Andros presbítero Mysterium vitae
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A MI QUERIDO JUAN ROMERA

Homilia en el día de su entierro: Sagrada Familia del año 2018

 

 

FUNERAL DE MI AMIGO Y PAISANO JUAN ROMERA

    Hoy estoy con vosotros aquí en un momento amargo acompañando a Maruchi, a sus Hijos y a sus familiares porque Juan me lo solicitó desde su lecho doloroso que al final lo ha conducido a la muerte. 

    Conviví con él como su párroco durante muchos años, y además, eramos paisanos, pues ambos procedemos del mismo lugar: Mazarrón, su pueblo de origen y el mío. Y ambos compartíamos llevar grabado a fuego en nuestro corazón su recuerdo entrañable. Ni que decir tiene que para mí ha sido un orgullo y un honor compartir su existencia. Y más aún haber sido designado por él para presentar algunos de sus hermosos libros.

    Sin ánimo de hacer un panegirico fúnebre, creo de justicia hacer memoria del hombre que hoy hemos perdido. Que Juan Romera ha sido un buen esposo basta comprenderlo con mirar a Maruchi, su dolorida esposa. Que Juan ha sido un buen padre basta con fijarse en sus hijos y ver hoy sus rostros para entenderlo. Para comprender que Juan ha sido un buen abuelo y un buen familiar basta con mirar los gestos contrariados de todos ellos. 

    Por sus premios, reconocimientos y medallas además descubrimos que fue un gran profesional de lo suyo, un investigador sobresaliente que consagró el tiempo libre de su jubilación “apasionadamente” a indagar de un modo exhaustivo sobre todos los aspectos concernientes a nuestro querido pueblo de Puerto Lumbreras y su historia. Cuantos datos, cuantos documentos, cuantos hechos hemos conocido y nunca olvidaremos gracias a sus trabajos altruistas que siempre lo mantuvieron vivo, ocupado e ilusionado. Juan era de esas personas que si se ponía a contarte cosas que había descubierto, era preciso indicarle que habría más tiempo para seguir hablando de esos temas, porque su caudal de información era inagotable, y a cada paso, era capaz de abrir un nuevo capítulo sobre ese tema u otro cualquiera, relacionado con éste. Era delicioso escucharle y dejarse impregnar por su saber fruto de su laborioso esfuerzo que se tornaba cautivador para los interesados en el mismo. Si os dijese que su pérdida es irreparable no mentiría. Y eso que en este pueblo no andáis escasos de personas que tenéis esa pasión por descubrir la historia de nuestra patria chica. Por ello creo que cuando lo nombraron miembro de la prestigiosa academia Alfonso X el Sabio, todos los que lo queríamos nos alegramos de manera más que clamorosa. Igualmente cuando “por fin” se le otorgó la consideración de Cronista Oficial de Puerto Lumbreras, muchos fuimos los que dijimos desde los más hondo de nuestro corazón: ¡Ya era hora!. 

    Así que amigo cuando me encomendaste este servicio no pude negarme. Y pedí a Dios poder cumplir la palabra que te dí. He suspendido compromisos navideños que tenía previstos para poder estar hoy aquí, y agradezco al párroco actual, D. Alejandro, haberme permitido poder hacerlo. Y siempre guardaré en mi memoria tus ojos, tu gesto, tu mano alzada, despidiéndote de mí el día que te asistí ofreciéndote los sacramentos propios del cristiano en esta hora amarga. Tus palabras fueron: “Hasta siempre”, y esas quedarán marcadas a fuego en mis entrañas. 

    Mi querido cronista, mi querido paisano, mi buen amigo, mi periodista ocasional, mi meteorólogo entrañable…confieso que este último aspecto de tu persona que conocí cuando presenté tu último libro en Mazarrón me sorprendió y me ayudó a percartarme con creces de la riqueza de tu persona y de tu hacer por este mundo…hoy tus amigos lloramos tu ausencia. Basta ver las caras de tantos hoy aquí congregados para entenderlo. Particularmente de tu buen amigo Pedro que tanto sé que te echará en falta hasta que le llegue el momento de verte de nuevo.         Sé que tu último trabajo quería versar sobre el motivo por el cual esta amada parroquia para mí, lleva el nombre del Rosario. Hoy espero que de los labios de la misma Virgen hayas podido descubrirlo. Que se preparen los cielos porque les llega un hombre que todo lo querrá saber, todo lo querra conocer, y todo nos lo querrá enseñar cuando nosotros lleguemos al buen puerto donde hoy él seguro que se encuentra. 

