medio general para tener un mundo, para poder habitar en el misterio tal y como se
nos da. En ese sentido yo añadiría que el cuerpo es la manifestación del alma en un universo
misterioso que se nos muestra como un cúmulo de dimensiones espacio temporales. Es su
principio estructurante. El alma es la estructura sustancial del misterio que somos en las
dimensiones dadas que se nos ofrecen y regalan sin producirlas. Que se nos dan por que sí
misteriosamente. Pensar es estar implicado en el misterio mismo que somos. La mente no
flota habita en un cuerpo misteriosamente. La percepción del misterio es primaria, es
anterior al pensamiento mismo, es anterior al mismo lenguaje. Siendo bebés hemos habitado
en el misterio. Y con las posibles demencias mentales no dejamos de habitar en el misterio.
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La experiencia del misterio es directa, “prereflexiva" y concreta. El misterio no se representa,
se vive y se percibe. La fenomenología del misterio describe la experiencia del mismo, no la
explica, y nos devuelve a la vida del misterio. La experiencia del misterio, que es lo que
llamamos realidad, no es abstracta, se manifiesta en todas nuestras percepciones y por
supuesto en nuestro mismo ser corporal. No tenemos un cuerpo, en el misterio, somos nuestro
cuerpo. Y éste no es un objeto, sino nuestra forma de estar en el misterio que llamamos
mundo. Por eso contrariamente a lo que Markus Gabriel afirma, yo sí pienso que existe no
tanto el mundo como el misterio. Y creo que su pelea con el mundo radica en que no entiende
el mundo como lo que realmente es: misterio puro.
Deleuze me permite entender el misterio como un rizoma. Sin encontrar en él otro
origen único que no sea el mismo misterio en sí. Por eso más acá del misterio solo
encontramos conexiones en expansión constante. Sumergidas en constantes diferencias, sin
copias, sin repetir siempre lo mismo, produciendo novedad constantemente, pues el misterio
en sí mismo se revela eterno e inagotable. La nada no existe. Existe el misterio. Un misterio
que se manifiesta en un devenir donde nada es fijo, sino donde todo fluye, y todo se
transforma. Más allá del centro que es el misterio, nada tiene un centro, no hay jerarquías
sino conexiones múltiples. Nada es comparable al misterio como único fundamento del todo.
Por eso el pensamiento que nace del misterio crea. No representa sino que inventa y
experimenta. La filosofía del misterio no explica lo dado, abre posibilidades y rompe
estructuras. Pensar desde el misterio es crear. Más allá del misterio la realidad no tiene otra
identidad, y por ello se manifiesta como diferencia en movimiento, porque es imposible
superar las barreras que el mismo misterio nos impone.
Herbert Spencer insistirá en una idea parecida que nos lleva a comprender que todo
cambia gradualmente, nada es estático, y por ello lo que llamamos sociedad también
evoluciona. Es lo que tiene existir en un misterio que nos parece a ratos un caos y en otras
ocasiones un cosmos. El misterio parece a veces regularse a sí mismo espontáneamente. El
misterio es un sistema vivo, no es una máquina rígida, y no parece tener un diseño central
según nuestra percepción, lo que no impide que el misterio sí pueda tenerlo aunque no lo
entendamos. La filosofía observa las leyes que el misterio ofrece, no puede imponer valores
más allá de los que el misterio nos revela y simplemente se atreve a pretender describir los
procesos que el mismo misterio nos ofrece. No se puede forzar al misterio. Su desarrollo se
permite y se respeta. Y a lo que parece la evolución que el misterio desarrolla es el paso de lo
simple a lo complejo. Incluso socialmente hablando. Las leyes del misterio al parecer nos
condicionan de ese modo.
El misterio nos lleva a replantearnos lo que desde siempre hemos entendido desde
Aristóteles como Virtud. “Dado que para él la felicidad es una actividad del alma conforme a
la virtud”. Y la virtud es vivir bien. Y dado que el bien no habita entre los excesos, sino que
camina por la senda del equilibrio, guiando a la acción por la razón, vivir bien es entrenarse.
¿Pero que es el bien? Aristóteles lo concibe como aquello que perfecciona al ser humano, y el
mal, en cambio es lo que lo degrada. Por ello invita a decidir lo bueno no en base a normas
ciegas sino por el uso de una razón guiada por la prudencia. Pues los excesos destruyen y las
faltas contra el bien a su juicio debilitan. Solo la virtud según él, sostiene la vida, el
equilibrio es fortaleza. No es pues la felicidad un estado emocional, sino una forma de vida, y
se alcanza actuando con virtud. De modo que el ser humano ha de saber que buscar
naturalmente la felicidad no es buscar el placer o la riqueza, sino que es vivir bien y actuar
bien. Eso es una vida digna, coherente y plena, aunque no sea una vida fácil. La verdad es
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que no sé por qué Kant se peleó tanto con Aristoteles en términos éticos. Porque ambos por
derroteros mentales diferentes llegan al mismo puerto: convertir el bien en imperativo
categórico, aunque ello nos impida una vida fácil. Hasta ahí, podremos discrepar o no,
podremos plantear las cosas de otro modo como hacen Levinas y otros. Pero el problema
siempre es el mismo: ¿Qué es el bien?¿qué perfecciona al ser humano?¿cual es el mal que lo
degrada? La razón prudente se las ve con el misterio para comprender cual es el imperativo
categórico. Ni siquiera en este aspecto, podemos excluir el imperio del misterio. Sin duda hay
actitudes mucho más compatibles con el bien personal y con el bien común. Quizás no
puedan entenderse el uno sin el otro. Lo que está claro es que cuando una conducta no
perfecciona al ser humano, quizás el misterio nos grita a la cara en su dolor, que ese
imperativo categórico tal como lo formulamos o presentamos está profundamente
equivocado. A lo mejor la inhumanidad de una conducta ejercida o padecida, o ambas cosas,
denota a las claras, que el misterio grita que hemos errado y que nos alejamos torpemente de
la senda a recorrer. En el debate ético tenemos que tener el oído puesto en lo que el misterio
nos muestra desde mil ópticas diferentes. No es un quehacer simplista ni ramplón.
Tomás de Aquino, ese fraile que pensó demasiado, que fue sospechoso, cuyas ideas
fueron vistas como peligrosas por su excesivo uso de la razón y su poca apelación a la fe,
cuyas conclusiones no siempre fueron bien recibidas, y algunas incluso resultaron hasta
prohibidas después de su muerte; ese fraile, nos ofreció un gran legado, pues a pesar de
todo, su pensamiento sobrevivió, y la misma Iglesia lo adoptó y la cambió para siempre, y
hoy es un doctor indiscutible e insigne de la misma. Para Tomás la razón no amenaza la fe
sino que la fortalece. Por eso creo que no me equivoco cuando planteo una filosofía del
misterio que a muchos les puede dar miedo, y no me importa leer a filósofos que viven en mis
antípodas mentales, porque Tomás leyó a Aristóteles en detrimento de Platón que era el
filosofo más seguido por los creyentes de entonces, y con su mente abierta, Tomás, supo
integrar su saber en el cristianismo. De igual modo, obro yo. Leo a los pensadores que me
atraen, aunque vivan en mis antípodas como he dicho, y los integro en mi filosofía o en mi
metafísica del misterio. Y soy consciente como Tomás que por ello, no destruyo la fe. Sino que
la obligo a pensar. Porque en mi iglesia la metafísica del misterio está por hacer. Y ya es
tiempo de superar, el paradigma hegeliano en el que nos hayamos sumergidos, de un modo u
otro. La historia como categoría teológica fundamental ya se ha investigado suficientemente
y es hora de ir más allá, e indagar sobre el misterio. Balthasar y Rhaner entreabrieron la
puerta. Y es hora de cruzarla. El misterio es y el misterio puede hablar. Bonhoeffer nos ayudó
a distinguir entre Evangelio y Religión, a lomos de Kierkegaard, y quizás deberíamos pronto
aprender a distinguir entre el misterio que nos habla y nuestro teísmo. Tomás Halik nos ha
marcado el camino. Abrir al misterio a la persona creyente, y hacerlo de tal modo, que hasta
pueda cuestionarse la naturaleza misma de la religión como forma cultural histórica de
amplio espectro. Los “Tomás” siempre la han liado parda, desde aquel mismo domingo de
Pascua. La diferencia tozuda del misterio suele hablar por sus bocas, por eso, haríamos bien
en escucharlas.