    El Rosario con sus cuatro tandas de misterios nos guía en este amargo día. Hoy nosotros estamos inmersos en los misterios dolorosos. Alguno dirá: era mayor. Y no le faltará razón. Pero ocurre que para una amada esposa, para unos hijos y familiares queridos, para los amigos entrañables, el “amado” que se marcha de este mundo, no tiene edad. Porque el amor aspira a la eternidad. Nunca podré entender como la Evolución dicen que nos crea adaptándonos a nuestro medio hasta el extremo. Porque el ser humano es capaz de amar en un universo que muere. En un mundo finito, se nos permite amar, y el amor solo es compatible con el infinito. Con lo que el drama, la tragedia y el trauma subsiguiente, son nuestro “habitat”. Si solo somos seres para la muerte, la ilusión por vivir se nos daña tanto que corre el peligro permanente por desvanecerse. Las piedras no se percatan. Tampoco las plantas. Ni siquiera los animales porque sus cerebros no se lo permiten. Los seres humanos somos inadaptados “per se”  porque el dolor y la muerte nos cercan, como cercaron a María y a su amado Hijo Jesucristo.  Son los misterios dolorosos sin duda los que hoy nos cautivan. Si bien ahí no termina el Rosario. La tanda de misterios gloriosos nos muestran que la muerte no tiene la última palabra en la vida. Nos revelan que el amor y la vida son más fuertes que la muerte. Nos manifiestan que resucitaremos, que la muerte mata el cuerpo pero no el alma, que los que hoy lloramos mañana reiremos, porque si hoy estamos tristes porque se nos va quien amamos, mañana lo volveremos a ver resucitado y sentiremos una alegría que nadie nos podrá quitar, y ese día último ya no preguntaremos nada. Ese día experimentaremos que hemos existido para ser amados para siempre por Dios y por todos los nuestros. Y ahí es donde cobra sentido otra de las tandas de misterios que nos visitan en el Rosario. Los misterios luminosos. Pues ellos nos ponen ante los ojos de la mente y del corazón que Jesucristo es el que nos ilumina en medio de la oscuridad del dolor y de la muerte. Y estos misterios nos introducen a la última tanda de misterios que el Rosario nos ofrece: los misterios gozosos. Estamos en Navidad. Y aún resulta más duro vivir estos hechos ahora. Pero no hagamos un juicio fácil y errático de lo que hoy celebramos. Si hoy gozamos en medio del dolor es porque el que nace: Jesús, nos promete y enseña que nuestro destino no es la muerte sino la GLORIA. Y SU LUZ DESPEJA POR ELLO NUESTRA OSCURIDAD. Por esta razón amigo Juan, el Rosario es el nombre de nuestra Iglesia parroquial. Porque nos enseña a vivir, nos descubre el sentido profundo de cuanto somos. Y nos reconforta en medio del duelo. Nos hace felices porque impide que perdamos la esperanza en medio del sufrimiento. Y eso es cuanto hoy necesitamos. Esa es la única y verdadera felicidad a la que podemos aspirar en este mundo nuestro que como nosotros es finito. Y gracias a ello podemos comprender que quizas la Evolución no esté equivocada al hacernos capaces de amar, porque nuestro destino final no es la nada, sino la eternidad. Y para desearla es para lo que el amor nos prepara. Y ese deseo que llamamos fe, es lo que basta para que la eternidad, un día sea nuestra. 