William James también nos permite entender que cuando la vida se vive de cara al
misterio que somos, está abierta, no está cerrada a nada, se construye. Y por ello reclama de
cierto pragmatismo, pues las ideas han de ser probadas en la práctica, oyendo la voz de lo
que el misterio tiene que decirnos. Pues la verdad que el misterio nos ofrece, no es una
entidad abstracta sino que ha de ser vivida. La filosofía del misterio ha de ser una
herramienta para vivir, no un sistema cerrado con dogmas que el mismo misterio no haya
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emitido sino que sean hijos de nuestra ideología concreta. La realidad del misterio, como
otros nos han dicho, es una realidad plural, cambiante y concreta. La experiencia lo
demuestra. La vida en el misterio ademas nos impele a vivir, nos exige acciones aún sin
pruebas, a veces no podemos esperar a tenerlas y en esos casos elegimos inmersos en el
misterio, sabiendo que crear es decidir. De ahí que la verdad en ese caso para nosotros es lo
que funciona en la experiencia. Y en ese sentido, cuando nuestras creencias funcionan en
comunión con el misterio, son reglas para nuestra acción. Y es que la realidad del misterio es
múltiple, fluida, dependiente de la experiencia.
Quizás por eso Rumí llevaba razón al principio de esta reflexión cuando nos decía
que “el arte de saber es saber qué ignorar”. Porque hay lineas de pensamiento que no nos
dejan funcionar bien, porque nos roban la fe en el misterio, la esperanza que el misterio nos
brinda y el amor que el misterio nos suscita. Hay pensadores que nos impiden abrirnos a la
plenitud que el misterio puede otorgarnos o que de hecho nos otorga. James y Rumí dirán lo
mismo: callejones sin salida. Leonardo Polo añadiría con su propio verbo lo mismo: supera
ese límite mental y ensaya nuevas pautas de pensamiento. Eso es lo que yo hago planteando
la metafísica del misterio, cuando gran parte del pensamiento occidental ha finiquitado la
metafísica que versa sobre el ser. Aunque Heidegger la haya pretendido revitalizar. Ni
siquiera Wittgenstein estaría en situación de discutir la posibilidad de la metafísica
amparada en el misterio. Pues aquello de lo que no se puede hablar es precisamente lo que
nos impele a pensar, puesto que somos el misterio mismo que a sí mismo se interroga por
medio de todos sus juegos lingüísticos. Que duda cabe que para eso hago una variación
sobre el misterio del discurso de todos los pensadores citados, y de otros, en mis otras
publicaciones. Lo sé. Soy consciente. Pero es que algo me dice, que el misterio es aquel
famoso Arjé griego con el que comenzó todo lo que desde entonces hemos llamado filosofía
en occidente. Aunque tras Göbekli Tepe, parece que el impulso por hallar respuestas ante el
misterio, viene de muy antiguo, desde antes de la misma agricultura, antes de las ciudades, y
las casas estables. Ya entonces se reunió gente que dedicó tiempo y esfuerzo para construir
un lugar sagrado como éste. Antes de aprender a sembrar, el ser humano ya necesitaba darle
forma a lo que no podía explicar: el misterio en todas sus caras. Un misterio que un momento
señalado de la historia, identificado por las claves astronómicas que los grabados de la
cultura “Tas Tepeler” nos muestran, estuvo a punto de costarle la vida a toda la humanidad
por un invierno polar provocado por aquella tremenda lluvia de asteroides. Lo que nos
demuestra que ni en lo que llamamos “prehistoria” (porque aunque se pintaba aún no se
escribía que sepamos) el ser humano fue ajeno al imperio del misterio. Aunque eso ya lo
sabíamos de otros modos, pero no con tal nivel de sofisticación.
Y aquí nos hallamos. En medio de esta burbuja gigante, atrapados en esta galaxia
nuestra de la que nunca saldremos, inmersos en un vacío inmenso de 2.000 millones de años
luz. Insertos en este gran vacío KBC, que es básicamente un desierto cósmico con un 20%
menos de materia que el resto del espacio. Aquí diciéndonos cosas como estas desde hace
siglos:
Heidegger: la verdad es el desocultamiento del ser, el modo en que la realidad se
manifiesta. O sea: la verdad es la revelación del misterio y el modo en como su realidad se
manifiesta.
Nietzsche: la verdad es una construcción humana, histórica y cultural, no una
realidad absoluta. O sea: absoluto sólo es el misterio, y los discursos sobre el mismo, no
dejan de ser interpretaciones condicionadas histórica y culturalmente según cada caso. Pues
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disintiendo del filosofo que pretendió autodrestruirla pensándola a martillazos, yo,
simplemente confieso que la filosofía me ha ayudado a contemplar más y mejor el misterio,
pero llegado ahí, no tengo necesidad alguna de destruirla. Aunque si sepa que un
pensamiento después de todo es eso: un pensamiento. Pero igual en él, el misterio me
sorprende. Nietzsche es un dogmático del nihilismo, yo, sólo acepto como dogma el misterio y
lo que él tenga que decirme, que puede ser mucho.
Kant: La verdad es la validez objetiva del conocimiento dentro de las condiciones
del entendimiento humano. O sea: El entendimiento humano se las ve con el misterio y de ahí
puede establecer unos conocimientos objetivos que no agotarán nunca el misterio con el que
trabajan. Kant llama al misterio Noumeno. Y ya se dedica a formular su teoría del
conocimiento, dejando de lado la metafísica con la que se pelea hasta extremos inauditos.
Pero pudiendo cuestionarla desde el misterio para refundarla, huye del misterio, no lo hace y
se dedica a otras cosas.
Descartes: La verdad se reconoce en las ideas claras y distintas alcanzadas por la
razón. O sea cuando descubres como idea clara y distinta que todo es un misterio, sabes que
la razón es incapaz de alcanzarlo todo, aunque si puede verlo todo bajo el prisma del
misterio ontológico y entender como se puede construir una nueva metafísica sobre ese
fundamento.
Tomás de Aquino: la verdad es la adecuación del intelecto humano a la realidad
objetiva. Y por ello dado que nuestra realidad objetiva es el misterio, la adecuación de
nuestro intelecto humano al mismo es la verdad. O sea la verdad es el reconocimiento de que
todo es un misterio.
Aristóteles: la verdad consiste en la correspondencia entre lo que el entendimiento
afirma y lo que realmente es. Así que dado que lo que realmente es, es el misterio, la
correspondencia del entendimiento mediante sus afirmaciones con ese mismo y único
misterio es la verdad. No se nos oculta que su discípulo Tomás llega a la misma conclusión
con palabras diferentes. Esto en filosofía suele pasar mucho.
Platón: la verdad es el conocimiento de las ideas eternas, más allá de las apariencias
del mundo sensible. O sea más allá de las apariencias del mundo sensible lo que hay es el
misterio, de modo que el conocimiento del mismo es la verdad. Pues el mundo de la ideas, es
tratar de indagar en el misterio, empeñados en ir más allá de lo que se ve. Navegar en el
misterio.
Sócrates: la verdad se busca mediante el cuestionamiento racional y el
reconocimiento de la propia ignorancia. Que duda cabe que este es mi mayor maestro y por
eso he comenzado este breve recorrido histórico sobre la verdad del revés. Porque pocos
llegaron a desarrollar cuanto Sócrates nos enseñó. Cuando miro al misterio cara a cara
descubro que sólo sé que no se nada. El misterio me cuestiona racional y a-racionalmente
siempre, y en su presencia constantemente tengo que reconocer permanentemente mi propia
ignorancia. El misterio me sobrepasa.
Sé que el misterio puede hablar, y de hecho yo soy de los que creo que lo ha hecho,
más habito en el misterio, porque el misterio se revela pero nunca se desvela del todo, porque
esa es su maravillosa y apasionante naturaleza. Y también es la razón de que nunca pueda
aburrirme en su presencia. Y ahora: a seguir aprendiendo por los libros que leo, por las webs
que visito y por las redes que sigo. Cuanta ayuda encuentro y cuanto me enriquecen todos
con sus hermosas síntesis y reflexiones, este texto sería imposible sin todos ellos. Y ansiedad
más definitiva es que nunca podré leer todo cuanto se ha escrito y enseñado, y muchas cosas
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me pasarán desapercibidas. Me lo impone mi condición, son los límites que el misterio me
impone y con los que convivo. Quizás es que no sean tan definitivos como a veces pienso.
¿Pienso demasiado? Mi amiga Pepa inolvidable, y a la que hoy quiero dedicar este
escrito, me decía que en mi caso el sobrepensamiento no es algo que yo hiciese por alguna
patología sino por como funciona mi mente de alto CI. Yo no sabía tal cosa. Ella era experta
en estas cosas. De igual modo me ha descubierto, por medio de libros que hizo y ha hecho
llegar a mí desde “el otro lado”, que si ves porqué piensas demasiado, puedes hacer
desaparecer el pensamiento inútil al instante, y es posible dejar de sobre pensar por completo
y lograr que el mismo pensamiento inútil se desvanezca por completo. Y es cierto amiga del
alma, saber que todo es un misterio relativiza mucho las cosas. No te quepa duda alguna.
Gracias por todo amiga y hasta siempre. Sin “postmodernidades” al uso o con todas ellas.