    De modo que ahora ¿qué nos queda por delante?. No os engañaré. Nos queda el duelo. El duelo no es solo una experiencia de llanto y nada más. Duelo es lucha. Las películas de vaqueros nos lo han enseñado desde siempre. En un duelo luchan dos por sobrevivirse el uno al otro. ¿Con quién hemos de luchar diréis hermanos?. Contigo mismo te respondo amigo. ¿Conmigo dirás?. Sí contigo. Con tus pensamientos. Tus pensamientos oscuros que te hacen creer que todo es para nada. Qué somos humo que se desvanece en el aire y nada más. Contra tus sentimientos agónicos que te sumergen en estados emocionales desesperados, temerosos, angustiantes, dubitativos, decepcionantes. Y por supuesto contra tu conducta pesimista que se torna depresiva y cínica, pues considera que la muerte y su poder devastador son irremediables. Afrontar el duelo supone no dejarse dominar por los pensamientos oscuros, por las emociones agónicas y por las conductas pesimistas cínicas y depresivas. De ahí que la Palabra de Jesús, la oración, la Eucarístia y el fraterno amor sean tan importantes en este tiempo. Porque son el manantial que levanta nuestro ánimo caído que se abate ante el embate constante de tales pensamientos, tales emociones y semejantes conductas. Es un crisol. Es una pugna. Eso es el duelo. Y en esas estamos. Y nuestras armas son la fe, la esperanza y el amor que Jescristo siembra en nosotros con su Santo Espíritu. La fe en que viviremos para siempre en Dios. La esperanza en que los volveremos a ver. Y el amor que nos impide conformarnos contra la tiranía de la muerte. Y las tres tienen como cimiento la Resurrección de Jesucristo que es ya nuestra victoria. 

    Así que llorad sí pero que nos ahogue el llanto. Sentid temor pero que no os domine el miedo. Experimentad la tristeza pero aplastad su cabeza con vuestra alegría. Si dudáis responded con vuestra fe. Si el vacío y la nada os cercan considerad que tanto la ausencia como la presencia del amado no importan porque el ser no se destruye solo se transforma. No ver o no tocar al amado no significa que no esté, pues no ven ni tocan los fetos en el vientre materno y no por ello el mundo deja de aguardarlos. Dios está y ellos también, aunque sientas presencia o ausencia de ellos, tus sentidos amigo, en este trance, no indican nada. Que la fe, la esperanza y el amor te hagan fuerte frente a la oscuridad de la muerte que intenta envenerte con pensamientos, sentimientos y conductas equivocadas. La incredulidad es nuestro enemigo. Tu incredulidad y la mía. La incredulidad que piensa, que siente y que actúa. Que la fe, la esperanza y el amor de Cristo inunden tu alma de nuevos pensamientos, de nuevos sentimientos y de conductas renovadas. Milita. Combate. No te dejes vencer en este duelo. 

    Por ello os digo a todos si queréis honrar la memoria de Juan vivid apasionadamente como él. Porque eso os hará buenos, verdaderos y preciosos como él lo ha sido entre nosotros. Los hijos tenéis un privilegio especial. Y Maruchi tú ahora tienes una misión importante en este trance. Hazles ver a tus hijos los rasgos que tienen de su padre en ellos. Porque ahora es donde tendrán que aprender a verlo. Y así tratarán con él toda su vida mientras existan aquí. Y vosotros hijos aupados por su onmipresencia en vosotros vivid de tal manera que él pueda decir a todos sus compañeros del cielo: ¡Ahí están mis hijos!¡Ahí están los míos! Juan Romera no quedará en un cementerio. Los sepulcros están vacíos. Ahí descansan sólo sus restos mortales. El está resucitado y ahora más que nunca, está con vosotros para siempre. 

    ¿Qué más puedo deciros hoy?¿Qué os quiero?¿Qué todos os queremos? Bien lo sabéis. Estamos unidos en el dolor con vosotros, pero que nuestro dolor, el de todos, sea un dolor creyente. Ya solo me resta afirmar algo para terminar, que en la Iglesia no os he dicho hoy: ¡Querido Juan!¡Querido amigo!¡Querido paisano y lumbrerense universal! ¡Ruega ahora por nosotros! Por Maruchi tu querida esposa, por tus amados hijos y por toda tu hermosa familia. Ruega por ellos hoy en el día de la Sagrada Familia. Ruega por tus amigos del alma, por tus pueblos, y por este pecador, que por cumplir tu deseo hoy preside este funeral tal y como tú se lo pediste.

 

 

 

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