Por mi fe y mi aceptación racional del misterio sé que no soy postmoderno, y menos
aún nihilista. Sé el misterio es irrepetible, por que siempre es el mismo; sé que es eterno por
el mismo motivo, por que si desapareciera por esa misma razón sería misterio puro; sé que es
inmutable en su mismo ser porque nunca deja de ser misterioso y que en cambio es mutable
en su forma de aparecer que es tan diversa que siempre nos parece nueva; sé que es perfecto
en tanto que nada ni nadie lo completa, porque está más allá y más acá de todo; sé que
analógicamente está presente en todo y en todos; sé que en el misterio coinciden su esencia y
su existencia, porque siempre es misterio y siempre existe como tal; sé que el misterio es uno,
más nosotros habitamos en él, sin ser tal misterio con la plenitud que el misterio en sí mismo
lo es, pues si el misterio es, hay muchos modos de ser en el misterio, el cósmico o el humano,
simplemente son una forma más de ser en el misterio sin poder identificarse como el misterio
global, la historia no es el misterio, sino una manifestación suya de las muchas posibles. ¿Y
Dios?¿es el misterio? Dios es el mayor de los misterios, y como palabra y concepto, es la
forma con la que los humanos hemos llamado al ser, antes de pensar conforme a la ecuación:
Ser = Misterio. Negar que Dios exista es como afirmar que el misterio no existe. Sin duda el
más allá del misterio es Dios, y su más acá, siempre inaprensible, también. El misterio de los
misterios y me atrevo a afirmar que madre y padre de todos los misterios. El misterio más
allá de todo, y más acá de todo. Él totalmente inaprensible al par que el más intimo de todo
cuanto existe. El que puede comunicarse sin desvelarse por completo. El misterio que es
totalmente otro.
¿Y entonces porqué no crees en el panteísmo del misterio como Spinoza? Por que sé
de sobras que yo no soy todo el misterio en movimiento, y también que nuestro contexto
general tampoco lo agota, y descubro de todas todas que el misterio en sí rebasa cualquier
manifestación suya. Sé pues que vengo de mi madre y de mi padre, pero no soy ellos aunque
me hayan creado. Soy misterio sí, pero sé que no soy todo el misterio en sí. Y por eso el
panteísmo Hegeliano tan hijo del enfoque de Spinoza tampoco es adecuado a mi entender.
Que el misterio sea el logos o la sustancia de todo, no convierte a las manifestaciones del
todo en el TODO ABSOLUTO. Igual que la electricidad que permite la retransmisión
televisiva no es la responsable de que exista la telebasura. En el misterio cada uno puede ser
cada uno. La libertad, es la apertura al misterio, y eso impide el panteísmo, que haría
imposible la libertad. Una marioneta aunque es el misterio, no existe ni vive en él. Si
podemos adentrarnos en la entraña más profunda del misterio es porque la libertad lo
posibilita. La libertad es la apertura a todo lo previsto y lo imprevisto, es la plataforma
irrenunciable desde la que el misterio puede ser habitado, contemplado, experimentado y
pensado. El panteísmo impide eso. Ser una sombra del misterio no es ser el misterio en
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movimiento que nos hace ser misteriosamente quienes somos sin despersonalizarnos. El
misterio nos erige en un ser suficientemente verdadero, eso en el panteísmo es imposible.
Frente a Hegel y Spinoza, Kierkegaard, sin duda.
Sigo pensando querida Pepa. No paro. Siempre tuviste toda la razón conmigo. Hasta
el infinito y más allá, siempre juntos, pero no en el nihilismo (que algunos dicen ahora para
estar de moda), sino inmersos en el maravilloso misterio. Kierkegaard enseñó que muerta la
metafísica y la ética, sólo restaría la estética, como sinónimo de algo vacuo. Es decir: la
moda. Nosotros no somos así, lo nuestro es la autenticidad, no caminar por aquí como
voceros de otros. Este es el privilegio de los “auténticos” que sin estar de moda saben ser
muy dichosos. Hasta el infinito y más allá,…, después de tanto tiempo separado de ti por el
inclemente ayuno que la muerte nos impone, soy capaz de decírtelo querida amiga. La
amistad en el misterio, sin duda, uno de los mayores tesoros que somos capaces de descubrir
y disfrutar. El que la descubre y goza, el misterio lo enriquece con el mayor de sus tesoros.
Por algo Aquel que nos habló como el misterio en primera persona, ya nos lo dijo con
rotundidad: no quiero llamaros siervos, no sois siervos del misterio, sino os llamo amigos.
Amigos en el misterio y del misterio. ¿Que más podemos desear querida Pepa?¡No hay más
amiga!¡No hay más!.
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